Puedo ser un feroz lobo.
Pero nunca Suzanne Collins, a quien pertenecen todos los personajes.
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CAPÍTULO 1
Los ojos de una niñita se iluminan mientras señala las esferas brillantes y perfectas de la vitrina de una tienda de dulces; su sonrisa es tan auténtica que de haberla visto horas antes u horas después también habría sonreído contagiada por la pequeña. La niña da tironcitos al vestido magenta de la mujer que la acompaña sin separar la vista de la vitrina, la mujer murmura algo que no logra escuchar, la niña responde y ambas ríen.
Suspira cuando el auto avanza dejando atrás la escena de la dulcería. Le hubiera gustado que la niña la mirara, que le sonriera, quizá que la reconociera y deseara compartir esa felicidad efímera e infantil con ella. Los niños adoran a los vencedores. No obstante, el vidrio polarizado funge como una pared que evita su contacto con el exterior siendo únicamente testigo pero nunca formando parte de las escenas comunes en las calles, no es que ella deseara formar parte de la rutina vana del Capitolio pero a veces la necesidad imperante de sentirse alguien burbujeaba en sus venas. Para contener esa sensación ella misma había solicitado el vidrio oscuro en el automóvil que le asignaron, no es que se encontrara en plan de exigir cosas y mucho menos que éstas fueran cumplidas, sin embargo, el presidente había accedido. Ella sabía muy bien que esa especie de tregua se iba a terminar pronto, todo dependía del siguiente vencedor y para eso faltaban un par de semanas. Semanas durante los cuales aún podía contar con sus peticiones: vidrio polarizado, no cámaras, no prensa, discreción y tiempo. Aunque el tiempo podía ser un inconveniente el presidente pareció muy positivo con respecto a eso, ella no lo comprendió hasta que a alguno de tantos se le escapó el precio que pagaban por ella. La Chica en Llamas había resultado tal inversión que Snow podía permitirse llamarla una pieza exclusiva, por la cual no cualquiera podía darse el lujo de pagar y por lo mismo permitía que pasaran semanas o meses hasta mandar por ella, tiempo que servía para regatear hasta llegar al precio.
El auto se detiene nuevamente. No es necesario que el conductor le indique que han llegado a su destino ya que se encuentran frente al refugio, como ella llamaba al Centro de Cuidados Estéticos, un edificio de tres plantas que ocupaba toda una manzana donde los ciudadanos acudían a gastar excesivas cantidades de dinero en masajes, depilaciones, baños y maquillajes. Cada vez que era traída desde el distrito 12 debía quedarse en aquella construcción blanca para que la pusieran guapa, igual que hacían tanto con mentores como con tributos justo antes de que Los Juegos empezaran. La fealdad no era algo bien visto en el Capitolio. Al final del día debía volver al mismo lugar,donde tenía una habitación asignada, para deshacerse de todo el maquillaje y restregar la piel hasta hacerla enrojecer antes de volver a había nombrado El refugio porque a pesar de todas las excentricidades que el lugar mostraba, era el único sitio en la ciudad donde se sentía relativamente segura y no porque hubiera un espacio designado para ella, sino porque estaba la única persona con la que podía ser ella misma y gritar y llorar sin callarse nada.
Sube las escaleras ingresando por una puerta lateral casi imperceptible. No se topa con nadie en el pasillo hasta dar con una puerta metálica en la cual un letrero blanco muestra el número 12. Limpia el sudor de sus manos restregándolas en los costados y coloca el pulgar derecho en el panel electrónico a un lado de la puerta; una lucecita roja escanea su huella mostrando su nombre en una pequeña pantalla: Katniss Everdeen. La puerta se abre permitiéndole entrar en una habitación donde la ausencia de color es evidente ya que cortinas, muebles, lámparas y alfombras son de color blanco. Cuando la puerta se cierra a su espalda su corazón comienza una carrera contra reloj como si hubiera dejado de latir todo el camino e intentara compensar los latidos perdidos. Se permite hacerle caso al ardor en la garganta y caminar tambaleándose hasta el cuarto de baño justo antes de comenzar las arcadas y vomitar manchándose el vestido. No es hasta que cae de rodillas que se da cuenta del temblor que le recorre el cuerpo, respira profundamente intentando tomar el control antes de vomitar otra vez. Se limpia la boca poniéndose de pie, con manos temblorosas presiona algunos botones en la pantalla de la pared y una fina lluvia comienza a caer sobre su cuerpo. Se deshace del vestido empapado y sucio y de la ropa que trae debajo, aumenta la temperatura del agua sintiendo arder su piel y no le importa, aumenta un poco más. Llegado a este punto siempre desea poder arrancarse la piel, capa por capa como hace con las presas después de un día de caza; talla con fuerza su cuerpo enrojecido por la temperatura y herido después por sus propios dedos, como si de esa manera pudiera borrar de su piel las huellas de otros dedos, la sensación de las manos, la lengua, los besos y la saliva, como si pudiera desprender la mirada obscena que recorrió su cuerpo y desaparecerla también de su memoria. Los ojos le escosen escondiendo las lágrimas entre el agua de la regadera, ahogando los sollozos bajo el repiqueteo de las gotas al caer. Siempre creyó que un vencedor tenía la gloria. Ella cada vez se sentía más sumergida en el infierno.
Cuando ganó los 74º Juegos del Hambre supo que aunque en apariencia su vida mejoraría, en realidad sería peor pues traía consigo un puñado de imágenes de muerte y agonía, porque había sido testigo en carne propia de lo que significaba asesinar a un ser humano tan desesperado como ella, quizá igual de hambriento, de decepcionado, de inocente que ella. Una inocencia que moría en la arena. Aún despierta por las noches bañada en sudor con la imagen de Rue, la niñita de 12 años del distrito 11, siendo atravesada por una lanza, o con la imagen de Cato cuando lucharon por su vida al final del juego. Recuerda la ira en sus ojos mientras arremetía con la espada aún cuando ella ya no podía mover el brazo derecho, que permanecía inerte y sangrante a su costado. Aún despierta con la sensación del cuchillo en su mano rasgando el vientre del chico rubio del distrito 2, el grito en sus oídos, la sangre de la boca del muchacho salpicando su propio rostro y la sensación de sus intestinos cayendo sobre ella. Las pesadillas habían empezado desde la primera noche que estuvo consciente, después de la cirugía que había salvado su brazo y continúan, únicamente siendo interrumpidas por otras peores.
Una mañana, 2 semanas después de la gira de la victoria, un tren venido del Capitolio traía a bordo a Effie Trinket y un par de Agentes de la Paz con un único mensaje: el presidente Snow en persona quería verla. Escondió el pánico en lo más profundo de su ser dándole vueltas en la cabeza al motivo del mensaje. Quizá habían sido las flores con las que había cubierto el cadáver de Rue durante los Juegos, acto que definitivamente olía a rebelión.
_ No hay de qué preocuparse, en el Capitolio nunca pasa nada malo _le había dicho a Prim besando su coronilla _. Quizá tengan un trabajo importante para mí. Soy una vencedora, no lo olvides.
El tono altanero que empleó en la última frase hizo sonreír a su hermana, su rostro se relajó de inmediato. Besó a su madre en la mejilla prometiéndole que todo estaría bien y volvería muy pronto. La incertidumbre corría por su cuerpo con cada palpitar pero no fue hasta que vio el rostro de Haymitch, su alcohólico mentor durante los Juegos, que supo que nada estaría bien. Él no le dijo nada, ni siquiera se acercó, simplemente se había quedado en la estación observando cómo abordaba, su mirada era indefinida quizá rencor, quizá dolor, pero el remordimiento y el pesar se dibujaban claramente en sus facciones a pesar de la borrachera que traía encima. Ella no dejó de observarlo a través de la ventanilla mientras el tren se ponía en marcha; antes de perderlo de vista él había movido los labios sin pronunciar palabra diciendo: "Lo siento".
Effie parecía ignorar completamente el motivo pero se le veía muy contenta de que por fin alguien en el distrito 12 brillara bajo su dirección, se sentía orgullosa de poder llevarla al Capitolio y no dejaba de hablar de que el presidente en personas se lo había solicitado, como si eso fuera un gran honor.
_ No olvides comportarte _ indicó Effie cuando llegaron _. Los modales por delante, no queremos que el presidente crea que tú eres una niñata mal educada y sucia como los del resto del distrito.
Los nervios que sentía dejaron pasar por alto el mensaje despectivo de Effie, quien no parecía darse cuenta de su comentario. La conversación con el presidente Coriolanus Snow tuvo lugar en el grande y basto jardín de rosas donde pululaba el perfume y el olor a sangre; Snow parecía alegre y a gusto con su presencia, le preguntó por su madre, por Prim y por el resto del distrito con aire despreocupado, ella respondía sabiendo que él no ponía atención a nada más que al movimiento de las tijeras mientras arreglaba un rosal.
_ Vaya, parece que los vencedores siempre traen esperanza a su distrito _ dijo después de un rato de silencio, como si estuviera continuando una conversación abandonada _.La chica en llamas.
Ella no dijo nada. ¿La había traído para eso? ¿En qué momento hablaría de Rue y de los Juegos? El temor de que quisiera asesinarla por subversiva le produjo un escalofrío que subió por su columna vertebral hasta detenerse en el cuello. Entonces escuchó claras y precisas las palabras que hicieron que la rabia inundara su estómago: la Chica en llamas era un bien preciado y deseable, y a partir de ese momento, adquirible. Por la flecha contra los vigilantes, por las flores en la niña, por las entrevistas y por el dinero, por supuesto.
El nudo en su garganta evitaba que gritara y que vomitara, sin importar el orden; su respiración se hizo pesada buscando alguna metáfora en la frase, algún sentido, algún indicio de que no se trataba de eso, pero el rostro del presidente continuó serio y petulante con los ojos fijos en ella, invitándola a retarlo, a preguntar, a gritar y a llorar.
_ Mis felicitaciones a Primrose, sus notas son excelentes _ dijo de pronto con voz suave, como haría alguien que habla de un ser querido_. He ordenado llevar una pequeña dotación de medicamentos cuando usted regrese al 12, su madre los encontrará muy útiles, sobretodo con todos esos accidentes en las minas. Lamentables accidentes, por supuesto. Tengo entendido que su amigo Hawthorne comenzó a trabajar ahí este verano y que sus hermanos no han pedido teselas, me alegro.
Había dicho las frases correctas. Sus manos ardieron mientras enterraba las uñas en las palmas conteniendo la rabia que hacía pesado su estómago, olvidando las náuseas y evitando las lágrimas ante la amenaza oculta, y lo cierto era que a pesar de haber vivido en la zona más pobre del distrito, haber estado casi en los huesos y haber sobrevivido a los Juegos, aún tenía mucho que perder. Sus ojos se volvieron cristalinos y su boca se llenó del sabor salado de las lágrimas.
_ Me alegra que esté tan dispuesta a cooperar en los negocios del Capitolio_ el tono que empleó realmente lo hacía parecer un hombre de negocios, como si hubieran presenciado una junta muy importante_ Un auto la espera en la salida oeste, la llevará a su destino. Fue un placer verla, señorita Everdeen.
Varios contenedores la esperaban en el auto, ocupado únicamente por el conductor, usó sólo 2 para vomitar. El Centro de Cuidados Estéticos le hubiera parecido bello y admirable, pero en su boca el sabor a vómito y rabia se mezclaban impidiéndole ser consciente de nada más, por un segundo la idea de correr le pareció buena hasta que se dio cuenta que no tenía a dónde ir, y en caso de tenerlo, siempre podrían lastimar a su familia. Al cruzar la puerta vio un rostro conocido cuyo único rasgo distintivo del Capitolio era el delineador dorado de los ojos. No supo si Cinna la abrazó o ella había corrido hacia él, sólo sabe que fue un abrazo muy corto pero lleno de significado, de palabras de consuelo, de rabia y de venganza, de dolor, de injusticia.
Las pesadillas sobre chicos siendo acribillados y pájaros heridos dieron paso a la aparición de un rostro cada noche, el rostro del hombre que la había comprado la primera vez. El dolor en el cuerpo era el recordatorio físico del hecho, los recuerdos no cesaron por días y aunque podía recordar detalles humillantes agradecía no haber estado consciente del todo. Después de maquillarla y vestirla, Cinna le había hecho beber té de una taza pequeñita y con una última mirada triste había soltado su mano antes de que el auto desapareciera por la calle.
Siempre sintió un afecto especial por Cinna, desde que había hablado con él durante los Juegos, y lo que sentía por él ahora era producto de aquel día, cuando volvió de aquella Primera compra horas más tarde, completamente rota permitiéndose llorar en sus brazos aún cuando jamás lo había hecho con nadie, ni siquiera con su madre. El llanto duró horas a lo que Cinna le había ayudado a bañarse, vestirse, volverse a bañar, volverse a vestir, abrazarla otro rato empapando su camisa y ayudarla nuevamente a bañarse, impidiendo que emanara sangre de su piel irritada cuando ella había comenzado a arañarse el cuerpo.
Cuando el llanto cesó y volvió la cordura se prometió no decirle a nadie, suficiente tenía con la humillación y la vergüenza propias para cargar con la lástima de alguien o el dolor de su madre. Mantendría alejadas a Prim, a su madre, a Gale y al resto del distrito de todo eso.
Más tarde supo que el té contenía un medicamento muy fuerte empleado en las personas con depresión, no tenía idea dónde conseguirlo pero sí sabía de plantas que poseían los mismos efectos narcóticos. Desde entonces no olvida recolectarlas en el bosque, hervirlas y traerlas consigo en una botellita, siempre es mejor la inconsciencia.
_ Vuelves a hacerlo _ murmura una voz al tiempo que el agua caliente deja de caer. Vuelve la cabeza en dirección a la puerta del cuarto de baño para observar a Cinna, quien está oprimiendo botones en el panel de la ducha. No recuerda haberlo visto en la estancia, la verdad no había puesto mucha atención _ Deja de tallar, ya fue suficiente.
El remolino de pensamientos y recuerdos se disipa dejándole ver la piel rojiza de sus muslos, dejando de restregarlos al instante. El agua fría le hace castañear los dientes.
_ Mátame de hipotermia _ no hay humor en la frase, más bien parece una invitación.
Se seca con una toalla frotando su cuerpo otra vez y se cepilla manualmente. Desde la Primera compra evita el secador automático y la esfera de descargas que desenreda el cabello para reconocerse a ella nuevamente debajo de la toalla, con cada movimiento del cepillo, recordando que a pesar de todo ese cuerpo es suyo, que siempre puede ser peor, que puede… debe sobrevivir, que necesita volver. Por Prim, por su madre.
Sale vestida a la estancia sin recoger nada del baño, ni el vestido ni la ropa interior y sabe que Cinna tampoco lo hará. No tiene idea de quién limpie pero siempre que vuelve aparece el vestido liso e impecable colgado en el armario. En una ocasión le propuso a Cinna quemar todos y enviarlos por correo al presidente. Los dos rieron un rato con la impotencia pintada en los labios.
Cinna le había dicho que él mismo no estaba contemplado en los planes del presidente, pero ya que había creado a La Chica en llamas era necesaria su presencia para traerla de vuelta, los mismos compradores lo solicitaban. Se lamentó por la manera en la que la había presentado en los Juegos, por el pseudónimo, por hacer que muchos ojos se posaran en ella y contribuir al carácter fuerte, la valentía, la ferocidad y la rebeldía que las personas poderosas del Capitolio habían visto en ella, deseándola.
Pero los dos sabían que con llamas o sin ellas ser vencedor de los Juegos del Hambre convertía a cualquiera con mucho que perder en eso: mercancía.
_ ¿Lo tienes? _ pregunta antes de salir al pasillo y tomar nuevamente el auto que la llevará a la estación.
_ ¿Cuándo he olvidado algo que necesites?
Toma una bolsa de tela entregándosela. Ella le sonríe con agradecimiento echando un vistazo. Ahí está, perfectamente doblado y de un rosa delicado, el vestido de cumpleaños que había pedido a Cinna para Prim, junto con una bufanda café que de lejos se ve cara destinada para Gale. Cierra la bolsa jalando un cordón. Con un último abrazo se despide del hombre, quiere darle las gracias por estar ahí nuevamente, por mirarla y acompañarla sin decir nada, sin siquiera tocarla a veces, pero ahí, justamente como ella lo necesitaba: un acompañante silencioso. Pero no dice nada más, sonríe, con el agradecimiento perdido en los labios, y cierra la puerta dirigiéndose a la salida.
