Esa mañana el aire era realmente frío, cubrí mi boca y nariz con la gruesa bufanda gris mientras caminaba a mi trabajo, otra vez tarde "mierda".

Me descontarían parte del sueldo de nuevo, ¿cómo se suponía que pagara el alquiler así?

Conté mis pasos, del uno al quince. Una y otra vez hasta que llegue al patio trasero de la cafetería. Prendí la maquina de café y comencé mi rutina sabatina, los sábados yo abría la cafetería. Limpie los pisos, subí la cortina, lave los platos que quedaron del día anterior, todo moviendo la cabeza al ritmo de Paramore, la banda de hoy.

No es como si la banda estuviera en el lugar, pero la ponía en los altavoces hasta que llegaba Margot, la gerente de la cafetería a regañarme por ese "rock asqueroso", cada vez que me decía eso yo rodaba los ojos, lo único que Margot escuchaba era salsa.

La mañana y parte de la tarde avanzaron lentamente, para nuestra cafetería no existían los clientes habituales, estábamos instaladas en una de las zonas más comerciales de Viña del Mar, llena de hoteles por doquier. Así que nuestros clientes venían durante una semana y cambian a la siguiente semana por otros nuevos y así sucesivamente, pero nada, jamás me preparo para recibir a las personas que llegarían esa tarde.