Pinturas rupestres

Tras la mata de arbustos, el pasillo de roca estaba muy oscuro, por lo que Sora acabó por tropezarse con una piedra suelta y cayó de boca al suelo, arañándose ambas rodillas. No lloró ni se quejó, nunca lo hacía delante de Riku. Pero sí que aceptó la mano de éste cuando se la ofreció para ayudarlo a levantarse, y Riku lo guió sin soltársela hasta llegar al fondo de la cueva. Ninguno de los dos mencionó los finos regueros de sangre que resbalaban por las piernas de Sora.

- ¿Lo ves? No era más que el viento. Aquí no hay nada.

La bóveda de la cueva parecía infinitamente alta en aquella época. Un agujero en las rocas del techo, como un ojo de buey, dejaba entrar la luz del sol de fuera. Y en la pared más alejada, medio oculta entre las sombras, una madera vieja pegada a las rocas, parecida a una puerta pero sin pomo ni cerradura. Eso era algo, pero para Riku, si no suponía una aventura nueva y emocionante, entonces era nada.

A pesar de todo, a pesar de ser tan sólo rocas y aire, Sora sonreía mirando cada rincón. Y Riku decidió que aquel sería el lugar secreto de ambos.


Sora rascaba muy concentrado en la roca, haciendo uno de sus muchos garabatos, por una vez en completo silencio. Riku observaba sentado, mientras lanzaba y volvía a recoger una de las piedras que utilizaban para dibujar, la espalda algo más encorvada de lo normal.

- ¿Qué dibujas?

- Una cosa con la que he soñado esta noche - los dibujos de Sora nunca eran fáciles de interpretar, siempre era mejor preguntar.

- Sí, bueno, pero ¿qué es?

- Un pato que hace magia.

Riku se quedó mirando a Sora con las cejas muy levantadas. Sora miraba a Riku mientras se mordía un poco el labio. Los dos empezaron a reírse a la vez.

- Sí, vale, a mí también me ha parecido estúpido cuando me he despertado. Pero en el sueño molaba bastante. Aunque creo que el pato era un poco antipático - Sora seguía dibujando en otro hueco en la roca, una especie de castillo con torres muy altas y puntiagudas, aunque algo torcidas -. ¿Y tú¿No has soñado nada esta noche?

No recordaba demasiado, pero Riku sabía que había soñado algo. Recordaba vagamente ver a Sora desde muy lejos, que parecía chillarle enfadado. Recordaba también una mano de mujer sobre su hombro, pálida y fría como el hielo, con uñas largas y afiladas. Pero lo que más recordaba era el tremendo peso dentro de su pecho y la oscuridad que lo envolvía todo.

- … no. Nada digno de nuestro lugar secreto.


Aquella noche fue la primera en la que llovieron estrellas.