Para Nona, mi abuela
Ella miró por la ventana. Suspiró, como estaba cerrada, no podía entrar ese aire húmedo de después de la lluvia. Observó con nostalgia las calles, habían cambiado mucho.
Cuando, por fin, el auto entró por el descuidado camino de entrada, pudo observar lo mucho que habían crecido las plantas, apoderándose de todo el espacio, haciendo que todo el parque pareciese infinitamente más pequeño. Tal vez, pensó, era porque la última vez que había estado allí, ella era la pequeña, a la que todo le parecía gigante.
El lugar, su jardín, no había perdido su encanto. Era diferente, menos cuidado, más salvaje, con más espíritu. La antigua casa estaba oscurecida por el moho, cubierta de enredaderas y rosas. Ella se bajó del auto, pisando el algo crecido pasto, húmedo por la reciente lluvia; y se dispuso a caminar, ignorando a los demás que le estaban hablando.
Acariciaba con la mirada a las plantas, inundándose de memorias reprimidas, de dulces recuerdos que consigo traían dolorosas lágrimas. Pero no, no lloró. Nada podía ponerla triste en ese lugar lleno de vida. Su lugar.
Miró esa palmera, que medía algo más que un metro. Con ella había aprendido que desde la semilla nacían las plantas. Los arbustos de coronitas de novia, para su pesar, no tenían esas diminutas flores blancas, pero, su impactante verde oscuro, que cubría todos los límites del gran jardín, la hizo sonreír.
La oxidada cerca de la pileta, esos cuatro gigantescos eucaliptos de tallos blancos, la alameda chorreando las últimas gotas de lluvia; el jazmín trepando una de las columnas. Eso fue lo que vio mientras pasaba por el costado de la abandonada casa. El delgado camino de piedra bordeaba el cantero, con un puntiagudo cactus cubierto de un rosal amarillo.
Con extremo cuidado, recordando lo que le había contado su abuela para aquel entonces, tomó dos enormes rosas color té, las favoritas de su querida pariente. Le había contado que una amiga de la infancia se había muerto por la pinchadura de una rosa. Qué forma más romántica de morir, siempre había pensado ella.
Eso le trajo a la mente la última vez que se había pinchado con una rosa, el dedo índice de la mano derecha, con una rosa de color rojo intenso. Cuando estaba acomodando el ramo para su abuela, era su cumpleaños.
Al fin y al cabo, ese jardín se lo debía a ella. Las rosas, todas plantadas por su abuela. Ella le había enseñado a amar a las plantas.
Ese delicioso aroma la invadió. Con una leve brisa de viento fresco y húmedo, llegó el aroma a rosas rococó. Sus preferidas. Recortó tres, pinchándose levemente con las espinas. Se llevó la herida a la boca, tratando de succionar toda la sangre, para evitar posibles infecciones.
Sintió que la llamaban, alejándola de sus fantasías. Nadie conocía esa profunda fascinación que sentía por ese jardín. Ese siempre iba a ser su jardín secreto.
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