1. Culpa y rencor
Rose
Weasley, la hija mayor de Ron y Hermione, miraba detenidamente el
árbol genealógico colgado en una de las paredes de la vieja mansión
Black. La niña de once años era tan curiosa e inteligente como su
madre y, escudriñar ese tapiz con algunos nombres quemados, despertó
en ella la necesidad de conocer sobre esa misteriosa familia.
Mientras todos estaban limpiando la casa para mantenerla alejada del
abandono, Rose abandonó sus quehaceres para recorrer el número doce
de Grimmauld Place, lugar que era del mejor amigo de sus padres.
-
Aquí estás- dijo su madre con las mejillas arreboladas y su cabello
desarreglado- limpiar este lugar siempre fue una tarea complicada…
aún utilizando magia. ¿Qué estás viendo?
- El viejo tapiz de
los Black- respondió la niña sin titubear- No veo el nombre de la
madre de Teddy- Hermione dirigió su mirada hacia la parte en que
debería estar el nombre de Andrómeda y sólo encontró la quemadura
sobre él- Harry me comentó sobre ello hace un tiempo, Nymphadora no
aparece porque la abuela de Teddy fue expulsada de la familia por
casarse con un hijo de muggles- Rose mantenía una mirada melancólica
que Hermione pudo descifrar a la perfección.
Ted Lupin había
quedado huérfano hacía ya diecinueve años. En la lucha contra Lord
Voldemort, sus padres no se quedaron de brazos cruzados, pelearon con
el corazón expuesto hasta dar su último aliento con la esperanza de
que él viviera en libertad. Sin embargo, el muchacho de cabello
color inconstante, poseía una rebeldía difícil de doblegar,
sobretodo para Harry, quien era su padrino y cuidaba siempre de él.
El ojiverde se veía reflejado en Ted. Él también había crecido
sin sus padres, sin dirección, sin los abrazos maternales que tanto
hacían falta; estaba convencido que podía entenderlo pero muchas
veces, ese joven lo sorprendía enormemente. Hacía varios meses que
no sabían nada de Ted. Había acabado Hogwarts con bastantes
problemas, se quedó de vago en la casa de su abuela y cuando
pensaron que no lograrían motivarlo a que hiciese algo productivo
con su vida, se decidió a viajar al extranjero. Harry no apoyó
mucho esa decisión. El moreno esperaba que su ahijado siguiera los
pasos de su madre, convertirse en un Auror respetado, renombrado,
haciendo honor a sus progenitores pero no consiguió despertar su
interés.
- ¿Se esconden para no ayudarme con la limpieza?-
preguntó Harry a sus espaldas con un tono divertido. Ambas voltearon
riendo por lo bajo.
- No, tío… sólo estábamos mirando el
árbol genealógico un momento- el ojiverde se acercó paseando sus
orbes por cada detalles del tapiz. Se detuvo unos instantes en Sirius
recordando las breves dichas con su padrino.
- Ha pasado tanto
tiempo ¿no?- comentó Harry hacia su mejor amiga. La castaña lo
miró más profundamente y lo cogió de la mano, apretándola
levemente.
- Sí… y seguimos contigo- el muchacho asintió
devolviéndole el cariño.
- ¿Cuándo volverá Teddy, tío
Harry?- la pregunta de Rose lo desarmó. No esperaba hablar de ese
tema de nuevo, había logrado eludirlo en muchas ocasiones y ahí
estaba, sobre la mesa otra vez. Hermione supo lo incómodo que se
sentía y carraspeó para aclarar su garganta.
- Pronto, mi amor…
pronto- intervino por su amigo- ahora ve con tu hermano y tus primos,
tenemos que acabar luego para ir a cenar- la niña obedeció tras un
sonoro beso en la mejilla de su madre. El silencio reinó entre ambos
por un largo rato. La joven lo observaba como si esperase un arrebato
de rabia en cualquier minuto- ¿Estás bien, Harry?
- No, no lo
estoy- confesó el ojiverde apoyándose en el tapiz- creo que he
fallado en mi papel de padrino para Ted.
- Por supuesto que no-
replicó su amiga con seguridad- has sido increíble con él… la
madre de Tonks lo sabe.
- Ella se ha llevado toda la carga de un
joven rebelde- Hermione negó con la cabeza y posó una mano sobre su
hombro.
- Te has preocupado por estar presente… no es tu culpa
que Teddy haya adoptado esa actitud. Además, estuviste a su lado
cuando pasó… lo que ya sabemos todos que pasó- esas palabras
salieron con dificultad por la garganta de la castaña. Harry
entendió a lo que se refería y respiró hondo sumergiéndose en ese
recuerdo.
La noche en que Remus le ofreció su compañía para la
caza de los Horcruxes dejó algo más claro que simple cobardía por
parte del mago, sino que también su negación ante la idea de que su
único hijo heredara la condición que tanto él detestaba. Harry esa
noche no lograba comprenderlo, pero cuando Teddy cumplió los diez
años, la luna llena a través del ventanal de la casa de los Tonks
lo cambió todo. Nunca había presentado síntomas que delataran
rastros de licántropo en su sangre, de hecho, su abuela y Harry
estaban más tranquilos al imaginar que sólo había heredado las
facultades de Nymphadora, pero cuando su pequeño cuerpo comenzó a
tener convulsiones y temblores alarmantes, conjunto a jadeos
dolorosos, hizo que el ojiverde tuviese el mismo miedo de Remus.
-
¡Harry, ayúdame!- gritó Andrómeda sacándolo de su
estupefacción.
Entre ambos sujetaron al niño mientras cambiaba
su forma hacia una simplemente bestial. Sus extremidades se estiraban
anormalmente, sus pupilas se dilataron, sus dientes se afilaron y un
aullido brotó desde su pecho que casi deja sordo al moreno.
Andrómeda corrió para cerrar puertas, ventanas y cortinas, mientras
que Harry encerraba a Ted entre sus brazos para controlarlo. Él
luchaba por liberarse como poseído por magia negra al tiempo que su
abuela se cubría la boca tratando de ahogar su llanto aterrado. Esa
noche quedó grabada a fuego en su retina.
Lo más extraño fue
que después de esa transformación, en la próxima luna llena nada
pasó. Harry, junto a sus dos mejores amigos y la madre de Tonks,
vigilaban al chico con ojos preocupados. A pesar de las medidas
adoptadas, nada pasó por meses, incluyendo años. Cuando cumplió
los diecinueve años y decidió viajar lejos, Harry rogaba para que
no se repitiera esa escena que ni Andrómeda ni él conseguirían
olvidar jamás, después de todo un hombre lobo suelto nunca era
buena noticia. Ted fue observado por Hermione bajo un punto de vista
científico. Ella, con sus conocimientos en medicina mágica gracias
a su experiencia como una de las mejores sanadoras de St. Mungo,
examinó la sangre del niño muchas veces sin entender esa anomalía.
Luna, su brazo derecho, insistía en que podría tratarse de los
genes variables de la madre por ser una Metamorfomaga. No obstante,
fueron investigaciones que nunca pudieron ser concluyentes.
-
Esperemos que dónde quiera que esté Teddy, se encuentre bien- dijo
Hermione con el tono más íntimo que pudo adoptar. El joven dirigió
su mirada esmeralda sobre ella y sonrió.
- Vamos, terminemos con
la limpieza…
La
noche de Londres era tal cual lo recordaba. Fría y brumosa. Su largo
abrigo negro ondeaba como un telón de teatro sombrío a sus
espaldas, su cabello corto y en punta poseía un color azulino
petróleo que parecía confundirse con el añil nocturno. De su oreja
izquierda colgaba un arete de oro blanco brillando en cada movimiento
como sus hermosos ojos grises. El muchacho observaba la ciudad en su
plenitud aspirando el aire invernal a todo lo que daban sus pulmones.
De pie en una duna pronunciada, observaba las luces rutilantes
apretando sus puños. Tras él, varias figuras oscuras se unieron a
su embeleso formando un grupo numeroso. Uno de ellos rompió la fila
para acercarse al líder a largas zancadas. Bajó la capucha de su
cabeza e interrumpió el silencio que los abrigaba como un manto
invisible.
- ¿Qué estamos esperando, Wolzard?- dijo sin
titubear.
- Sólo estoy mirando- respondió solemne.
- No
perdamos tiempo.
- No hay que apurarse, mi querido Darkeye.
Recuerda que tengo todo planeado.
- Pero eso no quiere decir…-
la mirada desafiante que el joven le lanzó hizo que las palabras se
congelaran en su boca y se estremeciera notoriamente. Wolzard dio un
paso adelante y miró a los demás sin cambiar su seguro semblante.
- ¿Tienen hambre?- todos respondieron con alaridos de
asentimiento y gritos de júbilo que arañaron la tranquilidad del
lugar hasta formar un eco profundo.
El peliazulino dirigió sus
ojos hacia el cielo esperando la presencia de la luna que se escondía
tercamente entre las nubes. Cuando éstas se apartaron poco a poco,
dejaron ver en toda su gloria el cuerpo celeste que colgaba sobre sus
cabezas. Todos se agitaron violentamente. De sus gargantas emitían
gruñidos y gemidos que se tornaban más y más roncos. Sus brazos y
piernas perdían las formas humanas conocidas para revelar la
musculatura bestial de hombres lobo, de sus pieles descubiertas nacía
pelaje espeso y sus ojos cambiaban en miradas sedientas de sangre.
Wolzard cayó sobre sus cuatro patas oliendo la tierra húmeda
con su olfato acentuado. Resolló salvajemente sintiendo el poder que
corría por sus venas. El grupo aulló con fuerza y corrió por la
ladera hacia la ciudad sin dudarlo. Sin embargo, el joven hombre lobo
se quedó atrás, paseando en su sitio como si guardara vigilancia.
Miró la luna oyendo a la distancia gritos de espanto y desorden de
fin de mundo. Su compasión se vio extinguida luego de tanto tiempo
con el rencor ferviente en su pecho. Nada más le importaba que
cobrar venganza, dulce y placentera venganza. El recuerdo cayó sobre
él como lluvia ácida, aquello enardeció su furia al extremo de
volver a aullar estruendosamente, se escondió entre las sombras y
esperó a sus compañeros. Él no actuaría esa noche, no lo deseaba.
"Sólo quiero a uno, sólo a uno…", pensó antes de sentarse en
la hierba y gozar de haber vuelto… Ted Lupin había regresado…
