LOS GRANDES CAMBIOS SE FORJAN A FUEGO LENTO

PRÓLOGO:

Caminaba por los largos pasillos del oscuro y frío cuartel general de los Mortífagos.

Bajo su capa y máscara negras, alrededor de los ojos de Lucius Malfoy se adivinaban unas arrugas de profunda preocupación que nunca habían estado ahí, pero que últimamente se habían convertido en parte inherente a su rostro. Lord Voldemort lo había mandado llamar, y para algo importante, según le habían contado. Esperaba que no tuviera que ver con su hijo… Draco era un buen muchacho, y debía permanecer a toda costa fuera de ese horror que suponía ser un Mortífago. ¡Y, por Merlín, Draco solo tenía 20 años! No es que Lucius se arrepintiera de ser un Mortífago… no del todo, al menos. Seguía fiel al Señor Oscuro, pues compartía sus creencias. No es que estuviera de acuerdo con todo lo que el Señor Oscuro hacía… ni mucho menos con el hecho de tener que actuar como un sirviente (¡Él! ¡Un Malfoy!). Pero era lo mejor que tenían en contra de esos hijos de muggles que se empeñaban en poblar el mundo mágico con su incompetencia y sus "mugglerías".

De todas formas, Lucius estaba empezando a pensar que las cosas podían llevarse de otra forma menos… sangrienta, cuanto menos. Comenzaba a hartarse de la guerra que se llevaba a cabo en el mundo mágico entre el bando de Voldemort y el bando llamado comúnmente "de la luz". Ya era tarde para él, no podría escapar de todo eso, y cuando uno se equivocaba tenía que ser consecuente y aceptar su castigo… pero su hijo, su único hijo, la mayor luz que su vida contemplaba… no dejaría que se manchara las manos sirviendo a otro, como había hecho él. No. Si era necesario, mandaría a Draco lejos, lo haría parecer muerto a ojos del mundo mágico y lo mezclaría con esos asquerosos muggles antes de dejar que Voldemort le pusiera la vista encima.

De hecho, ya había hecho muchos preparativos frente a la posibilidad de que Draco tuviera que escapar; entre otros, ciertos tejemanejes con el dinero que su hijo necesitaría para vivir solo. Y si esto pasaba, si Draco escapaba, entonces Voldemort tendría que perder la guerra. Tendría que perderla para que su hijo pudiera volver. Si era necesario, Lucius se uniría a esos cabezas huecas de la Orden del Fénix, con tal de que su hijo estuviera a salvo. Tanto él como su esposa, Narcissa Malfoy, estaban de acuerdo en ese punto. Y sabía que su hijo también lo estaba, que Draco no deseaba unirse a ese despropósito, que prefería cualquier otra cosa. Hasta aliarse con "el idiota engreído de Harry Potter", según palabras textuales de su hijo.

Por fin llegó ante la puerta que le llevaría frente a Lord Voldemort, y antes de entrar se dispuso a cerrar su mente. No tenía ninguna intención de dejar a Voldemort adivinar los planes que tenía para Draco.

Por fin, tras unos segundos, Lucius tocó a la puerta suavemente.

- Entra, Lucius. – contestó la voz fría del Señor Oscuro, amortiguada por la capa de madera de la puerta que se interponía entre su cuerpo y el cuerpo de uno de sus mejores Mortífagos.

Lucius no se hizo de rogar, y entró. No era bueno hacer esperar a Lord Voldemort. Para nadie, ni siquiera para él.

- ¿Me mandó llamar, mi Señor? – preguntó Lucius, avanzando hacia el Lord por una gruesa alfombra de color negro que cubría todo el suelo de la tétrica y fría sala, e inclinándose levemente ante él.

- Oh, sí. – contestó Voldemort con una maquiavélica sonrisa. – Sí.

Lucius esperó, temiéndose lo peor.

- Hace ya tiempo que estoy considerando ofrecerte una recompensación por tus fieles y útiles servicios. – dijo Voldemort. – Así que me preguntaba cuando traerás al joven Draco a mi presencia, mi fiel compañero. Estoy deseoso de concederle su oportunidad de servir a la causa, pues supongo que nada será para ti más gratificante que ver a Draco siguiendo tus pasos… ¿o me equivoco?

Lucius reprimió los pensamientos desesperados que comenzaban a formarse en su mente. No. Ahora tenía que concentrarse, tenía que lograr sacar a su hijo de ese embrollo, y para eso debía conservar la vida… Si Voldemort detectaba su reticencia a aportar a su hijo para la dichosa guerra, era hombre muerto.

- Gracias, mi Lord. – dijo inclinándose, con la voz más fría que pudo conseguir. – Lo traeré cuando usted lo ordene, y nada me complacería más. Desde que terminó el colegio, mi hijo ha estado ansioso de enfrentarse al honor que supone servirle.

- Me alegro de oír eso. – dijo el Lord, con un gesto de asentimiento. – Tráemelo en una semana, Lucius. Tendrá su oportunidad.

- Como ordene, mi Señor. – contestó Lucius, inclinando la cabeza. - ¿Debo marcharme ya?

- Espera… debo comentarte un asunto de vital importancia. – murmuró Voldemort, mientras, con un leve movimiento de varita, convocaba varios hechizos de privacidad en la puerta de la estancia. – Se trata de Harry Potter.

Lucius levantó una ceja, sorprendido, pero evitó que su sorpresa trascendiera a la máscara que ocultaba su rostro. Esperó a que Voldemort volviera a hablar.

- Se está convirtiendo en una gran molestia, Lucius. – comentó Voldemort. – Desde que ese estúpido niño terminó el colegio, sus entrenamientos y sus andanzas me han provocado más de un quebradero de cabeza. Debe morir. De inmediato.

- Si, mi Señor. – afirmó Lucius, no muy seguro de adónde llevaría ésta sorprendente conversación. - ¿Qué puedo hacer para ayudarle, Señor?

- Verás… - comenzó Voldemort. – He decidido que ya es hora de dejar atrás mi deseo de matarlo personalmente. Con tal de verlo muerto, me basta. Así, he decidido relegar la molesta tarea a mis dos mejores Mortífagos.

El sonido de alguien tocando a la puerta, interrumpió la explicación.

- Ah, Severus… pasa, pasa. – Invitó el Lord.

Un enmascarado Severus Snape entró y avanzó hacia ellos, mirando inquisitoriamente tanto a Lucius como a Voldemort. Cuando llegó a la altura de Lucius se inclinó y espero a que Voldemort hablara.

- Como estaba comentándole a Lucius aquí presente – prosiguió Voldemort. –, quiero ver a Potter muerto. Sea como sea, y a cualquier precio. Y ahí es donde entráis vosotros dos.

Lucius y Severus se miraron de reojo, antes de volver a centrar su atención en el Señor Oscuro.

- Matadlo. – ordenó Voldemort, con odio. – Matadlo, y os recompensaré de forma que nunca olvidéis que tenéis el favor de Lord Voldemort. Fallad, y sufriréis un terrible castigo. Sois mis mejores Mortífagos… no me decepcionéis.

Un pesado silencio cargado de amenazas cayó sobre la estancia. Lucius y Severus se inclinaron, aceptando la misión.

- Marchaos ya. – los despidió Voldemort, con un ademán impaciente. – Y cuando tengáis un plan, hacédmelo saber de inmediato y pondré toda lo que necesitéis a vuestra disposición.

- Si, mi Señor. – susurraron los dos hombres, y tras inclinarse brevemente, salieron de la estancia rápidamente.

Lord Voldemort quedó solo en la sala, pensando. Pensando en el muchacho al que acababa de condenar a muerte, pues no tenía duda de que Lucius y Severus lo matarían. Pensando en cómo odiaba a ese muchacho… y en cómo lo temía.

Si, Lord Voldemort estaba asustado.

Asustado de un muchacho que, día a día, se hacía más y más fuerte. Asustado de un muchacho que había escapado repetidas veces de entre sus garras, hazaña que hasta ahora nadie había conseguido. Asustado del que, como se había profetizado, tenía el poder de derrotarlo. Ese miedo… ese terror inconfesable era lo que lo había llevado a tomar la decisión de delegar la tarea de asesinarlo a otras manos. Porque Lord Voldemort no tenía ninguna intención de morir.

Ninguna en absoluto.

Mientras caminaban de nuevo por los tenebrosos y helados pasillos del cuartel, Lucius y Severus no se dirigieron la palabra el uno al otro. Cuando llegaron a la estancia habilitada para la desaparición (pues no se podía aparecer o desaparecer en otra zona del cuartel), Lucius miró de frente a Severus.

- Te espero en Malfoy Manor ésta noche. – murmuró. – Tenemos cosas importantes que tratar.

Snape asintió brevemente, y se desapareció. Lucius no tardó en hacer lo mismo.

Ya en su estudio, una lujosa habitación de mediano tamaño en Malfoy Manor, el patriarca de los Malfoy se sirvió un whisky de fuego mientras pensaba en qué hacer, tanto con su hijo como con Potter.

Comenzó a caminar por la habitación de un lado a otro, mientras paseaba su vista por las grandes e inmaculadas estanterías repletas de libros de artes oscuras, por los grandes ventanales cubiertos por cortinas negras, por los muebles de madera de cerezo y los lujosos sillones de piel. Se sentó en su cómoda silla, también de piel, tras la ordenada mesa donde guardaba sus objetos personales más preciados, y enterró la cabeza entre sus manos.

Apesumbrado, decidió que acabar con Harry Potter, por mucho que deseara hacerlo, significaría no poder volver a ver a su hijo si lo mandaba lejos de allí. Porque acabar con Potter significaría el fin de la guerra a favor de la oscuridad, y si Voldemort ganaba y Draco volvía, el Señor Oscuro acabaría con su familia solo por el hecho de que le hubieran mentido. Mentirle, para Voldemort, era lo mismo que traicionarle. Y más si la mentira incluía desobedecer una orden directa, como era la de llevar a su hijo ante Voldemort.

Con los labios firmemente apretados, Lucius se decidió.

Potter debía vivir.

Pero… ¿cómo hacerlo? ¿Cómo engañar al mundo mágico haciendo creer a todos, incluso a Lord Voldemort, que Potter estaba muerto? ¿Cómo mantener al cabezota de Potter fuera de esa guerra? Porque Potter nunca aceptaría fingir su muerte ante todos para luego desaparecer, dejando a sus amigos luchando solos.

¡Estúpido niño! Siempre poniendo dificultades a todo el mundo.

¿Qué hacer?

Tras dos copas de whisky de fuego más, Lucius trazó un plan. Un plan que, si funcionaba, mantendría todo en su lugar. Pero para llevarlo a cabo necesitaría ayuda… la ayuda del que debía ser su cómplice en la muerte de Potter.

Severus Snape.

¿Se avendría el maestro de pociones a ayudarle? Lucius siempre había sospechado que Snape tenía más que ver con Dumbledore que con Voldemort. Pero, ¿se atrevería a ir en contra de una orden tan directa como la que Voldemort les había dado?

Debía hacerlo, pensó Lucius. Si no, él estaría solo, y entonces si que ya no habría forma de llevar a cabo su plan…

No. Snape lo haría. Seguro.

Si no por Potter, ni por la estúpida Orden del Fénix, lo haría por Draco. Por su ahijado. Por el que era como un hijo para él.

Oh, si. Severus Snape accedería, costara lo que costara.

Una suave campana le avisó de que alguien intentaba acceder a la red flu. Su magia le identificó: era Severus Snape.

- ¡¡Mimky!! – llamó el patriarca de los Malfoy, y una servicial elfina doméstica se apareció en el despacho.

- ¿Qué manda el amo, señor? – preguntó, con su aguda voz.

- Haz pasar al señor Severus Snape y condúcelo aquí. – ordenó. – Cuando lo hayas traído, ve a por Draco. Quiero que esté presente.

- Si, amo. – contestó la elfina, con una reverencia, y acto seguido desapareció.

Lucius se levantó y se sentó en uno de los sillones de cuero, ya que ahí era donde normalmente se reunía cuando tenía "cuestiones de trabajo" que atender. Pasó su largo dedo por la pequeña mesa en el centro de los cuatro sillones, pensando en la mejor forma de enfocar el asunto. Al final, se le ocurrió un plan. Lucius esbozó una sonrisa de suficiencia, y, tras convocar varios poderosos hechizos de confidencialidad, se reclinó en su asiento muy satisfecho consigo mismo.

Tras unos minutos, Mimky tocó suavemente a la puerta para anunciar a su invitado.

- Ah, Severus… - musitó Lucius, levantándose y avanzando para estrecharle la mano. – Estaba esperando a que llegaras.

Snape le estrechó la mano firmemente, mirándolo con el ceño fruncido.

- Supongo que querrás planear lo de Potter. – comentó el maestro de pociones con semblante inescrutable.

- Si… y no. – contestó Lucius. – Pero me temo que tendrás que esperar hasta que venga Draco para escuchar todo lo que tengo que decir.

- ¿Draco? – preguntó Snape, mirándolo inquisidoramente. - ¿Qué tiene que ver tu hijo en esto?

Antes de que Lucius pudiera responder, Mimky volvió a tocar a la puerta para anunciar al primogénito y heredero de los Malfoy.

- Adelante, Draco. – dijo Lucius, con una breve sonrisa.

Con su mirada gris, fría y altiva, y su rubio cabello enmarcando ordenadamente su rostro, Draco Malfoy entró en el estudio.

- Hola, padrino. – saludó cariñosamente a Snape, para después dirigir su atención hacia su progenitor. - ¿Me llamabas, padre?

- Si, Draco. – contestó Lucius. – Por favor, sentaos los dos.

Severus y Draco tomaron asiento en dos de los cómodos sillones, y Lucius hizo lo mismo en frente de ellos. El patriarca de los Malfoy les miró brevemente antes de comenzar con lo que tenía que decir.

- Severus… - comenzó. – Quiero que sepas que estás bajo un potente hechizo de confidencialidad. Cualquier cosa que oigas aquí no podrá ser repetida a nadie más que a nosotros dos y a mi mujer, Narcissa.

Snape asintió imperturbable.

- Antes de que llegaras, - comenzó Lucius. - el Señor Tenebroso me ha ordenado algo. Algo que tanto Narcissa y yo como Draco temíamos. Algo que no queremos bajo ningún concepto que ocurra.

La tez nívea de Draco, ya bastante pálida de por sí, se asemejó por un momento a la de un muerto, mientras sus ojos, siempre inescrutables, dejaban asomar un profundo sentimiento de terror. Severus, habiéndose percatado de la reacción de su ahijado, miró interrogativamente a Lucius.

- ¿Quiere iniciarle? – preguntó, con un hilo de voz.

- N-no… - susurró Draco. – P-padre, yo no…

- Silencio, Draco. – amonestó Lucius, instando a su hijo a guardar las formas. – Si, Severus. Quiere iniciarle.

Y, por un breve momento, la mente de Draco se nubló.

- ¿Debo asumir que no vas a permitir que eso ocurra? – preguntó Severus entrecerrando los ojos. – Siempre has dicho que mantendrías a tu hijo fuera de todo esto.

- Sí, Severus. Puedes asumirlo. – fue la contestación del patriarca de los Malfoy.

- Entonces, también debo asumir que no tienes ninguna intención de matar a ese niñato de Potter. – afirmó Snape.

- Asumes bien. – volvió a contestar Lucius Malfoy con un leve movimiento de cabeza.

- Entiendo. – murmuró Snape. – Y necesitas mi ayuda¿verdad?

- Si, la necesito.

Draco, cuyos ojos iban del rostro de su padrino al de su padre, comenzó a entrever de qué iba el asunto.

- ¿Os ordenó que matarais a Potter? – preguntó entrecortadamente, sorprendido. – Creí que su gran sueño era matarlo con sus propias manos.

- Lo era. – contestó Severus. – Hasta que intuyó que Potter se estaba haciendo más fuerte de lo que le conviene.

Draco le miró asombrado.

- Le teme. –afirmó Lucius. – Le teme tanto que prefiere delegar en nosotros antes que matarle él mismo.

- Vaya... – murmuró Draco. – Nunca hubiera pensado que ese loc… que el Señor Tenebroso pudiera temer al idiota de Potter.

- Llámale loco, si lo deseas. – sonrió Lucius. – Al fin y al cabo, vamos a pasarnos al bando contrario… se supone que es lo que debemos decir.

- ¿Vamos a luchar con la Orden del Fénix? – preguntó Draco levantando una ceja con incredulidad.

- No exactamente. – intervino Snape. - ¿Me equivoco, Lucius?

- De nuevo estás en lo cierto. – contestó éste dirigiendo una media sonrisa al ex profesor de Pociones. – La Orden nunca nos aceptaría, y menos después de la muerte de Dumbledore. Además, yo soy de la opinión de que debemos hacer las cosas de un modo más… sutil.

- Luchar en nuestro propio bando. – sentenció Draco. – Entiendo.

- Exacto, hijo. – afirmó Lucius, con una leve mirada de orgullo paternal. – Lord Voldemort ha de pensar que seguimos con él, y la Orden también.

- Pero hay una cosa que no entiendo. – murmuró Draco. – Si nadie va a saber que estamos en contra de Voldemort, cuando todo acabe iremos a Azkaban.

- No, hijo. – contestó Lucius.

- Tendremos a Potter de nuestra parte. – sonrió Snape. – Porque le habremos salvado la vida… y porque tú serás el que le traiga de vuelta.

Lucius miró a su amigo asombrado.

- ¿Estas practicando legeremancia conmigo? – preguntó enarcando una ceja con elegancia, gesto que había heredado (e incluso perfeccionado) su hijo.

- ¿Tú ves que la haya usado? - preguntó Snape de forma cortante, poniendo los ojos en blanco. – Es el único plan que tendría sentido, y mi mente, como ya sabes, es superior a la media.

- ¿Y de qué plan estamos hablando? – intervino Draco, temiendo que se embarcaran en una de sus extrañas conversaciones y se olvidaran del tema.

- Fingir la muerte de Potter. – contestó su padre, volviéndose hacia él. – Llevarlo lejos, al igual que a tí, de forma que le salvemos la vida. Mientras tanto, nosotros intentaremos averiguar la forma de debilitar al Señor Oscuro. Cuando llegue el momento, tú lo traerás de vuelta, y ese niño acabará con esta estúpida guerra. Y estará en deuda con nosotros.

- Será difícil. – opinó Snape. – Ese chico no va a fingir su muerte por las buenas.

- No. – contestó Lucius. – Será por las malas.

Draco y Severus observaron la sonrisa maquiavélica del patriarca de los Malfoy y comprendieron con una mezcla de asombro y regocijo lo que éste quería decirles.

Lucius Malfoy tenía un plan.

CONTINUARÁ...