No soy Suzanne Collins, por tanto, la trama de esta historia no me pertenece, tan solo he jugueteado con ella. Hay algún personaje por ahí que es más de lo mismo.

Me estreno en esta FanFiction, ¡espero que os guste!


Dos palabras, con dos simples palabras una persona se identifica: nombre y apellido.

En mi caso: Kaia Kaesi

Simple, fácil. Dos palabras que te diferencian del resto de personas que tienes a tu alrededor. Dos palabras que en realidad no suele producir ningún efecto en las personas. Cada uno tiene su identificación. Solo son simples palabras... O eso es lo que parecen.

Tu nombre y tu apellido no solo son simples palabras, no son una manera para poder llamarte a ti y solo a ti. Esas palabras te pueden llenar de alegría o de pánico depende de quien las mencione. Es curioso siendo sentimientos contradictorios que las mismas palabras, Kaia Kaesi, den diferentes reacciones según la boca de la cual salgan. Diferentes reacciones, diferentes consecuencias...

Consecuencias desastrosas...

Cuando pienso en buenos momentos para que digan tu nombre se me ocurren varios: Que lo diga aquella persona que te atrae, que lo diga aquél profesor para alabarte, que lo digan tus padres cuando has nacido, con ternura, que lo digan para decirte que has ganado un fabuloso premio... Pero sin embargo, cuando pienso en malos momentos para que digan tu nombre solo se me ocurre uno:

El día de la Cosecha.

Aunque ya me he despertado no abro los ojos. Sé que es el día de la Cosecha y que no solo yo estoy con los ojos cerrados en la cama temiendo salir al exterior por lo que pueda suceder. Oigo a mi hermano en el salón, seguro que está hablando con mi padre. No oigo más movimiento por la casa, así que supongo que mi madre ya se ha ido a la fábrica. Me muerdo el labio saboreando ese momento tan normal, del día a día, quizás por última vez. Odio pensar que quizás es el último momento en que una cosa tan sencilla, como escuchar a tu hermano hablar con tu padre, pueda suceder. Mi hermano abre la puerta y empieza a subir las persianas silbando. Yo gruño, enfadada por que me saquen de mi cama, de que me digan que la vida sigue, por mucho que yo quiera detener ese momento.

-¡Arriba, dormilona!- me dice Jrysem, zarandeándome.

Abro los ojos de golpe y veo su sonrisa de oreja a oreja que tanto lo caracteriza. No puedo evitarlo y sonrío, como siempre que le veo. Es extraño pero para ser el día de la cosecha él lo lleva bastante bien. Sonríe, hace sonreír a los demás... como si fuera un día más. Me hace cosquillas en la barriga y consigue ponerme en pie. Le pregunto la hora, y me doy cuenta de que me han dejado dormir más de lo normal. No pregunto el porqué, prefiero no saberlo. Así que me voy a vestirme aún con esa sonrisa que me ha conseguido sacar Jrysem. Me visto con una camiseta y unos pantalones, aún quedan tres horas para la cosecha, ya me pondré más formal más tarde. Veo tres cucarachas por el pasillo y las piso para que no se reproduzcan más. Mi casa no es un palacio, es una vieja casa que según entras da la horrible impresión de que se te puede caer encima el techo. No es como el edificio de la justicia o la casa de la alcaldesa ... Me mojo ligeramente los dedos y me los paso por mi cabello ondulado y castaño, para estar más o menos presentable, y le doy un beso en la mejilla a mi padre antes de salir por la puerta principal.

Como cada día de la Cosecha, me dirijo al pueblo. No quedo con nadie, como hace mi hermano Jrysem, que queda con su novia. Llevo tres cosechas pasadas, y en las tres he ido a hacer lo mismo. La idea se me ocurrió los últimos días antes de mi primera cosecha. La idea de esperar con mis amigos la hora en la que podríamos ser condenados a muerte se me hacía horrible, pero la idea de estar sola en casa y ver como mi padre me miraba con los ojos apenados tampoco era una buena opción. ¿Qué era lo que haría? Darme una vuelta por el Distrito 8, donde vivo. Sabía que si mi nombre saldría en la cosecha lo echaría de menos. Así que una vez me dirigí hacia el pueblo empecé a caminar por las calles vacías. Hoy se supone que es festivo por los acontecimientos, pero los trabajadores de las fábricas de textiles no pueden gozar de esta fiesta. El Capitolio no cierra, dicen.

Paso cerca de dos agentes de la paz que patrullan. Por acto instintivo aparto la vista y bajo la cabeza. Los agentes de la paz solo empeoran la situación en la que vivimos. Paso cerca de la panadería y me relamo los labios viendo los preciosos pasteles de la entrada. Nunca he podido comer ninguno, ya que aunque mi padre y mi madre tengan trabajo, no es suficiente. Por esa razón mi hermano tuvo que pedir teselas, y su nombre entrará en el sorteo cuarenta veces. A mi no me dejó pedir ninguna tesela para que él llevara menos, así que mi nombre en cambio solo entrará cuatro veces en el sorteo. La posibilidad de que el condenado a muerte sea él es mucho más probable que no que lo llegue a ser yo. Suspiro y cierro los ojos.

No quiero volver a dirigir mis pensamientos a la cosecha, pero a cada paso que doy hay algo que me lo recuerda. Las banderas colgadas de las casas, con el escudo de Panem y el número ocho bien grande; Las cámaras de televisión en los tejados como si fueran buitres esperando la hora a la que echarse sobre sus pobres víctimas, el aire triste que se respira en el ambiente, algún niño jugando a la pelota, cuadrillas de amigos juntos que están quietos, callados, pensativos. Veo el camión del Capitolio que se dirige hacia la aldea de los vencedores, seguramente con los estilistas de Frika, la última ganadora de los juegos del hambre. Será la mentora de los próximos tributos en los siguientes juegos del hambre, y lo seguirá siendo si no consigue uno de ellos ganar. Las reglas de los juegos del hambre son sencillas. Se eligen por azar en el día de la Cosecha dos tributos de cada uno de los doce distritos. Un chico, y una chica. Los veinticuatro tributos son encerrados en una arena donde puede haber cualquier cosa: un bosque, una isla o un volcán, condenados a matarse entre ellos. Él que sobreviva, gana.

Es así como el Capitolio nos dice que aún es fuerte, y lo consigue de manera aplastante. Además, para que parezca humillante, debemos tratarlo como una festividad más que a una tortura. Miro el reloj y doy una vuelta más por el pueblo, pasando por la lavandería de mi padre. Miro la tienda a través de la persiana metálica. Por alguna razón que no acabo de entender, creo que mi hermano saldrá elegido esta tarde. Quizás es el shock de saber que cuando otros de su edad solo tienen siete teselas y él tenga cuarenta. Quizás es esa manera que tiene de verlo todo, como si nunca nos fuera a pasar a nosotros. A mi no me pasa. Me rodeo la barriga, ya que tengo un nudo en el estómago que no me deja respirar. Odio el capitolio, odio como nos hace vivir, odio verlos vivir tan bien por la televisión y odio los juegos del hambre. Sin embargo, me muerdo la lengua y contengo mi rabia en mí.

Veo mis ojos marrones reflejados en el cristal y me sorprendo de como brillan. Me miro el rostro, redondo con los ojos marrones claros, una nariz fina y unos labios algo carnosos. Las orejas no se ven, tapadas por mi cabello ondulado. Tengo la cara algo manchada del polvo, y me da un toque algo salvaje. Decido volver a casa para limpiarme un poco la suciedad y acabar de arreglarme. Miro la hora y pienso que Jrysem ya estará en casa, haciendo la comida, mientras papá se habrá ido a colocarle las rosas a Izadora. Siempre considera que fue hoy cuando la mataron, ya que fue el día de la Cosecha cuando la condenaron a muerte.

De camino a casa pienso en mi difunta hermana Izadora. Cuando su nombre salió elegido en la cosecha, en los vigésimo primeros juegos del hambre, mi padre se echó a llorar. Era mi primera cosecha y oír el nombre de mi hermana me había dejado de piedra, viendo como subía al escenario y con la cabeza en alto escuchaba como la nombraban tributo del distrito ocho. Murió en la arena defendiendo a su aliado. Des de entonces mi padre ha llevado siempre rosas a su tumba en cada cosecha. Jrysem y yo no hablamos mucho del tema, aunque los dos la echamos muchísimo de menos y odiamos más al capitolio des de que murió. Mi hermana era la persona más amable que conocí en mi vida. Nunca la oí quejarse de nada, ni siquiera del capitolio, y siempre estaba dispuesta a echar una mano a quien lo necesitase. Murió ayudando, y en mi opinión, era la mejor muerte que podría encontrarse en aquella horrible arena.

Cuando llego a casa mi hermano me viene a dar un abrazo y a preguntarme por el paseo. No se cuando se dieron cuenta de que lo que hacía en las cosechas era ir a dar un paseo, porque yo nunca les he explicado nada. Le sonrío y me voy al baño sin decir nada. No tengo ganas de hablar ni de pensar otra vez en la cosecha ni en Izadora, y menos hoy.

Limpio un poco la bañera por encima y me doy un baño (de agua fría, no os penséis). Me friego bien fuerte los brazos y las piernas hasta que considero que he quedado bastante bien. Jrysem grita que ya tengo los cereales y la leche en la mesa. Me sorprendo de que haya leche, ya que es un bien preciado que mi familia normalmente no puede permitirse. Me visto con mi traje más elegante, un vestido azul que me llega hasta las rodillas en volantes. Voy a la mesa y le pregunto por la leche.

-Oh, bueno... he estado trabajando un poco con los Fluyer, los granjeros que viven aquí cerca, a cambio de algunas cosas como leche y huevos...

-Oh, Jry, ¡Que detalle! ¿Lo saben papá y mamá?

-Sí, y están bastante orgullosos. Ahora ya no hace falta alimentarnos siempre de los cereales de mis teselas, va mucho mejor.

Teselas. Una palabra clave que vuelve a meter en mi mente las palabras "Cosecha" y "Juegos del Hambre" Bajo la mirada, ya que sé que mis ojos estarían brillando, y nadie mejor que Jrysem sabe que es lo que significa eso. Bebo la leche muy a gusto, contenta de cambiar un poco el menú de los cereales. Nuestros padres llegan enseguida. Veo que mamá tiene ojeras y le guardo una ración extra de abrazo para después. Mi padre le da un beso en la mejilla a mi madre y trae los cereales y la leche de los dos, y como si fuera otro día más, hablamos tranquilamente hasta que acabamos de comer. Entonces mi madre se va a cambiar y yo me recojo el cabello en una coleta alta, mientras siento como el dolor de barriga cada vez va a más. Tanto, que tengo que deshacerme y volver a hacer la coleta tres veces. Jrysem aparece a mi espalda y me abraza muy fuerte, sonriendo, con su sonrisa, contagiándome.

-Relajate Kaia.- me dice, mientras me abraza.- No pienses en que saldrás elegida, es practicamente imposible. Muchas chicas de tu edad tienen el doble de teselas que tu.

Lo abrazo bien fuerte y me muerdo el labio, porque no me preocupo por mi si no por nuestros padres que ya han tenido que sufrir la muerte de una de sus hijas en la arena y no me gustaría que vieran a otro de sus hijos seguir su camino. Sin embargo no se lo digo, porque si soy experta en algo es en ocultar mis sentimientos o mis pensamientos más profundos, aunque quien me conozca sabrá por mis ojos que miento.

-Anda, salgamos.

La plaza donde se celebra la cosecha está medio llena cuando llegamos. Jrysam y yo nos acercamos a las máquinas y fichamos antes de dirigirnos hacia nuestro lugar, yo entre las chicas de quince años y él entre los chicos de dieciocho. Veo a Resa y a Lilah, mis dos amigas de siempre y me voy con ellas. Tengo entendido que ellas si que quedan antes de la cosecha, ya que me pidieron el año pasado que fuera con ellas, pero yo prefiero tomarme el día libre para reflexionar, aunque luego me siente mal.

-¡Kaia! ¿Qué tal?- me pregunta Lilah, una chica bastante simpática, pero con doble cara, ya que si no le caes bien ya podrías preocuparte por tu pellejo.

-Nerviosa, como todos, supongo. ¿Ha llegado ya la alcaldesa?

-No, pero estará al caer, la plaza se empieza a llenar cada vez más y más.- dice Resa.

Es verdad, cada vez nos vemos más apretujadas en un rincón, con solo una posible dirección valida, la salida hacia el escenario. Miro a mi alrededor y veo a mis padres hablando con los padres de la novia de Jrysem. Por un acto impulsivo abrazo a mis dos amigas y ellas me abrazan a mi con fuerza.

-Pase lo que pase os quiero.- dice Resa.

Lilah y yo no decimos nada. La alcaldesa llega y dando largos pasos se coloca en su silla reservada para ella. Al cabo de un tiempo aparece Frederick, el presentador del Distrito 8. Un hombre alto y con una peluca rizada y naranja zanahoria. Con este aspecto es fácil imaginar que es un enviado especial del capitolio para el evento televisivo más importante de todos los años. Las cámaras se mueven, preparadas para filmar,y entonces se levanta la alcaldesa de su silla para leer la misma historia de siempre. Presté atención en mi primera cosecha, en la que se llevaron a Izadora. Es la historia de como los desastres naturales y la guerra civil de más tarde destrozaron el mundo tal y como lo conocían y se convirtió en Panem, un capitolio rodeado de trece distritos. Entonces es cuando vinieron los días oscuros, cuando los distritos se rebelaron contra el capitolio. Este derrotó a doce de ellos y aniquilaron al decimotercero.

-Es el momento de arrepentirse, pero también de dar las gracias.- Acaba la alcaldesa. Todos aplaudimos. Entonces lee los ganadores que hemos tenido en los veinticuatro juegos pasados. En realidad solo hemos tenido a Frika y a dos hombres más, Jerr y Wlire. Suben al escenario y cierro los puños para no enfadarme. Frika es la más normal de los tres. Tiene mi mismo cabello, propio de mi distrito, y los ojos verde claro. No muy alta. No da la sensación de estar muy bien alimentada, pero tampoco de necesitar mucho alimento. En cambio los otros dos están gordos y llevan algún que otro tatuaje en los brazos. ¿En que estaban pensando? ¿Es que se quieren unir al capitolio o que? ¡Mientras mi hermano tiene que pedir teselas porque si no nos morimos de hambre ellos se hacen tatuajes!

Los cuatro se sientan y entonces se levanta Frederick. El nudo de mi estómago vuelve a hacer acto de presencia. Veo como se levanta dando pasitos por el escenario, se acerca al micrófono y dice con ese acento tan odioso que tienen en el capitolio:

-¡Felices vigésimo cuartos juegos del hambre! ¡Y que la suerte esté siempre, y siempre de vuestra parte!

Se acerca a la urna de las chicas, con sus pasitos y haciendo estúpidos movimientos con los brazos. Canturrea su: "Las chicas primero, ¡uuuhuuu!" y mete la mano dentro de la urna. Todo el mundo se calla. Yo contengo la respiración. Saca un papel de la urna y deseo que no sea Lilah, y que no sea Resa, y que, sobretodo, no sea yo.

Dos palabras resuenan por la plaza hasta colarse en mis oídos. Dos palabras, nombre y apellido, que me derrumban en los segundos que son nombradas.

-Kaia Kaesi.

Oigo como Resa coge aire. Fijo mi vista en el escenario, porque sé que todos los que están a mi alrededor me están mirando y no quiero llorar ni demostrar algo que no soy, una llorica cobarde. Así que cojo todo el aire que puedo aunque siga siendo insuficiente y doy un paso hacia adelante. Los chicos me dejan un pasillo libre hasta el escenario, lo sigo, en silencio y con la cabeza alta, aunque por dentro estoy derrumbada. No se si consigo llegar a ocultar tanto mis sentimientos, pero sigo fingiendo hasta llegar al escenario.

-¡Bueno! ¡Kaia Kaesi! ¿Cuántos años tienes?- dice Frederick

-Quince.- digo, y trago saliva por que no quiero que mi voz se rompa mientras hablo.

-¡Muy joven y guapa!- Grita Frederick, entusiasmado.- ¿Algún voluntario para ocupar el sitio de esta preciosa chica?

Se hace el silencio en la plaza. Ya me lo esperaba, nunca suelen haber voluntarios, pero sin embargo siempre es un golpe. Veo a mi hermano entre la multitud, y al no haber una sonrisa en su rostro estoy a punto de caer en el llanto. Dejo escapar sin poderlo evitar un sollozo en un volumen muy bajo y consigo coger aire y volver a alzar la cabeza bien alta. Sé que esta noche todos verán todas las cosechas, y no quiero parecer débil. Recuerdo la imagen de mi hermana y intento ponerla con todo mi corazón, formando un gran muro grueso hacia el exterior, para que nadie pueda ver por donde estoy pasando en realidad. Evito mirar hacia Resa y Lilah, o hacia mi hermano. Miro hacia adelante y veo la fábrica donde mi madre trabaja tanto y tanto y tanto. Me muerdo ligeramente el labio inferior, deseando que Frederick de por finalizado el intento de voluntario.

-¡Kaia!- oigo la voz de mi hermano. Es un grito de dolor, y aunque me he propuesto no mirarle, no puedo evitarlo y miro hacia su dirección. Se ha echo pasos a empujones entre la gente, yendo hacia el escenario. Le lanzo una mirada de advertencia, sabe perfectamente que no puede presentarse voluntario por mi, y esto solo lo empeora. Jrysem me mira, y veo en sus ojos su dolor. Me esfuerzo por no llorar. Los agentes de la paz rápidamente se movilizan y devuelven a Jrysem de mala manera hasta la zona de los chicos de dieciocho años. Jrysem no opone resistencia, solo mira mis ojos, asustado.

-¿Nadie?- Dice Frederick, como si no hubiese pasado nada-. ¡Pues saludemos a Kaia Kisi! ¡Tributo femenino del Distrito 8!

-Kaia Kaesi- le rectifico.

-¡Pero esto no acaba aquí ni mucho menos!- sigue Frederick, le encanta su trabajo y se le ve en seguida. No lo entiendo, yo no estaría en paz sabiendo que mando a adolescentes a la muerte con la simple acción de meter la mano dentro de una urna. Yo no podría vivir en paz... - ¡Aún queda elegir a nuestro tributo masculino!

Otra vez mete la mano dentro de la urna, esta vez la de los hombres. Saca un papel y lee en seguida, de manera que no puedo ni desear nada.

-Grilder Vasíliev.

Me permito mirar al público, porque tengo curiosidad por saber con quien de mi distrito me voy a tener que matar para poder volver a casa. No lo conozco, o al menos no me sé su nombre. El Distrito 8 es grande y conozco a mucha gente solo de vista.

Nadie se mueve, así que supongo que como me había pasado a mi, está asimilando lo que le pasa. Después, alguien da un pequeño paso. Fijo mi vista en aquél chico y noto como mi pecho se hace más pequeño y más pequeño y más pequeño.

Porque quien se mueve es ni más ni menos que un chico que no debe tener más de doce años. Recuerdo haberlo visto alguna vez por el colegio, e incluso haber jugado al simio alguna vez en el patio con él. Tiene tres años menos que yo, y tenia pocas posibilidades de salir elegido. Sin embargo, la suerte no ha estado de su suerte.

Grilder es muy flaco, algo me dice que en su casa pasan hambre. Tiene unos ojos oscuros y tristes y un cabello corto y castaño, como casi todos los que vivimos en el distrito 8. Su rostro es circular, como a aquellos que aún no les ha venido el cambio, parece más un niño que un adolescente. Hace pasos cortos, mirando el escenario. Veo que sus ojos tiemblan, algo que no había visto nunca, y veo el miedo en estado puro. No intenta evitarlo, aunque lo veo normal. Ningún adolescente de doce años ha sobrevivido a los juegos del hambre, y dudo de que pase en algún momento algo así.

Grilder sube al escenario. Frederick se dirige a él con la misma emoción en la que antes se ha dirigido a mi. Grita su nombre ante un público triste y pide voluntarios. El mismo silencio de antes hace presencia, esta vez mucho más doloroso. Tres años de diferencia se ven perfectamente en los juegos del hambre, aunque yo estoy segura de que esta es la última vez que los dos contemplamos la plaza de nuestro querido pueblo. Frederick presenta a Grilder más contento que unas castañuelas y se va a sentarse en su lugar. La alcaldesa se levanta y empieza a leer el tratado de la Traición, como cada año. No la escucho, ya que tengo mucha información que asimilar.

La primera: voy a morir. La segunda: Mis padres volverán a ver como una hija suya muere en la arena. La tercera: Mi compañero es un niño, y como yo, va a morir. El Distrito 8 tendría que quedarse de nuevo sin ganador.

La alcaldesa empezó a leer el Tratado de la Traición, como cada año, mientras yo volví a dirigir mi vista hacia la fábrica mientras recordaba, sin quererlo, escenas sangrientas de los anteriores juegos del hambre. La alcaldesa lee con un tono tan inexpresivo que revuelve algo en mi. Lo identifico como odio, rabia. Nosotros vamos a morir por la gente a la que ella sirve y a ella le da igual. Es igual que las ejecuciones públicas y las torturas públicas por incumplir las leyes. Su rostro es pálido e inexpresivo. Sus ojos muy claros y pequeños, solo miran el brillo de lo que le interesa. Su voz grave solo expresa lo que el capitolio quiere que exprese. Me pregunto si siempre ha sido así, o si el capitolio le ha hecho así. Sea como sea, la odio.

La alcaldesa acaba de hablar. Como marca el protocolo, Grilder y yo nos miramos y nos damos la mano. Aprovecho ese segundo en el que le doy la mano para apretársela un poco, intentando darle ánimos. Él me mira, medio sorprendido, pero a parte de él nadie sabe que ha pasado. Le suelto la mano y con la cabeza firme de nuevo y mirada peligrosa oigo el himno de mi maravilloso país, Panem. Un país en el que la capital manda a veinticuatro adolescentes a matarse entre ellos.