¡Hola! Ha quedado más corto de lo que pensaba, pero tampoco quiero alargarlo mucho más. Me gusta bastante cómo ha quedado, como pensaba cortarlo así, tampoco quería poner mucha paja en medio.

Disclaimer: Instituto Ouran Host Club no me perteneceMeiko sí que es mía, aunque saldrá más en el siguiente capítulo.

Para: Na-chan, porque fue quien me lo sugirió y se partía de risa con la idea. Para Luanda-chan, por su sonrisa. Para mi amiga Nadia, que termina hoy sus exámenes ¡Campeona! Para todo aquel que lo lea.

El ruido de inanes charlas llenaba despreocupadamente el comedor. Tanto aromas como palabras se mezclaban unos con otros, formando un amasijo capaz de indisponer a cualquiera, mental y gastroduodenalmente. Era en cierta forma, una metáfora de la vida de todos los estudiantes que alguna vez hubiesen pasado por el instituto Ouran. Vidas cargadas de acontecimientos vacíos de significado. Matrimonios concertados, actos benéficos; y protocolo, mucho protocolo. Vidas ofrendadas a un buen nombre.

No siempre era así, claro. En ocasiones, unos pocos afortunados conseguían compaginar su apellido con unos objetivos propios. Y ello se notaba, a la vez, en las palabras que pronunciaban. Igualmente podían hablar de cruceros y de lo último en videojuegos, que todavía no había llegado ni a las tiendas más exclusivas de Tokio, o del último preestreno al que acudieron, en el que se encontraron a un efusivo director, o productor, que se apresuraba a presentar un formal saludo a sus progenitores.

Lamentablemente, tampoco era éste el caso. El desafortunado protagonista de este desaguisado no destacaba por su inteligencia o buen gusto. Su interés no se distendía en efímeros placeres. No contaba con el orgullo de unas regulares facciones capaces de anular el terrible efecto de una incursión nocturna. Tenía por costumbre limitarse a permanecer en silencio mientras masticaba su comida con una fruición que rallaba el ansia homicida, mientras evitaba que su mirada congelase a algún infeliz.

Hacía semanas que el rumor circulaba libremente por los pasillos de bachillerato: Bossanova-kun estaba perdidamente enamorado de Fujioka Haruhi, y a pesar de haber sido rechazado de manera ignominiosa, varios eran los testigos de la encomiable lealtad que le profesaba. . Ello hacía estremecer a la mayoría de las estudiantes, subyugadas por las llamaradas del MOE. Los ojos son el reflejo del alma y de los pensamientos de una persona, en este caso, ocupados por entero a cierto muchacho delicado y sensible. O eso creían.

"Si los cocineros añadiesen un poco de laurel y romero al estofado adquiría matices mucho más interesantes. Algo así como una sinfonía de Beethoven, sutil pero con cuerpo"

Sublimes pensamientos dedicados a… la comida de ese día. Una manera retórica de abordar un tema práctico. Después de todo, seguía siendo un chico. Y eso se nota (casi siempre).

Pero el juicio de sus compañeros estaba equivocado, una sospecha se había colado con subterfugios en su conciencia. Debía acompañarlo tiempo atrás, pero no comenzó a darse cuenta hasta mucho después. Los afectos humanos se comportan muchas veces como una veleta que, acusadoramente, señalaba a la persona menos indicada. Mucho menos indicada que Fujioka-kun, incluso. No sabía exactamente cuándo su admiración se trocó en un sincero afecto, pero ahora, la persona amada por Kasanoda Ritsu, no era otro que… Morinozuka Takashi. Y eso desconcertaba a Casanova-kun, porque se había creído siempre la única persona que era capaz de ver su carácter solitario, soso, su actitud imponente y agresiva; y un montón de tonterías más. Paradójicamente, el resto de sus compañeros pensaban que Takashi era fantástico (nadie tiene un término medio ¬¬). Ritsu no pensaba que fuera fantástico, sino, más bien, todo el tiempo que había dedicado a observarle, en el dojo, en clase (hacía novillos y se escondía en los colgadores del fondo, entre los abrigos); le había servido para construirse una imagen un poco más exacta de él.

El concepto del propio Bossanova había cambiado, a los ojos de los demás su carácter se había suavizado, su ira no era tan temible, ni su mirada tan heladora. Ahora tenía, como todos, un corazón (antes también ¬¬).

Un corazón cuya naturaleza era la de ser entregado a los demás: su gente, Tetsuya, Haruhi… pero se sentía incapaz de ofrecérselo a los demás. Era demasiado tímido. Por una parte, quería descubrirle sus sentimientos a Mori. Por otra, la sola idea lo aterraba, porque sabía demasiado bien que si lo hacía Mori se alejaría de él, hasta desaparecer en el horizonte de los sueños rotos.

Y fue a pedirle consejo a la única persona que pensaba que podría ayudarlo, su hermano pequeño. Conocía demasiado bien el club de host como para volver a pedirles consejo sobre nada (por ese aro no vuelve a pasar). Así pues, después de las actividades de cada club se dirigió al dôjo de kendo. Habían acabado el entrenamiento, y todo estaba siendo guardado en los almacenes con escrupuloso orden. Se acercó a una chica morena, de pelo muy largo recogido en una coleta alta, ocupada en ajustar correctamente sus protectores.

- Perdona¿sabes dónde puedo encontrar a Morinozuka Satoshi?

Cuando fijó sus oscuros ojos en él, Bossanova se dio cuenta de que no debía de tener más de doce años, cuando en realidad aparentaba unos cuantos más. Le respondió con un tono de absoluta serenidad:

- Por última vez, si vienes por lo de los limoneros del convento, él no tiró el palo que le dio a la monja en la cabeza, sólo intentaba demostrar que si chupas un limón se te aparece Akamatsu desde el más allá.

- Akamatsu no está muerto. Y no vengo por eso. Le tengo que consultar algo.

- Mm… Está bien. Ahora mismo está en su vestuario. Te aconsejo que no entres, no es agradable. Espérale un poco, no creo que tarde mucho más.

Con una sensación de absoluta irrealidad, esperó sentado pacientemente junto a la puerta que la jovencita había señalado. Sensación que se acentuó escuchando los extraños gorgoritos que salían de detrás de la puerta. Se alegró de no haber entrado.

Se había quedado dormido cuando la puerta se abrió, saliendo densos vapores. Sumado a la propia turbidez de sus ojos, le resultó difícil enfocar la mirada. La refulgente sonrisa no mejoraba las cosas. Esperando a que le dijese algo.

- Morinozuka-kun, me gustaría pedirte un consejo. Soy… un admirador de Takashi, pero no me atrevo…

Fue cortado bruscamente por Satoshi, que le tendía un pliego, todavía con la sonrisa puesta.

-¡Rellena el formulario estándar 7-B, y con mucho gusto atenderé tu propuesta tras haber sido procesada¡Gracias por tu atención!

Para cuando Casanova pudo reaccionar, hacía tiempo que el dojo se había quedado vacío. Como sabía que no iba a ser molestado, se sentó en el suelo y empezó a rellenar el papel. Le echó un vistazo a las preguntas:

- ¿Qué tipo de amistad tendrías con un digimon?

Apartado b¿Y con un pokémon?

Apartado b.1¿Y con pikachu?

- ¿Sabes distinguir entre un membrillo y un limón?

- ¿Te casarías con un shinai?

- ¿Conducirías un Camaro o un Pontiac?

- ¿Has pensado alguna vez en ser camionero?

- ¿Has estado de vacaciones alguna vez en Teruel?

No tenían nada que ver con un formulario. Era sólo una sarta de chorradas, que cumplimentó debidamente. Pensaba devolvérselo al día siguiente, a la misma hora, pero Satoshi le sorprendió en la cola del comedor. Llevaba un uniforme de bachillerato que le estaba estrecho de la sisa, pero no parecía importarle lo más mínimo. Tampoco el hecho de que muchos compañeros de su hermano lo habían reconocido. Se sentó en su misma mesa, enfrente, y empezó a hablar ajeno a las miradas de su alrededor. Inmune a la situación, a la que se estaba empezando a acostumbrar, Kasanoda le pasó el papel. Satoshi lo ojeó.

-¿Por qué no te cae bien pikachu?

- Porque es un creído.

-Yo tampoco lo soporto. ¡Lo pondría a fermentar!

- Quiero hablar con tu hermano, pero me da mucha vergüenza.

- Taka-nii es muy bueno. No debes tenerle miedo, todavía no se ha comido a nadie. Su paciencia es infinita, al igual que su sabiduría. Puede que un día sea rey.

- En Japón no hay reyes.

- Lo mejor es que no le des a la cuestión más importancia de la que tiene. Sea lo que sea, díselo con naturalidad. Taka-nii es amigo de todos.

Se puso a comer, dando la cuestión por terminada. Bossanova se preguntó cómo podía caberle todo eso en el estómago, teniendo en cuenta que los de secundaría habían comido media hora antes que los de bachillerato. No le parecía bien dejarlo solo en la mesa, pese a parecer ajeno a toda presencia, y notó cómo la comida le pasaba mejor que el día anterior.


Satoshi tenía razón, lo mejor era decírselo, cuanto antes. Pero no estaba dispuesto a decirle algo así a Takashi delante de Mitsukuni. Era capaz de… quién sabe qué barbaridad. Mitsukuni era un objeto que en realidad no tenía nada de gracioso, el epíteto mortal de necesidad le habría ido mucho mejor.

Por la tarde se encontró a sí mismo en el dôjo, con las manos sudorosas pero sin palabras. Su plan de abordaje era simple, aún con Mitsukuni presente, en medio del griterío del entrenamiento nadie salvo Takashi oiría lo que le iba a decir. Así evitaría las represalias. Suficiente tenía ya. Deseó que el combate durara una eternidad, que era lo que le iba a costar conseguir las palabras adecuadas. Vio que Takashi lo había visto y se dirigía hacia él, con una expresión amable, diametralmente opuesta a la sonrisa de su hermano menor. Se aclaró la garganta. Pensó "Valor, muchacho" y sin decirle ni hola, cómo estás; escupió a bocajarro:

- Me gustas.

Fue uno de esos momentos fortuitos en los que un dôjo entero de kendo se queda en silencio súbitamente. Ha pasado un ángel, se dice a veces. El caso es que las palabras se extendieron con ecos de fatalidad, bajo la mirada de todos.

- ME GUSTAS.