¡Holaaa!, Sip, este es un primer fic long que subiré de dos en dos, o no sé, depende de la audiencia. Como lo ven, este sera quizá el primer long fic AmeBela, peroooo, tendrá mucho misterio en cada parte de la trama. Eso es porque está basado en dos animes, cuyos nombres no revelaré ( Así como en «Un sueño más») pero este tiene las misterio que otro rollo.
Bien, dicho esto, creo que es hora de leeer~.
DISCLAIMER: LOS PERSONAJES SON PROPIEDAD DE HIDEKAZ HIMARUYA, SIN FINES DE LUCRO. SI NO TE GUSTA EL AMEBELA, NO LO LEAS.
When the winter cries
By Takeshi Maki
Prólogo: Welcome to Castle Combe
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Rebusca nuevamente en sus bolsillos, en busca de su celular para revisar la hora; el horario variaba mucho y no era sorpresa que el sueño le invada en horas poco comunes. Él acababa de llegar de Estados Unidos hace menos de tres días y aún no se acostumbraba al cambio cronológico o siquiera al clima frío del estado en el que estaba, o bien en este caso, en el ambiente en el que estaba.
Gruñe cuando en lugar de encontrar el teléfono sólo siente el triste sonido de envolturas de alguna golosina que alguna vez devoró y por pereza no deshechó. Buscó entonces en el bolsillo de su pantalón y al palparlo sintió el artefacto rectangular pegado al case y también el tintinear de las llaves que su padre le otorgó en cuanto llegaron.
Sacó su celular y revisó la hora como fue planeado. Ya eran las nueve y media de la noche; para él eso era temprano, en Nueva york la ciudad seguía con vida hasta el alba, el bullicio no tenía un fin. En cambio aquí la historia cambiaba bastante.
Las calles eran ligeramente alumbradas por faroles que perdían su luz a cada golpe que las luciérnagas chocaban contra su cristal, el único sonido que al viento frío acompañaba era el de las cigarras entonando una sonata por todo el área, y para que llegue toda esa paz se hace evidente que no había ni un alma deambulando por los rincones del sitio.
Oh, bueno, si existía una. Él.
Había vuelto a discutir con su apoderado y cuando ambos llegaron al límite, se fue refunfuñando como un niño chiquito, dándo un fuerte portazo y dedicándole una sarta de insultos al hombre que se presentaba como su padre. No le importó en absoluto el frío de las calles, o que las nubes entornaban el cielo a un tono más oscuro. Al muchacho no le importó nada mientras su cabeza hervía de fastidio.
Recordó la pelea verbal con su tutor y arrugó la cara cuando pensó en los cada grosería tajante o sus rabietas infantiles que expresaban lo pésimo que se sentía alejado de todo.
Los pasos que da en el pavimento son más audibles.
Su padre era diputado y por su trabajo siempre viajaba a Europa, mayormente a Reino Unido, dejando a su hijo sin vigilancia alguna–porque el chico ya tenía diecisiete – en su hogar estable de Nueva york, por eso es que el muchacho iba por USA a libre albedrío, haciendo lo que se le plazca. Y por cuestiones laborales, Arthur, el padre de familia, decidió que la mejor forma de restablecer el orden en la vida de ambos era vivir menos alejados, porque el peso de la edad ya caía sobre el hombre y no tenía tiempo para ir de un lado a otro desde Inglaterra a Estados Unidos sólo para revisar archivos y supervisar al niño.
Así que mientras Arthur trabajaba en la capital y los alrededores del país, Alfred–el ya mencionado «hijo»– se quedaría resguardado y seguro en un pueblo tranquilo en el condado de Wiltshire, Inglaterra. Según lo que le dijo, ahí es donde se había criado en su infancia antes de ser trasladado a la Academia de Londres.
El chico no tuvo reparó en reclamar a viva voz de por qué diablos tenía que arrastrarlo a una vida alejada de la realidad urbana, lejos de la convivencia y el movimiento que a él tanto le gustaba. La discusión de padre e hijo sobre el cambio de ambiente duró inclusive hasta en el mismo pueblo.
Todo sería más sencillo si su madre aún estuviese con ellos, consolidando a la familia como siempre solía hacerlo.
El joven americano sonrió para el aire cuando la recordó, sin prestarle atención al frío que atravesaba su chaqueta con la que apenas se abrigó al salir.
"Fuck, maldito clima"—pensó en cuanto un viento helado rozó sus mejillas, y por consiguiente, frotó sus manos para alcanzar algo de calor. Ahí es donde se maldecía por ser impulsivo sin recato y no arroparse bien con un frío salvaje como era el de United Kindow.
Ahora solo tenia que pensar en donde rayos quedaba su casa, pues en la noche no reconocía nada. Apenas había salido un par de veces a las calles en la mañana y aún así le costaba dar con ella. Y estaba seguro que el inglés no saldría a buscarlo, Oh no, claro que no; Arthur estaba encerrado en su caliente sofa de su abrigadora oficina con chimenea encendida leyendo alguna porquería–como lo llamaba Alfred– de su trabajo, y cuando él se encontraba trabajando, nadie existía.
—Fuck you, Kirkland.—rechina los dientes al escupir esa maldición. Se mete las manos a los bolsillos e intenta recordar en donde quedaba estaba su nuevo domicilio.
Camina un poco más. La noche va tragándose todo y apenas logra divisar la estructura sobria en donde ahora vivía. Sonríe victorioso al notar que está a una cuadra de ella y sólo el ancho pavimento de piedra los separaba.
Apresura su caminar hasta acercarse más a la esquina donde tenía que cruzar la pista. Avanza más rápido hacia allá, sin dejar de sentir esa extraña sensación de frío inusual en su espalda, como si aquello lo siguiera desde la otra calle en la que caminó.
Niega con la cabeza y sigue de frente hasta la esquina, no obstante, justo antes de cruzar vuelve a sentirlo nuevamente en las extremidades, y está vez sus sentidos aseguraban que él no estaba solo en esa pequeña área cuadrada de la esquina, ahí justo antes de atravesar la acera.
Mira a su lado izquierdo y sí, tal y como sospechó, había una figura a su lado.
—¡Holy shit!—exasperó con fuerza al estar totalmente seguro de la silueta que veía en el momento. Cuando se quedó viéndola aún algo tocado por el susto, suspiro entre aliviado y extrañado.
No era una sombra, sino una chica. Tenía el cabello lacio, de tono platinado, largo hasta la cintura y con un listón blanco en la cabeza. Sus facciones parecían dibujadas por un artista debido a la delicada línea de su perfil y de cada rincón de su rostro, que finalmente brillaba por esos ojos gélidos mirando fijamente algún punto sin demostrar interés ni en él ni en lo que le tenía tan hipnotizada.
Soltó una risa bobalicona:—Casi me matas de un infarto, dear.—la chica lo miró dos segundos por el rabillo del ojo y luego siguió observando a la nada. Alfred supo que con su comentario había sido grosero y posiblemente la ofendió al gritar como un perfecto idiota.
—Excuse me, es que en serio no te vi.—intentó abrir un tema de conversación con la silenciosa muchacha, quien no se dignaba ni a mirarlo. Realmente tenía que molestarle lo que le dijo si es que se ponía así de repelente.
El americano reparó en que mientras él se estaba congelando por la introducción de un invierno en Inglaterra, la joven no llevaba más que una bufanda y un conjunto formal de color rojo, que ahora que lo veía bien, ¿Ese no era el uniforme de su nueva escuela?
—Come'on, quita esa cara que iremos al mismo instituto.—comentó con algo de humor—. Ah, cierto que no me presenté, pero soy nuevo aquí, he venido hace tres días y aún no me acostumbro al clima.—se rasca la nuca en gesto de torpeza.—..Si que está helando, maldición, Eso es–
—El frío no es molesto...
Una voz femenina se escuchó salir por primera vez en el ambiente tenue de esa solitaria esquina iluminada únicamente por un farol.
El muchacho de gafas abre sus ojos al oírla hablar por primera vez desde que se vieron.
Quedó congelado al sentir una voz tan apagada pero con un tono levemente agudo, no tanto como el de una niña, pero tampoco parecía de una típica adolescente.
Confundido apenas soltó un «¿Eh?» que con el silencio forjado seguramente llegó a oídos de la reciente emisora.
—Es cálido cuando te acostumbras a él.—miró hacia el oscuro cielo de la noche.—...una vez que superas el dolor de la helada, sientes que aquello te calienta y te consume..
No llegan a chocar miradas pues la joven volvió a sumergirse en la atmósfera fría, ignorante a la presencia del chico o lo extrañado que se encontraba tras ese breve mar de palabras y la profundidad de las mismas.
Volvió a mirarla de arriba a abajo, esta vez reparando en un pequeño detalle que se había saltado.
—Es un arreglo muy bonito el que llevas.—acotó señalando el ramillete de lirios que la albina traía en sus brazos.—¿Es para alguien?—indagó en lo evidente, más que nada por sacar algo de charla a la chica.
Ella fijó sus orbes azules en las flores que traía consigo y asintió.
—Si...
—¿Algún pariente o amigo?
—Si.—afirma otra vez manteniendo su rostro en la misma posición.
Un corto silencio se vuelve a crear entre los dos, pero esta vez, la joven de cabellos blancos gira sobre sus talones y sigue su camino al lado contrario al del rubio.
La ve irse lentamente por un infinito panorama oscuro que tragaba toda luz, sin dirección aparente y sólo sus pasos eran fieles compañeros en esa travesía escalofriante.
Esa era la palabra que definiría todo el encuentro y la escena. Escalofriante.
—Hey, espera.—los pasos se detienen y apenas se esclarece la sombra femenina.—..Eh..Ugh...¿Cual es... tu nombre?
Segundos de larga espera empiezan en acción haciendo que el chico perdiera las esperanzas de que la muchacha le hablase debido a lo repelente que se mostró desde un inicio.
—Natalia.—respondió finalmente.—Solo «Natalia».
Y dicho esto, desapareció en la penumbra de la oscura zona a la que se dirigía.
Alfred no dijo más y también reanudó su marcha al cruce que daba con su casa. Por algún raro motivo esa voz le helaba la sangre.
—Esta es la dirección exacta—le deja tendido un papel sobre la mesa con algunos escritos en el.— Tiene cada referencia que necesites saber.
El hombre hizo caso omiso al gesto que formó el mas joven con cierto fastidio, y bebió un poco del té puro que se preparó en el desayuno. Por su parte, Alfred soltó un gruñido lleno de cansancio, ya que sería la primera vez en mucho tiempo que iría a pie al colegio, pues en New york acostumbraba a irse en su motocicleta.
Arribó en la figura de su padre, quien mantenía los ojos fijos en el diario.
—¿Y que hay de ti?—pregunto el chico mientras disponía de beber su cocoa caliente.
—Tengo reunión en Trowbrige a más tardar cuarenta y cinco minutos.—vuelve a sorber de su té con sumo cuidado.
—¿Y con todo eso no puedes llevarme tu mismo?—exaspero alzando un poco más la voz, a lo cual el británico ya se había acostumbrado.
Cerró los ojos por un segundo y suspiró. Era muy temprano para ir peleando con el chico.
—Dudo mucho que te vayas a morir por ir caminando al instituto.
—Por como lo veo, empiezo a creer eso, Arthur.
—No sé de dónde sacas esos disparates...—se alzó de hombros haciendo ademán de alzar su taza—but..— contra todo pronóstico estiró su brazo para coger las llaves de su auto.—...anyways, si tanto insistes puedo–
—Sabes, iré consultando en Google maps, thank you.—marcó una sonrisa plástica en sus facciones americanas.—Sería penoso que todo la escuela vea que me lleva mi padre
El inglés ya estaba rogándole a su fallecida esposa para que le regalase algo de paciencia. Había detectado cierto–mucho–sarcasmo en el comentario del adolescente, lo suficiente como para tirar una riña de otras dos horas como fue el de la noche anterior; pero hoy el señor Kirkland no estaba para rebajarse al nivel de un muchacho de diecisiete años con más ego que un multimillonario exitoso de Beverly Hills. Hoy no, Kirkland, hoy no.
—Haz lo que quieras, Alfred.—alejó las llaves y volvió al periódico dicho esa única frase.
—Yeah, eso es lo que haré, Dad.—dicho esto se levantó de un salto de su sitio y fue a por su mochila.
Se fue de su casa despidiéndose de forma ruidosa a sabiendas de que Arthur detestaba esas costumbres. Dio un fuerte portazo–como siempre–y ya en la salida de su casa revisó la hora.
Las clases iniciaban a las ocho, y aún eran las siete y cuarenta. Tenía veinte minutos de tiempo para caminar a un ritmo tranquilo por las calles sin los apuros que traía como cuando estaba en América y tenía que ir a toda velocidad con su amada motocicleta.
Según Kirkland, la escuela a la que asistirá era pequeña, donde sólo contaba con tres salones y por eso mezclaban a gente de todas las edades. La educación, hasta donde le comentó su padre, no era tan avanzada como en Estados Unidos, aunque también le dijo que con el tiempo mejoraron; el inglés no sabía mucho de ello porque él dejó Castle Combe a los doce años para ir a estudiar a Londres.
Realmente no entendía a su padre, si él se había ido de su pueblo para ir a estudiar a Londres, ¿Por que leches volvían ahí, si tenía entendido que nada tenía que hacer en ese pueblo tan irrelevante?.
¿Acaso a Arthur se le zafó un tornillo para ir a vivir a ese pueblo fantasma? después de todo su padre amada apasionadamente los temas de mitos y leyendas que tenían que ver con apariciones sobrenaturales y cosas de fantasía. Si, el oscuro secreto de su tutor.
No había que negar, claro está, que el aire de Castle Combe era mucho más fresco y puro que el smock de New york; que se aspiraba un mejor aroma y más dulce que el de América, y sus pulmones se lo estaban agradeciendo. Sin embargo, Alfred no estaba tan de buenas en ese lunes por la mañana–ningun ser humano lo está–, y sólo la música que se reproducían en sus auriculares le hacía sentir a gusto.
Un par de giros más gracias a su aplicación descargada–donde a duras cuestas llegan los datos móviles–, el rubio muchacho de gafas llegó a toparse con un gran establecimiento de arquitectura inglesa, sobria y hasta algún punto, atemorizante.
Tragó saliva.
"¿Es aquí?"—pensó, no obstante, estaba en lo correcto cuando vio que en placas grabadas decía «Castle Combe School» lo que obviaba más su respuesta. Revisó nuevamente el teléfono. Sí, aún estaba a tiempo para ingresar.
No había nadie en el patio conversando, sacando teléfonos o haciendo bromas. Es más, el patio de ingreso estaba tan desierto como el pueblo a esas tempranas horas.
—Se los comieron a todos—se dijo así mismo y rió. El clima inglés, que de por si ya era nublado todo el tiempo, sólo empeoraba más la atmósfera.
Ingresó e inicia el camino hacia la puerta principal, dándole un vistazo a los bien cuidados jardines, a esas flores decoradas con gotas provocadas por la lloviznas, a esos pocos árboles que le daban un aspecto más alegre. Quizá todo se arregla con la llegada de primavera.
Pasea sus ojos azules por el escenario y piensa en lo similar que era todo esto a una típica película de suspenso. Los pasillos no eran largos pero si mantenían un aire oscuro que ni los ventanales de cristal que iban ahí podían darle mejor aspecto, se sentía el olor a la humedad y ya había visto más de una estatua de mármol de alguna entidad santísima. También notó el detalle que en las paredes habían dibujos hechos por todos los estudiantes, algunos dibujos eran lindos, otros inentendibles, algunos eran muy bien elaborados. ¿A dónde rayos se vino a meter?
—Alfred Jones.—una femenina voz le llama detrás. El rubio se voltea y encuentra a una mujer castaña de ojos verdes y vestimenta decente, más que él por supuesto, que apenas iba uniformado con su inseparable chamarra.
—Um, ¿yes?.—se señala algo despistado después de tanto divagar.
—Buen día, soy Elizabetha Hedervary, la tutora de tu clase.—dibujo una sonrisa educada y le tendió la mano. Él la estrecho como era debido, notando en los ojos de la docente cierta gracia que seguro le hacía al escuchar un acento nuevo y diferente.
.. Pero ahora que lo pensaba, si su oído no le fallaba, la voz tenía cierto toque húngaro.
—Nice to meet you, Miss Elizabeth.
— Elizabetha, por favor si no es mucha molestia.—aclaró haciendo notar más su nacionalismo extranjero—. Pero bueno, como decidas.—echa al aire una risita frenada—. Sigueme, tú estarás en el segundo salón.
—Okey—afirmó sin mucho esfuerzo.
El corredor era más pequeño de lo que pensó, ya que la escuela solo disponía dos pisos. Según la señorita Hedervary, la institución de Castle Combe contaba con tres aulas educativas, dos áreas administrativas para los pocos docente, un depósito y un salón de consejo estudiantil. Para Alfred, aquella descripción era como una especie de mala broma en comparación de los largos recorridos que se daban por los colegios americanos, o más mejor dicho, en todo colegio del mundo; esta sería como la versión miniatura de una vida real. Exacto, ese era el término con el que Jones bautizó a su nueva y aburrida vida: Miniatura e Irreal.
"¡«Tonta», esa le queda mejor!"—chilló la voz interior de su cabeza, tanto que creyó oírla de verdad. Miró a la profesora que iba delante de él, se extrañó de que no le hagan alguna clase de examen de ingreso o aunque sea un test de preguntas que en otras escuelas inglesas se les daba a los recién llegados. Estaba seguro que al menos le harían una prueba psicológica para luego botarlo a patadas de ese lugar, y con suerte, también del pueblo.
—Eh... Miss Elizabet–..Ugh, Hedervary.—se corrigió asimismo para evitar declines con la dama castaña.—...¿No debería darme una prueba de ingreso o algo parecido?...
—Ah, sobre eso.—volteó a ver al muchacho, esperando a que estuviera a su costado—. El señor Kirkland ya completó todos los datos indicados en la solicitud de matrícula.
Aclaró la mujer europea leyendo sus pensamientos. Alfred Jones–porque si, ese es su verdadero apellido– ríe.
—Él dijo que su hijo se comportaría como todo un caballero, así que...—se detuvieron frente a una de las puertas de madera.—... Confío en las referencias, señor Jones.
Otra risa se sumó en los labios del nuevo estudiante. Joder, ese viejo inglés si que sabía cómo presionarlo con bofetadas limpias y sin ensuciarse las manos, como si esas palabras parafraseadas por la maestra oculten un doble significado directo para el estadounidense.
Bah, cuando no Kirkland.
Evitó la mueca agria y se acomodó las manos en los bolsillos, de momento los nudillos empezaban a congerlarsele y sentía más frío de lo habitual en otoño. Se preguntó entonces si es que existía la calefacción en esa escuelita o si al menos había algo con que calentarse en los salones, los cuales seguramente no prometían ser más fríos que el pasillo, pero si lo hacía de repente la maestra iba a mirarlo con semejante cara de bicho raro que lo haría tragar las palabras en menos de lo que decía «Jodete, Castle Combe».
Una ventana del sitio había sido mal cerrada y el viento otoñal le dio por completo en el rostro.
—¡Agh, Fuck it!—gruño entre dientes, tratando de no ser escuchado. Al ya estar espabilado del frío golpe de aire, miró hacia la ventana culpable, sorprendiéndose de lo que sus orbes celestes atraparon por pura casualidad.
Ahí estaba, parada como una estatua, con aquellos ojos helados perdidos en el panorama que mostraba el cristal. Llevaba la misma teñida de la noche anterior, el mismo listón decorando su cuero cabelludo, la bufanda beiche enroscando su blanquecino cuello.
Iba a saludarla, por Dios que iba a hacerlo, sólo que antes de ello, la misteriosa chica albina correspondió su mirada llena de curiosidad.
Fue como la vez anterior, a excepción de que ella casi ni lo miró y en la oscuridad de la noche pocos detalles salieron luciéndose. Sin embargo, está vez pudo ver esos ojos azules, pero no era como cualquier azul que vio en sus diecisiete años de vida, sino era un color invernal, como si sus irises fueran dos gotas sacadas de un mar de un océano helado.
— ¿Todo bien, Señor Jones?—la mano de Elizabetha se posó en su hombro, haciéndolo despertar del trance.
Dio un pequeño saltito:—¡E-eh!..Ah, si.—observó a la docente.—. ¿Que sucede?.
—¿Se encuentra bien?—ladeo la cabeza y analizo de arriba a abajo al nuevo alumno.
—Esto...Yo
—¿No estarás nervioso, o si?—indagó con una divertida sonrisa.
—¡Para nada!—negó con la cabeza e imitó la mueca de Hedervary.
—Vale, ahora voy a presentarte a alguien.—la fémina ingresó a un aula que en ella decía escrito «Aula 2», la clase en donde estudiaría el chico americano.
Alfred, al verse verdaderamente solo, miró hacia atrás, donde había quedado pendiente el duelo de miradas con la joven de hebras platinadas. La chica seguía ahí, mirando el ventanal. Él la imita sin ver más allá que el triste jardín decorado con hojas otoñales que iban cayendo tristemente de las ramas de los árboles.
Jones no le veía nada entretenido, pero al parecer eso entusiasmaba los ojos de ella.
—¿Te gusta el otoño, no?..
No recibió respuesta, tan solo una deprimente mirada desde la esquina del ojo femenino. El estadounidense dejó escapar una risa.
—¡Te dije que te vería en el "instituto"!—hizo comillas para referirse a la escuela—..¿En que salón estás?, ¡Yo voy en–!
—Deberías estar en clase...Ya casi es la hora.—cortó, siempre tan helada.
Alfred sonríe travieso:—¿Y tú qué?, No me digas que solo haces turismo con el uniforme.
Otra vez se crea el silencio. Por unos segundos, la joven bien uniformada le lanza una mirada ofuscada y fulminante, casi con fastidio de verlo ahí, sonriendo.
Va a abrir la boca cuando la puerta de su futuro salón se abre, está vez, Elizabetha sale acompañada de un muchacho corpulento, rubio bien peinado, ojos tan celestes como los suyos.
—Alfred.—dijo la castañiza.—Él es nuestro delegado de clase.
— Ludwig Beilschdmidt, un gusto.—asintió con la cabeza. El chico de gafas notó que el acento del encargado no parecía inglés, demasiado pesado. Tenía que ser alemán.
—Hi.— sujetó la mano con menos formalismo que con la maestra.
—Bien.—carraspeo el rubio delegado.—. Te deje algunos apuntes necesarios para que vayas al ritmo de las lecciones.
—Ah, no problem, gracias.—al decir esto, inconscientemente miró hacia atrás, hacia donde debería estar Natalia. Pero, oh vaya, ahí solo brillaba la ausencia de la enigmática.
Aparte de volver a sentir el viento en la cara, se percató de cierta sombra conocida bajando las escaleras, rumbo a otro lugar que no eran los salones.
" Pero que rayos..."
—¿Jones, me estás escuchando?
Volteó otra vez. Ludwig no se molestaba por ocultar su confusión en una ceja alzada con la misma seriedad que poseía un trabajador de docencia.
—...Yeah.—vuelve a observar por el rabillo del ojo—. No es nada, me pareció ver algo.—sonrió lo más amistoso que pudo.
—...¿Algo?—encajó el entrecejo—. Como sea, será mejor presentarte de una vez con la clase.
Una última vez dedicó su atención al escenario que Natalia abandonó. Asintió con simpatía, lo suficiente para desviar la confusión.
Finalmente entraron a la segunda de las tres aulas.
Para los que no saben, Castle Combe si existe, es un pueblo de Inglaterra, ubicado verdaderamente en Wiltshire, a pocos kilómetros de la ciudad de Chippenham. Por ahora no hay mucho rroll, pero en el primer capítulo se desatarán otros hechos muy importantes y empezará a desarrollarse el misterio. Advierto que esté fic va a tener OoC en ciertos momentos,trataré de hacerlo lo más apegado a la trama,vale?. Bueno, esto sin más, ¡me despido!
