Disclaimer: Esta historia esta basada en la novela de Helen Bianchin y los personajes pertenecen a Stephanie Meyer, yo solo me llevo el crédito de adaptar la historia :)
Espero disfruten tanto leerla como yo al escribirla ^ ^, nos vemos mas abajo…
Portada del fic: http: /i56 . tinypic. com/3590qrb. jpg (Tambien pueden ver el link directo en mi perfil)
Una llovizna azotó el tranvía que iba rumbo al corazón de la ciudad de Melbourne. En el hemisferio sur, el mes de octubre oscilaba entre el verano y la primavera y el sol radiante no tardaba en ocultarse detrás de las cargadas nubes que descargaban la llovizna, haciendo bajar la temperatura de una forma un poco drástica.
Isabella, poco habituada a hacer uso de la ironía, pensó que la lluvia y el ambiente fresco eran más que apropiados en ese momento. El tranvía se detuvo y varios pasajeros bajaron. Todavía tenia que cruzar el puente del río Yarra.
Modernos edificios de distintos estilos aparecieron ante ella; gigantes de cemento y cristal.
Ya le tocaba bajarse…
Al cruzar la intersección más próxima se le hizo un nudo en el estomago. Estaba a punto de entrar en el recibidor de mármol de un imponente edificio de oficinas. Si hubiera podido elegir, habría preferido lidiar con una clase repleta de adolescentes efervescentes cargados de hormonas, antes de enfrentarse al hombre del que dependía la vida de su padre.
Edward Cullen era un chico malo nacido en Nueva York; un as de la electrónica cuyas habilidades lo habían convertido en uno de los hombres mas ricos del mundo. Cullen era un tipo sin escrúpulos que no solía jugar limpio en los negocios; un auténtico peligro en la sala de juntas, y también en la cama…
Bella lo sabía muy bien. Un escalofrío recorrió su espalda. Aquellos tres años habían pasado volando, pero ella recordaba muy bien aquel baile de beneficencia al que habían asistido varios ejecutivos de la corporación Cullen, incluido su padre. Charles Swan era el director del departamento financiero, y tanto su madre como ella misma lo habían acompañado al evento.
Aquella noche había sido ella quien había atraído todas las miradas de Edward Cullen, pero los medios no habían sido capaces de plasmar el magnetismo sexual de un hombre como el.
Al mirar atrás Bella se dio cuenta de que jamás habría tenido la más minima oportunidad. Había pasado demasiados años encerrada en casa estudiando Magisterio, y su vida social se había visto reducida un puñado de amigas a las que veía cuando tenia algo de tiempo libre.
Sin embargo, haber despertado el interés de alguien como Edward Cullen había sido de lo más emocionante. El había querido verla de nuevo; algo totalmente increíble. Las mujeres se arrojaban a sus pies, pero el había preferido pasar el tiempo con ella.
Sorprendida, Bella le había preguntado por qué, y el le había dicho que estaba cansado de tanta sofisticación.
Doce semanas y tres días… Bella aun recordaba el número de horas, los minutos…
Se había enamorado de el. Muy rápido, demasiado rápido. Una voz interior le decía que aquello no era real, que no podía serlo, pero ella había hecho oídos sordos.
Con el había vivido una fantasía de sonrisas, cenas, visitas al teatro… Una película de ensueño que no había querido perderse. Un tierno beso al final de la velada que nunca era suficiente… Una noche había vuelto a su apartamento y se había metido en su cama; una pobre inocente dispuesta a entregarle su cuerpo y corazón… Y desde ese momento habían vivido juntos,
Pero aquella aventura no podía durar mucho más.
Tres meses después ella había cometido un error decisivo. Al despuntar el alba, tras una noche de pasión y desenfreno, le había dicho que lo amaba, y entonces su mundo se había hecho añicos al ver la expresión de Edward.
Besándola en la frente, le había dicho que el no amaba a nadie.
Bella había tenido que hacer un esfuerzo titánico para marcharse sin más. Nunca más había contestado a sus llamadas y había aceptado un puesto como profesora en otro país.
Había tratado de olvidarlo, pero sus intentos habían sido en vano. El recuerdo de Edward la mantenía en vela durante las largas noches solitarias y su nombre no hacia mas que ocupar los titulares de la prensa, siempre relacionado con alguna iniciativa empresarial, o si no aparecía fotografiado junto a alguna belleza despampanante en las paginas de sociedad.
Dos años después de todo aquello, Bella se había visto obligada a volver a casa debido a la grave enfermedad que padecía su madre. Aquellos había sido días muy tristes, y después su padre había insistido en que volviera al extranjero para cumplir con el año de contrato que le quedaba.
Al principio no había querido dejarle solo, pero él había insistido tanto que había logrado convencerla.
Desesperado y decidido a darle los mejores cuidados a su madre, su padre había asumido el coste de los tratamientos más caros e innovadores, y gracias a su tesón y su valor, ella se había ido a la tumba sin saber el alto precio que su esposo había pagado por ello.
Pero la fortuna no parecía estar de su lado por aquel entonces. Poco después del fallecimiento de su madre, la Bolsa se desplomo, dejando a su padre sin un centavo. Charlie que siempre había sido un hombre honorable, sucumbió a la tentación del fraude empresarial y, para colmo de males, se involucro en el mundo del juego y las apuestas en un intento por recuperar la seguridad económica,
Cualquiera le habría dicho que aquella era la receta del desastre, pero el no se lo había dicho a nadie, ni siquiera a su hija.
Y si, al volver a casa tras terminar su contrato, Bella se había encontrado con aquella desagradable sorpresa.
Todo había sido vendido, el coche, los muebles, los objetos de valor… incluso el pequeño apartamento que había sustituido a la casa familiar tras la muerte de su madre.
Horrorizada, Bella se había enterado del arresto de su padre. Le habían imputado varios delitos y parecía que nada ni nadie lo iba a librar de una pena de cárcel.
Sin embargo, el lo había mantenido todo en riguroso secreto durante su ausencia. Ni las cartas, ni los correos electrónicos que le enviaba, ni tampoco las llamas de teléfono la habían hecho sospechar. Y el había decidido ocultárselo hasta una semana después de su llegada. Durante esa semana ella había alquilado un apartamento amueblado, se había comprado un coche y había empezado a trabajar nuevamente.
-¿Cómo fuiste tan irresponsable?- le había preguntado entonces -¿En que estabas pensando?-
Pero el hombre que tenia antes sus ojos parecía exhausto, agotado, derrotado, mucho mas viejo de lo que era en realidad; no era ni una sombrea del hombre que había sido.
Bella había decidido ponerse a la obra. Había comprobado los hechos y había intentado negociar, pero no había servido de nada. La deuda de su padre ascendía a millones y solo quedaba la última alternativa…
Llamadas de teléfono, mensajes en el contestador, cada vez mas urgentes… La asistente personal de Edward repelía y retrasaba con maestría todos sus intentos de contactarlo.
Solo le quedaban dos opciones… y rendirse no era una de ellas.
Los tres años que había pasado enseñando ingles en las zonas más desfavorecidas la habían convertido en una mujer valiente. A sus veinticinco años ya estaba muy lejos de aquella jovencita romántica que había sucumbido a los encantos de un hombre y a los cuentos de hadas.
Tenia que ver a Edward Cullen ese mismo día, de una forma u otra, aunque tuviera que recurrir a métodos poco ortodoxos.
No le quedaba otra alternativa. Ninguna.
Comprobó el papel directorio y se dirigió a los ascensores.
Uno de ellos llegó enseguida. Bella entró, apretó el botón y respiro hondo mientras subía hacia su destino.
Lo primero que advirtió al salir del elevador fue el lujo discreto de aquellas oficinas. Caminando sobre una mullida alfombra se dirigió hacia la recepción, atendida por una joven muy arreglada.
Bella esbozo una sonrisa.
-Edward me esta esperando-
-¿Me dice su nombre, por favor?- le preguntó, con los dedos sobre el teclado, lista para comprobar la agenda de su jefe.
-Es una visita personal- dijo Bella. Era importante demostrar confianza, y un toque de familiaridad desenfadada tampoco le venia mal.
-Necesito su nombre para avisar a la asistente personal del señor Cullen- Bella arqueo una ceja.
-¿Y arruinarle la sorpresa?- La recepcionista esbozó una sonrisa forzada.
-La corporación Cullen tiene normas muy estrictas.
-Isabella Swan- dijo Bella, al ver que no tenía más remedio que identificarse.
La empleada tecleo su nombre y Bella advirtió el momento en que el mensaje apareció en la pantalla.
La recepcionista abrió los ojos y su expresión se volvió fría.
-El señor Culle no esta disponible- le dijo en un frío tono de cortesía protocolaria.
Bella se trago las palabras que hubiera querido decirle.
-En ese caso tomare asiento-
-El señor Cullen no estará disponible en todo el día-
-No importa, esperare-
En ese momento sonó el teléfono y Bella se sentó en una silla bien acolchada y fingió leer una revista. Afróntalo… esperar es inútil. Si quieres ver a Edward Cullen, tienes que hacer algo al respecto… se dijo a si misma unos minutos después.
Su fuerza de voluntad le dio nuevas fuerzas. Un tranquilo torrente de rabia se deslizaba bajo la superficie de su piel.
Se puso de pie y fue hacia el pasillo que debía de llevar a los despachos, uno de los cuales debía ser el de Edward.
-No puede entrar ahí- le dijo la recepcionista en un tono de alarma.
Bella levanto la cabeza y siguió andando. Al llegar a la mitad del corredor se encontró con una zona de espera muy lujosa donde una mujer impecablemente vestida le cortaba el paso.
-Por favor vuelva a la recepción-
-¿Es usted la asistente de Edward Cullen?- Bella le lanzo una de sus miradas de profesora; una de esas que aterrorizaban a sus antiguos alumnos. -No voy a esperar eternamente-
-El señor Cullen esta en una reunión-
-¿En serio? Entonces debería tomarse un descanso- intento rodear a la mujer, pero ella le corto el paso.
-Llamare a seguridad para que la saquen de aquí- Bella sabía que lo haría sin dudar, pero eso le daría algo de tiempo.
Había dos puertas cerradas a cada lado de la sala de espera. Bella eligió la izquierda y entro sin llamar al a puerta. Al otro lado había una sala de ejecutivos, vacía. Dio media vuelta, consciente de que la asistente había descolgado el teléfono. La mujer la miraba con gesto de preocupación.
No le llevo mas de dos segundos alcanzar la otra estancia y abrir la puerta, que cedió sin más bajo sus dedos. Bella sintió un gran alivio.
Había cinco hombres sentados frente a una mesa rectangular, pero Bella no se dejo intimidar por sus miradas, llenas de sorpresa, interés y especulación.
Pero uno de ellos la miraba de forma distinta. El hombre que presidía la mesa la atravesaba con su mirada oscura y peligrosa…
En ese momento sonó su teléfono, pero Edward colgó sin responder, sin apartar la vista de ella.
Bella reparó en sus vigorosos rasgos faciales y en aquellos ojos verdes. Su cabello, broncíneo y algo mas largo de lo normal, le daba un aspecto salvaje, y aquellos labios tan sensuales y carnosos, la habían hecho perder la razón en otros tiempos.
-No creo que tengas una cita- Los ojos de Bella relampaguearon
-Es difícil de conseguir, sobre todo porque tu asistente ha rechazado todos mis intentos por concertar una-
-Bajo mis órdenes-
-Por supuesto-
-No tenemos nada de que hablar-
-Claro que si- le dijo Bella, clavándole la mirada –Aquí, ahora… o en privado- espero unos instantes – tu eliges-
El equipo de seguridad estaba al otro lado de la puerta, esperando sus órdenes. Lo único que tenia que hacer era descolgar el teléfono y decir las palabras, pero no hizo ninguna de las dos cosas.
En cambio, le devolvió la mirada con firmeza, desafiándola a bajar la vista. Pero su escrutinio inexorable no surtió el efecto deseado. Ella le sostuvo la mirada sin pestañear.
Edward la miro de arriba abajo. Llevaba un polo negro por debajo del vestido gris que acentuaba su esbelta figura y sus delicadas curvas. Unos leggins negros realzaban sus estilizadas piernas y unas botas de cuero negro con unos tacones de infarto añadían algunos centímetros a su estatura.
La joven que tenia ante sus ojos era la antitesis de la inocente chica que recordaba. Sus ojos desprendían una fuerza arrolladora, desafiante y decidida.
Edward se pregunto que estaría dispuesta a ofrecerle a cambio de salvar a su padre…
Algo se estremeció en su interior; dulces recuerdos de inocencia y sorpresa; su generosidad, el fervor de sus labios al besarlo…
Ya estaba cansado de las mujeres que ocupaban su cama por esos días. No eran mas que devora-hombres que utilizaban todos los artificios a su alcance para llamar su atención y hacerle jugar al juego más viejo del mundo.
Isabella Swan podría convertirse en un juguete interesante. El había bloqueado todas sus líneas de contacto… excepto una. Se lo había puesto todo tan difícil como pudo, casi imposible, pero ella no le había defraudado, y una parte de el no podía sino aplaudir su insistencia.
Sin dejar de mirarla a los ojos, Javier tomó una decisión rápida, descolgó el teléfono y le dio instrucciones a su asistente.
Bella inclino la cabeza, dio media vuelta y salio de la habitación, manteniendo la compostura en todo momento. Fue hacia una silla y se dejo caer en su mullido asiento. Escogió una revista al azar, examino el índice y fingió interesarse por un grafico del mercado de valores.
Debería haber experimentado el dulce sabor de la victoria tras haber conseguido su propósito, pero en ese momento no sentía más que ansiedad y temor.
Ridículo, se dijo a si misma. Ella había conseguido doblegar una clase llena de gamberros cuyo dominio de la lengua inglesa se reducía a un puñado de comentarios provocadores, y había logrado imposibles: les había hecho tener ganas de aprender. Sólo era cuestión de encajar los golpes con tal de conseguir el objetivo final.
No estaba segura de conseguir algo, pero tenia que intentarlo.
Bella dejo la revista y tomo otra.
¿Cuánto tiempo tendría que esperar?
Una risa vacía se extinguió en su garganta. Cinco minutos, una hora…
A la media hora cuatro hombres abandonaron la sala y la asistente del director general entro en el pasillo rumbo a la recepción.
Uno de los teléfonos que estaba en el escritorio de la asistente personal de Edward comenzó a sonar.
Bella trato de sofocar la avalancha de tensión que le agarrotaba el estomago al tiempo que escuchaba las palabras de la secretaria.
-El señor Cullen la recibirá ahora- Ya no había marcha atrás, tendría que olvidar por un momento todos los momentos que paso en sus brazos y poner mano firme sobre lo que haría.
Hola a todos :)
Espero les haya gustado este primer capitulo, esta historia en verdad me encanto, en cuanto leí el libro no pude dejar de imaginarme la historia con Bella y Edward por lo que no pude contenerme de hacer una adaptación ^^ espero me dejen sus comentarios sobre si les gusto o no, para saber si desean que continúe con la historia, les prometo que esta historia se pondrá muchísimo mejor ^^
Besos, Luna…
