Disclaimer: Ni Lost, ni los personajes, trama, situaciones, leyendas, hechos históricos, referencias culturales etc, etc, me pertenecen, sino que son propiedad de sus propietarios legales. Sólo escribo para disfrutar, sin ánimo de lucro y porque ayuda a tener las ideas claras.

Nota de la autora: Este fic está inspirado en la serie y en libros sobre la historia de los piratas. Y si un personaje de Lost fuera pirata, para mí, sería Sawyer, o sea, James Ford.

Aviso: Algunas edades de los personajes y relaciones han sido cambiadas y como es un AU aparecen los personajes que me gustan aunque en la serie están muertos, y también los que no me gustan. A tener en cuenta que Shannon, Ana-Lucía y Juliet serán heroinas porque son mis personajes femeninos preferidos, y Kate, Nadia y Claire no porque no me gustan. Sólo espero que los lectores se diviertan.

Tampoco pretendo ser referente histórico exacto, así que no hay que tomar toda la lectura como un texto confirmado al cien por cien, pueden existir errores históricos.

Rated M.: Relato no autorizado a menores de edad. Desde mi punto de vista, hay temas y situaciones bastante crueles, aunque en la época histórica en la que ocurrieron eran "el pan de cada día".

PRIMER CAPÍTULO

Nueva Providencia, Año 1715, Continente Americano, Océano Atlántico

James Ford llegó a puerto mareado, quemado por el sol y aturdido por el hambre. A bordo de aquel enorme galeón, la comida y el agua no sólo escaseaban, sino que además estaban medio podridas, pero antes que morir de inanición, prefería meterse en la boca cualquier porquería.

El capitán del barco, llamado Señor Keamy por toda la tripulación, era un hombre hostil, de modales rudos, con arrebatos de violencia gratuita y parco en palabras Si podía evitar conversar lo hacía, se sentía bien mirando hacia el horizonte o encerrándose en su camarote. Pero también disfrutaba viendo a los marineros sufrir y ejerciendo castigos sobre ellos cuando se equivocaban, o eso le parecía al Señor Keamy, en sus tareas a bordo del barco.

Cada día que pasaba en el galeón, rodeado por el inmenso mar, le parecía a James un día menos para llevar a cabo su plan, la venganza que durante años tramó contra el hombre que le arrebató a toda su familia, Sawyer. Pero James no llevaría a cabo su venganza hasta pasado mucho tiempo. Las cosas serían difíciles, no sólo para él, sino para todos los habitantes de la zona.

- James, ¿crees que ésta será nuestra parada definitiva? – Preguntó un joven marinero que no debía tener más de veinte años.

- No lo sé Charlie, espero que sí, por lo menos yo…. – Pero James no continuó la frase.

Había conseguido seguir la pista de Sawyer hasta la zona de las Bahamas, y tenía decidido abandonar sus funciones de marino en cuanto llegaran a la isla de Nueva Providencia. Ahí era donde los piratas vivían por encima de la ley y, por supuesto, Sawyer se encontraba en aquel caluroso lugar.

FLASHBACK

La vida de James empezó a cambiar cuando tenía apenas ocho años. Nació y creció en un pueblo de Inglaterra, rodeado de húmedos prados y tierras de cultivo. Sus padres sólo habían tenido un hijo, extrañamente por las costumbres de la época, pero aquello no les impedía ser aparentemente felices. James, por el contrario que los otros muchachos del pueblo, al ser hijo único, gozaba de más y mejores recursos puesto que no debía repartir con nadie lo que sus padres destinaban a su alimentación y ropa.

Tuvo la suerte de poder acudir a una escuela cercana, donde aprendió a leer y escribir, y también un poco de cálculo, sus padres le encaminaban hacía una vida mejor que la de campesino, era su deseo que James abandonara el campo y continuara como aprendiz en la capital, Londres, quizás con algún sastre, o algún con algún carpintero haciendo muebles para los ricos, pero un día, frío y húmedo, las cosas cambiaron. Un hombre alto, robusto y con la mirada fría entró en casa de los Ford. Fue invitado por sus padre, quien lo había conocido en la taberna. El hombre decía que se llamaba Sawyer, y que era un mercader con disposición a crear un comercio en Londres y otras poblaciones importantes, al parecer, tenía intención de abandonar sus viajes por los mares en busca de mercancías y pretendía instalarse en tierra, formar una familia, dijo que buscaba alguien honrado, con disposición para el trabajo y ganas de empezar una vida nueva. El padre de James vio esperanzas en las palabras de Sawyer, y convino con él que seria su socio minoritario si se comprometía a emplear a su hijo en cuanto terminase la escuela.

Una vez en casa de los Ford, Sawyer habló y habló de viajes alrededor del mundo, fascinando a la madre y al padre, contó leyendas e historias bastante increíbles y terminó acuciando a los Ford para que le entregasen el dinero que a duras penas habían ahorrado. Sawyer dijo que al día siguiente traería un abogado consigo y firmarían los contratos. Obviamente, los Ford tuvieron sus reticencias, y el hombre, para convencerles, sacó una bolsa de monedas españolas y las colocó sobre la mesa, tomó una y la mordió, e invitó al padre de James a hacer lo mismo con otra, eran de oro, aquello fue suficiente para convencer a los Ford.

Ya en el siguiente día, durante horas y horas, los Ford esperaron al abogado y a Sawyer, nerviosos y desesperados, sin dinero ahorrado ni siquiera para la compra. Acudiendo con un puñado de monedas a un prestamista, que les informó de la falsedad de las mismas. El padre de James se sentía humillado, roto por dentro. Se dirigió a la taberna y sin dudarlo pagó con la moneda española, pero a los ingleses les gustaban las liras. Cuando demostró que era de oro la cara del tabernero cambió.

Saliendo bastante tarde de la taberna, el señor Ford se fue directo a su casa, pero en el camino fue asaltado por un par de maleantes, que escucharon la historia de las monedas y creyeron que tenía más, al ver que el hombre sólo llevaba la que entregó en la taberna y que por tanto no poseía más dinero consigo, le atizaron una brutal paliza, dejándolo sin sentido, y roto, pero esta vez físicamente, por dentro. El padre de James notaba el gélido suelo bajo su cuerpo, sentía la humedad filtrarse en sus huesos, arrinconado entre las casas en una estrecha callejuela.

Las horas pasaron y no regresaba, la madre de James estaba inquieta pero no quería que su hijo notara nada, así que le contó que su padre estaba haciendo importantes negocios y que seguramente no regresaría hasta el día siguiente.

Y la mañana llegó, con noticias devastadoras, el padre de James estaba muerto, la paliza le reventó varias órganos y el frío se encargó de hacerle agonizar con mayor rapidez.

El entierro fue sencillo pero en el cementerio, la madre de James vendió por poco dinero sus escasas pertenencias, quedando la casa casi sin muebles, a fin de poder enterrar a su esposo en una tumba y no en la fosa común. James lloró en silencio, sintiendo que ahora él era el hombre de la casa.

Sin soltar la mano de su madre, la reconfortó con palabras suaves.

- Mamá, te quiero, y yo cuidaré de ti, He aprendido a leer y a escribir, y se sumar y restar, se que eso no se olvida, y gracias a los libros que me habéis comprado podré practicar la lectura cada día, pero voy a trabajar en el campo o en las minas mamá, he de hacerlo y tu estarás orgullosa de mí.

La madre era consciente de lo que aquello significaba, James nunca podría acceder a un trabajo mejor, a un vida mejor, porque los aprendices no cobraban un sueldo, es más, muchas veces debían pagar una cantidad a quien les enseñaba el oficio, ese era el dinero que Sawyer les robó. Aunque su madre también estaba dispuesta a encontrar una solución para que su hijo no continuara en la dura vida del campo.

Transcurrido un mes después del fallecimiento del señor Ford, la madre de James empezó a trabajar como lavandera en la casa de los dueños de las tierras. Estos disponían de diversas propiedades en Inglaterra y también en Escocia e Italia, lugar de procedencia de la esposa del amo, la señora Nicoletta.

La ropa mojada y fría, las enormes sábanas, los vapores de las planchas, todo hacía mella en los pulmones de la madre de James, que durante el día se encargaba de limpiar la casa y mantener el pequeño huerto en condiciones para comer verdura y fruta.

Un día, llegó una carreta a la pequeña casa de los Ford, dos hombres descargaron un bulto y entraron pateando la puerta que dejaron imposibilitada para cerrarse. Colocaron el bulto sobre la cama y se marcharon, no sin antes beber la poca cerveza que había en una pequeña tina en la cocina.

Cuando James llegó sólo pudo escuchar unos lamentos casi imperceptibles, era su madre, que yacía en la cama muriendo posiblemente por una pulmonía, con las manos llenas de sabañones y las piernas y los pies amoratados por la humedad y el frío.

Pocas horas después, sin que James pudiera hacer más que sentarse a su lado, darle un poco de leche tibia y rezar, la señora Ford abandonó este mundo, mirando por última vez a su hijo con los ojos llenos de pena por haberle fallado, pero James también le habló, y al final, la hizo sonreír.

- Mamá, eres la mejor madre del mundo, y voy a ser un hombre honrado y trabajador, no terminaré en el campo. Te lo prometo, de verdad mamá, Estés donde estés estarás orgullosa de mí. Te quiero.

Luego, James, se derrumbó, y lloró, lloró hasta dormirse sobre el pecho de su madre.

De alguna manera, convenció al párroco para que permitiera enterrar a su madre junto a su padre, le suplicó que los mantuviera juntos y consiguió una sencilla ceremonia.

James juró venganza, en aquel momento sintió una fuerza extraña dentro de sí, que le empujaba a luchar, pero no para salir del campo, sino para llegar a Sawyer, y matarle, no sin antes buscarle un gran sufrimiento.

Por suerte para él, James fue tomado bajo la tutela del párroco, cuyo sobrino, Daniel Faraday, era gran amigo de James. Durante el tiempo que estuvo en la casa adjunta a la parroquia, James, continuó estudiando y trabajando. Mantenía el jardín y ayudaba en la limpieza de la cuadra, las chimeneas y el tejado. Pero sus ansias iban por otro lado, y pronto empezó a escapar a altas horas de la noche para informarse sobre el paradero de Sawyer, el hombre que había destruido a su familia.

Un día obtuvo el resultado esperado, alguien había visto a Sawyer en otra población, cercana a Londres, al parecer, el hombre engaño a varios campesinos y pretendía hacerse a la mar, cambiaba de nombre pero la descripción física coincidía. James estaba dispuesto a escapar para ir a buscarle.

Al cabo de unos días, el párroco que lo tutelaba lo buscó por toda la casa, por el campo, y por su antigua barraca, donde había vivido con sus padres, pero no lo encontró. Daniel, su sobrino, entró aquel día en la cuadra y vio una pequeña nota pegada entre los tablones de la pared, era de James, en ella decía que se iba, que no volvería hasta que el hombre que destruyó a sus padres pagara por ello, pero que les quería y que siempre les estaría agradecido por haberle dado cobijo, comida y estudios.

Días más tarde, James paseaba por los muelles del Támesis, buscando a Sawyer, algo arriesgado, sobretodo en una época donde los muchachos eran secuestrados si se detectaba que eran pobres y estaban solos, a veces utilizados en la mendicidad y otras para trabajar como esclavos, pero eso si tenían suerte, porque de lo contrario podían acabar muertes y sus cuerpos como atlas de anatomía en las clases que se impartían para los estudiantes de cirugía.

Dormía escondido entre barriles, aceptaba cargar bolsas y bultos a cambio de propinas y limpiaba chimeneas y jardines. Todo antes que pedir limosnas, porque James podía ser pobre, pero tenía su orgullo y nadie se lo iba a pisar.

Una tarde, mientras empezaba a deambular por las calles en busca de un lugar donde pasar la noche, se le acercó un hombre. Vestía ropa oscura, era de estatura y complexión medias, y tenía una calva incipiente en la parte frontal de la cabeza.

- Hola muchacho.

- Hola….señor. – Respondió tímidamente James.

- ¿Sabes? Hace tiempo que te veo deambular por los muelles.- dijo el hombre con voz amable - . Dime chico, ¿tienes un sitio dónde dormir?

James no sabía que contestar, por un momento tuvo miedo y pensó en salir corriendo, al fin y al cabo sólo tenía ocho años y medio, pero lo pensó mejor, quizás era su oportunidad para dormir en algún sitio más confortable que unas cajas de madera seguramente mojadas y con olor a moho.

- ¿ Acaso puede usted ofrecerme algún empleo?

- ¡Ja, ja, ja! – rió el hombre - . Puede ofrecerte algo mejor jovencito. Por cierto ¿cómo te llamas?

- James, señor, me llamo James Ford. – contestó con una inclinación de cabeza a modo de saludo.

- Bien James, veo que hablas correctamente, y eso es curioso en un vagabundo – entonces el hombre se lo quedó mirando unos segundos, como si lo estuviera estudiando – No te enfades, pero alguien que anda por los muelles y duerme en las esquinas se considera un vagabundo. Bueno, a lo que iba, quiero proponerte algo. Ven conmigo.

Y tomando a un James desconfiado por los hombros, el hombre lo guió junto a él mismo hacia una taberna, sobre cuya puerta pendía un cartel de madera, con unas letras pintadas en las que se leía " LA FLECHA".

Una vez dentro, el hombre indicó un lugar apartado donde sentarse entre toda la panda de borrachos que vociferaban palabras incomprensibles. Se acomodaron en un banco sin respaldo, con la madera crujiente por el uso diario, y el hombre pidió cerveza para ambos, pues en aquella época era costumbre que los muchachos pobres y vagabundos, fuera cual fuera su edad, y por desgracia a falta de otros recursos, bebieran alcohol a edades muy tempranas.

La camarera era una mujer gruesa, de nariz respingona y cabellos rojizos medio tapados por un tocado blanco ensuciado por el ambiente cargado y la suciedad de la taberna, con pechos mullidos y escote rosado; sin poder evitarlo, a James le recordó uno de aquellos suaves y tiernos cerditos que correteaban por la pocilga de la pequeña granja donde vivió con sus padres. Tras mirar con cierta preocupación al jovencito James, depositó dos jarras de cerveza caliente sobre la mesa, y antes de que pudiera preguntar nada alguien gritó su nombre y se marchó rápidamente hacia la voz que la llamó.

- Aún no me he presentado. Me llamo Locke, John Locke.

- Es un placer….señor Locke. – Contestó James.

- El placer es mío James, porque tú y yo tenemos mucho en común. – Dijo el señor Locke, mirando fijamente a James.

FIN DEL FLASHBACK

Continuará….