1989
Está
harto de limpiar sus vómitos de las alfombras marfil del cuarto de baño
y de recoger las botellas de vodka vacías y repartidas por toda la
casa. Todo está impregnado de ese olor a abandono, alcohol, frustración
y su perfume de lavanda.
Eso no debería ser su vida. Lo repite todas
las noches cuando se acuesta y la oye gemir desde la otra punta de la
casa como un fantasma. Sabe que es el alcohol el que habla en su boca,
pero aún así, la odia.
Aférrate a tu fe.
Recuerda
las palabras del padre McPhee. Se pregunta si Dios le está probando.
¿Qué tipo de hombre abandona a un hijo a su suerte, con una madre
entumecida en alcohol las veinticuatro horas del día¿Qué tipo de
prueba es esa? Dios no puede querer algo así para un chico de tan solo
quince años. El Dios que conoce es un demonio con dientes afilados y
garras. Es el monstruo que se esconde debajo de su cama. Es cruel y
despiadado.
Está solo porque ya ni siquiera habla con ella. Solo
balbucea palabras sin sentido que escupen alcohol y se mezclan con la
amargura y el odio que siente por sus progenitores.
Ha dejado de
llamarla mamá y de esperar a que él llame. Ya no se queda horas junto
al teléfono esperando. Ya no confía en él, ya no espera nada porque ha
sobrepasado el límite de la decepción.
Y se aferra a lo único que tiene, su fe.
Aunque Dios esté jugando con él, no quiere dejar de creer.
1995
Ella
también le ha abandonado. Pero esta vez es asquerosamente agradable. Es
el fruto de habar agarrado con fuerza su fe. De haber rezado todas las
horas que dedicaba a pensar en su padre. Rezar para que algo cambiase,
par que le liberasen de una carga que él no había pedido y que cada día
costaba más aguantar. Todo en él flaqueaba.
Quería desprenderse de la única herencia que él le dejó.
No
le busca entre la gente vestida de riguroso negro y falsamente apenada
que le da el pésame con un pequeño golpe en el hombro. No espera que
haga gala del valor que nunca tuvo.
Tal vez no sea mejor que él,
pero soportó los años que le quedaban junto a ella. Aguantó porque
había descubierto que la vida no era como imaginaba que sería y ninguno
de los dos tenía la culpa.
El servicio se encarga de preparar un
pequeño almuerzo para los asistentes al funeral. Siempre le pareció
irónico y de mal gusto celebrar la muerte de alguien. El padre McPhee
le había dicho que celebraban la vida de su madre, pero él sabe a
ciencia cierta que la vida de su madre no es digna de celebración.
Ninguna vida lo es y mucho menos la muerte.
Se sirve una copa de
vodka y se encierra en el antiguo despacho de su padre. Está todo tal y
como lo dejó la última vez. Mira el retrato de su madre que cuelga
encima de la chimenea. Su casa es un tópico y se siente estúpido. Ella
no es la misma mujer de los últimos años. Y siente pena por ella.
Brinda con ella y vacía la copa de un trago.
Siente su cuerpo helarse y el vaho que sale de su boca. Respira con dificultad.
Se da cuenta de que puede que Dios le abandonase con él. Que se llevase consigo incluso su fe.
2005
Es
lo único real que ha tenido en mucho tiempo y hará todo lo que esté en
su mano para mantenerlo. Es lo único bueno que le ha ocurrido, lo único
que cree haber logrado por sí mismo y le aterra la sola idea de
perderlo.
Si solo supiese que fue la llamada de su padre la que le colocó allí…
Él,
su jefe, House, es lo más parecido a lo que debe ser una figura paterna
que ha conocido en su vida. Aunque nunca es bueno con él, ni le hace
ver que está orgulloso de sus capacidades como médico y tampoco tiene
la sensación de que sienta un especial aprecio por él. A pesar de todo
eso, es el total respeto y la desmesurada admiración que siente por él
que se aferra a ello con uñas y dientes.
Va a hacerlo. No va a dejar que nadie le arrebate también eso.
Encuentra
el bote de pastillas. Es la falsa revelación que ha tenido su jefe y
con la que resolverá el caso. Descubre el secreto que le abrirá las
puertas del cielo y le otorgará la salvación casi eterna.
Es un Judas y no siente ningún tipo de arrepentimiento porque Dios no está ahí para verlo.
Él no podrá castigarle por ello.
2006
Es una venganza, una plaga. Es Dios diciéndole que siempre ha estado ahí.
Tu padre ha muerto, Robert.
La
voz de ella al otro lado de la línea es metálica, ruin. Quiere
golpearla con el auricular. Quiere que ella se convierta en otra
borracha, en otro despojo humano. Ella debería sufrir lo mismo.
O tal vez sea él el que tiene que pasar por ello.
No
le presta atención a la otra mujer que está a sus espaldas porque todo
forma parte de una pesadilla. Un universo paralelo, una realidad
alternativa. Una tragicomedia.
Y recuerda por qué le odió tanto
durante tantos años. Nunca superó que el único hombre al que más
quería, su padre, fuese capaz de abandonarle. Olvidarse de él. ¿Es que
era posible olvidarse de un hijo? Porque él sabía que un padre jamás
llegaba a ser un recuerdo aunque estuviese muerto.
Todo parece pasar
a cámara lenta y siente que sale de su cuerpo, que Dios despoja a la
carne de su alma para que pueda presenciar su propia agonía. El dolor
transmutado en silencio y culpabilidad.
Es ahora cuando lo entiende
todo. Mientras él vivió nunca estuvo solo. Dios se limitaba a verle
pasar, cometer errores, uno tras otro.
El único que abandonó a Dios fue él.
