Buenas, pues aquí estoy volviendo a escribir, esta vez sobre personajes de Overwatch, que por desgracia, no son míos, sino de la gran compañía Blizzard. Disfrutadla

Samurai Heart

La estación de Tokio estaba a rebosar de gente. Los avisos de los altavoces indicaban que el tren bala dirección Hanamura saldría en breve. Entre los pasajeros que subían al tren una mujer llamaba mucho la atención: los hombres se giraban sorprendidos por su belleza y las mujeres se quedaban con la boca abierta al verla y cuchicheaban. Ella, con una corta sonrisa, no miraba a nadie, solo al frente. Con un pequeño bolso de tela azul adornado con un dragón dorado y vestida con un kimono negro con un estampado de flores rojas caminaba casi como si se deslizara por el suelo, como un pez nadando en el agua. Su piel era pálida, sus labios estaban pintados con un rojo pasión, que producía escalofríos de excitación al sonreír, y sus pestañas eran tan largas y oscuras que, al abrirse, te sorprendías al ver sus ojos azules, eran casi como ver el mar en ellos. Su cabello oscuro estaba cogido con un moño, adornado solo con una pequeña cinta roja, dejando su frente despejada y con un solo mechón libre. Uno de los trabajadores del tren se acercó a ella y le pidió su billete con un pequeño tartamudeo. Ella, con una leve sonrisa, sacó con mucho cuidado su billete y se lo tendió, él lo cogió y sacó un escáner que comenzó a leer el billete, pero no se concentraba al verla a ella, pues por su cabeza pasaban múltiples preguntas.

—¿Todo en orden? —dijo ella.

—S-sí, señorita... —con gran velocidad leyó el billete—. Saiko Kurosawa —ella asintió—, si no le importa, la acompañaré a su asiento.

—Oh, no se moleste, podré encontrarlo sin problemas... Ya soy mayorcita —respondió ella con una sonrisa. Él estaba sorprendido. ¿Mayorcita?, pensó, ¿qué edad tendría? Ella sin problemas cogió de nuevo el billete y entró dentro—. Muchas gracias —agradeció dándose la vuelta y haciendo una pequeña inclinación. Él, sonrojado, se puso tenso y también hizo una reverencia.

La mujer caminó hacía su asiento, que se encontraba en primera clase. El vagón estaba vacío. Se sentó en su puesto, se colocó bien el kimono y sacó de su bolso una especie de móvil muy fino parecido a un trozo de cristal que al pasar su dedo se activó. Sai comenzó a ojearlo cuando vio que en su bandeja de mensajes había uno, y al entrar vio el nombre de la persona que se lo había enviado: «Genji». La mujer sonrió pero, justo cuando se dirigía a abrirlo, su bolso cayó, haciendo que algunas cosas salieran de él.

—¡Oh, Dios, qué torpe! —ella se agachó a recogerlo cuando entre sus cosas apareció una pequeña libreta—. ¿Pero qué...? No recuerdo haber cogido esto... —al tomarla, que tenía el tamaño de su mano y tapas duras y oscuras, gastadas por el paso del tiempo, una pequeña nota salió de ella. La mujer la recogió también y la leyó:

Hace años, éste era nuestro único modo de comunicación.

Aquí se encuentran nuestros mayores recuerdos y secretos.

Antes de que te encuentres con él, quiero que recuerdes todo lo que ocurrió.

Genji.

La caligrafía de Genji no había cambiado, como siempre era limpia y precisa, al igual que las lecciones que él le daba desde que eran niños...

Ella se apoyó en el asiento y miró al techo. ¿Cuántos años habían pasado? Su mente comenzó a volar a aquellos días dónde ella era solo una niña. Se veía a ella en su casa de Hanamura, correteando por los pasillos, tropezándose con el yukata, su madre tomando el té junto a su abuela y su padre fumando con su pipa kiseru mientras hablaba por móvil. Ella rió al recordar a Genji pidiéndole a su padre que le diera para probar y cómo él se atragantó con el humo. «Vaya, no recuerdo una vida antes de Genji, ni de Hanzo. Claro, vivíamos casi al lado y nuestras familias se empeñaban en juntarnos una y otra vez... Aunque de jóvenes creyéramos que era por la amistad que tenían las dos familias, en realidad tenía todo eso un segundo plano...». Suspiró, dejó su móvil dentro del bolso sin leer el mensaje de Genji y decidió abrir la libreta. El papel era viejo, así que lo hizo con todo el cuidado del mundo. En la primera hoja había una foto antigua donde se encontraban ellos tres juntos. Sus dedos acariciaron la imagen con cuidado. Ahí se encontraba Genji, cuando aún tenía el pelo negro, Hanzo con su cabello largo y ella, con aquel cabello perfectamente cortado y su flequillo recto. «Menudas pintas», pensaba ella. Al pasar la siguiente hoja se vio la primera fecha y el texto que le seguía...

Querido Genji...

El otro día me preguntaste cómo era ir al colegio. Siento haber tardado tanto en contestarte, pero cada vez tengo menos tiempo para estar contigo. Según mi madre, al tener ya 15 años debo estar pendiente de cosas más importantes... Nunca me había fijado en que tú no ibas a clase, creí que irías a un colegio diferente al mío o algo..., pero al decirme tú que los profesores iban a tu casa, me extrañé mucho, así que...

—Entonces no vas a la escuela... Qué extraño eres, Genji —decía una joven Sai Kurosuwa mientras caminaba cerca del chico, con el cabello más o menos hasta los hombros y con dos mechones en su frente. Vestía con un uniforme escolar que se componía de una camisa blanca de manga larga con el escudo de la escuela, una corbata y una falda gris corta. Llevaba medias hasta las rodillas y unos zapatos negros. Genji, en cambio, iba vestido con su traje de combate, su cabello era verde y caminaba tranquilo.

—Es verdad. ¡Venga, dime cómo es ir al colegio!

—Pues... Nos levantamos temprano todas las mañanas, cada uno va a su curso, saludamos al profesor y damos clase, tenemos descansos para almorzar y comer... Poco más.

—Vaya... ¿Y hay muchas chicas?

—Genji, siempre estás pensando en lo mismo —expresó ella suspirando y dándole con su maletín de la escuela en el hombro.

—Claaaaro, mientras tú disfrutas de la maravillosa presencia y conversación de chicas hermosas y seguro que de chicos guapos, yo le veo la cara todos los días al aguafiestas de Hanzo —dijo imitando la cara de su hermano.

Yo reí.

—¡Venga ya...! No debe ser tan malo.

—Sí... Apenas dice palabra, solo para echarme la monserga.¡Puff, es más aburrido!

—Es tu hermano, ¡qué suerte tienes de tener uno! ¡Ojalá tuviera una hermana mayor...! Así, ella tendría todas las responsabilidades y yo sería libre...

—Pero, ¿para qué te están preparando? —comentó muy extrañado.

—Genji, ¿en serio que no lo sabes? —expresó mirándolo seriamente.

Genji escuchó lo que decía su amiga mientras su rostro iba cambiando.

—No tenía ni idea.

—Por eso tengo tantas clases... Al no haber nacido hombre, me preparan para ser una buena esposa...Yo no puedo heredar el clan Kurosuwa...

—¿Y quién será tu marido?

—Pues el heredero de algún clan —dijo subiendo sus hombros—, pero... te aseguro que tú no —dijo ella picándolo—. Yo no quiero casarme con un chico con el pelo color brócoli.

—¡Mi pelo es genial, dijiste que te gustaba! —comentó pasando la mano por su cabello.

—Sí, pero no para mi futuro marido —decía ella hinchando su pecho y tirando su cabello hacia atrás.

Él rió.

—¿Y cómo debe ser tu futuro marido?

—Pues valiente, fuerte... organizado... serio... No lo sé... La verdad es que esas cualidades son las que pide mi madre para un buen marido.

—Para eso, cásate con Hanzo.

Sai se paró en seco y se dio cuenta de que todas la cualidades que le había comentado su madre describían a Hanzo

—¿Sai? —Genji la miró y ella se puso roja—. ¡Ay, Dios, que te gusta mi hermano Hanzo!

—¡No! ¡No, no! ¡Me niego...! Ni siquiera sé... si quiero casarme... —Genji miró su amiga, ella, que siempre había sido atrevida, valiente y sinvergüenza, y que ahora era un como un gatito, estaba roja y ni se atrevía a mirarlo—. Quiero poder elegir qué quiero hacer, Genji... Eso sí que lo tengo claro...

Sai respiro hondo y cerró la libreta colocando un dedo para no perder la hoja. Aquella época fue muy dura para ella. Con quince años, debía estar junto a las chicas de su edad, haciendo cosas de su edad, pero no, no tuvo tanta suerte. A Sai la obligaban a dar clases de decoración floral, a tocar el sumisen a la perfección, a saber ponerse un kimono, clases de protocolo, ceremonias del té... Cosas que hacía años que no se aprendían y menos por obligación, pero lo que más odiaba era cuando le hablaban de cómo debía comportarse con su futuro marido... Tantas normas, tantas reglas para un hombre que era igual que ella, pero para su madre no: el marido era más importante que ella misma. Todas aquellas cosas se las comentaba a Genji en la libreta y él cada vez sentía más pena por su amiga. «¿Cómo pueden hacerte eso?», escribía el chico. Genji en ese momento comprendió el carácter de su hermano y vio las dos caras de la vida que ellos dos llevaban y la suerte que él tenía al no ser heredero.