El constante ir y venir de la gente y los murmullos sin cesar, estaban causando que su pequeño dolor de cabeza alcanzara escalas monumentales. Por si fuera poco, el mantener una fingida sonrisa en los labios la tenía exhausta.
Estaba segura que si alguien más mencionaba nuevamente que mañana sería la mujer más feliz del mundo se pondría a gritar de frustración. De repente, una mano se deslizo por su cintura y la presiono contra un juvenil torso.
Kohaku la miraba con una pequeña sonrisa.
—Para mañana todo habrá terminado y finalmente serás mía.
Si sus palabras pretendían tranquilizarla, sucedió todo lo contrario. Un escalofrió recorrió su cuerpo al mismo tiempo que una atronadora voz resonó por encima del ruido.
—Rin—ella pegó un respingo y giro para encontrar unos ojos dorados perforando los suyos, en la esquina opuesta del enorme salón de la mansión. Cualquiera que lo viera, podría jurar que su rostro serio no dejaba translucir ni un solo pensamiento, pero para ella la orden en ellos era clara, esperaba que fuera inmediatamente hacia él.
—Kohaku, discúlpame un momento.
Hizo el intento de soltarse de su abrazo, pero él la tomo por la muñeca mientras fruncía el ceño. Ambos permanecieron ajenos a como el enorme cuerpo del hombre que los miraba como un halcón se había tensado de forma primitiva.
—No tienes por qué ir, Rin. No eres de su propiedad.
—Kohaku, por favor—suplicó. No tenía ánimos de pelear nuevamente por lo mismo.
—No—se envaró—. Entiendo que estés agradecida con él pero no tiene por qué tratarte así.
—Te prometo que no tardare—. Antes de que pudiera continuar alegando, se soltó con fuerza de su agarre y camino entre los ayudantes que terminaban de colocar las sillas para la ceremonia. Mientras se acercaba al causante de todos sus desvaríos mentales, comprobó que si no fuera tan atractivo, quizás ella se podría controlar un mejor.
Contrario a eso, Sesshomaru Taisho, era el sueño de cada mujer. Contaba con una altura impresionante que dotaba a su cuerpo delgado y atlético de elegancia y porte. En esos momentos, lucía un traje de tres piezas que lo hacía parecer lo que era, un hombre exitoso y rico, que se consideraba dueño y señor de todo sobre lo que gobernaba. Su largo cabello platinado era el delirio de toda mujer y sus ojos… dos orbes dorados que consumían el alma de quien se reflejaba en ellos.
Aunque también podían ser fríos como el hielo, como en esos momentos que la observaban. Si bien su pose parecía relajada, percibió tensión en su cuerpo.
—¿Sucede algo?—preguntó cuándo estuvo frente a él.
Él no contesto inmediatamente, en su lugar lanzó una mirada estrecha a Kohaku que había hecho que hombres menos fuertes retrocedieran y después la miro a ella.
—Son casi las nueve de la noche y la organizadora me ha informado que han terminado por hoy, así que dile a ese niñato que se esfume de mi propiedad hasta mañana.
Su voz destilaba fastidio por cada poro, pero también otra cosa. Cansada, se dijo que no tenía por qué analizar cada uno de sus movimientos y palabras. Ya no. Y ya que también deseaba estar sola, no protestó por ello, sino por su forma de llamarlo.
—No es un niño—protestó por décima ocasión rodando los ojos—. Tiene mi edad.
Hizo un sonido despectivo.
—Lo cual solo confirma mi suposición, puesto que tú también eres una niña. Una niña que no sabe lo que hace.
Ella alzó la barbilla, ofendida.
—Tengo dieciocho años y sé perfectamente lo que hago.
Sesshōmaru alzó una ceja y la miro fijamente.
—Eso es lo que tú piensas.
Por supuesto, en esa discusión no había ganador ni perdedor, así que hizo lo que le pidió y marcho inmediatamente a su habitación.
Una hora después, recién duchada y envuelta en un albornoz esponjado, Rin se dijo que estaba bien. Eso era lo quería, lo que había escogido. Cuando Kohaku había dado muestras de que sentía algo por ella, había sido ella quien le había preguntado qué tan serias eran sus intenciones y cuando él había contestado que deseaba convertirla en su esposa, había saltado abordo sin ni siquiera pensar.
En esos momentos, sin embargo, su grandiosa idea parecía una estupidez. Su estómago continuaba dando vueltas y la vista del hermoso vestido blanco que colgaba sobre el perchero, extendido en todo su esplendor, hacía que le dieran ganas de vomitar. Tan concentrada se encontraba, que no escucho cuando la puerta se abrió, mucho menos las pisadas sobre la alfombra, hasta que lo sintió detrás de ella.
Su corazón se saltó un latido y su aroma a almizcle la envolvió. Mordiéndose el labio para darse fuerza, se volvió para mirarlo.
— ¿Sucede algo?
La mirada en sus ojos no regalaba nada y ella se preguntó porque se sorprendía. Después de todo, era famoso por su mirada de hielo que intimidaba incluso a los adversarios más temibles. Jamás una sonrisa había cruzado por su rostro, y ni siquiera en esos momentos, donde se había desecho del saco y el chaleco del traje, lucía un poco relajado. En ocasiones lo había comparado con un animal, fuerte, fiero y siempre dispuesto a atacar.
Sesshōmaru extendió la mano y tomo su muñeca por el mismo sitio donde más temprano Kohaku la había retenido. Una pequeña marca roja se dejaba adivinar y la máscara de hielo cayó para mostrar una furia devastadora.
—Ese pequeño imbécil—siseó enfadado.
—Fue un accidente…—aseguró intentando justificarlo.
El hecho de que intentara minimizar la situación no hizo sino avivar su cólera.
— ¡No puedo entender que es lo que ves en él! Es un niño de mamá que siempre ha tenido todo a manos llenas. No sabe dirigir un negocio, se conforma con ser uno más en la nómina de su padre y lo único que hace es viajar por el mundo para gastar a manos llenas. ¿Qué fue lo que te enamoro de él? ¿Qué? ¡Dímelo, porque necesito saberlo!
¿Qué le sucedía? Jamás lo había visto comportarse así. Desde hacía ocho años, cuando solo era una niña de diez que había llegado a vivir a su casa, recordaba su semblante frío y serio, adusto. Nunca le había levantado la voz y mucho la había mirado así, como si estuviera sufriendo y ella fuera la causa de su dolor.
—Yo…—intentó hablar pero ninguna palabra abandono su boca.
Sesshōmaru fue hacia el vestido que había contemplado momentos antes y lo arranco con violencia del soporte para después lanzarlo al suelo, donde los metros y metros de satén y encaje formaron un enorme lío. Ella jadeo sorprendida, jamás había visto como perdía el control.
—¿Lo amas?
Pego un respingo al escuchar una crudeza en su voz que nunca había estado ahí.
—¿¡Si o no!?—finalmente alzó la cabeza y ella vio lo que intentaba ocultar. Su rostro estaba arrastrado por la furia, sus preciosos ojos dorados lanzaban llamas que la consumían.
Como… ¡Como se atrevía! ¡Era ella la que se moría por su amor no correspondido!
—¡Eso no es de tu incumbencia!—gritó con rencor—. Muy pronto me tendrás fuera de tu mansión y de tu vida, que es lo que vienes añorando desde que mis padres murieron y te dejaron como mi tutor.
Nunca jamás le había alzado la voz, pero se sintió mejor al hacerlo. Sin embargo, su pequeño acto de liberación no le duro mucho, en tres zancadas pisando el vestido blanco bajo sus pies, él la tomo de los brazos alzándola de puntas y la pego contra su torso.
—¿De qué demonios estás hablando? ¿De dónde sacaste esa maldita idea?
Aturdida, intentó no levantar la cabeza para perderse en su mirada. Aun así, el aroma y calor de su cuerpo la distrajo. Él no había permitido que existiera un acercamiento como ese en el pasado, no al menos desde que había cumplido quince años y le había exigido con un gruñido que dejara de correr y lanzarse a sus brazos, cada vez que regresaba de un viaje de negocios.
La orden la había dejado callada y triste, pero como siempre le había obedecido. ¿Acaso no había hecho siempre lo que él le pedía? La único ocasión en que no lo había hecho fue cuando se empeñó en casarse con Kohaku. Finalmente, él solo había accedido cuando ella lo había amenazado con fugarse para hacerlo.
Empujando su pecho con fuerza, intento apartarse.
—No tengo porque darte explicaciones—. No solo no consiguió moverlo un centímetro, sino que además, él apreso sus muñecas con una sola mano y con otra la obligo a levantar el rostro y mirarlo.
—Lo harás—aseguró con una voz mortal—. O te juro que no respondo de mí.
Su cerebro le grito peligro, pero estaba tan enfadada, tan… dolida, que no midió las consecuencias.
—¿O qué?—dijo con resolución. ¿Qué podría hacerle? Su indiferencia ya la estaba matando en vida.
Él no dijo nada más. Simplemente bajo la cabeza y reclamo su boca con un beso feroz. Ella jadeo y el movimiento fue aprovechado por él para colar su lengua dentro de su boca, haciendo que se olvidara de todo. No fue consiente cuando en lugar de intentar apartarse, lo abrazo por el cuello, mientras él la empujaba por el trasero para no dejar ningún espacio entre sus cuerpos. El aire escaseo pero eso no fue importante pues respiraban a través del otro. Su cuerpo vibró sin control alguno, tenía los pezones erguidos y cuando él empujo su erección contra su núcleo, finalmente despertó y se debatió con todas sus fuerzas para apartarlo.
— ¡No! ¡No! ¿Por qué me haces esto?—lágrimas se acumularon en sus ojos— ¿Qué te he hecho yo para que me castigues?
— ¿Castigarte?—jadeo intentando recuperar el aliento. Tenía los labios hinchados y sabía que los suyos lucirían muy similares— ¡Maldita sea! Desde que te conozco lo único que he querido ha sido poner el mundo a tus pies, darte todo lo que desees.
—¿Dinero?—soltó una carcajada hueca—. Puedes quedarte con tus millones, no los quiero.
—¿Entonces qué es lo que quieres? ¡Dímelo!
—No, jamás me lo darías—susurró dolida.
Sesshōmaru tomo su mano y la deslizo por el hueco de su camisa, abriendo la palma justo sobre su corazón.
—¿Esto es lo que quieres? ¿Es esto?—exclamó— ¡Porque lo has tenido desde que cumpliste quince años!
Ella abrió los ojos, atónita.
—¿De qué estás hablando?—preguntó con temor.
—De que mi miseria termina aquí. Eres y siempre serás mía.
Sesshōmaru fue consciente de que la fachada detrás de la cual ocultaba todas sus emociones había caído. Durante tres años había estado a prueba de constantes risas, sonrisas, miradas y finalmente después de tantos golpes, había cedido.
No podía decir siquiera que lo lamentaba, pues no era así. Aquellos argumentos que en el pasado tenían un enorme peso sobre él; el que fuera menor de edad, la diferencia de doce años entre ambos, el que fuera su tutor, ahora nada de eso le importaba una mierda. ¿Cómo podría ser de otro modo si había estado a punto de perderla?
Gruñendo, la acerco nuevamente entre sus brazos y la beso. Esa vez ni siquiera lucho contra él, se aferró a su cuello y se alzó de puntas para tener mejor acceso a su boca. Sesshōmaru jamás había probado un sabor similar al suyo, como fresas, algo que lo estaba enloqueciendo pues él no toleraba nada dulce y sin embargo, ahora sabía que no podría vivir sin ella.
Era el momento, sería suya para siempre.
Continuara...
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Espero que hayan disfrutado de la lectura! Y si tienen alguna duda o comentario, no duden en hacerlo llegar. Muchas gracias por leer la historia. Próximamente subiré el segundo capitulo, el cual será el último pues es una historia corta.SALUDOS!
Sakura-lu28
