Y allí estaba tumbado como podía sobre la hierba, en un suave sueño que, aunque estaba dormido, era aún capaz de dar vueltas en su cabeza sobre todos los hechos que habían sucedido en tan poco tiempo. Había dado cada al oso que mató a su hermano mayor, y momentos más tarde los espíritus le habían transformado en lo que más odiaba, en un oso. ¿Cómo debería sentirse? Se había convertido en aquel enorme monstruo de enormes garras y fuertes dientes asesino. Y, cuando pensaba que nada podía ir a peor, su propio hermano le confundió con el oso al que había matado y le perseguía sin descanso en busca de una venganza en su propio nombre. No podía comunicarse con él de ningún modo, pues sus palabras habían sido transformadas en simples gruñidos.

Pero, sin embargo, esto no fue lo que más dolor le causo, o, mejor dicho, lo único. Un pequeño osezno le había estado ayudando desde el primer momento en el que se encontraron, y siempre él le había rechazado cuando el pequeño no tenía absolutamente a nadie. Solo se había aprovechado de él para que le guiase hasta donde tenía que ir. Realmente lo que peor le había hecho sentir fue al enterarse de que al oso al que había dado caza era la madre que él tanto buscaba. ¿Cómo decirle que su madre no iba a volver nunca? ¿Cómo decirle que él la había matado? El único monstruo que había ahí no era el oso, si no él. "Koda…", susurró.