Punish me
Disclamer: Los personajes de Haikyuu! No me pertenecen.
Movió los dedos con agilidad, el sonido de las teclas resonaron entre las cuatro paredes rompiendo con el monótono silencio de la oficina. Estaba siendo observado, examinado, debía comportarse; puesto que las consecuencias dependían de su accionar. Oikawa alzó el rostro, como si sus ojos supieran que ocurría del otro lado del ventanal, luego sonrió alevosamente.
—Quiero tocarte —Una voz en tono grave y autoritario se escuchó por el intercomunicador.
Oikawa suspiró, aquellas palabras despertaron instantáneamente un millar de sensaciones que se dispersaron descontroladamente por todo su cuerpo.
—No creo que sea buena idea —respondió con falsa resistencia—. La puerta está sin llave y puede ingresar alguno de tus socios.
Se oyó un fuerte carraspeo. El mismo bastó para que el joven se tensara cual alambre estirado a punto de quebrarse, su propia rebeldía sumada a la falta de experiencia le habían hecho probar en más de una ocasión el sabor del castigo. Amargo, pero necesario, aunque sin dudarlo, el más utilizado por Iwaizumi comprendía en ignorarlo, de una forma no muy sutil.
—Regla número uno: nunca me desobedezcas.
—Sí, amo. —susurró.
—Buen chico —Iwaizumi cerró los ojos y respiró profundo. El vidrio espejado que separaba las habitaciones le permitía vigilar a su sumiso, mas no ser observado—. ¿Traes puesto lo que te ordené?
Oikawa bajó la mirada y posó los ojos sobre la barra de metal que se extendía marcando distancia entre sus piernas. Grilletes de cuero con hebillas plateadas le aprisionaban los tobillos, restringían los movimientos que intentaba hacer. Tragó saliva nuevamente humedeciendo las cuerdas vocales ya resecas, no podía negarlo, aquel hombre lograba con simples palabras extinguir su razón, obligándolo a guiarse por la llamada "segunda cabeza" que le exigía acatar cualquier mandato con tal de obtener satisfacción.
—Tooru —pronunció esta vez—. Quiero que traigas tú trasero ante mí, ahora.
Acató la orden. La silla en la que estaba incómodamente sentado rechinó; de la forma más elegante que pudo apoyó las rodillas y luego las palmas sobre la alfombra. La tela bordó amortiguó el insinuoso andar evitando que hiciera ruido alguno, la ansiedad ya comenzaba a jugarle en contra imaginando a que situación nueva sería sometido. Oikawa cruzó el umbral a gatas, sus ojos ya podían deleitarse con una conocida silueta, tez canela, cómodo en la silla tras su escritorio. Antes de que pudiera mover los labios y pronunciar palabra alguna, fue interrumpido.
—Recuéstate sobre el sofá y bájate el pantalón.
Sin pensarlo dos veces cedió ante las palabras, recordando de forma momentánea el día que aquel juego con su jefe inició.
Un año antes
Hoy nuevamente ha pasado...
Él apretó con fuerza mi cuerpo y pude sentir su erección.
¡Mierda!
¿Quién podría resistirse?
Yo no, en ese momento mi respiración se acortó, sólo pude restregarme para sentir con más intensidad lo duro que estaba.
Maldito...
Desde que llegué el me ha tratado mal, pero no me molesta, de hecho me encanta.
Sus manos golpeándome el trasero hasta dejar la piel colorada, el hormigueo y la presión que se produce en mis muñecas cuando me amarra con la corbata.
Iwa-chan… Quisiera pedirte que seas más rudo, que uses palabras sucias mientras tenemos sexo sobre el escritorio.
Cualquier cosa que desees, lo que quieras, lo aceptaré.
...
—¿A caso no puedes hacer nada bien? —dijo Iwaizumi.
Un ruido en seco lo trajo a la realidad. La carpeta sin anillas que había entregado en la mañana se encontraba nuevamente frente a sus ojos, varias hojas desparramadas con marcas en rojo señalaban los errores allí escritos, incriminándolo. Al momento en el que levantó la mirada para encontrar la de su jefe, Oikawa lamentó la fantasía con la que había despertado y los minutos gastados en la ducha para que el agua helada disminuyera su erección.
—No fue mi intención —contestó recurriendo a toda la compostura que podía conseguir—, en cuanto lo arregle se lo entregaré.
—Sí y procura que esté bien, no quiero perder mi tiempo. —enfatizó antes de darle la espalda.
—Ni quieri pirdir mi tiempi… —murmuró al ver que su jefe ya había cerrado la puerta de la oficina —. Hago todo mal, tú me juzgas, mis padres me juzgan —colocó los ojos en blanco—. ¡Dios, no sé porque sigo aquí!
Oikawa aguardó unos cuantos segundos callado procesando la última frase, se estaba mintiendo a sí mismo, eso lo enervaba aún más. Si continuaba frente a ese computador no era solo por el buen sueldo que en el mes podía lograr, el verdadero motivo por el que permanecía allí tenía nombre, apellido, fecha de nacimiento y unos fornidos brazos que parecían haber sido trabajados con máxima dedicación.
—Tsk, adiós relato sexy... —rezongó entre dientes.
Minimizó el archivo que estaba escribiendo para abrir uno en blanco en el cual pasar el que le había sido corregido. De la forma más veloz que los dedos le permitieron tipeó cada párrafo, observando dos veces con el fin que un descuido no le obsequiara un regaño otra vez. Al acabar, el café que se había servido horas atrás, aún reposaba sobre el escritorio, ya no emanaba el fino hilo de humo, estaba helado y no iba a beberlo.
—¡Cinco minutos! —canturreó victorioso al percatarse que pronto serían las 18:00.
Oikawa fijó la vista sobre el cristal que dividía las habitaciones, desafiante, no quitó los ojos del polarizado en ningún momento. Tanteó sobre el teclado hasta dar con la tecla exacta y presionarla oyó el sonido de la impresora encendiéndose, tragando, luego expulsado el papel con todos los cambios realizados. Confiado, no se molestó si quiera en releer para cerciorarse que el trabajo estuviese bien, simplemente se envalentonó en pisadas rápidas hacia donde se encontraba Iwaizumi.
—Dejaré las copias aquí. —soltó con ímpetu, apoyó las hojas de manera abrupta.
—Puede irse —contestó seco, restándole importancia.
Frustrado y a grandes zancadas, Oikawa se dirigió hacia la puerta mientras externalizaba la rabia mordiéndose el labio inferior. Estaba enfurecido, detestaba que jamás le hiciera un cumplido, contemplaba imposible que la frase "buen trabajo" saliera de la boca que tanto deseaba besar. Afuera, la briza cálida del viento contrastaba tajante con la frialdad de esa última respuesta, que fue una puñalada directa a su orgullo y desempeño.
—¿Este hombre no aprende? —gruñó Iwaizumi levantándose del asiento.
Si algo le molestaba era que las cosas estuviesen desordenadas y desorden fue lo que halló cuando fue al lugar de trabajo de su secretario. La lámpara aún continuaba encendida, plumas desparramadas fuera del lapicero y un brebaje ya frío que descansaba junto a unas carpetas, era la escena perfecta para provocarle un tic. Trajo a memoria las recomendaciones de su terapeuta, según decía le traerían calma, pero, la vena de la frente le palpitaba a cada paso que daba. Ni contar números le ayudaban a mantener la calma.
"Alguien tiene enseñarle."
"Debo aprender a no contratar caras bonitas."
"Mañana lo despediré."
En su mente los planteos empezaban a asentarse, tardaría días, incluso semanas en encontrar alguien que considerara competente, además, que contara con una imagen decente para ocupar el puesto. No podía aceptar a cualquiera ya que sería lo primero que quienes llegasen verían. Por primera vez en mucho tiempo se sintió condicionado. Lanzó un resoplido, enrolló las mangas de su camisa hasta la altura de los antebrazos, iba a poner orden comenzando por el lugar. Limpió y acomodó las fichas sueltas, cuando lo estaba haciendo sin querer movió el mouse, la pantalla del computador se encendió enseñando el último archivo abierto.
—Santa mierda…—dijo en voz baja. Un gran cúmulo de saliva le recorrió la garganta e instantáneamente sintió como todo su cuerpo entraba en calor.
La imagen del apuesto joven que representaba todo lo que detestaba, irrumpió en su cabeza sin permiso. Nadie más podía haberlo escrito si solo eran ellos dos los que estaban allí. Iwaizumi no sabía cómo reaccionar ante las palabras que veía plasmadas. Aunque fue por simple casualidad, no podía alejarse si la situación lo involucraba.
¿Debía omitir lo ocurrido?
—Cualquier cosa que desees, lo que quieras, lo aceptaré…—susurró al volver a leer las líneas.
Casi tres meses habían transcurrido desde que tuvo sexo de la forma en la que le gustaba y que pocos sabían tolerar. Aunque nunca lo pensó, Oikawa representaba un diamante en bruto, que si se pulía podía llegar a ser un perfecto sumiso a adoptar. La imagen que recreó para sí alborotó las hormonas que hasta el momento se encontraban en calma, ceder ante el instinto de estirarle los cabellos para pedirle que con los dientes baje la cremallera de su pantalón, ya había derrotado por mucho al razonamiento y la moralidad que le quedaba. Lo decidió sin titubear más: "Voy a educarte a mi manera."
...
Cuando Iwaizumi abrió la puerta sus fosas nasales se inundaron de aroma a café recién preparado. Estaba impaciente, en la noche había pensado la forma correcta de enfrentar la situación, mientras más se entregaba a la fantasía de romper las barreras de lo laboral, más se percataba de pequeños comportamientos que el joven había tenido, pero que jamás se tomó la molestia de notar. Ahora, todos y cada uno de ellos comenzaban a encajar.
—En media hora ven a mi oficina — No le dirigió la mirada, colgó el saco de color gris en el perchero y cerró de un fuerte golpe la puerta.
Oikawa se alarmó ante el estruendo. Era parte de la rutina semanal verlo llegar con el ceño fruncido, en esta ocasión algo en su instinto lo hacía dudar.
El tic tac del reloj que pendía de la pared no ayudaba en la agonía que estaba viviendo. Oikawa sacudió la cabeza tratando de apaciguar las ideas negativas que se aglomeraban una tras otra; "¿Y si ahora quiere despedirme? ¿Volví a hacer todo mal?"
Sin más que esperar, sirvió el café del a forma en que a su jefe le gustaba. Fuerte, oscuro, sólo con dos cucharadas de azúcar.
Oikawa ingresó sin golpear, dejó encima del escritorio la infusión, la porcelana blanca estaba tibia y llena casi rozando el borde. Era palpable la tensión allí dentro. La mirada penetrante de su jefe era difícil de sostener, los ojos adversos lo retrotrajeron rápidamente al día anterior, tal vez, había realizado mal el escrito y por ese motivo, ahora sería regañado.
—Toma asiento —Iwaizumi sonaba más calmado que de costumbre.
Internamente se estaba maldiciendo, ver aquel rostro un tanto desconcertado le hacía creer que estaba comprando un pase directo al infierno. Acercó la taza a su boca y dio un pequeño sorbo, en ningún momento le quitó la vista de encima, observó en detalle como la camisa se ceñía a aquel cuerpo envolviendo los pectorales a la perfección.
—Está amargo —dijo en tono firme.
—Así lo toma siempre.
— ¿Cree que está bien responder a su jefe? —espetó mientras le daba un pequeño empujón a la taza. Unas cuantas gotas del café humedecieron la maciza madera del escritorio —Haz otro.
Oikawa inhaló, luego expulsó el aire intentando contenerse, quería escupir cada una de las acciones que le molestaban, las actitudes indiferentes que lo hacían sentir mal. En lugar de ello, empuñó las manos con rabia y como si sus labios estuviesen cocidos de comisura a comisura, no accedió a la provocación. Iba a quebrarse si seguía sentado, por lo cual se puso de pie para ir hacia la cocina.
—Ayer dejó la computadora encendida—Iwaizumi alzó la voz, refregó ambas manos por su regazo ya que le sudaban—. ¿Así que le gustaría que sea más rudo?
—¡Oh Dios! —Se dio un golpe en la cara. No sabía que contestar, tampoco dónde esconderse, sintió su rostro arder y los ojor cristalizarse. Llorar era la última opción, la inaceptable—, yo no… —titubeó—.¡Fue un sueño!
—¿Entonces tiene sueños húmedos conmigo? —La línea cada vez se volvía más delgada, tener el control de la situación era una cosa, llevar a las lágrimas a una persona otra bastante diferente según sus ideales. Podía sentir placer por varias cosas, pero tenía límites.
—Puede despedirme si quiere —Oikawa cambió completamente la expresión, se cruzó de brazos, el orgullo parecía haber hecho aparición. Se mostraba superado ante la situación—, conseguiré empleo en otro sitio.
—¿Por qué te adelantas a mi respuesta? —contestó—. Jamás se me cruzó esa idea por la cabeza—Mentira, de hecho fue la primer opción—. Si quiere que sea más rudo lo seré—Iwaizumi abandonó su lugar. Se acercó a paso lento hasta verse reflejado en los ojos adversos, que lo contemplaban atónitos.
Era escasos centímetros más bajo, aunque no le importaba. Los músculos de su cuello se tensaron al sentir aquel aroma masculino, un perfume dulce, demasiado agradable y atrayente. Quería dejarle marcas en la piel, enterrar sus dientes en las zonas que ocultaba bajo la ropa, saber si en el sexo era rebelde o estaba dispuesto a obedecer. No resistió mucho la tentación, sintió debilidad por la persona que tenía en frente y se dejó vencer.
—De rodillas, Tooru —ordenó.
—¿Qué? —Oikawa estaba confundido. Entendía poco la situación, todo transcurrió tan aprisa que la demanda lo desestabilizó.
—Pon tus rodillas sobre la alfombra —dictaminó exigente. Sus manos se afirmaron sobre los hombros ajenos, obligándolo a obedecer. De prisa desarmó el nudo de la corbata recordando ni más, ni menos. Tenía conocimiento de lo que hacía.
—Usted…Iwa-chan—pronunció en un leve gemido, atreviéndose, dándose el gusto de poder llamarlo así.
—Tú querías ser tratado de esta manera, ¿no? —se relamió los labios. La erección que tenía podía ocultarse, su miembro se enmarcaba descaradamente sobre el pantalón ansiando ser liberado, al igual que los más bajos instintos que ocultaba.
—Sí —reclamó—. También quería que utilizaras un lenguaje más...
— Voy follarte. Ahora, abre la boca —Las comisuras de sus labios se curvaron aún más —, estoy seguro que puedes darme la mejor mamada —jaló la tela de la corbata estirando las manos que hace minutos había atado y las colocó a la altura del cinturón.
Los delgados dedos de Oikawa soltaron la correa de la hebilla con dificultad, no podía esperar, la saliva se le acumulaba en la boca de solo pensar en probar a Iwaizumi, la fantasía se estaba cumpliendo. Jamás creyó que los sueños se hicieran realidad hasta este instante. No demoró en traspasar la barrera de ropa interior que se interponía a su objetivo, envolvió las palmas alrededor del duro miembro y comenzó a arrebatarle los primeros suspiros.
—Chúpalo, no juegues conmigo.
Hizo caso, la lengua recorrió la totalidad del miembro para luego permitir que los labios encerraran la punta de la erección, era grande, más de lo que en tantas noches había imaginado. Disfrutaba de ver como incluso las orejas de Iwaizumi se teñían de rojo a causa de la calentura y el éxtasis que estaban sintiendo. La parte interna de su mejilla rozó la bulbosa cabeza que, abandonó la calidad humedad de la boca para estar nuevamente en el exterior.
—¿Así está bien? —preguntó.
—No dije que te detuvieras —Iwaizumi hundió los dedos en el espeso cabello, se aferró a ellos con fuerza, estirándolos por segundos —. Voy a enseñarte a obedecer. —Muy a pesar de que quería seguir sintiendo el calor de ese aliento, reprimió las ganas. Lo puso de pie, con pequeños empujones lo forzó a caminar hasta que estuviese reclinado sobre el escritorio. Allí apoyó ambos codos y estiró la cadera hacia atrás, elevando sin vergüenza alguna el trasero, aunque tenía el pantalón puesto, sus glúteos se enmarcaban perfectamente. Estaba intrigado, demasiado, quería que la espera llegara a su fin para alcanzar el máximo placer.
—¿Qué vamos a hacer?
—¿En serio lo preguntas? —Una brusca nalgada retumbó entre las cuatro paredes de la oficina.
Oikawa se estremeció. La excitación lo sucumbió.
—Siempre eres tan desordenado—Había comenzado a desajustarle el cinturón—. Eso me molesta demasiado.
La tela perfectamente planchada cayó a la altura de los tobillos dejándolo simplemente en ropa interior. Oikawa estaba perplejo.
—Así me gusta, no hables si no te lo ordeno—La mano que había utilizado para azotarlo recorrió cruelmente la cintura elástica por el lado del frente acariciando la zona que necesitaba atención. Los dos estaban completamente duros, excitados, se necesitaban para saciar ese deseo voraz que los estaba consumiendo.
—Castígame, Iwa-chan… —susurró de forma sugestiva. Queriendo romper con el pedido de mantener silencio y así experimentar nuevamente el hormigueo provocado por la nalgada que le había propinado.
—Sí, amo.
Iwaizumi sonrió, le gustaba tener el control, sobretodo en el sexo. Siempre había sentido que las situaciones lo desbordaban hasta salirse de sus límites, pero en el sadomasoquismo halló la autoridad que necesitaba, que le brindaba satisfacción. Incluso aunque fuese una práctica mal vista para otros, decidió no negarse a tal placer.
Llevaba un año adiestrando a Oikawa, aunque en un principio le costó acatar las reglas, tenía pleno conocimiento que no se había equivocado en la elección. Abrió el segundo cajón del escritorio, aquel acabó constituyéndose en un almacén para varios de los juguetes. Condones, lubricantes y unas abrazaderas para los pezones fueron los escogidos del día. Iwaizumi se movió en torno a su sumiso, aquel cumplió con el anterior mandato; los pantalones quedaron estancados por la barra de metal, embebió el dedo índice y recorrió a cámara lenta la piel adversa dispuesto a hacerlo rogar por su toque.
—Tooru, vas a correrte para mí.
...
Nota de la autora
Recuerdo haber escrito esto el año pasado para una actividad del grupo HQ! Yaoi de facebook (Team IwaOi). Lo encontré hace unos días entre mis archivos y al leerlo me dio vergüenza, vi tantas incoherencias –aún las hay–, por eso cambié varias cosas. Tenía ganas de compartirlo, no tiene tanto lemon por que me cuesta escribirlo, demasiado, hasta me da pudor hacerlo.
