Disclaimer: El fandom de Inuyasha, su historia ni sus personajes me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi y yo sólo los tomo prestados sin fines de lucro.
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Little Gifts
Por: Hoshi no Negai
1. Obsequio
—Rin —llamó una voz grave a sus espaldas.
El rostro de la jovencita se iluminó al escuchar su nombre, y con una ancha sonrisa se levantó de su sitio, dejando la cesta de hierbas olvidada en el suelo. Se giró y caminó un poco, buscando a la persona que la había llamado, para luego verla salir de entre el frondoso follaje.
No era muy común de Sesshomaru irla a visitar estando a los límites de la aldea humana, pero había veces en las que la sorprendía.
Hoy era un día especial para ella. Estaba casi segura de que se cumplían unos seis años desde que conoció al mononoke, y no podía estar más feliz.
Al estar a un par de pasos de él, le hizo una pequeña reverencia a modo de respeto para luego sonreírle muy simpáticamente.
—Me alegro tanto de verle, señor Sesshomaru, ha pasado mucho tiempo. ¡Señor Jaken, Ah-Un! —corrió a saludarlos al verlos llegar poco después.
—¡Suéltame, mocosa! ¡No me gusta que me abraces! —se quejó de inmediato el pequeño demonio verde cuando la chiquilla lo apretó contra sí.
—Sé que no lo dice en serio —sonrió ella en respuesta, para luego darle el mismo trato las cabezas del dragón, halagando lo bien que se veían— ¿Cómo han estado? ¿Han tenido muchas batallas? —preguntó ahora de manera general, sin dejar de acariciar cariñosamente las cabezas.
—Pues claro, niña tonta ¿Qué otra cosa sino?
—¿Qué está buscando esta vez, señor Sesshomaru?
El demonio quedó en silencio, con la vista fija en el cielo. No parecía haber notado la pregunta de la niña.
—El Amo está construyendo su imperio, ¿No te lo había dicho ya hace tiempo? Nunca me prestas atención —refunfuñó Jaken mirándola con reproche.
—Ah, es verdad… ¿Y qué clase de cosas tiene que hacer para construirlo, señor Jaken? —continuó ella con curiosidad. ¡Cómo si no lo supiera!
—Pues pelear y adquirir poder, obviamente. Tú no lo entenderías.
—Yo creo que usted ya es bastante fuerte, señor Sesshomaru. ¡No sé cómo piensa que necesita algo de lo que ya tiene de sobra! —le declaró ella, estirando los brazos para enfatizar sus palabras.
Una brisa suave hizo que los blancos y largos cabellos se movieran acompasadamente por un momento. Su mirada seguía fija en un punto indefinido del claro cielo de la mañana. Quizás podía ver algo que ella no, y por eso no comprendía cuando observaba las cosas de forma tan enigmática.
—Nunca es suficiente —dijo él en tono bajo. Giró entonces y avanzó hasta ella, mirándola inmutablemente—. Ten —sacó de sus ropas una cajita negra de superficie muy pulida. Los ojos infantiles de Rin brillaron de entusiasmo al ver lo detallista que podía llegar a ser el youkai.
—¡Oh, qué bonita! —chilló al ver una peineta al abrir la caja, luego de preguntarle si podía hacerlo. Tenía una flor blanca como adorno principal, decorada de delicados brillantes transparentes a modo de rocío. Sesshomaru sí que tenía buen gusto—. Es preciosa, me encanta. ¡Muchas gracias! —hizo una reverencia torpe a causa de la emoción, como hacía cada vez que le llevaba un regalo. El objeto en sí no era tan importante como el hecho de que su amo tuviera tanta consideración y se acordara siempre de ella.
Sin saber cómo hacerlo correctamente, la intentó acomodar en su cabello, justo donde estaba su coletilla tan característica. Tuvo que hacerlo varias veces al ver que se le caía. Ya segura de que permanecería en su lugar, se volvió hacia Jaken con una gran sonrisa.
—¿Cómo me queda?
—Lo único bonito que veo es la peineta —le contestó él, queriendo sonar gruñón. Rin, lejos de ofenderse, acarició el accesorio mientras soltaba una risilla aguda.
—Nos vamos —anunció el mononoke de blanco, avanzando por el lugar.
—Ah, ¿tan rápido? —la mueca de felicidad de la chiquilla se desvaneció tan pronto vio como él se alejaba. Sus visitas no duraban más de diez minutos, pero ella siempre tenía la esperanza de que se quedara más tiempo. Aunque no se atrevía a pedírselo. Sabía bastante bien que él tenía cosas de mayor importancia que atender.
Llevó una mano a su obi, indecisa. Frunció el ceño con determinación, sin dejar de mirar al youkai que se alejaba. ¡Tenía que hacerlo, se iba a ir!
—¡Espere, por favor!
—No seas molesta, Rin, tenemos que irnos —le contestó Jaken al pasar a su lado.
Rin corrió la corta distancia, poniéndose de frente al Daiyoukai. Estaba nerviosa, pero debía hacerlo. Miró un momento al suelo, reuniendo valor para encararlo directamente.
—Esto… —dijo con la voz tímida, introduciendo sus manos en el obi y sacando una bolsita de tela azul con un lacito blanco— lo hice para usted y quiero que lo tenga. Es para… agradecerle por todo.
Estiró rápidamente el brazo, ofreciéndole el regalo y mirando nuevamente al piso, presa de la vergüenza. Sesshomaru lo tomó poco después, y pudo escuchar cómo extraía el objeto. Rin subió la cara para apreciar una expresión un tanto confundida de parte del otro.
—Uh… la hice muy pequeña. ¡Lo siento! Pensé que le quedaría…
No era más que una simple pulsera de cuentas negras con un brillante jade, donde tenía escrito algo con letra muy irregular.
—¿Felicidad? —siseó Sesshomaru al leer la palabra mal tallada.
—Es un amuleto que se la brindará. El jade tiene poderes mágicos, ¿sabe? O eso me dijo el monje… —aclaró Rin, sintiéndose algo tonta por aquella explicación.
Tallar Felicidad en esa piedra no había sido nada fácil, puesto a que era demasiado dura y ella no tenía nada de experiencia ni fuerza. Le pidió a un artesano que le enseñara la manera correcta y luego de tantas prácticas con piedras comunes, pudo hacerlo medianamente decente en aquel jade tan lindo que le había conseguido el Monje Miroku.
Lastimosamente, en su intento de hacer una pulsera bonita que su señor pudiera llevar consigo, le habían faltado cuentas y le había quedado más pequeña de lo que había planeado.
Se comenzó a arrepentir de haberle hecho ese obsequio tan pobre a alguien como él, quién no dejaba de mirarlo con una ceja levemente alzada.
—¿Tú hiciste eso? ¡Está horrible! —estalló en carcajadas Jaken al asomarse a ver lo que la niña había hecho. Rin sintió el rubor acoplándose en sus mejillas.
Las risas fueron calladas de golpe cuando Jaken cayó al suelo presa de una patada de su amo. Sesshomaru guardó la pulserita dentro de la parte delantera de su armadura, exclamando en tono neutro:
—Ya veré si lo que dices es cierto.
La cara de Rin volvió a resplandecer de alegría cuando le sonrió en respuesta. Con un gesto de su mano, le pidió que se agachara hacia ella. Al youkai hacerlo, la niña dejó un fugaz besito en su mejilla a modo de agradecimiento.
—¡Espero verlo pronto!
…
—¡Qué bonita peineta! —elogió la sacerdotisa Kagome al verla llegar a la aldea dando saltitos. Como única respuesta la menor le dedicó una radiante sonrisa mientras llevaba la mano a su nuevo regalo y lo acariciaba con cariño— ¿Le gustó la pulsera que hiciste para él?
—La guardó —afirmó la menor soñadoramente, como si con eso quisiera decir que le había fascinado.
Kagome notó como la pequeña Rin se sonrojaba levemente al momento de hablar. ¡Esa niña era tan tierna!
—¿Y las hierbas que te pidió la anciana Kaede?
Rin alzó las cejas y tapó su boca abierta con una mano.
—¡Las olvidé! ¡Lo siento, ya voy por ellas!
La mujer la vio emprender la apresurada marcha de vuelta al extremo oeste de la aldea, cerca del bosque donde se encontraba el pozo y no pudo evitar soltar una pequeña risa. A su edad ella también tenía la cabeza en otro mundo.
Recordó entonces la peineta que Rin lucía en su cabello. Cada vez los regalos de Sesshomaru eran más bonitos y tenían la pinta de ser muy costosos. Sin pensarlo siquiera, Kagome formó una pequeña sonrisa.
Quizás Rin no era la única con la cabeza en otro lado.
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¡Buenas, gente! ¿Alguien se acuerda de mí? Espero que sí.
Este es un pequeño fic de tres capítulos al que le he dedicado las últimas semanas (bueno, lo dejé abandonado hace tiempo y recientemente lo terminé). No es nada especial, sólo quería escribir algo ligero para no perder la práctica. ¡Espero que les guste!
Los comentarios son siempre bien recibidos. ¡Un beso!
