Esta historia participa del reto #28 "Vientos de Invierno"; del foro "Alas negras, palabras negras".

Disclaimer: los siguientes personajes no me pertenecen. Son propiedad de George R. R. Martin.

La espada de acero valyrio reverberó las llamas danzantes que tenuemente iluminaban la cueva.

El brazo le temblaba violentamente. Gotas perladas de sudor se impregnaban en su frente, que en esos momentos parecía hecha de mármol.

No estaba segura de eso.

Podría fallarle y entregarse a los brazos de la muerte. Ella no perdona, no, jamás perdona. No olvida porque la lastimaron. Hicieron oídos sordos a sus suplicas de piedad. Su boca se quebraba poco a poco. Hasta juro enterrar en el olvido aquel agravio. Como resultado, acallaron su voz, sumiéndola a la nada misma.

El niño yacía inerte entre el charco de sangre.

Tal vez estuviese en todo su derecho, pensó. Pero no podía cumplir. Se sentía sucia, una asquerosa traidora al igual que los Frey y los Bolton.

«Mata al león y vivirás. Regresaras con tu padre, acompañándole hasta el fin de sus días. Promesa que cumpliré. Solo habrás de obedecer, y esta vez sí olvidaré tu falta.» pronunció la dama con su voz de cuervo.

Ahora no volvería atrás.

El maltrecho cuerpo del león denotó su desacuerdo. Manchado en sangre carmesí, golpeado hasta la inconsciencia, con ojos marchitos esperaba su hora final.

Brienne suspiró. El pecho le dolió fuertemente y dejo caer la bendita espada.

No podía matarle.

—Perdonadme, mi señora—dijo, con su mano derecha apoyada en el corazón. —No puedo… no puedo hacerlo. Prefiero morir antes que asesinarlo.

Jaime Lannister gritó. Una bota atizo en su rostro, acallándolo

Lady Corazón de Piedra se removió en su asiento. Esa mirada gélida, muerta desde tiempos insospechados, brilló asesina. Graznó, con el dedo marcando a Brienne D' Tarth.

Berric Dondarrion dio un paso adelante, tomando la espada del suelo.

—Entonces has de morir por él—replico el ex caballero, empuñando el acero valyrio.

Brienne asintió. Hincó una rodilla frente al altar de la mujer de piedra, rindiéndose para siempre.

La espada atravesó su corazón.