DICLAIMER
Evidentemente, esto es una adaptación de una historia de mi autoría a la saga que todos conocemos: Crepúsculo. En esta historia, la trama varía y está alejada de lo que Stephenie Meyer escribe, por lo que sólo he tomado de ella sus personajes.
CAPITULO I
Buscar en algún diccionario la definición de "vida" es una particular pérdida de tiempo; especialmente porque para todos es sabido que la vida es ese cúmulo de circunstancias y casualidades que juegan a tu favor o en contra, y que te ponen en situaciones en las que nunca esperaste estar. La vida no siempre te trata bien, esa es una realidad. Isabella siempre había tenido claro eso, de hecho, lo tenía claro desde sus catorce años, cuando su padre murió en un atentado al Congreso en Rusia, Moscú para ser exactos. Charlie Swan era un político; un hombre no muy abierto a demostrar sentimientos y algo frío con las personas que no pertenecieran a su círculo cercano, pero si algo tenía claro, era que su única hija era su adoración. Así mismo, para Isabella, su padre era su ídolo. Por eso, cuando murió, la vida de la chica hizo catarsis y aquella personalidad volátil que había reprimido por años, salió a la luz. René, la madre de la chica, no soportó mucho la situación. Había perdido a su amado esposo y ahora tenía una adolescente en casa con la que no podía lidiar por falta de tiempo y de ganas; ella también trabajaba en la política, de hecho, había conocido a Charlie cuando ambos estudiaban Ciencias Políticas en la Universidad en Washington, y habían llegado juntos a trabajar al Congreso. De forma que, sin ganas de esforzarse en la crianza de una hija que, a su parecer, no tenía compón, decidió enviarla a un internado en Grecia. Obviamente, René no esperó lo que Isabella tenía planeado, quien valiéndose de su belleza y su capacidad innata de utilizarla a su favor, se encargó de manipular al hombre que la llevaba consigo. Él no tendría más de 24 años, era un simple chico que había recibido la oportunidad de ingresar en el cuerpo de seguridad de una congresista, pero que tuvo que lidiar con su hija antes de si quiera poder llegar a resguardar la vida de la mujer. Los planes de aquel chico desaparecieron cuando Isabella se las ingenió para seducirlo. Un juego peligroso. Pronto, ambos pasaron a hacer más que la "niña" y el "guardaespaldas". Terminaron viviendo un buen tiempo en Niza, Francia. Ella se había encargado de pedirle ayuda a Aro Swan, su abuelo paterno; quien no dudó en cubrirle las espaldas a la chica en lugar de exponerla con su madre. Claro que, el hombre no tenía idea de la compañía de su nieta. Isabella siempre supo qué hacer para manipular a la gente a su antojo; lo cierto es que, con quince años, era una mentirosa en potencia. Su guardaespaldas, aquel pobre iluso, fue el primer hombre en la vida de la chica. Cerca de tres años estuvieron juntos; ella recibía educación en casa y ambos vivieron cómodamente gracias a la suntuosa manutención que Aro le pasaba a su nieta.
La sorpresa llegó a la vida de Isabella una tarde. Tenía poco menos de 18 años para aquel entonces. Se encontraba sentada en el lavado de su piso en Niza y podía escuchar el televisor sonando con un canal deportivo desde su habitación. La chica llevaba por lo menos treinta minutos sentada sobre el retrete, mientras en su mano derecha reposaba una prueba de embarazo marcada con dos rayas. Ella sabía lo que significaba y, de hecho, lo había temido desde que presentó los primeros síntomas. Lo recordaba casi siempre; había estado caminando por las calles de Niza de forma distraída hasta que sintió que perdía la visión. Había sido un momento muy breve, pero cuando pudo volver a verlo todo nuevamente, se encontraba lo suficientemente mareada como para comprender que había estado a punto de desmayarse y de dar de bruces con el suelo. Gracias al cielo, no pasó a mayores. Pero ahora estaba allí, sentada en un retrete y con la certeza que dentro de sí, había una vida creciendo. Se preguntaba lo que podía hacer a partir de allí, o si debía hablar y decírselo a su madre, o tal vez a su abuelo. Isabella estaba tan perpleja por la nueva noticia, que era incapaz de reaccionar. Otra en su lugar hubiese llorado, tal vez habría entrado en una especie de crisis de nervios, pero ella estaba allí, en silencio. Ni siquiera pensaba en lo que tendría que vivir si llevaba a cabo ese embarazo. Entonces, algo más pasó por su mente: ¿Tenía que llevar a cabo ese embarazo? El pensamiento bastó para que la chica sacudiera la cabeza, dispuesta a despejar ciertas ideas de ella. Podía ser muchas cosas, y eso ya era evidente, pero no iba a ser ella quien pusiera fin a una vida. Desde su muy extraña perspectiva, mentir estaba bien, manipular estaba bien, pero acabar con un embarazo estaba mal. Su lógica no tenía sentido, pero no podía culparse a alguien de dieciocho años, cuyo padre había muerto y cuya madre la había querido enviar a un internado para no encargarse de su crianza, ¿cómo juzgabas a alguien que había tenido que crecer sola? ¿Cómo juzgabas a alguien que se había apañado de la mejor forma que creyó para salir adelante, aunque eso significara tener que mantener una relación con un hombre por lo menos diez años mayor? Un pervertido, a decir verdad, porque solo uno podía relacionarse sexualmente con una niña. Isabella negó con la cabeza, después de todo, había tomado una decisión. Quedaba claro, en ese sentido, que ella era alguien impulsiva, que tomaba decisiones importantes en cinco minutos y que no se preocupaba por las consecuencias que esto pudiese tener; pero para ella, el asunto de su embarazo no tenía discusión. Sería ella la que cargaría con su hijo, entonces debía ser ella la que decidiera sobre ello.
Sin embargo, una semana después, aun intentaba hallar la forma correcta de decírselo al padre del bebé. Suponía que no podía simplemente llegar y decirle "Bueno, serás padre", así, sin tacto, ni nada. Tal vez ella no había sido la reina de la sutileza anteriormente, pero tenía claro que un tema delicado debía ser tratado con delicadeza; aunado a ello, debía admitir que tenía un miedo creciente, que parecía crecer de hecho al mismo tiempo en el que crecía aquel pequeño en su interior. ¿Y si él la dejaba? Hablaba de James, su pareja, del hombre con el que mantenía una relación desde hacía ya dos años. No sabía lo que haría sola en Niza, y menos con un hijo. Esa fue la razón por la que, cuando acudieron a una fiesta ese viernes, ella se mantuvo callada con respecto a la "buena nueva" que tenía que haber dicho. Habían sido invitados por unos amigos que una noche habían conocido por casualidad en un bar cercano al piso en el que vivían, así que no dudaron en aceptar la invitación cuando estos la pusieron sobre la mesa. La fiesta iba a despuntar al alba, pero Isabella no podía simplemente quedarse allí –sin beber ni una gota de alcohol, sobra decir–, y aparentar que no pasaba nada. Así que, tras una breve discusión con su acompañante, decidieron que debían irse. Él estaba ebrio, como de costumbre, y no estaba dispuesto a ceder el mando del vehículo, así que Isabella tuvo que conformarse con que por lo menos hubiese aceptado llevarla y que no la hubiese enviado en un taxi a casa. Se mantuvo en silencio durante varios minutos, sin saber qué decir en realidad; se notaba lo irritado que él estaba, y la chica supuso que su reacción respondía al hecho de no haberlo dejado hacer lo que quería. No siempre iba a poder así, o eso quiso decir la castaña, pero vio furtivamente silenciada por la sorpresa de la intromisión en su campo de visión de un vehículo a toda velocidad. Isabella no tuvo tiempo de reaccionar, sus ojos se abrieron como platos y lo próximo que fue capaz de reconocer, fue el dolor causado en todo su cuerpo cuando atravesó el parabrisas del auto y quedó tendida sobre el capó del mismo. No había usado cinturón de seguridad, estuvo consciente de ello cuando el dolor la golpeó casi de forma inmediata y quedó sumida en la inconsciencia.
Lo próximo que supo, cuando abrió los ojos nuevamente, era que ya no estaba en la calle. Las luces del lugar no le decían si afuera era de día, o de noche, o si había dormido o poco o mucho. Se mantuvo quieta; cuidando de no realizar movimientos bruscos. Le dolía el cuerpo, y podía sentir un dolor punzante en su cabeza, tal como si martillearan sobre ella una y otra vez. Sus costillas, por otro lado, no estaban mejor que el resto de su cuerpo; su abdomen dolía como si hubiesen dado una paliza.
—Estás bien, la herida en tu cabeza no es grave. Tus costillas sanarán antes de lo que imaginas— dijo una mujer junto a ella.
Por un momento, muy fugaz, la castaña tuvo miedo de entornar los ojos e identificar a la mujer a su lado. Tuvo miedo de ser capaz de girar el rostro y darse cuenta que René estaba a su lado, fulminándola con la mirada. Pero aquella voz, tan dulce y con un perfecto acento francés, no correspondía a la voz distante de su madre. Así que Isabella pudo estar tranquila, por el momento. Giró apenas el rostro, dudando del hecho de poder hacerlo por el dolor que se produjo en su cuello cuando emprendió la acción. Cuando finalmente logró enfocar a la mujer, se detuvo unos segundos a detallarlo. Era baja, de tez muy clara –casi traslúcida–, cabello rubio platinado, unos bonitos ojos verdes y de cuerpo menudo. De esa clase de enfermeras que parecen crear importantes lazos con los pacientes. Pero Isabella no estaba interesa en ningún lazo.
— ¿Qué me pasó? — quiso saber, sin comprender la razón por la que su voz había salido tan afectada. Casi con un hilo de voz.
—Tuviste un accidente— respondió la enfermera, pero eso Isabella ya lo sabía —Reportaron un accidente a eso de las tres de la mañana. Según el informe de la policía, el hombre que iba conduciendo el auto en el que ibas estaba ebrio y decidió saltarse la señal de alto cuando pasó la intersección — la mujer se quedó callada, como si la castaña pudiese deducir el resto de la historia. Pero ella no podía hacerlo. Así que, habiéndolo comprendido, la rubia continuó hablando —Impactó contra otro auto, y las personas que iban allí fallecieron al instante.
Isabella contuvo la respiración en ese momento, procesando en su mente lo que aquella mujer acababa de decirle. "Fallecieron al instante". Esa frase se repitió en la mente de la chica un par de veces, antes de que ella fuese capaz de encontrar su propia voz y volver a hablar nuevamente.
— ¿Cómo está él? — quiso saber.
El silencio de la mujer hizo que el cuerpo de la castaña se helara al instante, temiendo entonces que la rubia suspirara y le dijera algo que en realidad no quería escuchar. Sin embargo, la enfermera solo hizo una mueca y palmeó suavemente la mano de la castaña.
—Se está recuperando, al igual que tú. Llevaste la peor parte ¿sabes? Él pudo salir caminando del auto.
Había cierto rencor en las palabras de la enfermera. Por un momento, Isabella se extrañó de ello; luego comprendió la impotencia de saber que varias personas habían muerto por la imprudencia de un hombre ebrio que, seguramente, al día siguiente ni siquiera se recordaría de lo que hizo. Ella misma se empezaba a sentir molesta, no sólo por lo que James le había hecho a aquellas personas, sino por lo que le había hecho a ella misma. No estaría postrada en la cama de un hospital de no ser por él.
—Necesitaremos el número de un adulto. Eres menor de edad— informó la enfermera, para atraer nuevamente la atención de la chica.
—Aro Swan— respondió Isabella casi en un suspiro.
No podía llamar a nadie más, porque nadie más sabía dónde estaba ella realmente. Su abuelo sería su única esperanza.
—Su número está entre mis cosas… En mi móvil— explicó la castaña runciendo ligeramente el ceño —Es mi abuelo— se adelantó a decir.
— ¿Cuál es tu nombre? — quiso saber la enfermera.
En ese momento, la castaña comprendió que ni siquiera le había dicho cómo se llamaba.
—Isabella Swan— dijo sin más.
Unos minutos después, se había entregado nuevamente a los brazos de Morfeo. Su mente hizo un repaso de los nuevos acontecimientos, de todo lo que había pasado antes de ser capaz de conciliar el sueño. Había salido de una fiesta acompañada, durante la madrugada del sábado, y había tenido un accidente. Las personas que iban en el otro auto, fallecieron. Su acompañante estaba mejor que ella, recuperándose. Y de pronto, se dio cuenta de los cabos sueltos. La policía. Si las personas en aquel auto habían muerto, entonces había un culpable ¿Enjuiciarían a aquel hombre? Eso Isabella no lo sabía, pero quería saberlo. Su embarazo. El pensamiento despertó una alarma en la castaña ¿Qué pasó con su embarazo? Pero no fue capaz de luchar contra los brazos de Morfeo, que la retenían fuertemente y la obligaban a sumirse en la inconsciencia. No pudo seguir luchando. Solo se dejó llevar.
Cuando despertó, las luces artificiales de la habitación seguían encendidas y, aunque intentó entrecerrar los ojos y enterarse de si era mañana o tarde, no pudo hacerlo. Paseó la vista por la habitación, y sus ojos pronto se encontraron con unos ojos verdes que la escrutaban desde la lejanía. Allí, sentado en un sillón en el que Isabella no había reparado cuando habló con la enfermera, estaba la viva imagen de su padre. Parecía tener unos años más. Segundos después, la chica se dio cuenta que no era su padre quien estaba sentado observándola, sino su abuelo. Recordó entonces que le había dicho a la enfermera sobre él, y esa era la razón por la que él estaba allí. A la castaña le tomó otros segundos detallar la habitación como no lo había hecho cuando despertó más temprano ese día: las paredes estaban revestidas con un color pastel particularmente deprimente, la cama se encontraba en el centro de la habitación, las ventanas se extendían al fondo de la sala y todas estaban cubiertas con persianas de apariencia mullida y desgastada y, ella misma, estaba conectada a una serie de máquinas en las que no había reparado hasta que registró el "bip bip" de la computadora a su lado.
— ¿Cómo estás? — el hombre que se había sentado en el sillón al fondo, se había levantado sin que ella se diera cuenta, y ahora se encontraba a su lado.
Isabella alzó la vista para encontrarse con los ojos de su abuelo, quien la miraba con una combinación de preocupación y ansiedad. Tal vez la chica encontró cierta decepción en su mirada. «Mal, estoy jodida», quiso responder ella. Pero se limitó a evadir su pregunta haciendo otra.
— ¿Qué hora es? — fue lo que dijo ella.
Aro levantó su mano derecha, donde un fino reloj italiano reposaba. Le tomó a él apenas un par de segundos ver la hora y bajar nuevamente su brazo.
—Las nueve y treinta pm— respondió.
La chica frunció el ceño un instante, y se preguntó cómo era posible que hubiese dormido tanto. Pensó entonces que existía la posibilidad de que le hubiesen suministrado sedantes, eso o tal vez el golpe en la cabeza la había dejado demasiado atontada. Isabella alzó uno de sus brazos para llevar su mano a su cabeza y tocar su frente, pero el simple amago de levantar el brazo, le produjo un profundo dolor en las costillas, lo que la hizo desistir del intento al tiempo que hacía una mueca y cerraba los ojos con fuerza. Su abuelo no dijo nada. El silencio entre ellos se estaba prolongando más de lo que ella hubiese querido, pero no tardó en comprender por qué. No se suponía que su abuelo supiese de su relación con el guardaespaldas. Los italianos eran particularmente hombres correctos, no le gustaban las mentiras y, aunque su abuelo llevaba bastante tiempo residenciado en América, las viejas costumbres no se perdían.
—Vine a llevarte a casa— dijo Aro, irrumpiendo el silencio de la habitación —Tu madre me ha llamado esta mañana.
