Gotas
Ella estaba sentada en el banquito de madera oscura de aquella lejana peatonal. Llovía a cántaros, y las gotas trazaban líneas grises en aquella noche sin luna, ni estrellas. Las gotas de agua fría golpeaban sus hombros desnudos y el vestido de color rojo, intenso, vibrante.
Su larga cabellera dorada, mojada y sin dirección permanente, rebozaba de aquella cabeza delicada. Su rostro de piel blanca se perdía en el agua, chorreantes líneas negras que antes fueron maquillaje cortaban su cara y terminaban en su barbilla filosa. Lloraba, pero las lágrimas saladas eran indiferentes en el mar que mojaba el rostro de la muchacha.
Estaba allí desde hacía mucho, esperando. Pero había sido tanto el tiempo, que los pocos que sabían lo que esperaba se extinguieron. Excepto yo. Ella extrañaba y deseaba al apuesto, lo conoció una noche de juventud, hace ya demasiado tiempo. Ella se enamoró del apuesto, él la quiso tanto como para pedirle matrimonio. Pero Ella lo amaba mucho, demasiado, exageradamente. Y el apuesto fue sofocado por aquel amor, y huyó. Pero Ella no olvida. Ella siempre lo esperaba, sin excepción.
Estaba, con su vestido que a veces era azul, otras veces era rojo, y de vez en cuando verde o amarillo. Con su mirada que detonaba furia, odio, sed de venganza, recorría las caras de la poca gente que pasaba cerca de ella.
Y un día el apuesto necesitó volver.
Con arrugas en la cara y una barba que tapaba su belleza llegó a la puerta de su departamento, en la peatonal. Y se encontró con Ella, quiso saludarla, besarla, amarla otra vez. Pero Ella no perdona, nunca.
Como la tempestad que azotaba sus cuerpos aquella noche, Ella se paró. Golpeó el suelo con esos tacones finos y punzantes. Y hundió el acero frío en el pecho de su amado, para después enterrárselo ella misma. Los cuerpos ya fríos formaron una danza pétrea y roja en el suelo. Ya pasó mucho de eso, y algunos hasta lo olvidaron. Pero yo se los recuerdo.
Facundo Daniel Ventuñuk. 2012, Posadas, Misiones.
