El chirrido que producían las zapatillas contra el suelo del gimnasio. Los balones que daban sonoros golpes, y los gritos de los jugadores. Básicamente era eso lo que se escuchaba. La sesión de entrenamiento del equipo de voleibol de Karasuno estaba siendo bastante intensa ese día, y se notaban las buenas vibraciones que había entre los miembros del equipo. A pesar de todo, Daichi estaba preocupado. A lo largo de aquella mañana, había notado que algo andaba mal. Tenía que ser algo sutil, porque parecía que el resto de sus compañeros no habían notado nada, y eso le estaba poniendo nervioso.

No fue hasta casi el final del día, cuando estaban practicando los pases, cuando lo vio: era Sugawara. A pesar de que parecía estar concentrado en los pases y sonreía a todo el mundo como de costumbre, tenía la mirada triste y parecía alicaído… ¿O era sólo imaginación de Daichi? Decidió no darle muchas vueltas en ese momento al recibir un balonazo en el hombro, pero a los cinco minutos se dio cuenta de otra cosa. Sugawara estaba lanzándole a Kageyama miradas esporádicas.

"Oh, no. Otra vez no". En ese momento el entrenador Ukai dio por finalizado el entrenamiento, y el equipo se dirigió a los vestuarios. El ambiente era el usual: los gritos de Kageyama, el entusiasmo de Hinata, las risas de Nishinoya y Tanaka, la exasperación de Tsukishima, y la silenciosa pero animada observación de esa escena por parte del resto de miembros. Todo aquello ya se había convertido en rutina a aquellas alturas del curso. Se asearon, se cambiaron, y fueron saliendo poco a poco. Al final, Sugawara despidió a Asahi, asegurándole que él se encargaría de ordenar lo que quedara y cerrar. Fue entonces cuando Daichi, que había estado esperando en la puerta del vestuario, entró poco después. Vio a Sugawara recogiendo las cosas de su taquilla, y notó que los nudillos de la mano que estaba sujetando la puerta estaban blancos.

- Suga.

- ¿Hm? Oh, ¡Daichi! – dijo al girarse. Le dirigió una sonrisa – Pensé que ya te habías ido.

Tenía los ojos vidriosos. ¿Había estado llorando…? No. Daba más la sensación de que estaba a punto de hacerlo, pero ahora que Daichi estaba delante se estaba conteniendo. Ese era un aspecto de Sugawara que él conocía muy bien; siempre se guardaba sus problemas personales para sí, pues odiaba preocupar al resto del grupo. Y él odiaba ver a su mejor amigo así.

- Oye… ¿estás bien? – cruzó los brazos en un gesto de preocupación.

- ¿Por qué no iba a estarlo?

- Hoy en el entrenamiento has estado un poco… diferente.

- ¿Diferente? No sé a qué te refieres exactamente, pero no sé a qué viene la preocupación. No me pasa nad… – al cruzarse con la mirada escéptica de Daichi, se paró en seco. No solía tener problemas para mentir, de hecho podía ser bastante bueno en ello. Pero simplemente no podía hacerlo cuando se trataba de Daichi. – Está bien, sí, a lo mejor he estado un poco disperso. Pero no es nada, de verdad.

- ¿Con disperso te refieres a que no parabas de mirar a Kageyama? – preguntó Daichi mientras se sentaba en el banquillo debajo de la taquilla. Suga, sentándose a su lado, abrió mucho los ojos al escuchar aquella pregunta y lo miró fijamente, dándose cuenta de que había dado justo en el clavo. Apartó la mirada.

- Es sólo que… – lanzó un profundo suspiro, bajando los hombros en señal de derrota – Sé lo que le dije al entrenador Ukai. Sé que Kageyama es un prodigio que hay que aprovechar al máximo, y que yo estaré ahí siempre que pase algo. Y sigo entrenando duro por el equipo, sigo entrenando duro para no ponérselo fácil a Kageyama, y aun así… Tengo la sensación de que me estoy quedando atrás, de que todos están avanzando y de que se están olvidando de mí… Creo que me estoy volviendo un lastre, y quiero seguir jugando, y no… – en algún momento de todo lo que estaba diciendo, se le había quebrado la voz, y Daichi tenía el presentimiento de que se iba a derrumbar. Instintivamente, lo único que se le ocurrió hacer fue abrazarlo.

- Eh, vamos, no digas eso.

- Lo siento… Sólo estoy siendo egoísta. – dijo Sugawara mientras enterraba el rostro en su hombro.

- No, escúchame: tienes todo el derecho del mundo a querer jugar más. Es nuestro último año, es lógico que no te agrade estar en el banquillo, ¡eres humano! Pero ni se te ocurra decir que eres un lastre o que nos estamos olvidando de ti, ¿me oyes? Eres casi como el alma del equipo. Eres capaz de conectar con tus compañeros de una manera que Kageyama no sabe, y conoces los pases ideales de cada uno de nosotros. No eres tan fácil de sustituir, Suga. Eres el único que puede levantarnos la moral cuando la tenemos por los suelos, ¿crees que los demás no lo tienen en cuenta? Si tú te vienes abajo, nosotros vamos detrás. Así que no te preocupes por tonterías, ¿vale? El equipo te necesita. Y yo también.

Suga empezó a temblar en sus brazos, y él lo cogió por los hombros apresuradamente para verle la cara y tomó su rostro entre ambas manos para mirarlo directamente a los ojos, casi enfadado.

- Eso sí que no. Prohibido llorar.

El chico de pelo cenizo rio débilmente ante la exagerada seriedad del capitán, mientras una lágrima empezaba a resbalar por su ojo izquierdo. Daichi enseguida fue a secársela con su pulgar, pasando por el lunar que tenía Suga en esa zona. Siempre le había hecho gracia ese lunar. Siguió acariciando con el dedo el lunar, y sonrió con alivio al observar que su compañero estaba mucho mejor. No le gustaba verlo triste. Verlo triste significaba no ver su auténtica sonrisa, esa sonrisa tan amplia, tan afectiva, que le hacía a uno sentir como en casa. Ahora que estaba feliz otra vez, podía ver el brillo vivaz de sus ojos. Se fijó en el color de sus mejillas que contrastaba con su piel pálida, y le pareció de alguna manera adorable.

- Gracias, Daichi.

Por alguna razón, a Daichi no le pareció oír nada mientras decía esas palabras, pues en ese momento se percató del movimiento sus labios, que parecían suaves y cálidos. Qué extraño, pensó. No solía fijarse mucho en los rasgos de las personas, y mucho menos en los labios de nadie. No sabía qué había pasado con el tiempo. Daba la sensación de que su alrededor había desaparecido, y sólo podía fijarse en Suga, en su pelo, su lunar, sus ojos, su nariz, su boca…

- Um…

Aquello, más que la voz de una persona, daba la sensación de ser una bofetada de la realidad. Ambos se percataron de lo cerca que se encontraban el uno del otro, y giraron la cabeza bruscamente para ver al profesor Takeda en la puerta. Levantándose con gran sobresalto, Daichi se golpeó la cabeza contra la puerta de la taquilla de Sugawara, que seguía abierta, y acabó en el suelo agarrándose la cabeza y torciéndose de dolor.

- ¡Oh, Dios! Daichi, ¿¡estás bien!?

- ¡Lo siento mucho! Se me había olvidado una carpeta aquí, ¡y como pensaba que ya se habían ido todos…! – exclamó el profesor con gran agobio mientras se acercaba para ayudar a levantarlo.

- N-no, no deberíamos haber tardado tanto en salir nosotros… – murmuró el capitán mientras se levantaba con dificultad. El bombeo de la cabeza le estaba empezando a molestar bastante, a pesar de que estaba aplicando presión con la mano. Y entonces vio la cara de horror que estaba poniendo Sugawara.

- ¡Estás sangrando!

- ¡Vamos a llevarlo a la enfermería!

- ¡No, está bien! Mi casa está cerca, me lo miraré allí…

- ¿Estás seguro? – la preocupación que mostraba el rostro del profesor era evidente.

- Sí, no pasa nada…

- Entonces te acompaño.

Con una mirada decisiva, Suga terminó de recoger sus cosas, cerró su taquilla, cogió también la bolsa de Daichi y lo acompañó hasta la salida, mientras se despedía del profesor Takeda y pedía disculpas por lo ocurrido. Empezaron a caminar, despacio. Todo parecía ir normal, pero a mitad del camino Daichi comenzó a marearse, y tuvo que ir el resto del trayecto agarrado a Suga, lo que le pareció bastante bochornoso. Sin embargo a Suga no pareció importarle. Como de costumbre. De hecho, durante todo el camino tenía puesta su mirada de preocupación en su amigo, como de costumbre, y cuando éste empezó a sentirse mareado, se aseguró de sujetarlo firmemente para que no sufriera ninguna caída, como de costumbre. Aparte, fue sonriéndole y animándole todo el rato, como si estuvieran en un partido… Como de costumbre. Al llegar a la puerta de su casa, Daichi se dio la vuelta para hacerle frente.

- Lo siento mucho, de verdad.

- Eso díselo a mi taquilla. ¡La pobre está traumatizada! – exclamó Suga con fingida indignación.

Daichi sonrió. Tenía la sensación de que si se reía el dolor iría a peor. Sugawara sí que rio al ver su cara congestionada.

- Bueno, gracias otra vez. Por lo de antes – le cogió la mano y le dio un apretón suave –. Ponte bien, ¿vale?

Se alejó despidiéndose con la mano mientras Daichi hacía lo mismo desde la entrada de su casa. Luego, éste entró en casa, y tuvo que soportar la histeria de su madre y las riñas de su padre mientras le curaban la cabeza. Más tarde, ya tumbado sobre su cama, contemplando la mano que anteriormente había estrechado Suga, se puso a pensar en todo lo que había pasado aquel día. En las clases. El entrenamiento. La expresión rota de su mejor amigo. Lo que estuvo a punto de hacer… Dio gracias a los dioses de que Takeda hubiese pasado por allí, porque no sabía qué demonios habría pasado si realmente hubiera besado a Sugawara Koushi.