Una vez más, mil gracias a Charlaine Harris por sus personajes.
Y a todos los que estáis ahí y seguís mis desvaríos sobre esta pobre gente a la que me gusta darle tan mala vida. Esto no podría ser sin ella ni sin vosotros ;)
Gracias a anira22 y a mina por su apoyo y por aguantarme.
1.
Me despertó el sonido de la puerta al cerrarse. Durante unos segundos me quedé mirando el techo desorientado. Miré el reloj en la mesita de noche, las tres veintitrés. Luego miré alrededor, a las sábanas revueltas al otro lado de la cama. Me había quedado dormido y había vuelto a hacerlo.
Me levanté con intención de ir al baño. Estaba enfadado y empalmado, joder. Había estado soñando con que me iba a hacer una mamada. Me paré unos instantes delante del lavabo, levanté los ojos hasta mi imagen en el espejo y una sonrisa empezó a curvarse en mis labios conforme mis ojos seguían el rastro de labios con carmín que iban desde mi cuello hasta mi polla. Después de todo no había sido sólo un sueño... Tracé el recorrido con mi mano imaginándola haciéndolo.
_ Bien, Northman... – murmuré con fastidio al llegar a mi erección que ahora ya era enorme-. Justo lo que necesitabas.
Suspiré y me metí en la ducha para hacerme cargo de mi problema y no pensar demasiado en ese pequeño sentimiento que empezaba a pincharme y que tanto me fastidiaba.
Al día siguiente me desperté abrazado una almohada. Hasta ahora no me había molestado pero tenía que reconocer, si no en voz alta, al menos para mí mismo, que el hecho de que siempre se escabullera cuando cerraba los ojos, empezaba a fastidiarme. A ver, que yo era el maestro del escapismo post coito, pero que me lo hiciera a mí una y otra vez, jodía. Y mucho.
Nos habíamos conocido en un bar, me giré y me choqué contra ella, derramando mi cerveza sobre su pecho. Ella se había dado un tirón de la camiseta para que no la empapara, dejándome una excelente vista de sus pechos reaccionando a lo fresquita que estaba mi cerveza. Al principio con la confusión intenté secarla, luego me quedé mirando mi mano y cuando levanté los ojos me encontré con su mirada de guasa. Sí, le estaba tocando y mirando las tetas después de tirarle mi copa encima, eso era lo que parecía. Le pedí perdón y ella se rió. Así empezó todo, y con todo quería decir, nuestros encuentros para follarnos sin compasión. Quedábamos con la intención de tomar algo y hablar un rato, y siempre acabábamos en una cama antes de empezar la conversación, no fallaba. Al principio, era lo que buscaba, quiero decir, quedar con ella no sólo significaba hacerlo con una mujer hermosa, divertida e interesante, fundamentalmente, implicaba tener el mejor sexo del mundo sin compromisos de ninguna clase. Era refrescante encontrar a alguien como yo, alguien que tuviese claro lo que quería de mí y que coincidiese tan exactamente con mis deseos. Queda mal que yo lo diga, no me gusta presumir..., bueno, sí, pero soy un hombre muy atractivo y no tenía ningún problema para conseguir divertirme, pero sí para quitármelas de encima. El concepto polvo de una noche se le escapaba a casi todas, por eso la encontré tan diferente y refrescante. Ella llegaba a mi casa, sabía a lo que venía, lo hacía y se iba. Últimamente, mientras dormía. Y eso era lo que más me fastidiaba. Yo esperaba que a esas alturas, pese a que supiésemos lo que éramos para el otro, se pudiese quedar a dormir. No nos comprometía a nada, sólo a que pareciésemos amigos, al menos. Al principio, cuando se lo comenté, puso cara rara pero se encogió de hombros y me sonrió para decirme que tenía que trabajar temprano y que tenía que volver a casa. Eso tenía solución, claro, pero sugerir que yo fuese a su casa no era de recibo, nunca se ofrecía a que fuésemos allí. Tampoco quería insistir, no quería poner en peligro el mejor polvo que se podía tener. Volvía a repetirme que éramos follamigos, pero sin la parte en la que éramos amigos. Y eso era lo que me molestaba. ¿Qué sabía de ella? Que tenía unas tetas impresionantes, que se movía como nadie debajo, encima, delante de mí, que tenía una lengua por la que matar y morir, y que estar dentro de ella era lo máximo a lo que se pudiese aspirar. Y ya, ah, y que era rubia y tendría mi edad. Nunca precisaba cuál era su trabajo, nunca insinuaba dónde podría estar su casa. Venía a la mía, generalmente, al mediodía o por la tarde, y entraba en materia, después, mientras esperábamos para la siguiente ronda, que soy bueno pero necesito mi tiempo, hablábamos de literatura, de cine o televisión, se reía de mis gustos musicales y decía que, afortunadamente, nunca tendría que hacer un viaje conmigo porque podríamos acabar matándonos. Nada que la comprometiera, nada que me dijese de ella algo personal, nada que me diese una pista de lo que pasaba por su vida porque sus gustos, si bien eclécticos y muchas veces sorprendentes, no decían mucho tampoco. Me intrigaba, estaba empezando a convertirse en una obsesión y eso, no. No me iba a pasar los tres siguientes días que faltaban para nuestra siguiente cita, pensando en la mujer que me tiraba. Definitivamente, no.
Me levanté y me dispuse a empezar mi día. Ser mi propio jefe me daba libertad de horarios, tener una socia increíblemente eficiente, también ayudaba. Me pasé toda la mañana de papeleo, luego quedé con Pam para comer, le comenté mis gestiones y ella me habló de los problemas con los proveedores. Por la tarde, fuimos al local para solucionar los problemas y después de ir a casa a ducharme y cambiarme, volví al bar. Diría que me aburría, pero tenía que reconocer que el hecho de que se abriesen a mi paso como el mar Rojo y me miraran con admiración, pese a lo molesto que podía ser en ocasiones, era fantástico. Además, me permitía elegir a la que quisiera si me apetecía algo más. Cuando decía que era atractivo no estaba exagerando. Lo malo era que últimamente, con mi cuota de excelente sexo cubierta, elegir a una aleatoriamente ya no me apetecía.
Pam me miraba de reojo, lo sabía, no acababa de entender ese cambio y eso que ella también la había visto. Yo era una de las atracciones del bar, las chicas lo abarrotaban porque venían a verme y como había muchas mujeres, los hombres también lo llenaban, era un río revuelto en el que pescar fácilmente. También estaba que teníamos actuaciones en directo y que reinaba el buen ambiente, que para eso Pam era el súmmum del buen gusto. Mi vida era increíble, tenía un buen negocio, divertido y lucrativo, tenía amigos, podía elegir a quien quisiera, ¿por qué coño cuando terminaba el día pensaba que ya quedaba un día menos para mi "cita"?
El viernes, puntual como siempre, mi portero automático sonó a las siete y media. Abrí sin contestar y me quedé detrás de la puerta hasta que sonó el timbre. Esperé unos segundos y abrí con mi mejor sonrisa. Me devolvió otra aún más radiante y pasó sin decir nada. Le cogí el abrigo y el bolso y los dejé en la percha. Se cogió a mi cintura y se empinó para besar mis labios como saludo.
_ Eric – murmuró contra mi boca.
_ Sookie – respondí en el mismo tono de voz-. ¿Qué tal? ¿Mucho tráfico?
_ Sí, los días de lluvia son espantosos, ¿por qué todo el mundo parece olvidar cómo se conduce cuando caen cuatro gotas? – me reí.
_ ¿Quieres algo de beber?
_ Algo fresquito estaría bien.
Me acompañó a la cocina y le tendí una cerveza. Brindamos y nos sentamos en el sofá. Durante unos minutos más, mientras nos terminábamos nuestras bebidas, tuvimos una de esas conversaciones que no decían mucho de ninguno de los dos, comentamos una serie de televisión. Apuró su último trago y dejó el vaso sobre la mesa. Me miró con su sonrisa de ponerse a lo que íbamos y se acercó a mí. Me besó mientras se ponía a horcajadas sobre mí y empezábamos nuestra noche.
Cuando se ponía así, sacaba lo peor de mí. Nunca había sido demasiado demasiado dominante en la cama, sólo cuando lo demandaba la ocasión, siendo el amante generoso que siempre había sido, lo más fácil era que dejara que ellas llevaran el ritmo que mejor les viniese, adaptarme a lo que más les gustase. Cuando la cosa era más de aquí te pillo aquí te mato, evidentemente, era diferente, pero con los años, ese tipo de contacto se había ido espaciando. No era que buscara una pareja, ni mucho menos, pero ya tenía a algunas fijas y nos íbamos conociendo. Nadie a quien hubiese visto desde que ella entró en mi vida... Estar con ella era completamente diferente, por alguna razón que no quería preguntarme, deseaba dominarla, doblegarla, establecíamos un juego de poder en el que, al final, ella siempre me dejaba muy claro quien había ganado y, rara vez era yo. Aquella tarde no era diferente. A horcajadas sobre mí, comiéndome la boca mientras mis manos, que ya se habían perdido debajo de su falda, se aferraban a su culo y lo amasaban como si me fuese la vida en ello, poniendo la mente en blanco para no avergonzar al macho dominante que era con una rápida actuación, que nuestro combate era una carrera de fondo, fue la primera vez que me di cuenta. Aquello no era ni mucho menos sólo sexo, no para mí, ya no. Quise alejar ese pensamiento de mi cabeza, no podía ser y, en cualquier caso, no era el momento. Así que dejé su culo y paré sus manos que empezaban a deslizarse por mi pecho en dirección a mi bragueta. Durante unos segundos me miró confundida porque había parado de tocarla y de besarla, y aún más, porque la había detenido a ella en su progresión. Le dediqué mi mejor media sonrisa lasciva y le hice entender que eso no era lo que íbamos a hacer esa noche.
_ ¿Confías en mí...? – susurré en su oído con una voz sensual que hasta a mí me sorprendió. Ella dio un pequeño respingo en mi regazo y dejó escapar un gemido.
_ No... – musitó aceptando el juego pese a no tenerlas todas consigo.
_ Esa no es la respuesta correcta, amante.
_ ¿Qué quieres hacer...?
_ Follarte – me reí bajito mientras a ella le costaba no comenzar a restregarse contra mi erección-, ¿para qué otra cosa has venido?
_ Pues entonces, ¿por qué paras? Estoy en tu casa sobre ti, ¿te parece poca confianza? – su confusión era adorable.
_ No está mal pero no eso lo que hoy quiero de ti.
Lo murmuré contra su piel para ver si mi simple aliento provocaba alguna reacción en su cuerpo. Lo hizo, su piel se erizó y eso me produjo un placer especial. Me levanté antes de que perdiese el control de mi propio juego y le sonreí antes de darle la espalda para salir de la habitación.
_ ¿Dónde..., dónde vas? – lo dicho, adorable.
_ Vete desnudando – ordené con el tono seco e imperativo que usaba con mis empleados-. Déjate los zapatos.
Salí para poder respirar y ajustarme un poco el pantalón. Este juego iba a ser más jodido para mí que para ella, pero quería ver hasta donde llegaría. Me serené camino de mi armario y saqué un pañuelo para el cuello que Pam me había regalado, lo que quería decir que seguro que era de seda y asquerosamente caro. Me senté a los pies de la cama y esperé unos instantes. Cuando consideré que ya la había hecho esperar lo suficiente, volví. Cogí aire para entrar con aplomo en el salón. Al verme entrar se levantó como si hubiese tenido un resorte en el culo. Tuve que reprimir la risa para no estropear el efecto. Se paró delante de mí, desnuda, como le había ordenado, con los zapatos de tacón. Levanté la ceja y le dediqué media sonrisa para darle mi aprobación. Ella se relajó un poco al verla e hizo amago de decir algo pero mi expresión la disuadió. Muy lista, estaba aprendiendo y adaptándose muy rápidamente al juego.
_ Muy bien, amante – me acerqué lo suficiente para que mi proximidad la excitara pero sin llegar a tocarla, y susurré a su espalda-. Tengo algo para ti – intentó darse la vuelta-. No te muevas – ordené.
Saqué el pañuelo de mi bolsillo y lo doblé para ponerlo sobre sus ojos. Al notar lo que iba a hacer hizo un pequeño movimiento de rechazo que me hizo pensar si no estaría yendo muy lejos con ella.
_ Eric... – murmuró.
_ Confía en mí – volví a repetir mientras se lo ponía alrededor de los ojos.
La cogí de la mano y la saqué de allí. La guié por la casa un poco más de lo necesario para desorientarla, antes de entrar en el dormitorio. Mi habitación era grande, muy grande, al reformar la casa había unido dos piezas para que una sirviera de vestidor desde el que acceder al baño. La cama estaba en el centro de la habitación, frente al ventanal que daba a la terraza desde la que se veían unas espectaculares vistas de la ciudad. Pero en ningún momento la llevé a la cama. Cogí sus manos y la puse sobre el mueble que hacía de cabecero, con la altura idónea, justo a mi cadera. La dejé dándome la espalda. Su culo tentador se movía en un intentó de atrapar mi erección.
_ No te muevas – ordené y se quedó rígida al oír mi voz-. Vuelvo enseguida.
Si seguía moviéndose así y dejando escapar pequeños gemidos cada vez que le ordenaba algo iba a tener que salir constantemente de la habitación para no acabar follándomela sin toda la parafernalia. Cogí unos cubitos y volví. Sí, ya, muy poco original, quién haya visto Nueve semanas y media y no lo haya hecho nunca, que tire la primera piedra. Regresé al dormitorio y allí estaba, con las piernas ligeramente abiertas, apoyada en el mueble esperándome. Pasé mi mano helada por su espalda, deslizando mis dedos suavemente por su columna. No se lo esperaba y gimió con el contacto. Mi mano acabó sobre su cachete derecho, asiéndolo con fuerza. Me acerqué a su oído.
_ ¿Estás lista? – asintió levemente mientras su pecho se agitaba. Mi mano siguió su camino entre sus piernas y pasé los dedos por sus labios y entraron levemente en ella que se abrió más para darme mayor acceso-. No está mal – aprobé y mi mano salió de su emplazamiento.
Un sonido de decepción salió de su boca y me provocó una sonrisa. Durante los siguientes minutos entré y salí de ella, mi dientes mordisquearon su cuello y su espalda, mis manos acariciaron y pellizcaron sus pezones. Mi lengua lamió ese punto que a ella le enloquecía detrás de la oreja. Durante todos esos minutos, permaneció de pie, sin moverse, gimiendo con anticipación a lo que le iba a hacer. El cubito de derretía olvidado en el vaso porque prefería ser yo quien sintiera el fuego que desprendía su piel. Aún así, lo cogí y lo pasé por su sexo, jugueteando con sus labios y su clítoris a la vez. No sabía si encogerse por la sensación o gemir, acabó haciendo las dos cosas a la vez.
_ Dime qué quieres, amante.
_ ¿Qué quiero...? – balbució.
_ Sí, qué quieres.
_ A ti.
_ Ya estoy aquí.
_ Dentro de mí.
_ ¿Dónde...? – la pregunta la pilló por sorpresa-. ¿No lo sabes? Es una pregunta muy simple.
_ En mi vagina – respondió al fin.
_ ¿Qué parte de mí? – lo dije con un tono de voz tan bajo que su piel volvió a reaccionar.
_ Tu polla – dijo con un hilo de voz.
Era curioso como una mujer que sabía jugar con mi susodicha polla de esa manera, era incapaz de llamarla por ese nombre, por eso que lo dijera así, hizo que se estirara un poco más reclamando mi atención, deseando ser liberada y poder, por fin, salir a jugar. El hecho de estar completamente vestido mientras ella estaba desnuda nos había excitado a los dos. Nunca pensé que me pudiese hacer sentir poderoso y mucho menos que ella gimiera cuando mi pantalón o mi camisa la rozaban. Me desabroché el pantalón y bajé mi cremallera. Salió disparada, como un tentetieso. Al notarla contra su culo, se estremeció y sus piernas se abrieron más para mí. Pasé los dedos por ella una vez más para testar cómo de preparada estaba. Menuda tontería, nunca había estado más húmeda. La deslicé por ella, recorriendo su sexo, un par de veces mientras protestaba, hasta que la metí de un suave empujón. Por fin. Me agarré a sus caderas para no caerme ante la sensación que me recorrió la espalda. Comencé a moverme contra ella, ajustando la postura para darle donde a ella más le gustaba. Me eché un poco sobre ella para besar su cuello y mis manos dejaron sus caderas para coger sus pechos. Mis caderas se movían contra ella sin necesidad de controlarlas, en un movimiento aprendido ya y perfeccionado a lo largo de las últimas semanas. De sus pechos bajaron a su sexo y comencé a acariciar su clítoris mientras la apretaba más contra mí y mis embestidas se hacían más apremiantes.
_ Por favor... – jadeó.
_ Por favor, ¿qué...? – sorprendentemente, conseguí articular con tono autoritario.
_ No pares..., así... ¡Sí...!
Tengo que reconocer que oírla suplicar lo hizo, no era que no me fuese a correr, vamos, si llevaba controlándome desde que había entrado, pero verla tan entregada y suplicándome lo consiguió. Comenzó a convulsionarse contra mí, alrededor de mí, masajeándome con sus músculos internos y me fui, dando gracias porque ella lo había hecho antes. Me dejé caer sobre su espalda un poco, salí de ella a regañadientes y devolví mi pene a su emplazamiento. Subí la cremallera haciendo ruido deliberadamente y besé su hombro.
_ No te muevas aún.
Salí para poder respirar tranquilo y fui a recoger su ropa al salón. Cuando regresé seguía con las piernas abiertas, levantando su sexo para mí, casi implorándome más atención. Pasé mis dedos por él, remoloneando un poco en su entrada y los quité.
_ Ya te puedes quitar el pañuelo.
Se la quitó lentamente y se volvió. Su mirada era de deseo y su expresión de asombro. Era evidente que ese no era el sexo que pensó que iba a tener cuando tocó a mi puerta. Lo que vio, mi sonrisa presumida mientras me llevaba los dedos a la boca. Cuando pudo separar los ojos de mi cara, miró alrededor para descubrir que estaba en el dormitorio y que a su lado, en el mueble en el que había estado apoyada todo el rato, estaba su ropa. La amargura de haberme despertado solo los días anteriores, después de, me pudo.
_ Hoy quería estar despierto cuando te fueras.
De vuelta a la realidad. Bueno, esta vez han empezado a lo grande y tampoco es que lo hayan pasado demasiado mal, aún..., jejeje.
¿Qué tal esta nueva historia? ¿Digna de darle una oportunidad?
¿Comentarios, por favor...?
