PRÓLOGO

Hace 1000 años todas las naciones de Tessel entraron en guerra, motivadas por Dakuraito, para el control de la Energía Vital. Todo el mundo se vio sumido en una guerra y aquello favoreció los intereses de Dakuraito quien controló la propia energía y a las sombras para con ellas dominar el mundo. En aquel contexto de guerras surgió un héroe que hizo suya la misión de detener el fin del mundo.

Poco se sabe de Dakuraito, el gran enemigo de todos los pueblos de Tessel, salvo que fue capaz de encontrar la manera de someter con el poder de la Energía Vital. Con él, creó grandes ejércitos para conquistar el mundo. Una a una a todas las naciones fueron cayendo. Primero cayeron las pequeñas, luego cayeron los pueblos inferiores en tecnología y de tradiciones antiguas. Sólo encontró freno cuando el héroe legendario, cuyo nombre hemos olvidado, consiguió una alianza de países para enfrentarse a Dakuraito y a sus huestes. El héroe legendario, junto con sus camaradas, se enfrentó a Dakuraito en la decisiva batalla a las puertas de Áhdragon, la capital de Asteriom.

Tras aquella decisiva victoria, las huestes aliadas comenzaron a hostigar a los partidarios de Dakuraito hasta tener lugar la batalla de los bosques de Eriel. El héroe encontró a su rival y ambos mantuvieron legendario combate. Dakuraito, viéndose acorralado decidió emplear la energía una última vez para que comenzara a destruir el mundo. Sin embargo, fue el sacrificio del héroe legendario el que impidió aquella destrucción al utilizar su propio cuerpo y alma para evitar el fin del mundo reconduciendo a la energía a su cauce natural. Como testigos de ello sólo quedan un conjunto de millares de islotes y ruinas llamadas las Islas del Terrible Recuerdo.

La energía se petrificó y fue sellada por magos del Imperio para que ningún mortal pudiera usarla. La guerra les había enseñado que existían fuerzas de la naturaleza Se encargó su custodia a los compañeros del héroe quienes fundaron una orden de guerreros y magos de todas las naciones con tal misión, vigilar y recordar. Durante un tiempo se habló de aquel grupo con admiración y respeto pero pronto comenzaron a olvidarse sus advertencias, de que la energía podía seguir siendo empleada y podía en cualquier momento surgir otro Dakuraito que deseara emplearla para sus oscuros y egoístas propósitos.

Pasaron los siglos y el mito y la leyenda empañaron la verdad. Todos olvidaron el auténtico motivo de aquella historia. La paz había vuelto y nadie podía amenazarla como lo hizo Dakuraito. Seguía habiendo guerras, pero la energía permanecía sellada y éstas no tenían la entidad como para despertarla. La orden fue perdiendo en importancia y en esplendor hasta que desapareció hace 100 años. Todos se creyeron a salvo gracias al héroe. ¿Pero lo estaban realmente?


OROCHIMARU (1)

El comandante Orochimaru iba a la cabeza de un pequeño contingente de veinte soldados que había dejado la ciudad de Yaras varios días atrás. El trote lento de su caballo por la seca tierra cubierta de dorada hierba propia de Eriel se acompañaba del paso lento, pero decidido y uniformado de sus soldados.

Avanzaban siguiendo el curso del río más caudaloso de aquella tierra, el Aguasdoradas. Eriel era un pequeño país con numerosos lagos y praderas. A pesar de su reducido tamaño era uno de los países más ricos pues sus gentes se preocupaban más por el comercio, por el cultivo de la tierra y por la pesca que por la guerra, a diferencia de lo que hacían los dos grandes gigantes de Asteriom y Arzel.

Sus gentes vivían en torno a la costa en numerosos y prósperos puertos, aunque la ciudad más grande era Yaras, sede del poder real. Los habitantes de aquel reino eran gentes pacíficas que siempre habían evitado las grandes guerras de Asteriom y Arzel. Prueba de ello era el reducido tamaño de su ejército, más destinado a mantener el orden en el interior que defender las fronteras.

No obstante, en las últimas semanas habían llegado noticias preocupantes a la corte del Príncipe Minato, soberano amado y envidiado por sus iguales de otras naciones por el respeto y admiración que le profesaban sus súbditos; noticias desde las Islas del Terrible Recuerdo.

Eriel era una tierra pequeña asentada en una península en el centro del mundo, de veranos cálidos e inviernos suaves, de praderas doradas, pequeños bosques, playas de arena blanca y aguas cristalinas, castillos, pueblos y puertos de piedra blanca y limpia. Las Islas del Terrible Recuerdo eran todo lo contrario.

Al este de sus fronteras, pruebas de un pasado que casi todo el mundo había olvidado y que había sido difuminado por leyendas y mitos, se alzaba una tierra yerma y oscura. Sobre las aguas del gran océano se extendía un archipiélago de millares de islas, de roca negra como la misma noche. Estaban envueltas en una niebla que se decía que inducía a la locura a aquél que pasara demasiado tiempo respirándola. Sus aguas no acogían ninguna muestra de vida debido a la alta cantidad de sal, sulfuro y otras sustancias nocivas para la vida que contenía. Para completar el paisaje, el tiempo sobre aquella zona siempre era inestable. Era raro el día en el que negras nubes no descargaran furibundos rayos sobres sus aguas. Todos los marineros, siempre supersticiosos, las evitaban.

Orochimaru recordaba el día en el que habían llegado tan preocupantes noticias. Se encontraba en la corte. El bien amado Minato además de gentil soberano, alardeaba de ser justo y responsable en el ejercicio del gobierno. Estaba dando despacho a dos adinerados campesinos que litigaban sobre dónde colocar los mojones que separasen sus fincas.

En mitad de la exposición de uno de los campesinos, las puertas del Salón del Trono, desde el que Minato recibía a sus súbditos, se abrieron y entró por ellas un explorador. Parecía alarmado.

— ¡Majestad! —Se arrodilló.— Lamento interrumpiros pero creo que este asunto es de vital importancia.

— Habla pues — respondió preocupado Minato.

Orochimaru había estudiado bien a su señor. A pesar de su exquisita educación, sus corteses modales y su simpatía, no era un estúpido al que solo importaran las frivolidades cortesanas. Era inteligente y perspicaz, las cualidades que más peligroso lo hacían.

— Majestad, mis señores, traigo preocupantes noticias. Mi patrulla se encontraba haciendo la ruta de la costa cuando nos topamos con una aldea de pescadores cuyos habitantes habían sido masacrados. Encontramos los cadáveres apilados en la plaza central. Su estado de putrefacción era muy elevado, debido al calor propio de esta estación, pero eso no nos impidió ver… No sé si es apropiado daros estos detalles, Majestad.

— Continua, por favor. Lo que aquí nos cuentas es de interés de todos los presentes. Son mis consejeros y señores que me han jurado lealtad. Esta es su tierra y tienen derecho a saber si algo malo ocurre en ella.

— Mi señor… Todos los cadáveres habían sido mutilados: a todos les faltaba el corazón.

— Las exclamaciones de todos los cortesanos no se hicieron de esperar. Tales actos siempre desconcertaban al pueblo. "Un pequeño hecho aislado y en el que nadie repara es el primer peldaño de una escalera hacia el caos" pensó.

— Los lugareños dicen que una tormenta negra, proveniente de las Islas del Terrible Recuerdo, ha causado tal muerte. La gente está desconcertada, aunque no parece que de tal lugar haya podido salir algo así. Parece más cosa de brujería, si se me permite opinar.

Minato se levantó. Su semblante reflejaba el desconcierto que le había provocado una noticia así. Sin embargo, pronto se recuperó. Abandonó el asunto que estaba tratando de inmediato, no sin antes decir:

— Mis señores, temo que este asunto requerirá de mi atención. Continuaremos con la vista al atardecer. Orochimaru – le dijo – acompáñame.- Luego se dirigió al hombre que vestía una sencilla armadura de acero y ocultaba su rostro bajo una máscara del mismo metal – Kakashi, manda llamar a Akito, sus consejos siempre son acertados.

La reunión fue larga y muy conflictiva. Eriel era un país pequeño pero rico que siempre había sido contemplado por las dos colosales naciones de Asteriom y Arzel como un objetivo de conquista. Habían mantenido su independencia – y no siempre – gracias a los tributos que enviaban a Danzou, el Emperador de Asteriom y a Fugaku, Príncipe de Arzel. No podían permitir que los espías extranjeros notificaran signos de debilidad y el asesinato impune de toda una aldea de pescadores era una muestra de ello.

El problema estribaba en que durante siglos, los gobernantes de Eriel siempre habían evitado esas islas como consecuencia de un antiguo pacto al que habían llegado los señores de todas las naciones mil años atrás. Leyendas, cuentos de viejas, rumores, historias de marineros enloquecidos y demás hablaban de aquellas islas como de un lugar maldito.

En los últimos años, la hostilidad entre Danzou y Fugaku había crecido y muchos esperaban ansiosos una guerra entre sus naciones. "A río revuelto, ganancia de pescadores" pensaba Orochimaru. Minato y sus consejeros sabían que la guerra se iniciaría en el momento en el que uno de los dos grandes gigantes decidiera tomar Eriel bajo su poder y no querían que se iniciara un conflicto y mucho menos renunciar a su soberanía.

Si enviaban al reducido ejército como proponía el capitán de la guardia personal de Minato, Kakashi, los extranjeros lo considerarían como una vulneración del antiguo pacto y atacarían. Si no hacían nada, el pánico cundiría entre la población civil y aquella muestra de inestabilidad también sería interpretada por sus enemigos como una señal para comenzar la invasión.

— Alteza, — intervino finalmente Orochimaru — serví a vuestro padre antes que a vos y sé bien que habéis hecho vuestro su idea de no resolver los conflictos mediante el uso de la fuerza. Sin embargo, he de volver a pediros que recapacitéis. Nuestro reino no puede seguir existiendo si no cuenta con hombres que empuñen sus armas para defenderlo. Estos asesinatos son una prueba más de que vuestra gente necesita de un ejército que les proteja.

— Orochimaru, hemos hablado en numerosas ocasiones sobre esta cuestión y mi parecer sigue sin haber cambiado: no contrataré mercenarios, no obligaré a mis súbditos a alistarse en el ejército y no tomare ninguna acción que pueda ser tachada de hostil por Danzou o Fugaku — le respondió Minato.

— Lleváis años pagando por la paz, Alteza, pero sabéis bien que pronto el oro no servirá para frenar la expansión de vuestros enemigos — intervino un consejero

— Prefiero pagar con oro antes que con vidas inocentes - respondió el Príncipe.

El consejero más anciano del Príncipe, Akito, un anciano que se enorgullecía de haber aconsejado a tres Príncipees distintos, tomó la palabra apoyando a su soberano.

— Incrementar el número de efectivos de nuestro ejército sólo será una forma de amenazar la paz internacional. Además, estos hechos no encontrarán solución promulgando una leva. Estamos aquí para encontrar la forma de solventar los terribles acontecimientos que han ocurrido en nuestra frontera oriental.

El Príncipe quedó largo rato en silencio, reflexionando. Minato era un auténtico Príncipe, aunque sus ideales sobre la paz le conducirían a una terrible y desafortunada desgracia que nadie en el reino deseaba. Finalmente concluyó:

— He oído vuestros consejos y creo que la solución más adecuada es enviar a un pequeño grupo para investigar qué ha ocurrido. Orochimaru, reúne a veinte de tus hombres y dirigíos a la costa este. No volváis hasta dar con el culpable. Dudo mucho que una tormenta haya cometido tal atrocidad. Podéis retiraros — les ordenó educadamente. — Orochimaru, Kakashi, acompañadme, por favor —les pidió.

El capitán de su guardia, un hombre de pocas palabras, advenedizo, extranjero y sin embargo, hombre de confianza del Príncipe, asintió y siguió a su señor. Orochimaru, contaba con el respeto y la amistad del monarca, no en vano, era el comandante de su pequeño ejército. A pesar de que no compartía la opinión de Orochimaru de incrementar el poder militar de Eriel, respetaba y oía todos sus consejos. No era tan estúpido como para no tener criterio propio ni para desatender las propuestas de sus consejeros.

Las puertas del Salón del Trono se abrieron. Abandonaron el lugar y recorrieron el pasillo principal que conducía a los aposentos del Príncipe. Mientras caminaban, Minato se sinceró con ellos:

— Mis leales amigos, tengo una sospecha que no he querido compartir con el resto de mi Corte. Estos asesinatos sólo son, mucho me temo, una pequeña parte de una conspiración mucho mayor.

— ¿Cuál es, Majestad? — le preguntó Kakashi.

El eco de sus pasos al caminar por el pasillo ricamente iluminado por la luz que entraba por los amplios ventanales del palacio enmudeció cuando el Príncipe se detuvo y miró hacia atrás. Temía que en aquel momento un espía extranjero estuviera escuchando su conversación. La vida de un Príncipe siempre estaba plagada de aquel tipo de cautelas y amenazas, por desgracia. Luego, volvió a reanudar la marcha, torciendo a la derecha, en dirección a los aposentos del príncipe.

— Alguien pretende iniciar una guerra y quiere que Eriel sea la tierra en la que se libre. No estoy dispuesto a que, como hace cien años, volvamos a tener que arrodillarnos ante extranjeros.

— ¿Quién podría desear una guerra entre Asteriom y Arzel? — Preguntó Orochimaru. — Si uno de los dos nos invade, el otro responderá atacando. En la última, Asteriom salió mal parada y no creo que Danzou desee una guerra. Es anciano y se preocupa más por sus cachivaches de química y sus hechizos que por regir su propio imperio.

— Eso es lo que tendréis que averiguar.

Cuando llegaron hasta la habitación del príncipe, Minato le dijo a Kakashi:

— Ve a buscar a mi esposa. Aún guardo esperanza de que no sea necesario acudir a las plegarias y rezos al Creador. Nuestro hijo necesita a sus padres a su lado.

Desde hacía meses, el heredero, el Príncipe Menma, había quedado postrado en la cama. Tenía dieciocho años aunque debían dar gracia al Creador por aquello. Había nacido enfermo y siempre su salud había sido frágil. Durante el invierno había cometido la estupidez y la temeridad, propia de un niño que siempre había estado sobreprotegido y encerrado, de bañarse en el río. Había contraído una pulmonía que ni siquiera la llegada del verano había podido paliar. Desde todos los templos del reino se elevaban plegarias por su salud, pero, era cuestión de tiempo que su alma inmortal ascendiera junto al Creador.

Cuando Kakashi se marchó, Minato le miró. La sombra de la culpa apareció en sus ojos. Aquello era algo de lo que sólo hablaba con sus hombres de confianza.

— ¿Cómo está el chico?

— Perfectamente. Entrena junto a los demás y se toma su nueva vida con determinación y energía. Me recuerda mucho a vos, aunque su carácter es más propio de su madre. Una lástima que para asegurar la paz tuvierais que casaros con Izume Terumi, ¿no es cierto?

— Todos los días de mi vida, pido al cielo que me perdone por haber mentido a mi esposa y por haber provocado tanto sufrimiento a la única mujer que realmente he amado… Pero los Príncipes, antes que hombres, son Príncipes y tienen obligaciones que cumplir. Ese matrimonio nos trajo paz. – Luego le pidió - cuida bien de él, Orochimaru, me es muy preciado.

— Por supuesto, tanto como cuido esta tierra.

Y aquéllas fueron las últimas palabras que el Príncipe le confió.

A los dos días, la expedición abandonó la ciudad. Nadie reparó en ellos. Otro pequeño grupo que partiría a vigilar alguna de las fronteras del reino, pensaban. Aunque realmente, se trataba de otro peldaño más en esa ascensión descontrolada al caos y la destrucción.

Había escogido él mismo a sus hombres y entre ellos estaba el más preciado para el Príncipe, su bastardo. Con la prematura muerte del heredero, toda la Corte le pediría a Minato que legitimara a su bastardo. Un reino sin heredero sólo podría atraer las miradas de los carroñeros parientes de tierras lejanas dispuestos siempre a incrementar sus fronteras.

Llegaron a su destino finalmente al anochecer del quinto día tras la partida. El explorador había dado señas del pueblecito en el que habían encontrado tal atrocidad. La costa este, era una costa escarpada y accidentada, con numerosos acantilados y con pequeñas calas. La aldea se encontraba en una de ellas. Más de cien casas se hacinaban apretadas las unas contra las otras en los escarpados acantilados. Había un muelle con más de cien pequeñas embarcaciones.

Bajó de su caballo y junto a sus hombres se aproximaron hasta el centro de la aldea, donde se alzaba un pilar de madera con una gran rueda que tenía una estrella en su interior, el símbolo del Creador. El explorador les había descrito una montaña de cadáveres en torno a aquel pilar. No había rastro alguno de ello. Sólo quedaban sus ropas. Era como si se hubieran desvanecido.

— Habrán sido los carroñeros — aventuró un soldado.

"Sí, aunque no los que te imaginas"

— De haber sido un animal, por hambriento que estuviera, habría dejado los huesos. Sólo quedan sus ropas - informó un soldado de ojos azules y cabellos rubios.

— Parece…

— ¿Sí, Naruto? – le preguntó Orochimaru.

— Nada, comandante…

— Como quieras. Montad esta noche el campamento aquí.

Mientras los hombres cumplían con su orden, Orochimaru miró hacia el mar. Oficialmente, ningún cartógrafo le había dado nombre. Los marineros lo llamaban el Mar de los Demonios y era un nombre realmente acertado. "Más si se piensa el horror que pronto liberará", vaticinó divertido.

Cuando el campamento estaba montado, los hombres encendieron una fogata para calentarse y cocinar algunos alimentos. Orochimaru seguía mirando el mar. Más allá, donde la vista se perdía, se encontraba su único objetivo.

No siempre había sido el comandante del ejército de un pequeño país. Recordaba otros tiempos mejores y otro nombre…

¡El Creador nos proteja! – exclamo otro señalando al mar perceptiblemente asustado sobresaltando también a Orochimaru.

Una neblina se arrastraba sobre las aguas igual que si de una serpiente se tratara. Los soldados comenzaron a asustarse. Eran hombres supersticiosos, aunque no todos. El soldado de nombre Naruto estaba también asustado, quizás más. Era el hombre más joven de aquél grupo. No obstante, Orochimaru pudo percibir que trataba de afrontar aquel miedo con valentía y no con más cobardía.

— No tengáis miedo — les ordenó. "Será mejor para ellos y peor para vosotros" pensó. — La niebla nunca ha matado a nadie, — "lo que hay dentro de ella sí".

Orochimaru sabía que el momento de actuar había llegado. Miró a sus hombres por última vez y avanzó hacia la playa. En ningún momento sintió miedo. Sabía qué ocurriría. Era el precio que debía pagar. Su Destino estaba al otro lado de la niebla, aunque le quedaba mucho trabajo por hacer.

— ¿Comandante? – le llamó uno de sus soldados.

Éste, sin embargo, comenzó a caminar sobre el agua desatendiendo las llamadas de sus soldados que atónitos lo veía adentrarse en la niebla empleando un poder considerado por muchos como maligno. Dentro de él residía un poder que se había visto obligado a mantener encerrado, renegando de su verdadera naturaleza.

La niebla se abalanzó sobre él y le engulló como una ola al chocar contra una acantilado. Escuchó las exclamaciones de asombro, pánico y auténtico terror de sus hombres. La temperatura bajó drásticamente. Pudo sentir cómo el agua se congelaba y no le era necesario emplear su poder. Se extrañó: "¿es esto que siento el miedo?".

Sintió como junto a él pasaban a gran velocidad decenas de formas cubiertas por largas capas negras. Orochimaru no se detuvo en su avance hasta que una de ella se frenó ante él. Era muy grande, más que el más alto de los hombres. Tenía forma humana. Estaba cubierta por una larga capa negra. Levitaba sobre el agua. Si tenía rostro sólo la criatura lo sabría. Sombras, así fueron llamadas la última vez que volvieron a aparecer.

La sombra lo estudió. Orochimaru no vaciló y se quedó inmóvil. No retrocedió ni un ápice. Los gritos de sus hombres en la aldea al descubrir la auténtica muerte que habían recibido los aldeanos de aquella aldea reclamaron la atención de la sombra, que terminó abandonándole. Por fin, tras muchos años de intentos, las sombras volvían al mundo de Tessel y eso le permitía llegar hasta su auténtico objetivo.

Orochimaru siguió avanzando. Se perdió en la niebla. Los gritos de sus hombres cada vez eran más lejanos, no en cambio, el caos y la destrucción para el mundo de Tessel.


Septimo Hokage