*-SNACLAUS-*

Personajes de JK Rowling.

Estaba sentado frente al fuego de la chimenea, con un vaso de whiskey de fuego en una mano y el profeta en otra. Miraba con atención, los titulares de prensa. El año nuevo y la navidad se acercaban y siempre daban noticia. Siempre tenían algo que decir, aunque él siquiera tuviese algo que celebrar. Solamente el hecho de seguir vivo y de estar casado en ese preciso momento; para no tener que ayudar con la decoración en Hogwarts. Tenía en ese espacio de tiempo en el que vivía, una esposa y dos pequeños hijos.

Annet Caroline Snape y Nicholas Snape. La menor era Annet, con siete años y el mayor, obviamente, era Nicholas. Con nueve.

Dos fieles creyentes de Santa Claus. Y su esposa, feliz de ello. Él sin embargo, no le veía el sentido a la celebración. Navidad. ¿Qué era navidad? Una celebración meramente ornamental, que solo servía para recordar que tenías que enviar miles de cartas y presentes, a parientes que ni siquiera conocías o parientes molestos, que detestas haber conocido en tu vida.

Al menos no era su caso. Excepto, claro, con sus suegros. Los padres de su esposa, eran muy amables y les encantaba reunirse, dar regalos. Odiaba esas reuniones. Su madre siempre preguntaba si deseaban tener otro hijo, mientras él bebía whiskey o vino. Dejó de beber en aquella casa, para no terminar ebrio y darle la razón.

En fin, estaba allí sentado y mirando la decoración en su propia casa. Parecía que santa había vomitado en rojo, blanco y verde. Tenían un enorme árbol de navidad, lleno de luces de colores y adornos varios, que ni siquiera podía enumerar. Así era su esposa. Festiva. A ella le encantaba celebrar. Y él no se oponía a sus deseos. Ya estaba muy viejo para pelear por tonterías que duraban un mes.

Mientras permanecía sentado, mirando las botas tejidas, colgadas sobre la chimenea, sus dos hijos corrieron hasta el salón, en pijamas. Miró el largo y rizado cabello de su hija menor, mientras se dejaba caer en la alfombra. Frente a él.

Su hijo Nicholas, ocupó una butaca a un lado de su lugar y sonrió, alzando la vista hacia la media que tenía su nombre bordado en rojo, sobre tela blanca. Su esposa también era eso Muy creativa.

— Papi… ¡papi papi papi!— exclamó su hija en el suelo, alzando sus brazos con mucha felicidad. Apenas podía ver sus dedos, en el largo suéter tejido que llevaba puesto. Tenía una "a" bordada en el medio. Nicholas llevaba uno igual y eso le trajo muchos recuerdos. Sonrió suavemente y bajó la vista hacia ella.

— ¿Qué ocurre, Annet? ¿Cuál es la emergencia?

— ¿A qué hora va a llegar santa, papi? ¡Ya quiero que santa esté aquí y nos traiga muchos muchos regalos!

— ¿Santa?

Nicholas hizo un gesto con la mirada y Severus ladeó la cabeza hacia el árbol de navidad. Cierto.

"Santa" vendría durante la noche y colocaría presentes, bajo el árbol de navidad. Sus hijos encontrarían dichos regalos y luego, él tendría que recoger el papel de regalo que su esposa se molestaba en comprar y en doble capa. Lo hacía todo más difícil de lo que debía. Pero bueno, ellos eran felices con ello.

— ¿Santa? Pues no lo sé, Annet. No lo conozco. No sé siquiera, dónde vive o si…

— ¡Claro que sí, papi! Mami dijo que todos lo conocen. ¡Él vive en el polo norte, todos los días! Junto a la señora Claus. — interrumpió su hija, con una sonrisita y a plena voz. Muy contenta.

— ¿Ah sí?

— Sí. — suspiró su hijo, como si su padre no estuviese en nada— ¿Es que no has oído de Santa, papá?

— Bueno, a ciencia cierta… no escucho de algo que en realidad, nunca he visto. Quiero decir, Santa. ¿En realidad alguien tendría una casa en medio del polo norte y no habría muerto, congelado?

Su hija se estremeció en el suelo y descubrió que tenía pequeñas lágrimas en sus ojos. ¿Qué había dicho ahora? Tampoco era que hubiese matado a alguien. Suspiró suavemente y su hijo, negó con la cabeza.

— Santa es mágico y por ende, nada le sucede. Y puede ir a todas las casas del mundo, dejando regalos por todas partes. Pero si te portas mal, recibes un trozo de carbón.

Él no se había portado mal y en su vida, había recibido mucho carbón. Metafóricamente hablando, claro. Su esposa que llevaba galletas de jengibre con cuerpos de muñecos y estrellas, escuchó la conversación y apresuró el paso. Conocía a Severus Snape y éste; podía ser tan cruel como frío era el mismísimo invierno.

Se inclinó junto a su hija, para que tomara una galleta y se entretuviera con su dulce sabor. Para que dejara de pensar en un Santa Claus, de paleta, congelado en el medio del polo norte. Y por sobretodo, para que no le dijera a las tres de la madrugada, que había que correr a salvarlo. Como si el polo norte estuviera a solo cuatro calles de su casa.

Las luces en las calles, pronto iban a apagarse y la iglesia comenzaba a dar sus campanadas. Una misa antes de irse a dormir. Severus inspiró, mientras su esposa le ofrecía galletas y antes de dirigirse a Nicholas, le pellizcaba un hombro.

— ¿Qué?— susurró, entre dientes y Hermione Jane Granger lo miró de mala gana.

— ¿Santa Claus muerto y congelado en el polo norte, Severus?— dijo con cierta zozobra y Snape la contempló en silencio.

Antes de siquiera responder a esa acusación, sus hijos habían prácticamente devorado las galletas y en ese preciso momento, se encargaban de la leche. Bebían con ligera rapidez y Hermione se daba la vuelta para pedirles que comieran más despacio.

Ellos ya sabían lo que venía luego del postre. Un par de historias y luego a la cama. Pero ninguno esperaba dormir. Ambos deseaban conocer a Santa en persona y necesitaban verlo esa navidad. Las navidades pasadas, Severus los había reprendido por haberse quedado despiertos y haber bajado las escaleras para mirar el salón y la vieja chimenea.

Aunque Nicholas continuaba afirmando; que él había conseguido ver algo. Claro, lo único que había visto, era a su padre y a los pesados regalos.

— ¡Mami! Dile a papá que Santa puede con todo y que por ello, vive en el polo norte. Que recorre el mundo entero en un día y que viaja en su enorme trineo, con sus renos. Como Rudolph.

¿Rudolph? ¿El reno de la nariz roja?

— Papá solo estaba un poco confundido, pero él sabe quién es Santa Claus. Todos lo conocen. Es un hombre maravilloso.

¡Qué injusticia! Literalmente él "se partía la espalda" trayendo los regalos y nunca habían dicho, que él era un hombre maravilloso. Su esposa ni siquiera se dignaba a darle un aguinaldo navideño. No, solo un beso, una caricia y un: "lo hiciste muy bien, querido".

Se quejaría con ese tal Santa. Si en verdad existiera alguien como él. Eso solo era una farsa, un arreglo corporativo, para comprar y vender cosas.

Innecesarias, por lo demás.

— ¿De qué estás hablando, Hermione? Todos saben perfectamente, que Santa es solo una leyenda urbana. — dijo y Hermione negó con la cabeza, casi de forma imperceptible. Iba a llegar muy lejos. — además, no en todos los países del mundo, se celebra esa tradición. Simplemente se cree en que existió algo llamado: Espíritu navideño. No un Santa Claus.

Su hija lo miró con sorpresa y Snape se encogió de hombros. Su expresión de felicidad, parecía haberse reducido a una débil lucecita. Apenas y sonreía. Parecía abrumada con las duras palabras de su padre. Hermione negó con la cabeza y esa vez, lo había hecho con todas las de la ley.

— No sabes cuándo callarte, ¿cierto?

— ¿Y ahora qué rayos hice?

— ¡Santa no es un mito, papi! Santa es real— gimoteó su hija y Snape suspiró ligeramente.

A esas edades y ellos preocupándose por un hombre barbudo y barrigón que no tenía otra cosa mejor que hacer; que obligarle a comprar regalos para sus hijos.

— Estoy plenamente seguro de que ese tal Santa Claus, es solo una vieja leyenda— comentó Snape, mirando el periódico. Señaló una fotografía, en dirección a sus dos hijos y ambos miraron con atención. Allí; había un hombre gordo y barbudo, que saludaba y sonreía— acabo de ver a uno, mientras caminaba por la calle. He visto a muchos de ellos, en un solo día. ¿Santa tendrá gemelos?

Hermione reprimió un hondo suspiro, mientras su hija trataba de entender. Entonces, si Santa era un mito… ¿quién traía los regalos a casa?

— Pero papi… ¡él trae los regalos a casa!— dijo su hija y Nicholas asintió en silencio. — Nicholas lo vio una vez.

Severus negó con la cabeza, una vez más. Hermione ya no quería saber, qué iba a decir al respecto.

— No precisamente es él, quien trae los regalos. Y lo que viste, Nicholas, no fue su enorme cuerpo redondo. Fue el mío.

¿Qué cosa?

— ¿Quién trae los regalos a casa, papá?— preguntó Nicholas y él, arqueó una ceja. Suavemente.

— Yo.

Yo.

Su hija lo miró sin entender y alzó la vista hacia su madre. Desengañar a sus hijos, había sido lo peor. Su esposo la iba a oír, en cuanto ellos se fueran a dormir.

Y en cuanto eso sucedió, ella intentó convencerlos de que aún existía aquel Santa Claus. Pero ellos ya no estaban tan seguros de algo como eso.

De hecho su hija, se había ido a dormir sin que Hermione pudiera ponerle su pijama favorita. Sin darle sus mantas favoritas. Solo se había ido a dormir.

Era mezquino y sin escrúpulos.

Y en cuanto le miró subir las escaleras, le había arrojado un enorme cobertor y una almohada. Severus trató de esquivarlos, pero fue complicado.

— Vas a dormir en el salón, Severus.

Snape soltó un gruñido.

— Para eso tengo mi cama y no voy a dormir en ningún salón— dijo con determinación y Hermione caminó hasta detenerse frente a él.

— ¿Desmentir que Santa existe, frente a los niños? ¿has pensado un poco en tus palabras, Snape?

— ¿Y que querías? ¿Qué lo creyeran toda la vida? ¿Qué pensaran que un enorme hombre vendría a traer sus obsequios? Yo hago ese trabajo. ¡Yo me encargo de eso en la casa! Y no soy un mito.

— ¡Olvídalo y vete! ¿Quieres que te transforme en un mito, justo ahora?

Severus no contestó y tomó las cobijas, y almohadas. Caminó hasta el salón y las arrojó en el sofá. ¡Estúpidas tradiciones!

¡Cómo si hubiese dicho gran cosa! Hermione se arrojó en su cama y sollozó ligeramente, al recordar los rostros de sus hijos. Confundidos, tristes. Mientras trataba de dormir y golpeaba su almohada, imaginándose a Snape, tuvo una extraña idea.

Eso le iba a dar una muy buena lección.

Toda la noche; él soñó con aquello. Toda la noche, se imaginó vestido de santa y trayendo regalos en todas las casas, de todo el mundo. Luego de haber terminado y tenido un arduo trabajo, alguien le decía que era solo un mito y que debía congelarse el trasero, en el polo norte.

Él también se habría sentido irreal.

Despertar, había sido la cosa más extraña que jamás había hecho. Su casa, parecía una vieja casa de horror, donde vivían una gran cantidad de zombies. Su hija estaba desanimada y no quería comerse la avena en el plato, por la mañana. Y Nicholas, tampoco.

— Tenemos que hablar, Severus Snape. — escuchó de su esposa y tuvo que ir detrás de ella, hasta el salón, mientras los niños desayunaban.

Parecía enfadada y bueno, lo que había dicho ya parecía muy difícil de olvidar.

— Te doy una condición para que pueda perdonarte por lo que has hecho y puedas dormir en tu cama. Para que pueda siquiera pensar en hablarte, Severus.

¿Condición?

— Vas a tener que hacer que los niños crean una vez más, en Santa. Es decir, en ti. Ya que te empeñas tanto en ser "reconocido", tú serás quien traiga los regalos a casa.

Siempre hacía eso. ¿Por qué se iba a molestar?

— Siempre lo hago, así que… ¿qué importa?

Hermione negó con la cabeza y sonrió maliciosamente.

— Esta vez será diferente, mi querido Severus. Esta vez te disfrazarás y llevarás regalos a todas las casas que puedas y a Hogwarts. ¿Te ha quedado claro? Todos van a creer en ti, de ahora en adelante.

¿Qué demonios había dicho? Negó con la cabeza y en cambio, Hermione asintió con fuerza. ¡Él no iba a ser santa de nadie!

— Y no creas que serás el santa. No. Más bien, vas a ser un reno. Y será mejor que encuentres astas y quién entregue los regalos.

Se rehusó, pero Hermione asentía con vehemencia.

— Si no lo haces, me divorciaré de ti y me llevaré a los niños.

¿Qué? Ni que hubiese matado a alguien.

— No tienes otra opción, Severus. Será mejor que le devuelvas a tus hijos, su navidad de ensueño…o de lo contrario, yo me divorciaré y no volverás a verlos. Y sé que te importan. Así que no puedes decirme, que no es así. Nos amas.