Es mi primer fanfic, así que por favor, ¡no seáis muy crueles! xD

Personajes originales: de Hiro Mashima

SPOILER *Historia situada a partir del manga 427, tras la primera aparición de Gajeel*


En uno de los diversos pasillos que formaba el Consejo, corría un hombre un tanto corpulento. Pasaba de la mediana edad, con una estatura y cabellos tan comunes, que en lo único que destacaba, era en sus ojos ambarinos de gato.

Cuando alcanzó la puerta deseada, la abrió jadeando:

-Jefa, el capitán ha regresado. Pero no tiene muy buen aspecto…- el sudor le resbalaba por la frente.

-Como de costumbre…-dijo, quitándose sus gafas mágicas de lectura. Bajó por unas escaleras situada en la librería, con varios libros bajo el brazo- ¿Podrías hacerme el favor de dejarlos en mi mesa?

-¡Por supuesto!-el hombre salió por la puerta.

Levy, suspirando y resignada, se fue hacia una sala situada en el tercer piso. Una vez frente a la puerta, respiró hondo y entró.

La habitación estaba bastante a oscuras, pero no importaba. Había entrado miles de veces y siempre era por la misma causa. Entonces vio la cama ocupada y se sentó en el borde.

-¿Cuándo vas a dejar de ser tan imprudente?

-Nunca- Gajeel se incorporaba, pero al hacerlo escupió un gruñido.

-Espera- Levy se levantó y se puso a hurgar en un bolsito que tenía situado en la cintura; un botiquín básico. Siempre lo llevaba debido a su casi constante uso por parte del dragón de hierro. De rodillas sobre la cama, curaba la herida del hombro izquierdo. Éste, mientras tanto, la miraba constantemente, y Levy lo notaba.

-¿Qué…qué pasa? -no quería que se diese cuenta de que se había puesto roja. Últimamente se la quedaba mirando, sin decir nada, poniéndola nerviosa, pero Gajeel nunca le decía nada. Pero por primera vez, rompió el silencio.

-¿Has estado…- hablaba mientras giraba la cabeza en dirección a la pared- …alguna vez enamorada?

A Levy, situada ahora en pie, le temblaron las manos mientras guardaba los utensilios en su bolsito. Se mantuvo unos instantes callada, pero concentrada y con toda la seguridad de la que disponía, confesó:

-Sí…

Hubo otro silencio. Añadido al rápido movimiento de cabeza de Gajeel para mirar de espaldas la silueta inmóvil de Levy. Se sorprendió a sí mismo por su reacción, a la vez que le preocupaba aquella respuesta. Pero quería y necesitaba saber más.

-Y… ¿Cómo es?- puso todo su esfuerzo para demostrar indiferencia.

Levy seguía dándole la espalda, pero sabía que tarde o temprano llegaría éste momento. Así que sin preámbulos, se lo contó.

-Es brusco… Se deja llevar en vez de pensar las cosas. Me gusta eso de él, aunque depende de la situación. Se hace el duro, como si sus propios sentimientos o el de los demás no le afectasen… pero sé que no es así - Empezaba a tener calor. Pero no podía parar. Ya no.- Siempre está esforzándose en ser el más fuerte, y eso le hace ser un cabezota; pero a pesar de sus defectos, me gusta como es… A pesar de que en nuestro primer encuentro me consideró una enemiga.

Sonreía, sin mirar a ninguna parte. Pero cuando quiso darse cuenta de la importancia de sus últimas palabras, Gajeel la agarró del brazo derecho empujándola hacia él. Sus caras estaban frente a frente.

-¿Y todavía lo quieres?- preguntó ansioso e incrédulo; no podía imaginarse que la enana que tenía frente a él… encima de él…

La peliazul se quedó en blanco. No sabía si reír, llorar o salir corriendo de allí. Pero no podía dejar ésta oportunidad, fuera cual fuera el desenlace. Su corazón necesitaba salir de aquella jaula que había creado ella misma por el miedo. La brillaban sus ojos de la emoción y fue entonces cuando movió los labios:

-Sí…- Por vergüenza cerró los ojos. Pasaron segundos, minutos, horas… no lo sabía. Hasta que notó la mano de Gajeel sobre su mejilla; y con la otra mano, situada en su espalda, la empujó hacia él.

El primer roce de sus labios fue tímido y corto.

El segundo fue más sensual e intenso.

Y el tercero fue fogoso, en donde desembocaron todos sus instintos, sin dejar de despegarse el uno al otro, con sed de querer permanecer así para siempre.

Cuando se separaron a duras penas, juntaron sus frentes, entreabriendo los ojos y sonrieron. Se hicieron una promesa, entrelazando sus manos.

-¿Siempre?

-Siempre… gihi.