Disclaimer: Dragon Ball Z y sus personajes pertenecen a Akira Toriyama

hola! el horror se apoderó de mi mente (xD) así que les traigo otra historia de este género que espero terminar pronto. Está ubicado en otro mundo, dimensión o universo en el cual las esferas que conocemos no existen. Ojalá les guste esta nueva historia.

Por último este fic horroroso va dedicado especialmente a mi queridísima Maru-Chan Cat por su cumpleaños. Felicidades :D


Viaje a la Demencia


Gohan está destrozado. Sus mejillas lucen surcos de tantas lágrimas que las han recorrido. Hoy se realiza el funeral de Videl, la mujer con la que se casaría tan sólo en un mes más. Aquella que era su alegría y razón de existencia ya no estaría junto a él.

Nunca más.

Cuanto dolía atisbar esa realidad ineludible. Cuanto dolía aceptar que todo lo que soñó se desmoronó como un castillo de arena azotado por las crueles olas del destino.

Él no podía creerlo. La etapa de negación seguía corriendo con vigencia en sus entrañas. Todavía deseaba, con todas sus fuerzas, que esto fuera sólo una pesadilla de la cual pronto despertaría.

El funeral era multitudinario. Toda la gente de Satan City había acudido a despedir a la hija de Mister Satán, el que también moría en vida. La heroína que tantas veces ayudó a la policía con sus proezas, fue abandonada por la suerte en la última ocasión. Había caído en un atentado terrorista que, a costa de su propia vida, logró evitar. Lamentablemente la joven que parecía invencible, no lo fue más.

Goku y Piccolo, los dos padres de Gohan, veían a unos cuantos pasos como él lloraba desconsolado ante el féretro que pronto descansaría en las entrañas de la tierra, en busca del descanso eterno. El saiyajin no sabía qué hacer para aminorar el dolor de su hijo; Piccolo tampoco lo sabía. En realidad nadie podría haber apaciguado el sufrimiento que vociferaba esa alma atormentada por la muerte.

Hay momentos en que un consuelo no sirve absolutamente de nada para mitigar el dolor, al contrario, sólo lo incrementa. Piccolo lo entendió y así se los hizo saber a Goku y Milk. El apoyo debía ser inteligente, en los momentos precisos, sin caer en la molestia e incomodidad.

La ceremonia estuvo a la altura de una verdadera heroína. Fue solemne y llena de honor. Sin embargo, Gohan estaba completamente ausente. Estaba hundido. Acabado. Muerto en vida. Había perdido a la mujer que tanto amaba de un modo terrible. Una muerte que ella no se merecía.

Tantas cosas les quedaban por vivir juntas. Tantas cosas por hacer...

Finalmente el momento de depositar el ataúd en su nuevo aposento llegó. Y sólo entonces el guerrero despertó de su abstracción para tomar conciencia de lo que sucedía: los restos de Videl descendían por el foso que ahora le serviría de eterna morada. Un par de días atrás era una mujer llena de sueños y ahora, en cambio, era un frío cadáver incapaz de cumplirlos.

Gohan, por primera vez en su vida, entendió lo que en realidad era el dolor. El más profundo y terrible dolor.


Poco más de un mes había transcurrido desde que el hijo de Piccolo se apartó totalmente del mundo. Su familia y amigos le dieron apoyo día tras día, empero, él todo quería olvidarlo: a todo y a todos los quería olvidar mientras durase su duelo. Desde la muerte de Videl, la triste soledad le había brindado su amistad. Esa era la única compañía con la que deseaba estar.

A pesar de las aprensiones de su familia y amigos, él pidió amablemente, pero con suma firmeza a la vez, que por favor respetaran su decisión de estar en soledad en un nuevo lugar que sería su hogar. Quienes lo querían no tuvieron más opción que acatar su pedido, con la condición de que todos los días los llamara para hacerles saber que estaba bien. Si así lo hacía, entonces respetarían el derecho a vivir su duelo en soledad como él tanto deseaba.

Se marchó del monte Paoz y fue a vivir a la bella casa que había construido junto a la mujer de su vida. El feliz plan de ambos era habitarla cuando adquirieran el vínculo matrimonial. Ese sacramento que, para su enorme pesar, nunca podría concretarse...

"Que bonita está quedando nuestra casa Gohan, está maravillosa"

Palabras de su amada sobre lo encantador del nuevo hogar acudían a su mente. Después, lágrimas, una tras otra, sin control. Recuerdos lo golpeaban en marejadas sucesivas, tantos recuerdos que la voz de su amada parecía llamarlo y saludarlo a cada momento. El bello fluir de su sonrisa aparecía en sus pensamientos como una epifanía de sufrimiento.

Vacío. Eso era lo que sentía. Infinito y horrible vacío.


Lluvia y truenos. Un amanecer gris que Gohan ni siquiera notó. ¿Era lunes, miércoles o sábado? Daba exactamente igual. Para él, desde la muerte de su amada, todos los días eran igual de grises. En su vida ya no existían los colores: la penumbra lo dominaba todo.

¿Cuanto tiempo más estaría así? Sabía que no podía seguir así eternamente pero las fuerzas le faltaban. Y el deseo de salir adelante también se extinguía como la llama de una vela agonizante. ¿Para qué seguir viviendo cuando la persona que tanto amas ya no está a tu lado? ¿Para qué? Su corazón latía sin ningún sentido, como un reloj que está puesto a una hora equivocada o un reloj de arena sin la misma.

Todo carecía de sentido. La vida, el mundo, los días...


Se levantó taciturno, como todos los días. Ya ni siquiera le importaba alzarse en el alba; la noche ahora cobija su tristeza en vez de sus sueños. En un mes y medio desde la muerte de Videl, nada había cambiado un ápice. El dolor seguía en su pecho como una maldita estaca que en vez de aflojar se adentraba aún más en su destrozada alma. Un mes y medio de soledad. Tendría que alzar cabeza por la gente que amaba, pero ni siquiera por ellos encontraba la fuerza para hacerlo. Su familia no era motivo suficiente para levantarse, si ella, la mujer que amaba, ya no estaba su lado.

— Sé que te decepcionaría verme así —miró las estrellas, sentado en un tronco partido en el cual solía partir leña —, pero te extraño. ¡Te extraño! —cayó sobre sus rodillas, dando un feroz puñetazo al suelo.

Sí, Videl estaría decepcionada de él si lo viera desde el otro mundo, pero ni siquiera a esa posibilidad podía aferrarse. Ella no estaría allí para recriminarlo y tampoco para apoyarlo.

Entre lágrimas entra al hogar; meditabundo, decide prender su ordenador portátil después de tanto tiempo. Antes de que todo en su vida se volviera oscuridad, había estado trabajando en un libro que esperaba un día poder publicar: La naturaleza del ki. Quizás si volvía a laborar en él podría apagar, aunque fuera un poco, el incendio de aflicción que lo consumía por dentro.

Sin embargo, lo primero que hizo el inicio de Windows fue darle una bofetada de sentires. De fondo de pantalla había una imagen de Videl sonriendo junto a él; una hermosa fotografía tomada cuando habían ido al parque de coníferas de Satan City. Nuevas lágrimas afloraron en sus ojos. Ni siquiera prender su computador podía alejarlo del dolor de la muerte.

Miró cabizbajo el teclado un largo rato, sin querer apreciar la foto que le recordaba esa felicidad extinguida. Esa felicidad que nunca más tendría.

Nunca más.

Dio un suspiro, pensó en cambiar la foto, pero finalmente no lo hizo. No podía seguir huyendo de la realidad, debía afrontarla de una vez por todas: Videl siempre estaría con él a modo de recuerdos. No quería transformar esos recuerdos en triste amargura. No. Debía verlos, comenzar a superar el dolor para poder hablar de la mujer que tanto amo con una sonrisa en sus labios, como a ella le hubiera gustado. Poder recordarla sin que las lágrimas brotasen como un río. Videl era alegría, era amor, era bondad. No era un sinónimo de dolor. Videl era mucho más que eso.

Por ella, debía vencer al dolor.

Por ella tendría que luchar contra la tristeza.

Otro suspiro acudió a su pecho: sería una ardua tarea lograrlo, pero tenía que hacerlo.

Echó otro vistazo al portátil que tenía sobre sus piernas. No tenía cabeza para seguir con su libro. En vez de eso, se conectaría a facebook para charlar con sus amigos conectados. Quizás eso le ayudaría a superar los fantasmas que se habían enquistado en su mente durante tantos días.


Krilin lo había saludado en el chat. También sus fieles compañeros de universidad, Iresa y Shapner. Estaban todos preocupados por él, tratando de hacer que ocupase su mente en otros temas que pudieran distraerlo.

Otro suspiro: ¿para qué se había conectado? En realidad no tenía ganas de hablar. Un sentir de incomodidad le hizo entender que no deseaba responder ni conversar.

¿Quizás sólo quería sentirse acompañado en el silencio de la realidad virtual?

Casi por simple reacción, buscó el nombre de su amada y lo encontró fácilmente. La última conexión señalaba el día fatídico de su muerte: cuarenta y cuatro días atrás. Poseído por alguna clase de masoquismo, se metió a su perfil para ver las bellas fotografías y recuerdos que habían forjado juntos.

Fotos. En todas sonriendo. En todas disfrutando de la alegría. En todas juntos.

No quería más guerra. No podía seguirse torturando por hoy. Suficiente masoquismo había detonado ya. Iría a acostarse para que el mundo de los sueños lo ayudará a salir del infierno gris en que había caído. Ese infierno que, de alguna irónica manera, seguía llamándose vida.

Se dispuso a salir de la sesión en facebook: llevó la flecha al lugar indicado para ello, pero de súbito algo lo sorprendió al punto de abrir sus ojos más allá de lo biológicamente posible.

Parpadeó varias veces para eliminar el espejismo que habían creado sus caprichosos ojos, pero no resultó. Se sacó los anteojos creyendo que eran ellos los culpables de lo que estaba presenciando, pero tampoco funcionó. Por un momento pensó que derramar tantas lágrimas habían afectado su visión o que estaba comenzando a volverse loco, puesto que era imposible que fuera verídico lo que sus azabaches orbes observaban.

"Gohan...", fueron las letras que leyó en el chat. Pero no fue aquello lo que lo impactó como un tren a toda velocidad, sino quien le había escrito esas palabras.

Jamás imaginó que una ventana de chat podría provocar tal trastorno de emociones en su alma. Lo peor es que no supo de qué emociones se trataba. Era una mezcla de todas ellas. Una amalgama de sensaciones que nunca en su vida había experimentado.

Estaba absolutamente descolocado.

Miró fijamente la ventana de chat y parpadeó una y otra vez para borrar cualquier margen de error. Cual carrusel ocular, repasó las letras de la persona que proclamaba su nombre sin entender que estaba sucediendo.

¡Es que era imposible! ¡No podía ser cierto de ningún modo!

Y sin embargo, lo era. Lo era por más que no lo creyera. Finalmente, ante la claridad de lo evidente, tuvo que aceptar que no estaba soñando.

El nombre de quien le habló pertenecía a su pareja; la mujer fallecida que tanto amó y que seguía amando...

Videl...


Continuará.