Las tranquilas calles del barrio de Whitestone estaban totalmente dormidas, ninguno de sus habitantes había despertado. Sin embargo una furgoneta de mudanzas aparcaba tranquilamente de una casa que podíamos ver que había estado en venta poco tiempo antes. Un cartel enorme en el jardín, y una estructura victoriana y poderosa se alzaba detrás. Podíamos ver la madera oscura fértil al tiempo, a su antigüedad.
El hombre que conducía la furgoneta se baja y comienza a bajar muebles y cajas. Poco después vemos a un joven llegando con un coche, aparca justo delante de la casa, sus facciones són agradables, y tiene unos ojos de un verde profundo y duro, tiene una máscara que recubre la mitad de su cara.
Los vecinos ya no duermen, parece como si cualquier cambio les hiciera perder el sueño.
La señora Vickmay estaba abrazando a su gato y mirando por la ventana al nuevo inquilino.
El señor Moore recogía el periódico y posteriormente avisa a su mujer de la llegada del misterioso joven que se instalaba cuatro casas más allá. La señora Moore llama a Missy Wolf, con quien va a jugar al golf todos los sábados y se instala en la casa que se encuentra al lado del nuevo inquilino.
Missy es una mujer de 50 años, abogada, inteligente y bastante frívola, todo lo necesario para triunfar en un mundo regentado por hombres, está casada con Frederick Wolf y ambos tienen 2 hijos Robert Wolf y Angela Wolf.
Angela que estaba comiendo unos cereales con parsimonia mientras devoraba un fragmento del señor de las moscas escucha la conversación entre su madre y la señora Moore.
Al principio sintió curiosidad, era el tipo de chica que se sentía prisionera del suburbio, leía a autores europeos e incluso cuando quería viajar más lejos intentaba aprender algunos idiomas más exóticos con canciones extrañas.
Podemos decir que Ángela estaba atrapada por ideas muy cerradas del deber y la costumbre, por esa razón, esa mañana sintió un cambio brusco, una nueva llegada al vecindario, era la primera vez desde que ella tenía 7 años y los Wolf llegaron al barrio de Whitestone.
Ángela ya tenía 20 años, unas facciones interesantes y muchas ganas de romper el mundo de cereales y estigmas de suburbio, dónde ella pese a sus ideas negativas por los estamentos de su pequeño mundo, había sido una de las chicas más populares en el instituto, un teatro sin importancia para ella, incluso en la universidad, solo sabía que si esos años lograba ser alguien que no era, el mundo la dejaría ser más feliz.
-Ángela... deja de darle vueltas a tu desayuno y preparate que deberías haber salido hace 15 minutos.-Missy había dejado colgada la conversación con la señora Moore para avisar a Ángela.
-Tranquila, hoy me vienen a buscar con el coche.-Ángela mira pensativa y curiosa a su madre.-Te he escuchado hablar por teléfono... ¿Has dicho que nuestro vecino nuevo se ha presentado con una máscara y un camión de la mudanza? ¿Es un psicópata?
-Supongo... Según Patricia se ve que...-Missy está preparándose un batido. Comienza a hacer mucho ruido con la batidora y le dice algo a Ángela.
Ángela intenta escuchar que le dice su madre pero no entiende nada con el sonido de la batidora.
-¡¿Qué dices mamá?!
Missy para la batidora.
-Universidad... Pero se ve que es un genio...-dice Missy.
-¿Cómo? ¿Que has dicho antes mamá? No te he entendido con el ruido de la batidora.
De pronto escuchamos un klaxon. Missy que tiene delante la ventana se asoma apartando las cortinas.
-Corre Ángela, són Carla y Mia te están esperando en el coche.
Ángela acaba de comer rápidamente su desayuno mientras acaba de meter todo en su bolso. Missy se acerca a ella y le da un beso en la mejilla.
-Mucha suerte con la prueba de pintura.
Ángela cruza dedos y las dos se ríen, sale por la puerta de la cocina, se mira en el espejo de la entrada pintándose un poco los labios y se alisa la ropa con las manos.
En la calle vemos el Mustang gris descapotable de Carla, tienen la música alta, Carla y Mia bailan sentadas en el coche haciendo el tonto, intentan llamar la atención de el nuevo vecino. Que se escabulle rápidamente.
Cuando Ángela sale sonriente, ve al joven, no tiene más de 30 años, va vestido de manera impecable y oscura, es bastante alto, y su delgadez si no fuera por su porte elegante y suave sería bastante alarmante y rara.
El joven también ve a Ángela, ambos se miran. Ella está extrañada, la mitad de la cara del joven está cubierta por una máscara negra y sólida. Ángela intenta no parecer demasiado afectada por el intercambio de miradas y sonríe brevemente al joven que hace un gesto con la cabeza, sin sonreír, como saludándola para después entrar en la gran casa que hasta entonces había estado vacía.
Ángela se queda pensativa, hay algo diferente que le ha hecho sentirse extraña, en Whitestone nunca pasa nada, y había tenido la corazonada de algo nuevo y extraño.
-¡Ángela! ¿Quien es ese tío? ¿Has visto como te ha mirado? -Mia se había levantado del sitio del copiloto y miraba a Ángela con una sonrisa socarrona.
-¡Vecinito nuevo! ¡Yuhuu!-Carla seguía la broma de Mia.
Ángela se dirigía al coche riéndose y bailando al ritmo de la música que sonaba en la radio.
-Chicas... Estáis locas... Pero os aprecio por que me llevais en coche y sois geniales.
Las tres comenzaron a reír y a cantar al son de la música mientras arrancaban de camino a la universidad.
La universidad estaba a 15 kilómetros del barrio de Whitestone, era una facultad de arte bastante prestigiosa en algunas especialidades, Ángela pintaba y aunque no era de las mejores siempre tenía algo especial en su estilo que la hacía colocarse entre las más prometedoras de su promoción.
Esa mañana tenía que hacer una presentación importante a varios profesores y a dos artistas invitados, para poder optar a una plaza en una exposición a nivel nacional en una galería de arte muy conocida.
-Ángela, deberás esperar un rato antes de presentar, el profesor Reed y Denville no han llegado.
Ángela estaba preparando su exposición en el proyector. Al escuchar Denville, se giró de inmediato.
-Señora Hinder...-Ángela había palidecido.
-¿Si querida?
La señora Hinder era amiga de la familia de Ángela, y la que la había animado desde pequeña a pintar.
-Ha dicho usted que Denville... ¿Va a estar en mi presentación?- Ángela ahora sonreía se había llevado una mano a la cara, que estaba comenzando a ponerse colorada mientras se abanica con unas fichas de apuntes de la presentación.
-¡Oh Claro! No habíamos dicho quienes serían los artistas invitados ¿Le conoce usted?
-Solo su obra... Pero es... ¡Vaya! En serio amo sus ilustraciones... Tiene que ser una broma, creo que cuando aparezca me desmayaré Señora Hinder... Soy una gran admiradora de su trabajo, la forma, el uso de la pincelada, las miradas de sus personajes, las articulaciones... Es... ¡Tiene que ser una broma!
Ángela y la señora Hinder se estaban riendo, una de nervios y sorpesa y la otra de ternura al ver a una de sus alumnas más rectas y estrictas hablando con tanta pasión sobre arte.
-Éste año impartirá unos cursos sobre ilustración. No es tu especialidad pero deberías apuntarte, yo intento guardarte una plaza.
-¡Señora Hinder! ¡Eso sería...! Vaya no tengo palabras... Muchas gracias, espero no parecer una tonta en la exposición, estoy...
-Ángela, lo harás muy bien, no te pongas nerviosa...
Los demás profesores comenzaron a entrar, incluido el profesor Reed que se suponía que llegaba tarde. Ángela aún emocionada comenzó a saludarles dándole la mano e intentando recobrar la compostura.
Finalmente la puerta volvió a abrirse.
Vemos al joven vecino de Ángela, vestido perfectamente entallado en su larga figura negra. Su expresión era seria detrás de la máscara. Éste comenzó a saludar a todo el jurado y finalmente a Ángela a la cual no había visto al entrar.
-Erik Denville... Bienvenido.-Dijo la señora Hinder
Ángela estaba estupefacta, Erik estaba sorprendido y serio. Miraba a Ángela y después se acercó a ella y le tendió la mano. Una mano alargada, fría y pálida, tan pálida que parecía de papel, su piel era extraña.
Ángela no podía parar de mirarle como hipnotizada y solo salió un pequeño susurro de su boca.
-Bienvenido...
Erik, que hasta ese entonces había tenido su cara contraída en una expresión distante y dura, esbozó lo que podríamos llamar atisbo de sonrisa.
