El Potterverso pertenece a J. K. Rowling.

Este fic ha sido creado para los Desafíos del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.


Cuestión de principios

Cuando se lo comunican a Percy, él se siente increíblemente bien.

Lo primero que piensa es en lo mucho que su padre se enorgullecerá, su madre se alegrará y sus hermanos lo admirarán (aunque lo disfracen de bromas y burlas). Saca pecho y por unos instantes parece más alto de lo que ya es, y se coloca bien las gafas antes de despedirse con educación.

Sin embargo, cuando entra en el ascensor y se sabe solo, se permite olvidar la compostura durante unos segundos y dar un salto alegre. Por fin, después de un año trabajando duro, y a pesar del contratiempo que supuso que al señor Crouch se le fuera la olla, sus esfuerzos se ven recompensados. ¡Asistente junior del ministro!

Percy encuentra muy difícil aparentar indiferencia mientras camina hacia el Atrio para desaparecerse hacia la Madriguera. En dos ocasiones incluso se le escapa un ridículo saltito, pero casi le da igual la posibilidad de parecer ridículo.

Cuando se materializa en la puerta del jardín encuentra a Fred y George sentados bajo un manzano, charlando animadamente y hechizando todo cuanto está a su alcance, su pasatiempo favorito desde que en abril alcanzasen la mayoría de edad. Los dos lo miran con suspicacia y Percy comprende que no está siendo lo que se dice discreto.

—¿Cómo es que vienes tan contento?—pregunta Fred, entornando los ojos. Percy se encoge de hombros.

—Deben de haber creado el premio al Pomposo del Año, y sabe que nadie salvo él tiene posibilidad de ganarlo—especula George.

—No, idiota—replica Percy, irritado—. ¿Y qué hacéis vosotros ahí solos, eh?

Los gemelos se levantan de un salto, pero eso no impide que Percy alcance a ver un envoltorio morado que George se guarda en el bolsillo.

—Nada—le asegura Fred, a quien no se le ha pasado por alto la observación de su hermano mayor—. Mamá estaba esperando a que llegaras para que pudiéramos cenar.

—Últimamente estás en el Ministerio más tiempo que papá—agrega George. Percy opta por ignorar la pulla de su hermano y se acerca a la cocina, su rostro iluminándose de nuevo al imaginarse las expresiones de sus padres.

En cuanto entra en la cocina queda claro que toda la familia estaba esperando a que llegara. Ron lo mira con resentimiento mientras todos escuchan cómo su estómago se queja, y Ginny le suelta un "Un poco más tarde y llegas para el desayuno" al pasar por su lado. Por suerte, ni Arthur ni Molly dicen nada al respecto.

Percy espera al postre para contar la novedad. Cuando Ron deja la cucharilla del tiramisú en el plato y suelta un eructo digno de un gigante especialmente bruto y Molly le regaña por ello, considera que es el momento oportuno.

—Tengo que deciros algo—anuncia, poniéndose en pie para señalar tan importante acontecimiento.

—Lo del premio al Pomposo del Año, te lo dije—le susurra George a Fred, y ambos ríen.

—¡Niños!—los riñe Molly—. ¿Qué es, cielo?

—Me han ascendido—Percy saca pecho con orgullo, ignorando la expresión escéptica de Ron—. Ahora soy el asistente junior del ministro.

Percy esperaba que sus padres se sintieran orgullosos, o al menos que se alegraran, pero desde luego el silencio sepulcral que se adueña de la cocina en ese momento no es algo que tuviera previsto. Fred y George dejan de mirarlo con mofa y se quedan boquiabiertos, mientras que Ron arquea las cejas y Ginny dirige la vista a sus padres. Arthur observa a su tercer hijo con una expresión que Percy no sabe identificar, pero que desde luego no le gusta ni un pelo, porque no es orgullo, y ahora que se fija podría incluso asemejarse a la decepción.

—¿Asistente junior del ministro?—repite Molly—. Eso… es un puesto muy importante, ¿no?—Percy asiente, esperando que por fin su padre lo comprenda y le diga que está orgulloso. Algo que no ocurre, en cualquier caso.

—Ni siquiera has cumplido los diecinueve años—dice al fin Arthur, y deja de estar cómodamente repantigado en la silla para erguirse—. Y lo que ocurrió con el señor Crouch fue todo un escándalo… ¿No te parece curioso, Percy?

No, a Percy no le parece curioso. Le parece lo más lógico del mundo. En el ministerio han sabido ver lo mucho que trabaja y lo alto que aspira y le han dado un puesto acorde a sus capacidades, y no se han dejado influenciar por el hecho de que a Crouch se le fuese la pinza. ¿Por qué si no iban a ascender a Percy, eh?

Más o menos es eso lo que le responde a su padre.

—Si Fudge quería un lameculos, desde luego lo ha conseguido—bufa George despectivamente al oírlo. Fred lo apoya con un enérgico asentimiento.

—¿Qué dices?—replica Percy—. Yo no soy lameculos de nadie. El señor Fudge se ha dado cuenta de…

—¿Y no se te ha ocurrido pensar—interrumpe Arthur, y Percy se olvida de la burla de sus hermanos al escuchar su tono—que a Fudge le conviene tener cerca de alguien del entorno de Dumbledore?

—¿Qué? Eso es ridículo—replica—. Además, Dumbledore está ya muy mayor y se le está yendo la pinza; ¿a quién le interesa lo que diga?

—Percy, esto ya lo hablamos cuando terminó el Torneo—dice su padre con esa paciencia aparentemente infinita—. Fudge siempre ha visto a Dumbledore como una amenaza, y además no quiere admitir que Quien-Tú-Sabes ha vuelto…

—Bueno, es que no hay pruebas de ello—lo justifica Percy—. Que Potter lo haya dicho…

—¿Es que tú no te lo crees?—interviene Ron por vez primera. Mira a Percy con una rabia inusitada.

—Pues no. Vale que sea tu amigo, pero admite que empieza a desvariar. Seguro que la cicatriz…

—¡Harry no está loco!—lo interrumpe su hermano, poniéndose en pie para que no haya tanta diferencia de altura entre ellos—. ¡Y tú eres un completo imbécil si te crees todo lo que dice El Profeta!

—¡Ron!—lo riñe Molly. Su hijo no vuelve a hablar, pero sigue fulminando a Percy con la mirada y negándose a sentarse otra vez. Él se siente incapaz de soportarlo, y casi agradece que su madre intervenga de nuevo—: Niños, hora de dormir—al ver que Fred y George van a protestar, agrega—: ¡No tiene nada que ver con la edad! Esta conversación no nos incumbe.

A regañadientes, Fred, George, Ron y Ginny salen de la cocina. Percy los observa comenzar a subir las escaleras y luego vuelve a mirar a su padre. Está enfadado. Su ascenso debía ser motivo de alegría, no de disputas.

—¿Por qué te molesta tanto?—inquiere, temblando de rabia.

Arthur Weasley suspira.

—Ya te lo he dicho. Fudge quiere espiar a Dumbledore, y tú eres un buen aliado para…

—¡Eso no es cierto!—replica Percy—. ¡Además, si tanto te importa el viejo, no diré nada de él! ¡Sé mantener la boca cerrada!

El silencio en el que se sume su padre hace que Percy comprenda el quid de la cuestión. No confía en él. Arthur Weasley no cree que él vaya a ser capaz de no decir lo que no convenga a su superior. El joven palidece al darse cuenta, y sus pecas resaltan más que de costumbre.

—Percy—empieza su padre, poniéndose en pie. Su voz está empezando a perder su paciencia aparentemente infinita. Y eso hace que Percy se asuste y se enfade aún más, mientras su cerebro trabaja a toda velocidad buscando motivos por los que Arthur Weasley puede ser reacio a que su hijo tenga un mejor puesto de trabajo, con un mayor sueldo.

—Es eso, ¿no?—comprende entonces, y se yergue en toda su altura—. No quieres que tenga un puesto más alto que tú, porque eso haría que la gente se diera cuenta de que tú no tienes ninguna ambición y por eso vivimos… así.

—¡Percy!—lo riñe su madre, y también se levanta—. ¡No le hables así a tu padre! ¡Discúlpate ahora mismo!

Percy no se disculpa, ni mucho menos. De hecho, ni siquiera presta atención a su madre. Observa el rostro de Arthur Weasley, generalmente amable y comprensivo, ahora endurecido y frío. Jamás lo ha visto así, ni siquiera cuando Fred recibió aquel castigo ejemplar por intentar que Ron hiciera un juramento inquebrantable. Y le da miedo.

—¿Realmente piensas eso?—no hay ni rastro de enfado en la voz de su padre y eso es lo que hace que Percy se asuste aún más. No comprende nada, ni siquiera sabe por qué ha dicho lo que acaba de decir. Sólo entiende que sus padres le han inculcado unos principios y unas metas que debe superar, y después de hacer todo lo posible y más para estar a la altura de las expectativas resulta que no es lo que querían. Y eso lo enfada y lo asusta.

Percy no medita la respuesta a la pregunta de su padre. Ni por asomo. Está demasiado desbordado para pensar con la cabeza fría.

—Sí. Y si no confías en mí, no sé qué hago en esta casa.

No permite que su padre diga nada más. De hecho, ni siquiera se atreve a mirarlo a la cara cuando termina de hablar. Echa a andar hacia su habitación con brío, tomando una decisión de la que ahora mismo no se arrepiente ni siquiera un poco.

En las escaleras encuentra a Fred, George, Ron y Ginny, que obviamente han estado espiando la conversación y lo miran boquiabiertos, conmocionados. Percy sube los escalones de tres en tres y cuando llega a su cuarto saca su varita para que sus pertenencias se coloquen en su enorme baúl.

—¡Percy!—se da la vuelta y descubre a sus cuatro hermanos menores mirándolo. Por primera vez en años, Ginny parece a punto de llorar. Fred y George, por su parte, ni siquiera lo miran con enfado; aún parecen demasiado sorprendidos para sentir algo. El que lo ha llamado es Ron, que tiene toda la pinta de estar conteniéndose para no pegarle un puñetazo. La parte más racional de Percy le pide a gritos que lo haga, porque hablarle así a su padre no tiene perdón.

—¿Te vas?—inquiere Ginny en voz baja. Percy asiente y cierra el baúl de un golpetazo cuando todo está dentro. Lo embruja para que vaya tras él y se acerca a la puerta, pero los gemelos le cortan el paso.

—Quitaos de ahí—ordena.

—¡No puedes irte!—exclama George; parece haber recuperado la voz—. ¡Vuelve a la cocina y pídele perdón a papá por lo que le has dicho! ¡Y a mamá, que seguro que está llorando!

—No pienso hacer eso, George. Quitaos.

—¿Estás diciendo que te vas a largar de casa por el imbécil de Fudge?—exclama Fred—. ¿En serio te importamos tan poco?

Percy está empezando a tener ganas de llorar. Lo último que esperaba cuando ha decidido irse de casa era que Fred y George intentaran impedirlo. Precisamente Fred y George. Pero se sobrepone rápidamente:

—No quieras saber la respuesta, Fred. Haced el favor de quitaros.

Fred lo mira con rabia, pero tras unos instantes tira del brazo de George y ambos le dejan el camino libre.

Nadie más intenta evitar que Percy Weasley se vaya de la Madriguera. El joven baja las escaleras de tres en tres y cruza la cocina en dos zancadas, agradeciendo que su padre no esté ahí. Cuando cruza el jardín, sin embargo, las lágrimas que llevan un rato intentando salir se desbordan, y para cuando se materializa en un callejón del Londres muggle está llorando abiertamente.

Supone que ha hecho lo correcto. Ha actuado en base a lo que cree, ¿no? Eso está bien.

Pero Percy nunca creyó que elegir entre sus principios y su familia fuese tan doloroso.


Notas de la autora: La verdad es que desde que vi los títulos de las viñetas que me tocaron en suerte tuve claro que iba a hablar de Percy.

En realidad, yo no creo que Arthur no confiase en que Percy fuera capaz de mantener la boca cerrada. De hecho, opino que ninguno de los que estaba en la Madriguera lo pensaba realmente. Pero lo que sí está claro es que Percy se tomó la preocupación de su padre como un ataque y se defendió atacando tambié , pero eso él aún no lo sabe.