¡Hola a todo el mundo!
Soy Nadia, una fanática de pokemon, y seguidora de la relación Ash y Misty claro
Este es el primer fic que publico aquí, y la verdad estoy bastante nerviosa y emocionada n.n espero que tenga buena acogida, y pueda recibir los comentarios de quienes lo lean. No quiero exederme demasiado, así que me despido de momento y os dejo con mi historia.
Aún no sé de cuántos capítulos constará, ni siquiera sé muy bien el camino concreto que tomará la historia, pero procuraré hacerlo lo mejor posible.
Finalmente dedico este fic a mis niños de la Élite PC, sobretodo a mi nena Silvy que ha sido mi sensei, y gracias a quien he aprendido mucho.
Espero vuestros comentarios
Dos palabras: Te amo...
Capítulo 1
El tiempo ideal para la estación que más le entusiasmaba. Al igual que el constante vaivén de la marea a las orillas de la playa, su blanco y sedoso vestido se mecía a causa de la brisa, la misma que jugaba con sus largos cabellos semejantes a hogueras, debido a su acentuado tono rojizo, que parecía variar con la luz del día. El sol se podía reflejar perfectamente en sus grandes ojos aguamarina, haciendo que brillasen con la intensidad y belleza propia de las esmeraldas. Su mirada mostraba la alegría propia que le había estado acompañando toda una vida, aunque eran muy pocos los que podían distinguir el cierto deje de melancolía que intentaba ocultar, en especial, cierta persona con la cual compartió varios años de su vida en los viajes que había realizado tiempo atrás.
Le gustaba pasar largo rato contemplando el paraíso primaveral del frondoso Bosque Verde que se podía apreciar desde el balcón de su hogar. Por un momento, pudo revivir en su mente aquella vez que atravesaba esa pequeña jungla acompañada de su moreno amigo por primera vez.
Sonrió al recordar la primera captura del entrenador cuando aún era un principiante, y la fobia que en ella producía aquel ser de tono verdoso que él había conseguido para incrementar el número de miembros en su equipo, el cual, hasta ese momento, sólo constaba de su mejor amigo, Pikachu.
Empezaban a dibujarse en su mente más imágenes de aquel día, cuando sintió la calidez de unos fornidos brazos rodeando su delicada cintura. Sonrió al notar la barbilla del recién llegado apoyada sobre su hombro descubierto. Los apasionados labios del joven marcaron un tierno beso en las mejillas de la chica que se tiñeron de un discreto tono sonrosado.
-¿Qué haces aquí tan pensativa? -su voz masculina y serena susurró a los oídos que se decoraban con unos pequeños pendientes celeste. Su tono siempre había sido seductor, por lo que más de una chica habría dado lo que fuera por ocupar el lugar que la pelirroja ya tenía en su vida.
-Nada importante. -fue su respuesta mirándole cariñosamente, pues sabía que si le decía aquello en lo que pensaba, el chico se disgustaría, lo conocía bastante bien- ¿Cuándo has llegado? -cuestionó en su intento de que él no hiciera preguntas más concretas sobre sus pensamientos.
-Hace un momento. -sus brazos hicieron que ella se volteara, y así poder encontrarse de frente con sus ojos cristalinos- ¿Nos vamos?
-Claro. -sonrió del mismo modo en que mostraba su felicidad ante todos, pero no de la misma forma en la que le sonreía a aquella persona que inundaba sus pensamientos día y noche. Muchas veces sentía remordimientos al sentir sus cariñosos abrazos, y saber que sus pensamientos no estaban centrados en él, sino en otra persona que estaba bastante lejos de ella.
El chico colocó sus manos sobre la pálida tez de la joven, y mirándola fijamente a los ojos, se le acercó lentamente, hasta poder sentir sus labios sobre los de ella. Un pequeño y cálido beso como el que le daba siempre que tenía ocasión, eran suficientes para saciar su sed de amor. Se sentía feliz de tenerla tan cerca, y saber que en el futuro, esa chica sería completamente suya. Tan sólo debía esperar cierto tiempo, no tenía prisas, tenía la certeza de que lo que por ella sentía, no podría cambiar, lo único que podía hacer en ese tiempo, era ayudarla a olvidar a quien en su día fue uno de sus mejores amigos.
Pero ella, al igual que siempre, sólo se dejó llevar por el momento, dejando que fuera él quien tomase a cada instante la iniciativa, y sintiendo el calor de sus labios cada vez que los tenía tan cerca. Y era en las veces que recibía un beso suyo, en las que sentía mayor remordimiento, al no saber corresponderle como era debido. Fingía una felicidad que claramente no sentía, pero que esperaba él creyese. Le quería, de eso estaba más que segura, pero su sentimiento no era el apropiado, no era el mismo que el que ya guardaba en su interior. Pero no podía decir que quien la estaba besando con delicadeza le fuera indiferente, pues sentía celos al verle cerca de sus amigas. Aunque fuesen aquellas chicas muy apreciadas por ella, no podía estar tranquila al verlas junto a él. Se irritaba fácilmente, por lo que estaba constantemente nerviosa. Una mala experiencia en el pasado le había hecho cambiar de forma drástica, temía volver a pasar por lo mismo una vez más, por eso quería que ese chico se quedase con ella siempre que le fuera posible, y de ese modo, intentar amarle como merecía.
Se separó de ella sonriente, y tomándola de la mano, hizo que le acompañase al salón del gimnasio donde estaban. Recorrieron los pasillos en silencio, tan sólo sosteniendo la mano del otro con cariño. Él la miraba con discreción, pues sabía que a ella le ponía nerviosa que la miraran fijamente. Seguía sin poder creer la suerte que tenía al estar con ella, nunca se hubiese imaginado que llegaría el día en que pudiese estar tomado de la mano de ella, y sonreía ampliamente. Ella le miró desconcertada, no sabía el por qué de su expresión.
-¿Por qué sonríes? -le preguntó no pudiendo aguantar la curiosidad que la caracterizaba, sonreía mirándole fijamente a los ojos, como leyendo en ellos la respuesta
-Porque me siento muy feliz de tenerte conmigo. -su voz dulce hizo que la joven se sintiera un poco culpable de no poder quererle más. Sonrió de nuevo. Nunca había escuchado palabras semejantes en toda su vida, y menos aún dirigidas a ella. Detuvo su caminar, y él también, mirándola con intriga.
-Eres muy especial. -pudo decir tras un momento de silencio. Verle a él con un claro brillo de felicidad en los ojos, hizo que se diera cuenta de que esa era la oportunidad suya de tomar la iniciativa que siempre dudó tomar en otras ocasiones.
Se acercó a él, sin soltar su mano, le miró fijamente sin apartar la cálida sonrisa de sus labios. Se detuvo, algo le frenaba, pero pudo ser más fuerte ella, y dominó al remordimiento que siempre le impedía hacer algo que tenía la necesidad, u obligación, de hacer. Soltó su mano, y llevó las suyas hasta el cuello del chico castaño frente a ella, rodeándole y acercándole hasta su rostro. Él la miraba sin poder creer lo que estaba viviendo. Desde el momento que iniciaron una vida juntos, nunca había sido ella la que se atreviese a acercarse tanto a él, pues era todo lo contrario. Dejó que hiciera las cosas a su ritmo, no quería presionarla, si algo sabía muy bien, era que ella odiaba que la obligasen a hacer las cosas. Se inclinó ligeramente, pues era un poco más alto que ella, y la pelirroja acercó del todo sus labios a los de él. Se fundieron en un cálido beso como los que siempre él le había dado. Se trataba simplemente del roce que sentían al unirlos, pero en esta ocasión, ella decidió que debía dar un nuevo paso si quería llegar a amar a aquel chico. Poco a poco, fue intensificando aquel contacto de labios, sintiendo como él correspondía a su acto abrazándola con delicadeza. Él quiso darle mayor libertad, y entreabrió los labios ligeramente, para que ella pudiese avanzar sin límites, aunque ya sabía de antemano, que no iría demasiado lejos. Un beso, que concluyó en poco tiempo, pero aún así, fue el más apasionado que nunca antes habían compartido, y eso, para él, era más que suficiente. Ahora estaba seguro de que a ese paso, tenía asegurado conseguir los completos pensamientos de la chica a la que tanto amaba.
Ella le miró con un poco de timidez, jamás había hecho algo así, al menos, no con él. Se tomaron nuevamente de las manos, y se dirigieron hasta el salón al que iban desde el principio, con una evidente sonrisa en sus rostros. Llegaron a la estancia, y ésta, estaba vacía.
-Cogeré el bolso. -se acercó hasta el sofá, en el que descansaba el pequeño bolso azulado que llevaba cada vez que salía con él.
Tras cogerlo entre sus manos, regresó con su acompañante quien le miraba con una dulzura enternecedora. Cada vez que ella usaba vestido, parecía aún más niña, más dulce e inocente, y más aún si la prenda era de tonos cálidos. En principio, no era costumbre suya vestirse así, puesto que adoraba la comodidad, y lo que mejor se la brindaba, eran sus ropas deportivas, bastante cortas y, quizá, un poco atrevidas, pero lo que más le importaba, era sentirse a gusto consigo misma. Cuando dejó su niñez de lado, empezó a cambiar su forma de vestir ligeramente, y ampliaba su repertorio gracias a la ayuda de sus hermanas, que siempre estuvieron con ella, indicándole lo que mejor le sentaba, aunque ciertamente, a ella le quedaba perfectamente bien cualquier cosa que se pusiera, y todos los chicos del grupo lo sabían. Pero aunque ya no fuese la chiquilla a la que le gustaban las aventuras y emociones fuertes fuera de casa, seguía manteniendo ciertas cualidades que a él le volvían loco, aunque no sólo a él. Las ansias de libertad al sentirse presa del gimnasio de sus hermanas, su alegría de cada día, su carácter y decisión, e incluso, su ingenuidad e inocencia. Ya no era una niña despreocupada, ya era una clara adolescente que rozaba los veinte años con los dedos, pero que no se disponía a abandonar del todo su infancia.
Su blanco vestido se mecía al compás de sus movimientos, era como si llevase las alas de un ángel a las espaldas, una imagen que muy pocos podrían apreciar en todo su esplendor, y sin embargo, había momentos en los que ella, más que un ángel, parecía una misma diosa. Aquella melena que bañaba su espalda entera, empapándola hasta por debajo de la cintura, como lava ardiente que descendía con delicadeza y soltura, siempre resplandeciente. Sus ojos de constante cambio de color, unas veces azul intenso, otras veces, verde cristalino, y que muchas veces se mezclaban en un mismo tono mágico, el aguamarina. Y su figura, oculta tras las telas de sus vestidos, grácil, delicada, y perfectamente formada, desde que su cuerpo empezó a amoldarse al de toda una mujer, siempre estuvo en armonía con el todo. Ella entera, era una delicia para los ojos masculinos, que la miraban suplicantes de que ella les obsequiase con un gesto de su rostro angelical.
Volvieron a tomarse de las manos, algo con lo que disfrutaban. Las de ella, tan pequeñas y delicadas entre las de él. Parecía tan frágil la joven a su lado, que él estaba encantado de protegerla siempre de cuanto hombre impertinente se acercara a molestarla. Se dirigieron al automóvil oscuro que él conducía, y después de subirse en él, tomaron rumbo al centro comercial al que habían acordado ir la última vez que se vieron.
Podía notarse que se trataba de un sábado, uno en el que la gente iba y venía sin detenerse por los amplios pasillos del enorme edificio. Personas que vivían en su propio mundo, sin percatarse de la existencia de los demás, pero por mucho que se ensimismasen en sus pensamientos, no podían dejar de fijarse en ellos. Ambos, nunca podían dejar de pasar desapercibidos, era algo casi imposible; su plegaria de cada día, era que la gente pasase junto a ellos, y que no se quedase con la mirada puesta en sus figuras, sobretodo, en sus manos siempre entrelazadas. ¿Sería ese el precio del éxito?
Ella había conseguido al fin hacerse reconocer como una experta entrenadora de pokemon acuáticos, su especialidad y mayor afán. Lo había conseguido siendo aún muy joven, por lo cual, la noticia entusiasmó a la región entera. Aquella novedad, llegó hasta las regiones de los alrededores, y aquellas personas a las que había conocido cuando recorrió las afueras de Kanto, le llamaban constantemente para felicitarla por tan impresionante logro. Una joven de dieciséis años que consigue hacerse con un título que la misma Prima consiguió con más de veinticinco, era una primicia que todos los medios de comunicación cubrían con algarabía.
Puede que el título lo consiguiese hacía ya unos cuantos años, pero seguía causando furor por donde pasaba. Y no sólo por eso, no sólo por el hecho de ser también la preciosa y respetada líder del gimnasio de Ciudad Celeste, que va, también causaba sensación por su acompañante.
Una relación que empezó hacía poco más de un año, pero que la prensa rosa divulgó por todos los medios poco después de dar inicio. Y no era ya sólo la joven líder de gimnasio que se alza con título semejante, sino que era también quien empezaría un romance con el mismísimo Gary Oak.
Gary, también se había hecho conocer muy bien por todas las regiones. El nieto del respetado profesor Oak que dió sus inicios como entrenador pokemon, y que ahora había llegado a la cúspide del éxito como un brillante investigador por sus propios medios. Sin depender de nadie, sólo con esfuerzo y mucho trabajo, consiguió un reconocimiento que no estaba buscando, pero que tampoco quería negar que le honraba. Su inteligencia, una gran fortuna que había conseguido, pero que sin embargo, no tomaba casi en cuenta, una mente ágil y abierta, y algo que también admiraban muchas personas de él, en concreto, las chicas, su arrebatador atractivo físico. Ojos profundos, cabellera rebelde, musculatura perfectamente desarrollada, elegancia, estilo, caballerosidad, en definitiva, todo un galán, sobretodo, con la chica a la que más amaba.
No podían pasar desapercibidos en ningún lugar, fuesen a donde fuesen. Las miradas estaban siempre sobre ellos. Al principio, ello les incomodaba de tal modo, que casi no se mostraban en público, más bien preferían verse en el gimnasio Celeste, fuera de la vista de la gente, o en las afueras de la ciudad, en ciertos lugares apartados, donde pudiesen estar tranquilos. Pero llegó un momento en el que decidieron que no iban a dejar de lado sus vidas normales por la fama que poseían, y menos por su propia relación. Fue entonces cuando dejaron la incomodidad de lado, y se aventuraron a salir más a menudo, y a lugares bastante concurridos. Con el tiempo, se habían acostumbrado a las miradas que se posaban en ellos, y a los comentarios de la gente, aunque nunca malos, más bien de aprobación, tales como "Hacen buena pareja", "Están hechos el uno para el otro", "Se ven muy bien juntos", "Seguro que se llevan muy bien", o cosas por el estilo. Pero también estaban bajo los constantes suspiros de resignación de sus fans, algo a lo que no se habían acostumbrado, puesto que, a pesar de estar juntos tomados siempre de la mano, e intentar ignorarlos, no podían evitar sentir unos terribles celos en su alma. No les gustaba ver como admiradoras y admiradores tanto de uno como de otra, les mirasen de pies a cabeza, haciendo todo tipo de comentarios sobre lo que veían, y lo que les gustaría ver.
En una ocasión, justo después de empezar a salir juntos, tuvieron un pequeño percance por ello. Unos adolescentes que parecían devorar a la joven con la mirada, y que después se atrevieron a hacer comentarios obscenos sobre ella, despertaron la rabia de Gary. Se puso frente a ellos, protegiendo a la muchacha a sus espaldas, y con una pokeball en la mano, desafió a los chicos a repetir lo que habían dicho en voz alta. Al principio, éstos estaban desorientados, y aceptaron el desafío, pero al reconocer al joven enfurecido, decidieron marcharse de allí lo más rápido posible, pues si se metían en un combate con él, estaban más que perdidos. Desde aquel incidente, todos los chicos que veían a Misty por la calle, sobretodo con él, habían decidido guardarse los comentarios para sí mismos, y evitar de ese modo, una cruda batalla con el investigador.
Era una forma de reconocerlos, una marca personal entre ellos, fuesen a donde fuesen, ya hubiese gente cerca o no, siempre iban tomados de la mano. Símbolo de respeto mutuo y unión, una promesa que se habían hecho desde el primer día, para con ese gesto, recordar que harían lo posible por ayudarse en todo momento, y en ella, la promesa del olvido, para intentar amar a aquel hombre. Todo un hombre, un caballero, aunque seguía siendo joven, bastante maduro y responsable, sólo un par de años mayor a ella.
Se quedaron de pie frente a un enorme cartel, mirando con atención cada una de las grandes fotografías que se mostraban ante ellos, y consultando de vez en cuando el reloj. Más y más gente se arremolinaba a su alrededor, con la excusa de mirar también el mismo cartel, pero con la clara intención de poder observarles mejor. Gary lo sintió, tenía un sentido especial para ello, sabía cuando llegaba el momento de apartar a su novia de la multitud, y el momento se estaba acercando.
-¿Qué tal esta? -cuestionó la joven ignorando la multitud de miradas que se posaban en ella, señalando una de las fotografías.
Volvió su mirada a ella, sujetando más firmemente su mano y levantando la cabeza para ver lo que la chica le indicaba. -Déjame ver... -echó una ojeada a su reloj- Está bien, aún queda media hora para que empiece. ¿Quieres hacer algo antes?
-Claro. Podríamos ir a una de las tiendas, o a una cafetería. -dijo mirando las tiendas a su alrededor.
-Pero siempre vamos a la cafetería al salir. -metió su mano libre en el bolsillo- Mejor vayamos a una de las tiendas. ¿Qué me dices?
Levantó los ojos para encontrarse con su mirada puesta en un grupo de personas a sus espaldas. Volvió a mirar hacia el mismo punto, y pudo darse cuenta de que se trataba de los típicos chiquillos que buscaban el modo de acercarse a ella, esperando a que él la dejase sola un momento. Suspiró con resignación. -Vamos a ver las tiendas entonces. -le sonrió intentando calmarle.
-Será lo mejor. -el sutil gesto de la chica sabía ponerle siempre de buen humor, y la llevó con él hasta una de las tiendas más cercanas.
Una tienda de recuerdos, era lo mejor que podrían encontrar, cierto era además, que las muchas veces que iban a algún centro comercial, pasaban por en frente de las tiendas de ropa, y que no se aventuraban a entrar en ellas. Ella prefería ir cuando era necesario, pero más que necesario, se convertía en una obligación cuando iba con alguna de sus hermanas. Cuando estaba con él, en cambio, se sentía más libre, puesto que le pedía a ella que decidiese el lugar al que ir a cada instante. No quería aprovecharse de su debilidad por ella, así que le conducía hasta lugares que también eran de su agrado. Un día una librería, otro una tienda de arte, otro la tienda pokemon... y así, dependiendo de su estado de ánimo y el lugar en el que se encontraban.
Varias vueltas dieron dentro del mismo comercio, mirando en uno y otro lado los innumerables productos que estaban a la venta a muy buenos precios, sobretodo para ellos, a quienes siempre les hacían un descuento especial por ser clientes habituales. En aquella tienda, siempre tenían algo recién traído del exterior, y como si supiesen de sus gustos, traían novedosos productos que ella adoraba. Así, en esta ocasión, poco antes de salir, vio en una estantería una pequeña cajita de música, la cual, al abrirla, dejaba escuchar una dulce melodía, haciendo bailar a una pequeña sirena que descansaba sobre una concha en su interior. Los ojos de Misty se volvieron de cálidos tonos verdosos, color que expresaba su ilusión, algo que él ya conocía. Sonrió.
-Misty, será mejor que partamos, es la hora. -le recordó el motivo de su estancia en el centro comercial.
-Claro, -respondió caminando tras él- vamos entonces.
Media hora pasa rápidamente cuando están en esa tienda, y se pusieron en camino hasta el lugar que visitaron al principio. Fueron directamente a la puerta principal, y tras conseguir las entradas, pasaron a la amplia sala que les correspondía. Gary buscó los asientos designados a ellos, y la condujo con él hasta que se situaron en el lugar otorgado por el ticket. Tenían un buen campo de visión, entonces, se sentían honrados de que gracias a su reconocimiento, la gente les tratara con tanto respeto, brindándoles las mejores atenciones en cuanto lugar visitaban, aunque no era lo que ellos pedían, pero tampoco estaba de más decir que ello les molestara. Se sentían orgullosos de recibir tal respeto, y mostraban su gratitud con los demás de cualquier modo.
Las luces se apagaron, y la gigantesca pantalla empezó a mostrar imágenes frente a sus ojos. Un título prometedor para aquel largometraje: "Sentimiento prohibido".
Una de las puertas de acceso se abrió discretamente, para dejar paso a unas cuantas personas que habían llegado tarde, aunque la pareja no le prestó atención alguna, estaban ya centrados en la película. Se sentaron dos de aquellas personas un par de hileras debajo de ellos, procurando no hacer ruido alguno. La sala no estaba tan concurrida, sólo se podían ver a unas pocas parejas y grupos de chicas dispersos por los asientos.
Para Misty era un alivio que la sala estuviese a oscuras, porque de estar las luces encendidas, sabía que las demás jóvenes no dejarían de mirar a su novio con atrevimiento, algo que muchas veces ocurría, y a ella irritaba. Siempre había poseído ese fuerte carácter, con el que ponía a la gente en su sitio en cuanto se propasaba. Era una pequeña fiera indomable, y se sentía orgullosa de serlo, puesto que de ese modo, nadie se atrevía a molestarla. Con el tiempo, empezó a apaciguarse, y a controlarse a sí misma, pues sabía que no era lo más correcto enfadarse por cualquier cosa que le ocurriese, y ahora sacaba ese carácter cuando era realmente necesario. Aunque desde que estaba con Gary, ya en muy pocas ocasiones sacaba al exterior ese temperamento, puesto que él era quien se encargaba de limpiar su camino de los "indeseables".
La historia de una joven adolescente se narraba por medio de imágenes en la pantalla. Una desgraciada chica que estaba forzada a estar con alguien a quien no amaba. Su verdadero amor, se había marchado de su lado, sin decir nunca el motivo. Aún a pesar de sentirse dolida y traicionada por él, era imposible para ella dejar de amarle tanto. Lo que intentaba era llegar a sentir algo profundo por quien era ahora su compañero, pero no era fácil olvidar a aquel amor que la dejó marcada de por vida. Una cicatriz en su pecho es lo que quedó tras un accidente que tuvo cuando estaba con él, terminaron en un hospital, sobrevivieron, pero al ir por él a su habitación, no estaba. Había dejado sobre la cama una fotografía de ambos en la playa. Conservaba aún el pequeño papel, no podía deshacerse de él, por más que le doliese contemplarlo en secreto. Y quería amar a su compañero, deseaba amarle y olvidar su dolor, pero por más que lo intentase, no podía. Tanto añoraba a su amado, y tanto le dolía no poder corresponder a su compañero, que terminó con todo en una trágica decisión...
Brillantes lágrimas se pudieron apreciar en sus ojos claros, Misty no había podido evitar conmoverse con el final de aquella película. Pero al parecer no era la única afectada, puesto que se escuchaban discretos sollozos provenientes de diferentes puntos de la sala, todos femeninos. La sensibilidad del género se despertó con aquella historia.
Gary la miró enternecido, y ella bajó la mirada, no le gustaba que le viesen llorar. La rodeó con sus brazos, atrayéndola a su pecho, y ella no supo oponerse, se dejó mecer entre sus brazos intentando apaciguar su llanto. Gary levantó la mirada llorosa de Misty con la mano, secando las lágrimas sonriente, dejando caer un tibio beso sobre sus labios.
Una nueva oportunidad para ella, para intentar profundizar la relación. Ignorando por completo las luces que se habían encendido tras poner fin a la película, besó intensamente al chico, con más dulzura, con más pasión que en la ocasión anterior. Terminó rodeándole completamente con sus brazos, haciendo que el gesto fuese más profundo.
-Myst... -un ligero susurro que llegó a los oídos de la joven, uno que intentó ignorar. Debió ser su imaginación después de ver aquella tan emotiva película.
-¿Qué ocurre? -una voz femenina se oyó después, una muy familiar, pero que deseaba olvidar. La ignoró también, intentando centrarse en el chico al que abrazaba.
-Nada, vamos. -de nuevo la voz masculina. Se oyeron sus pasos, hasta que empezaban a perderse por las escaleras.
Esta vez, pareció ser más clara, más nítida. Pudo reconocerla, pero no sólo ella, sino él también. Separaron sus rostros, mirándose fijamente. Una expresión de incertidumbre se dibujó en sus rostros, y dirigieron su mirada hasta la puerta de salida.
Dos figuras salieron por ella, la masculina que iba delante, parecía tener prisa, y la última femenina, más retrasada, ansiosa de alcanzarle. Siluetas difíciles de identificar claramente por muchos, pero si se trataba de alguien muy conocido, podían saber con casi total certeza de quiénes se trataba. Sus rostros empalidecieron por un instante, y los ojos de ella parecían querer soltar alguna lágrima. Gary lo adivinó, y se mordió el labio con rabia. La tomó de la barbilla, obligándole a que le mirara, y ella intentó sonreír en un esfuerzo para que no le dijese lo que esperaba.
-Me prometiste que no volverías a llorar. -le dijo con severidad, acariciando su cabellera sutilmente.
-No estoy llorando. -respondió sonriendo de nuevo.
-Si tú lo dices, te creeré. -le dio un rápido beso en la frente.
-Tú crees que te estoy mintiendo... -afirmó bajando la cabeza.
-¿Acaso me estás mintiendo de verdad? -tomó sus manos llevándolas a su pecho.
No pudo hablar, se apoyó sobre el torso del chico abrazándolo con fuerza, haciendo un esfuerzo sobrehumano para retener las lágrimas. Él la abrazó intentando calmarla. La cabellera naranja de la joven se mecía de arriba a abajo, en señal de una respuesta que no era capaz de dar.
-No creo que fueran ellos, es demasiada casualidad Misty. -acarició su espalda suavemente, y pudo notar como ella parecía apaciguarse- ¿Quieres que volvamos a casa?
-No Gary. -levantó la mirada encontrándose con la de él- Seguro que no eran ellos, tienes razón. -sonrió como pudo- No vamos a dejar que esto nos arruine el día, sabes que estas salidas son muy importantes para ambos.
-¿Estás segura? Lo que más me importa es que tú estés bien, podemos irnos ya, no me importa. -se sinceró con ella, de verdad que le preocupaba su estado a cada momento, sobretodo en los escasos en que tenían que atravesar por una situación de ese tipo.
-Tranquilo, estoy bien. -se puso en pie- Vamos a la cafetería a tomar algo.
-Como quieras, vamos entonces. -se levantó y con el mismo gesto de siempre, como un acto reflejo, se tomó de la mano de la chica, y partieron por la misma puerta por la cual vieron pasar a aquellas dos personas.
Una vez en la cafetería, se tomaron unas bebidas que les despejaran un poco. Misty consiguió tranquilizarse pasado un buen rato, en el que Gary hizo todo lo posible por hacerla sonreír. Estaba bastante bien informado sobre ella, y conocía sus gustos y preferencias para todo. Se esforzó al máximo en prestar atención a cada una de sus acciones, para saber cómo actuar cuando estaba con ella. Descubrió que ella odiaba las mentiras, lo más importante, era la sinceridad, algo que aprendió a valorar hacía unos cuantos años, y que ahora eran un requisito fundamental para todo aquel que quería entablar una amistad con ella. Por muy dolorosa que fuera una verdad, ella quería conocerla, así sabía si podría llegar a confiar en la otra persona en el futuro.
Gary siempre se mostró sincero con ella, y Misty con él. Desde un principio dejaron claros sus sentimientos y planes futuros, querían ir sobre seguro, así que para ello, Misty aclaró en el primer momento lo que de verdad sentía por él. Era algo que ya sabía, después de todo, ciertos aspectos de la vida de la chica eran muy conocidos por su círculo de amigos, y después por todas las personas que conocían su nombre gracias a la fama obtenida apenas alcanzó su objetivo. Él sabía que le sería bastante difícil ayudarle a olvidar, pero no por ello se dejaría vencer. A lo largo de su vida, había conseguido atravesar los obstáculos que se atravesaban en el camino de su carrera, y no sería diferente en esta ocasión, estaba dispuesto a ayudarle a olvidar, aunque para ello tuviese que afrontar el recuerdo de quién había sido su mejor amigo.
El amor tan profundo que sentía por esa chica era lo más importante para él, y no iba a perder la oportunidad que la vida le había brindado al dejarle permanecer a su lado. Haría todo lo posible para estar el resto de sus días con ella, haría todo cuanto estaba en su mano para ganarse su afecto, y sobretodo, su amor.
Después de cada visita al cine, solían dar un tranquilo paseo por algún parque cercano al recinto, buscando la intimidad en aquellas zonas más apartadas, lejos de la multitud que ponía su atención en ellos, y seguros de los celos que despertaban los muchos pretendientes que les veían pasear juntos. Así que al igual que en cada visita, se encaminaron a la salida del centro comercial. Al pasar junto a la tienda de recuerdos que tan bien conocían, Misty echó una ojeada a su interior, suspirando profundamente, y volviendo después su mirada al camino que recorrían. Él se detuvo, y ella al mismo tiempo.
-¿Qué ocurre? -preguntó la chica sin entender que pausaran su caminar.
-Ven. -le dijo conduciéndola al interior del comercio.
Cuando estuvieron dentro, se acercaron a una de las estanterías, pero se encontraron un pequeño espacio vacío.
-Vaya... -Misty miró con pena el sitio- ya no está...
-No te preocupes, -buscó a su alrededor- seguro que aún queda otra. -se acercó hasta el mostrador donde aguardaba la dependienta- Perdone¿la cajita musical que estaba en la estantería?
-Señor Oak, lo siento, -se disculpó la dama de casi cuarenta años y mirada maternal- pero la que estaba allí la hemos vendido hace un buen rato, poco después de que se fuera con la señorita Waterflower.
-Entiendo... -miró a Misty queriendo disculparse con ella por algo de lo que se sentía culpable.
-Pero... -empezó a decir la mujer- si mal no recuerdo, me parece que aún queda alguna en el almacén, si me permiten que vaya a buscar...
Los ojos de Misty brillaron esperanzados, dibujando una sonrisa en su rostro. -¡Claro! -exclamó entusiasmada.
La mujer se dirigió hasta el pequeño almacén situado en la parte trasera de la tienda. -Ahora vuelvo. -desapareció tras la puerta.
Gary atrajo a Misty hasta él, haciendo que su espalda chocase contra su pecho, y cruzando los brazos por encima de su abdomen. -Hacía mucho que no nos quedábamos tan solos en una tienda, -susurró a su oído- ¿no crees?
-Es cierto... -respondió encontrándose con sus ojos castaños- Hacía ya mucho tiempo... ¿qué podemos hacer?
El chico se mordió el labio por un instante arqueando una ceja. -A mí se me ocurre algo... -se acercó a su boca con lentitud, sintiendo su respiración pausada.
Ella intentó reír, pero no pudo hacerlo al notar ya del todo los labios del chico sobre los de ella. En muchas ocasiones, él usaba ese pequeño gesto queriendo jugar con ella, cosa que le hacía mucha gracia. En momentos como esos, era como si él hubiese dejado de ser todo un adulto responsable, para volver a sus andadas como adolescente atrevido y aventurero, al que le gustaban los juegos que compartía con ella. Se sentían como unos niños cuando estaban solos, y como propios infantes, no traspasaban aún ciertos límites que se habían marcado desde el principio.
Una pequeña risilla pícara a sus espaldas, les obligaron a poner pausa a su juego, y prestar atención a la dama que estaba ya en su mostrador de siempre con una cajita de cartón en las manos. La mujer sonreía encantada de verles así, algo que muy pocas personas podían apreciar, puesto que eran ambos muy reservados para ese tipo de juegos cuando estaban en público. Quizá habrían repetido la acción cuando estaban en el cine, algo inevitable, con las luces apagadas, y cuando nadie estaba al tanto de que se encontraban juntos. Miraron a la mujer sonriendo avergonzados.
-Lo sentimos... -Gary sacó la cara por ambos, como muchas veces solía hacer, pero no por haber pasado por una situación semejante, esta era la primera vez.
La dama no apartó la emoción de su mirada. -No tenéis que sentirlo, no hay por qué ocultar nada. -al notar como ambos seguían con las mejillas fuertemente encendidas, decidió cambiar de tema. -Sabía que me quedaba otra, aquí está. Espero que sea de su agrado señorita Waterflower.
La nombrada se acercó hasta el mostrador soltando la mano de su compañero, para tomar entre ellas la cajita que le ofrecía la dependienta. -¡Es preciosa! -se entusiasmó al verla. Exactamente, la misma cajita musical, la misma melodía, el mismo baile, la misma sirena.
-No queda nada que tratar entonces... -dijo el chico acercándose hasta ellas. -Tome, cárguela. -ofreció a la dependienta su reluciente tarjeta dorada, sin preguntar si quiera por el precio que tendría el reluciente objeto.
-Muy bien. -tomó la tarjeta, pasándola por el pequeño aparatito que enseguida empezó a hacer sus propios cálculos. -Y ahora aplicamos el descuento especial... -seguía hablando la mujer con la pantalla que tenía ante sus ojos, ignorando por unos momentos a la pareja que seguía del otro lado del mostrador.
-Gary... -la chica le miró apenada
Él sabía en lo que estaba pensando, así que la rodeó con sus brazos dándole un cálido beso en la mejilla. -No digas nada... es mi regalo...
-Un regalo... ¿por qué? -preguntó sin comprender
-Pues... ¿desde cuándo hay un motivo para regalar algo a la persona que tanto se quiere?
Misty le sonrió, él sabía el modo de hablarle para hacerle sentir mejor, como si tuviese planeadas las palabras que diría a cada instante. Le dio un rápido y cálido beso en los labios, sin dejar de sonreír.
-Aquí tiene señor Oak. -la mujer le devolvió la tarjeta, y él se acercó a firmar el pequeño recibo. -Muchas gracias. -le dijo al verles dispuestos a partir de allí.
-Gracias a usted. -le devolvió el gesto de despedida que les hacía.
Repitieron la acción de siempre, y se dirigieron a la salida del centro comercial. Un parque cercano es lo que necesitaban, uno amplio, en el que podrían encontrar un lugar en el que no ser molestados. Allí estaba, el mismo lugar de siempre, apartado e íntimo donde les gustaba pasar varias horas juntos, una buena forma de poder conocerse mejor, y a la vez, profundizar sus sentimientos el uno por el otro. Un pequeño banco olvidado por todos, resguardado bajo grandes árboles de bayas meloc, un lugar idóneo para contemplar un atardecer de otoño, o el firmamento estrellado de verano.
Un lugar desconocido por todos, pero apreciado por ellos dos. Se trataba del sitio en el que daría comienzo su vida juntos, hacía poco más de un año...
Se sentaron allí, sin decir palabra, no las necesitaban en muchas ocasiones, lo mejor era sentirse el uno al otro. La rodearon sus brazos, haciendo que ella se apoyase de nuevo contra su pecho, sosteniendo sus manos, con los ojos cerrados. Era como estar en un cielo destinado a ambos. Él adoraba revivir mentalmente lo que allí había ocurrido tiempo atrás, y pensaba en ello siempre que estaban de ese modo, juntos y en silencio.
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Pudo alcanzarla, después de correr durante mucho tiempo. Ella quería huir, escapar de la pesadilla que vivía, las imágenes que la perseguían día tras día y no la dejaban en paz. Estaba cansada, no había disminuido la velocidad desde que salió de casa, necesitaba descansar un poco, miró a su alrededor, y se encontró en aquel paraje cubierto de nieve. La noche estaba al caer, y con ella, las temperaturas cada vez iban disminuyendo más. Aquella sombra se acercó a ella, pero no quiso mirar de quien se trataba, puesto que sabía que era él. La había ido siguiendo desde casa, llamándola insistentemente por su nombre, intentando que se detuviese.
-Deja de seguirme, por favor... -intentó hablar entre jadeos de cansancio
Él se acercó aún más a ella, llevando su mano al hombro de la muchacha, intentando averiguar si estaba bien. -Me preocupas, y lo sabes bien, no me pidas que no te siga... -se sinceraba siempre con ella cada vez que la veía, era incapaz de mentirle.
-Gary... no puedo seguir más así... lo sabes... -quería romper en un crudo llanto, se volvió a él con un gesto de plegaria, como pidiéndole con sus ojos que le ayudase a poner fin a lo que estaba viviendo.
Se enterneció al verla, las lágrimas de sus ojos claros los hacían aún más brillantes, pero prefería por sobre todas las cosas, la luz con la que se iluminaban cuando estaba feliz, algo que llevaba sin ocurrir desde hacía mucho. Acto reflejo, la estrechó entre sus brazos a modo de protección, no soportaba verla sufrir así, le destrozaba el alma. -Pero sabes que yo estoy dispuesto a ayudarte a olvidar...
Se quedó en silencio, no sabía qué responderle. Él le había confesado lo que sentía por ella en una ocasión, pero lo hizo sabiendo que no era correspondido, puesto que ella se había comprometido ya con otra persona, pero aún así, quería dejar las cosas claras. Ahora, la veía constantemente así, sin ánimos de nada, sin la alegría tan propia de ella. Sabía que lloraba, pero siempre a escondidas, la conocía bastante bien como para saber que las lágrimas habían empañado su pálido rostro. Sorprendida ante tales sentimientos que no se hubiese esperado, se sinceró con él, diciéndole con palabras cuidadosas que no guardaba ningún sentimiento especial que fuese correspondido. Fue sincera, habló con el corazón en la mano, recordándole el nombre del hombre al que amaba realmente, por eso, sonrió feliz de haber tratado con una persona tan honesta como ella. Dejaron claro que serían amigos, muy buenos amigos, y que cuando ella le necesitase, estaría allí para ayudarle. Y ahora lo estaba, a pesar de haberle dicho cuánto la quería al poco tiempo de empezar su anterior relación, se encontraba junto a ella, consolándola en el momento en que su alma más necesitaba de una voz que la supiese calmar. Al parecer, sus sentimientos no habían variado en absoluto.
-Yo... -su mente empezó a resignarse a algo que había pasado, y que sin embargo no dejaba de lastimarla.
-No te preocupes, te dije que podrías responderme cuando estuvieses segura. -besó con cuidado su cabellera, cerrando los ojos, y deseando que ella estuviese en sus brazos por mucho tiempo más.
-Puede que el momento haya llegado, -él le hizo levantar la mirada, para poder entender lo que estaba diciendo- ¿para qué seguir guardando esperanzas en algo que está perdido? -añadió ella.
¿De verdad era lo que pensaba? Intentaba pensar que era real, aunque una parte de sí le decía que se trataba de un sueño, o de sólo su imaginación al sentirla tan cerca, como nunca antes la había notado. -¿Es cierto¿Vas a aceptarme? -no quería mostrar temor, pero era imposible ocultar el evidente brillo esperanzado de su mirada.
Cerró sus ojos cristalinos por un momento, pensando bien en lo que respondería. Quizá tenía razón, y lo mejor sería empezar una nueva vida, dejando de lado lo que tan infeliz le hizo una vez tras otra. Sabía que él era la persona adecuada, sería incapaz de hacerle daño intencionadamente, le ayudaría a curar sus heridas. Suspiró profundamente, abrió los ojos de nuevo. -Si. -respondió con seguridad.
No era una simple palabra, para él, representaba la entrada a un nuevo mundo, uno en el que podría ver realizado su sueño de estar cerca de aquella chica, a la que no dejó de amar ni un momento, por la que empezó a sentir algo poco a poco, sin que se diera cuenta de nada. Era imposible no llegar a amarla siendo como era, y aunque estuviese traicionando sus principios, e incluso a su mejor amigo, no podía evitar amar a esa adolescente con toda su alma.
La retuvo contra su pecho, abrazándola con intensidad, sonriendo ampliamente, y dando las gracias una y otra vez por su sueño hecho realidad. Quería sentir sus labios sobre los de ella, quería probar su boca, besarla intensamente, pero... sabía que no era lo correcto. Aunque le hubiese dado su respuesta afirmativa, aunque le hubiese aceptado ya en su vida, no era capaz de pedirle algo así, no se sentía capaz de besarla aún sabiendo que ella seguía dolida. Prefería respetarla, algo fundamental, el respeto, darle tiempo, y ayudarla a sentirse mejor. Ya llegaría el momento que desde entonces esperaría con impaciencia, pero sólo cuando ella estuviese lista para ello. Sin presiones, sin prisas, quería darle tiempo, uno en el que él estaría constantemente a su lado para que las cosa fluyeran más fácilmente.
Vieron salir la luna llena, era un hermoso paisaje nocturno. La abrazaba con calidez, para que no notara el frío de la noche. Estuvieron así durante buen rato, y decidieron volver a casa. Quizá un poco de timidez se lo impedía, pero era algo que posiblemente, ella le dejaría hacer con libertad. Acercó su mano a la de ella, hasta poder atraparla en un suave contacto, reteniéndola cariñosamente. Ella le miró no comprendiendo nada, pero se dio cuenta de que sería el inicio de una nueva vida. Sonrió, dejando que a partir de entonces, sus manos estuviesen ligadas la una a la otra siempre que estaban juntos.
Bueh, espero que fuera de vuestro agrado
Un poco de paciencia para el siguiente capi, gracias de antemano.
Bye
Atte: Nadiangelita
