Este es un fanfic corto mientras preparo otro más largo. Durará más o menos unos cinco capítulo si mis previsiones no fallan. Como de costumbre, intentaré publicar semanalmene a no ser que me surja algún imprevisto. Espero que os guste.
Capítulo 1: Frenesí
― ¡Tienes que venir!
Ella no lo veía de esa forma tan tremendista. Era verdad que no solía divertirse demasiado, que no disfrutaba de su juventud lo suficiente, y que, en general, era bastante sosa e insulsa. Eso era algo que quería remediar, pero no de esa forma. Podía ir a cientos de discotecas. No tenía por qué ser a esa. Toda mujer que entraba en esa discoteca salía en una ambulancia o bajo el brazo de un importante hombre de negocios que le sacaba treinta años.
― Mañana puedes contarme cómo te ha ido.
― ¡Kagome! ― se quejó ― He conseguido cuatro maravillosas entradas para la discoteca más exclusiva de toda la ciudad. ¡No puedes rechazar esta oferta!
― Sí que puedo. Hoy me gustaría descansar, y mañana tendré que organizar las fichas de los niños para la excursión.
― Pero eso lo harás mañana. ―insistió ― Hoy puedes disfrutar de esta gran oportunidad.
Kagome Higurashi nunca había disfrutado de las grandes oportunidades. Se crió en un pequeño pueblo, sacando sobresalientes en el colegio y en el instituto, y se fue a la ciudad a estudiar magisterio en la universidad. Todos los fines de semana que le resultaba posible, volvía a su casa a pasar algo de tiempo con la familia, y nunca acudió a una sola fiesta de la facultad. El día en que se graduó y vio que ninguno de sus compañeros se molestaba tan siquiera en invitarla a la cena de graduación, se percató de lo desapercibida que había pasado para todos.
Actualmente trabaja en una escuela primaria. Era tutora de la clase de segundo de primaria, y daba clases de inglés y de francés a estudiantes de otros cursos. Vivía sola en un coqueto apartamento, no tenía novio, y su compañía los fines de semana era su seboso gato. Yuka, Ayumi y Eri eran profesoras del colegio, y fue allí donde se conocieron e hicieron buenas migas. Para su desgracia, Yuka y Eri eran demasiado alocadas para su profesión.
― ¡Kagome no seas aguafiestas! ― exclamó.
― Simplemente no me apetece…
― ¡Nunca te apetece! ― le echó en cara ― Por favor, acepta por esta vez. Te lo pasarás bien, conocerás hombres importantes, que tampoco tienen que gustarte por eso claro,- añadió- y bailarás un poquito, que no mueves nada el esqueleto.
― No sé bailar…
Y era verdad. Nunca en toda su vida había pisado una discoteca, y en las pocas bodas en las que estuvo, sólo bailó con su padre y con sus pies sobre sus zapatos porque era una negada.
― Tampoco tienes que hacer pasos de baile del Royal Ballet. Bastará con que muevas las caderas al son de la música.
¿Mover las caderas? Eso sólo le sonaba a atraer problemas. Los hombres se acercaban con malas intenciones a las mujeres que movían las caderas en la pista de baile. Le gustaría tener novio, una relación estable, pero no un moscón incordiándola toda la noche. A sus veinticinco años, todavía era virgen y empezaba a resultarle algo molesto ese hecho.
― Incluso Ayumi ha aceptado venir.
Ayumi iba a la discoteca. Si Ayumi, quien era tan seria, como ella había aceptado ir a ese sitio, tal vez no fuera tan malo. A lo mejor lo conocía y tenía buenas referencias. No le gustaba la idea de rechazar la invitación cuando la correcta Ayumi la había aceptado. Quedaría como una nerd total.
― Si acepto ir, ¿me prometes que no nos iremos muy tarde? ― quiso negociar.
― Kagome…
― Tengo mucho trabajo para mañana y lo sabes.
― Está bien. ― accedió ― Nos iremos a las cinco en punto.
― Dirás a las doce. ― la corrigió.
― ¿Qué eres? ¿Cenicienta? ― se burló ― Tu vestido no se convertirá en harapos cuando suenen las doce campanadas. Por cierto, ¿qué piensas ponerte?
Esa era una buena pregunta. Le enseñó a Yuka todo su armario y la ropa que a ella le parecía ideal para llevarla esa noche, pero ella rechazó cada prenda de principio a fin, alegando que no eran en absoluto el estilo del club. Así fue como terminaron yendo de compras y a la peluquería. Se cortó a capas su melena rizada hasta las caderas para que pareciera más ligera y se arregló el flequillo recto, desfilándolo. Para cuando salieron de allí, Yuka la arrastró de tienda en tienda. Entró en tiendas en las que nunca había entrado y se quedó absorta ante los modelitos que Yuka le mostraba con tanta normalidad. ¿Cómo iba a vestirse de esa manera? Si hasta le costaba enseñar los tobillos. ¿Y cómo podía costar tanto tan poca tela? ¡Menuda estafa!
Por la noche se reunieron todas en su casa. Entre todo lo que compraron esa tarde, le ayudaron a combinar la ropa, y se vistió mientras que sus amigas se tomaban las primeras rondas de tequila. No sentía ninguna gana de ponerse a beber alcohol. Emborracharse no estaba entre sus opciones. Se sentaría en un taburete en la mesa más escondida, observaría a sus amigas y compañeras de trabajo bailar y buscar hombres, y volvería a su casa a las doce para descansar. Así de simple.
― Chicas, ¿estáis seguras de que esto no es demasiado atrevido?
― ¡Deja de quejarte! ― le gritó Eri desde el salón ― ¡Piensa que esto es una nueva experiencia!
Una nueva experiencia. Desde luego, era un modo de verlo porque nunca había hecho nada como lo que estaba a punto de hacer. Se colocó bien la camiseta y salió de su dormitorio para dirigirse hacia el salón. Sus amigas estaban por la tercera ronda de tequilas y se quedaron boquiabiertas al verla.
― ¡Estás increíble! ― exclamó Yuka.
― Contigo al lado no vamos a ligar nada. ― se quejó Eri.
― ¿Dónde escondías todo eso Kagome? ― continuó Ayumi.
Contrariada por los comentarios, se acercó hacia el espejo de cuerpo entero que había en su salón, y se observó horrorizada. Las botas de piel negras de tacón de aguja le llegaban hasta un poco por encima de las rodillas. Llevaba una ajustadísima y cortísima falda de cuero marrón que dejaba entre el borde y las botas una larga y sensual franja de piel blanca desnuda. La camiseta de tirantes anchos negra era de licra y se ajustaba a su cuerpo. Además, se abría con una cremallera entre sus pechos y no le gustaba nada.
Sus amigas se colocaron tras ella y contemplaron orgullosas su obra mientras que ella pensaba en algún lugar lo bastante oscuro para poder esconderse. ¡No podía salir así a la calle! Ya lo tenía. Se pondría un abrigo lo bastante largo como para taparla enterita y asunto arreglado.
― Los hombres no van a dejarte tranquila.
La sola idea la aterraba. Se volvió, le quitó el vaso de tequila a Yuka, y se lo bebió de un trago. La noche iba a ser muy larga.
Al entrar al club más exclusivo de la ciudad, el hombre de la entrada no le permitió pasar sin quitarse el abrigo. Intentó ponerle un millón de excusas, pero él le contestó alegando que por medidas de seguridad nadie podía pasar con chaqueta. Entonces, se quejó por el frío como último recurso. El portero le rebatió, argumentando que tenían un climatizador dentro, y que nadie le robaría el abrigo del guardarropa. Se quedó sin excusas y sin su salvavidas al mismo tiempo.
Entró en la discoteca con sus amigas y en cuanto el primer hombre que se cruzó le guiñó el ojo, cogió uno de los chupitos que repartía en una bandeja una camarera y se lo bebió de un trago. Sólo se había tomado un vasito de tequila y un chupito de licor de melón, nada sucedería por eso.
― Kagome, ¿quieres tomar algo?
― ¡No por Dios!
Ya había bebido suficiente por toda una vida. Hasta aquel día, lo máximo que había bebido, había sido una copita de champán en Nochevieja, y prefería no pasar mucho más de ahí. Por ese día ya era más que bastante. Sus amigas se pidieron unos Martini mientras que ella buscaba una mesa libre, algún reservado. A penas dio dos pasos cuando un hombre se cruzó en su camino con sonrisa de triunfador y mirada lasciva. Primer pervertido de la noche. Si se hubiera vestido como acostumbraba, nadie le estaría molestando en ese momento.
― No he podido evitar fijarme en un bomboncito como tú.
¿Bomboncito? ¿No tenía nada mejor? Quería marcharse a su casa y terminar de una maldita vez con el mal rato que se estaba llevando.
― Seguro que puedo invitarte a una copa.
¿Invitarla? Había barra libre para todo el mundo, sólo se pegaba la carísima entrada en ese maldito local. La entrada valía más que todo lo que un solo hombre de grandes dimensiones podía beber en toda una noche sin morir de coma etílico.
― No creo…
Intentó escapar de él, pero, cuando se giró, la rodeó con un sudoroso brazo para continuar a lo suyo.
― ¿Te apetece bailar?
No le apetecía nada bailar con ese tipejo.
― Yo no… ―quiso librarse.
― Podríamos vernos en unos minutos en la zona oscura. Sé utilizar muy bien mi lengua…
Lo abofeteó. Firme y rápida, alzó su mano, y golpeó su mejilla, ofendida por sus palabras. Ella era virgen y toda una dama. No pensaba permitir que ningún hombre la tratara de aquella forma. ¿Quién demonios se había creído que era? Aquella discoteca era todo lo que ella imaginaba y mucho más. ¿Cómo pudo dejarse convencer para entrar allí? La noche se le estaba haciendo eterna y sólo habían pasado diez minutos.
― ¡Eres una estrecha!
Observó cómo el hombre se marchaba con la última palabra, ofendida, y se dirigió hacia sus amigas. Le quitó el Martini recién cogida de la barra a Yuka para bebérselo a continuación de un solo trago.
― ¿Ka-Kagome?
― Lo siento, tenía sed. ― se disculpó ― Pide otros dos.
Yuka asintió con la cabeza y pidió otro par de copas de Martini para las dos. Después, se dirigieron hacia uno de los reservados y se sentaron. Sus amigas evaluaban con ojo crítico a todos los hombres que había en la pista y a algunos que estaban sentados en otros reservados. Ella se encontró a sí misma intercambiando miradas al mismo tiempo con dos hombres diferentes, y se sintió avergonzada por su comportamiento. ¿En qué estaba pensando? Seguro que era la bebida que empezaba a afectarle a la cabeza.
Al terminar su segundo Martini de la noche, decidió que no se tomaría ni uno solo más mientras que sus amigas ya pedían otro y cogían chupitos de la bandeja. Ella rechazó la oferta y se sorprendió de verlas tan frescas a pesar de todo lo que habían bebido. Aunque si pensaba en las cosas que le contaban los lunes, debían estar muy acostumbradas a la bebida. Ella se alegraba de no estarlo. No quería terminar su vida siendo una alcohólica.
Se cruzó de piernas y escuchó las críticas de sus amigas. Ya estaban escogiendo a el que querían cada una, y se preparaban para la caza. Pero, ¿y ella? ¿Quería acercarse a alguno de todos esos hombres? En cuanto sus amigas salieran de caza, se quedaría sola en ese reservado, y temía que alguien se le acercara estando sola. ¡Qué lío tenía en la cabeza!
De repente, una copa de un líquido rojo fue colocada justo frente a ella.
― ¿Y esto? ― preguntó.
― La invita ese hombre de ahí.
Buscó con la mirada al hombre que señalaba la camarera y se encontró con un atractivo hombre rubio de ojos azules, vestido con ropa muy cara y de muy buen gusto. Cogió la copa, le hizo un gesto de agradecimiento y bebió, sintiéndose obligada a responder a su cortesía. A penas había bebido la mitad de su Cosmopolitan cuando otra copa más grande y rellena de un líquido casi transparente se posaba ante ella.
― ¿Qué es esto? ― volvió a preguntar.
― Un Gin Tonic. ― le dijo la camarera ― La invita ese otro hombre.
Volvió a seguir la dirección que le señalaban. Su mirada se cruzó inmediatamente con un pelirrojo de ojos verdes y una musculatura muy envidiable. Repitió el mismo proceso de agradecimiento que con el otro, y probó la bebida. Estaba muy rica y ahora tenía dos bebidas que tomarse.
― Bueno… ― Yuka se levantó ― Kagome, nosotras vamos a la pista.
― ¿Qué?
Sus amigas salieron del reservado, dejándola sola allí.
― ¡Esperad! ― gritó a su espalda.
― A ti te va muy bien ahí así que nosotras nos vamos a cazar. ¡No te pases con el alcohol!
La dejaron sola en el reservado. Los dos hombres que la habían invitado se levantaron, y se dirigieron hacia allí, aprovechando el momento. Los dos se detuvieron frente a la mesa, se presentaron e intercambiaron claras miradas de odio. ¿Iban a competir por ella? Se encogió de hombros cuando cada uno se sentó a un lado, y se terminó el Cosmopolitan de un trago. Se sentía muy presionada.
― ¿Alguno de vosotros podría traerme un Martini?
Los dos salieron corriendo hacia la barra. Ella agarró en ese momento la copa de Gin Tonic y se la bebió de un largo trago. Su cuerpo se sentía más relajado, ya no estaba tan tensa como cuando entró, y sentía que empezaba a divertirse. Tal vez bailara con uno de ellos cuando le trajeran su Martini.
…..
A decir verdad, no le apetecía demasiado ir a ese sitio. Había sufrido diecisiete horas de vuelo para ir directamente a la oficina y atender una larguísima reunión de cuatro horas. Después, estuvo revisando unos papeles que le enviaron desde su oficina en Europa, y lo único que deseaba en ese momento era tumbarse en su cama de hotel con el fin de dormir hasta bien tarde. El día siguiente era domingo, y tenía trabajo pendiente que atender. Desgraciadamente, el hombre por el que estaba allí, su negocio, quería ir a esa maldita discoteca, y todavía no había firmado el contrato. Si hubiera firmado, rechazaría gustosamente esa invitación.
Ataviado con unos Levi y una camisa de Calvin Klein, entró en la discoteca junto a su nuevo y último cliente. Su primer movimiento fue pedir un whisky. Aquel sitio era justo lo que él esperaba encontrar. Mujeres hermosas y otras no tan hermosas vestidas con esa ropa provocativa que volvía locos a los hombres y cuyo único fin era pescar a un millonario. Hombres, en muchos casos mayores, que buscaban un ligue, y, para ello, llevaban la cartera bien llena. No distaba en nada de cualquier otra discoteca exclusiva, y no era para nada su estilo.
Y pensar que terminó una carrera de economía y un máster de gestión de empresas para encontrarse en ese momento en aquel lugar. Si su católica madre lo viera allí, gritaría horrorizada. En su país acudía a clubs nocturnos de ese estilo cuando tenía tiempo libre y estaba aburrido, o buscaba una mujer de una noche. Ahora bien, en un lugar desconocido, en un país extranjero, no le apetecía en lo más mínimo conocer a una mujer. Sólo quería tumbarse en su cama y descansar.
― ¡Brindemos Taisho!
Brindó con su cliente. Se bebió su whisky de un trago, y lo siguió hacia uno de los reservados. No quería beber más. Estaba muy cansado para tener que soportar una borrachera, y temía que iba a tener que cargar con su cliente.
― Hola, guapo.
La rubia era impresionante, y no estaba para nada acostumbrado a que una mujer lo buscara. Le podía hacer señas, suaves coqueteos, movimientos en la pista, cualquier cosa menos entrarle ella. En su país eran los hombres los que buscaban a las mujeres, y las sacaban a bailar. En América todos se comportaban de un modo realmente extraño.
― ¿Te apetece bailar? ― lo invitó.
No le apetecía en absoluto moverse, estaba reventado.
― Lo siento, estoy ocupado.
Ella miró a su cliente y mal interpretó sus palabras, pudo leerlo en sus ojos. Lamentablemente, se marchó antes de que pudiera aclarar el error, y el rumor se extendió por la discoteca. La gente los miraba y murmuraba. Bueno, ¿a él qué le importaba? No estaba en su casa. Además, ¡menuda panda de homófobos!
― Creo que voy a acercarme a esa impresionante morena.
Hizo caso omiso de su cliente y apoyó la espalda en el respaldo de su taburete mientras lo observaba dirigirse hacia la pista. Se acercó a una pareja que estaba bailando y le dio un toque en el hombro al hombre. Ella estaba de espaldas, sólo pudo ver una abundante melena de preciosos rizos azabaches que lanzaban destellos azulados con las luces. Esa mujer le llamó la atención inmediatamente, y eso que sólo vio su cabello. Bueno, también pudo ver su trasero redondeado, marcado en aquella falda, y sus impresionantes piernas. Su cliente tenía buen gusto y él también.
El hombre que estaba bailando con ella, no estaba dispuesto a soltarla, pero ella se deshizo de él con un ademán, y se lanzó sobre su cliente para bailar con él. No necesitaba mirarla a los ojos para saber que estaba borracha por sus movimientos torpes y su comportamiento. La vio bailar con su jefe y trastabilló con sus dedos sobre la mesa, deseando que ella se girara para poder verla por completo. Cuando al fin se cumplieron sus deseos, se quedó sin habla. Era bonita, preciosa y su cliente la estaba manoseando.
Pasaron los minutos, otro par de canciones y vino una lenta. Su cliente quiso pasarse de listo y le puso las manos en el trasero. La joven se enfadó y le apartó las manos, pero su cliente, quien estaba también muy borracho, insistió. Ella, entonces, le puso las manos en el pecho, y lo empujó. Sólo consiguió enfadarlo, y que se pusiera más insistente. Él decidió intervenir.
― ¡Basta!
Apartó a su cliente de ella para interponerse entre los dos cuerpos. ¿Qué clase de hombre sería si permitía que se propasara con ella por más importante que fuera?
― ¡Taisho! ― frunció el ceño enfadado con él por la interrupción ― ¿Qué crees que estás haciendo?
― No me gustan los hombres que tratan así a las señoritas.
― ¡Esa no es una señorita! ― exclamó ― ¡Sólo es otra ramera!
Escuchó la exclamación ofendida de la mujer a su espalda, y pudo comprender a la perfección su abismal enfado. Cogió a su cliente de las solapas de la camisa y lo levantó unos centímetros por encima del suelo para tenerlo a su altura de uno noventa.
― ¡No sabes lo que estás haciendo, Taisho!
― Lo sé muy bien. Estoy protegiendo a una señorita de un cerdo.
― ¡Lo lamentarás Taisho!
Lo soltó, dejando que cayera de forma poco elegante sobre el suelo, y lo observó con furia contenida desde las alturas. Su cliente, o ex cliente, se levantó, lo miró también furioso, le dirigió una rencorosa mirada a la mujer, y se marchó del local, empujando a todo el que se cruzaba en su camino. Acababa de perder uno de los mejores acuerdos de su vida, pero no estaba enfadado. No quería tener nada que ver con un tipejo como ese.
― ¿Estás bien?
Se volvió hacia ella y la encontró retorciéndose las manos de forma nerviosa.
― Yo… sí… ― parecía indecisa ― Supongo que gracias…
― ¿Supones que gracias? ― se rió ― Acabo de perder muchos millones gracias a ti.
― Lo-Lo siento…
Seguro que lo sentía. Se guardó las manos en los bolsillos, dispuesto a marcharse, pero, entonces, le echó otro rápido vistazo a la mujer. Se le ocurrió una gran idea. Acababa de perder su negocio, ¿por qué no divertirse un poco?
― Te perdonaré si bailas conmigo.
Y bailó con él, no estaba en posición de rechazarlo. La estrechó entre sus brazos y bailó con ella más pegado de lo que nunca lo había hecho con otra mujer. Estaba traspasando todos los umbrales de la intimidad y la galantería, pero le daba absolutamente igual porque la quería para él. Costara lo que costase, esa mujer iba a ser suya. Giró con ella en la pista, evitando que otro hombre intentara arrebatársela en el último segundo, y le sonrió. Ella ni se había dado cuenta. Estaba demasiado borracha y demasiado a gusto entre sus brazos. Tal vez, no fuera el único que había sentido aquella conexión entre los dos.
― ¿Cómo te llamas? ― le preguntó.
― Kagome… ― musitó y meditó durante unos instantes ― ¿Y tú?
― Inuyasha.
Sin apellidos, ni direcciones, ni aburridas historias sobre sus trabajos. En esa pista de baile, lo único que importaba eran ellos dos moviéndose. Ninguno tenía por qué hablar de su vida privada. Bailaron juntos una canción tras otra, moviendo sus caderas de forma circular en una agradable y sensual danza, y susurrándose tonterías al oído mientras se acariciaban tímidamente, y se daban abrasadores besos en el cuello. Para cuando quiso darse cuenta, había llenado la garganta de la mujer de marcas de sus besos. En lugar de arrepentirse, se sintió fascinado ante la idea de marcar todo su cuerpo.
Consultó su reloj, descubriendo que ya eran las dos de la mañana. Llevaba cerca de dos horas bailando con la mujer, y no tenía ninguna intención de detenerse todavía. No creía haber bailado tanto en toda su vida. Se moría de sed.
― Voy a la barra, ¿quieres tomar algo? ― sugirió.
Después de hacer esa pregunta, se planteó que no fuera muy buena idea pedirle otra copa a Kagome. Se balanceaba borracha cuando él la soltaba. No quería acabar esa agradable velada en el hospital.
― No, no puedo más…
Fue todo un alivio que le dijera que no.
― Espérame aquí, y no bailes con otro. ― le guiñó un ojo.
Se separó de ella, y corrió hacia la barra para no tardar demasiado. Le pidió al camarero otro whisky, y esperó pacientemente a que lo sirviera. Cuando puso el vaso lleno del líquido cobrizo ante él, le dio un pequeño sorbo. Dio media vuelta para volver a la pista. Entonces, se cruzó frente a frente con la misma rubia que le pidió baile horas antes.
― Si no querías bailar conmigo, no tenías que inventarte que eras gay.
― En ningún momento dije eso, lo pensaste tú sola.
La rodeó dispuesto a marcharse, pensando que las mujeres de ese país eran unas descaradas. Ella se volvió a cruzar en su camino, sin aceptar su respuesta.
― No puedo creer que un hombre como tú, tenga tan mal gusto. La pequeña zorrita con la que estás bailando, lleva calentando a todos los hombres desde que ha entrado. ― le advirtió ― No vas a ser especial para ella.
― Mastica esa envidia, no vayas a atragantarte.
La dejó con la palabra en la boca, y se dirigió hacia la pista de baile enfadado con esa rubia teñida tan grosera. Porque era una mujer. En el caso contrario, ya le estaría dando un buen gancho de derecha por el insulto hacia Kagome. Su Kagome. Su reflexión se vio interrumpida cuando divisó a su azabache en brazos de otro hombre. Se quedó petrificado. A punto estuvo de gritarle, furioso, que las crueles y mezquinas palabras de la rubia, eran ciertas. Eso fue lo que quiso hacer hasta que la vio forcejear con el otro. No bailaba con él, intentaba quitárselo de encima.
Se dirigió hacia la pareja, agarró la mano de Kagome, y tiró de ella para alejarla de ese hombre y llevarla hacia la protección de sus brazos. Kagome se abrazó a su pecho, temblorosa. Luego, escondió la cabeza en su hombro.
― ¡Yo estaba bailando con ella antes que tú!
Un hombre celoso, podía hasta comprenderlo. Él mismo se había puesto furioso por los celos un minuto antes, y aún intentaba superarlo.
― No quiero bailar con él… ― musitó Kagome.
― Y no bailarás con él. ¡Largo! ― lo espantó.
Se estaba comportando como un macarra en esa discoteca, aquella noche. No se reconocía a sí mismo.
― ¡No eres más que una calientabraguetas!
Y con esas palabras, el otro hombre se marchó, dejándolos solos otra vez. Estaba punto de decirle a Kagome que eso era mentira cuando ella le arrebató el vaso con el whisky, y se lo bebió de un trago. No tuvo tiempo de avisarle de que era whisky por lo sorprendido que estaba. Ella empezó a toser violentamente al tragarlo. Intentó agarrar un chupito de las bandejas que cargaban las camareras para pasarlo por la garganta, pero él se lo impidió.
― ¡Ey! ― la apartó de la camarera ― ¡Ya has bebido suficiente!
Ella lo aceptó para su sorpresa. Se puso de puntillas, rodeó su cuello con sus brazos y lo besó. A pesar de que le dio todas las señales para que supiera que se disponía a besarlo, él no lo supo realmente hasta tener sus labios contra los suyos. Con un gemino, se rindió ante ella, y la estrechó entre sus brazos mientras besaba apasionadamente sus suaves labios. Ella era tan dulce, tan suave y tan terriblemente deliciosa que podría desfallecer allí mismo. La arrastró fuera de la pista, donde no hacían más que molestarlos, y se sintió como un adolescente en plena pubertad.
Media hora después, los dos entraban en su habitación de hotel sin dejar de besarse y acariciarse. Se quitaron los abrigos con ansiedad. Después, la levantó en brazos, metiendo sus manos bajo su falda para que lo rodeara con sus muslos. La sentó sobre la mesa, y le quitó las botas mientras que él mismo se descalzaba. Volvió a alzarla y la llevó hacia el dormitorio, hacia la cama. Kagome se quitó la camiseta por la cabeza para luego dejarse tumbar de espaldas sobre la cama. Su último pensamiento coherente antes de volver a besarla fue que ya no estaba nada cansado.
Continuará…
