Primero, me sentí traicionada. Después, terriblemente triste. Y, por último, me enfurecí conmigo misma. ¿Qué hacía escondida detrás de un árbol? Luchando contra las ganas de salir corriendo, me levanté del suelo, y encaré a Inuyasha. Intenté mantener un semblante serio. Al fin y al cabo, él y yo no somos nada, ¿verdad?
- Kagome… - no fue su mirada, ni el hecho de que no se acercase a mí. Fue el tono de su voz lo que hizo que me estremeciera hasta el punto de querer hacerme un ovillo, y llorar. Era una mezcla de sorpresa, tristeza y firmeza. Era algo muy raro en él.
- Lo sé.
Inuyasha abrió mucho los ojos. Volvió a abrir la boca, la cerró, y la volvió a abrir.
- Mi Inuyasha, siempre tan malo para las palabras. - Sacudí la cabeza, recriminándome mi propio pensamiento. – Él no es mío. Yo tampoco soy suya.
Dio un paso hacia mí dubitativo, y yo respondí alejándome. Estaba harta. No es un secreto para nadie que entre Inuyasha y yo había algo. No era nada real, no era algo expresado en palabras, pero tampoco era una simple relación de amistad. No me podía engañar a mí misma, llevo interesada en él meses. Y él no puede engañarme a mí: yo también le intereso. O interesaba. Era algo frágil y ligero como una brisa, pero es igualmente palpable. O era.
Sabía perfectamente que Inuyasha se había comprometido absolutamente con Kikyo, y sabía que eso significa que paso a estar en segundo lugar. O puede que ni en segundo. Paso a desaparecer.
- No puedo estar contigo.
Vaya, eso fue directo. Intenté no aparentar nada que no fuera neutralidad, y para no desmoronarme, miré sus pies descalzos en vez de sus ojos.
- Lo sé. Espero que vuestros planes salgan bien.
Le dirigí una última mirada y me rompí. Sus ojos, siempre tan cálidos como apasionados, no expresaban más que tristeza. ¿Por qué estás triste, Inuyasha? Amas a esa mujer, la has amado siempre. Vuelves a estar con ella. ¿Por qué parece que tu alma llora?
Empecé a respirar más fuerte, y, fingiendo una sonrisa, me di la vuelta y me marché hacia la aldea.
- No debes llorar, Kagome. Inuyasha huele las lágrimas. - me dije. Y pensar que habíamos discutido a saber por qué. Ojalá hubiera cenado en casa, ojalá me hubiese retrasado. Ojalá no haber visto esto.
Pateé una piedra, y decidió reírse también de mí cuando resbalé. Contemplé la piedra, ahora desde el suelo. Se me escaparon un par de lágrimas, hasta las piedras me hacían sentir desgraciada.
- Debía verlo. He hecho bien en ver esto. Necesitaba darme cuenta por mí misma, hubiera sido infinitamente peor llegar contenta y que Inuyasha me dijera de repente todo esto.
Me dirigí a la cabaña de Kaede secándome las lágrimas, y agarrando fuertemente mi mochila. Las palabras de Inuyasha seguían clavándose como navajas en mi cabeza. Pensé en lo estúpida que había sido. ¿En qué sagrado momento te enamoras de un alguien ya enamorado?
- ¿Enamorada? – eché la vista atrás y miré hacia el árbol sagrado mientras intentaba controlar el temblor de mi labio inferior. Era la primera vez que me enamoraba de alguien. Se suponía que tenía que ser como un cuento inocente y bello. – Kagome, tú eres más lista que esto. Los cuentos de hadas sólo existen en los libros.
La cena fue más silenciosa de lo normal. De alguna manera, mis amigos notaban que no estaba de humor. En mi mente, dos Kagomes luchaban por imponer un plan. Una de ellas suplicaba volver a casa, llorar a mares, refugiarse en la colcha, bañarse hasta convertirse en una esponja y pensar las cosas con calma. Una nueva Kagome ordenaba que me quedase.
Y sí, era 'nueva' en cierto modo. Me sentía distinta. Eran incontables las veces que había vuelto a casa enfurruñada, e incontables las veces que Inuyasha había rogado por mi vuelta. La nueva Kagome le decía a la antigua que eso no iba a pasar más. En cierta forma, la verdadera razón de volver a casa era porque quería ser buscada y anhelada por Inuyasha. Quería que se diera cuenta de que me echaba de menos. Eso hubiera sido una buena idea antes, pero ahora no iba a funcionar más.
Sabía que Inuyasha esperaba una elección de mi parte. O volvía a mi hogar y dejaba la búsqueda, o permanecía con ellos. En cierta forma, yo no era necesaria ya. Kikyo tenía igual, qué digo, más poder que yo, y podría viajar con ellos. Podría retomar mis estudios, mi familia, mi vida. Miré mi plato de sopa, intentando que me dijera qué hacer.
Aquella noche, me revolví en mis sueños hasta la locura. La contradicción seguía ahí, al igual que mi indecisión.
Estoy harta de huir.
No quiero sentirme inútil.
Soy útil.
Soy poderosa.
No necesito a Inuyasha.
Inuyasha y sus planes no deberían condicionar mi vida.
Quiero hacerme más fuerte.
Quiero luchar junto a mis amigos.
Quiero ver a Sango vengarse por su familia.
Quiero ver a Miroku fuera de peligro.
Quiero que Shippo siga abrazándome.
Quiero ver cómo Inuyasha venga a Kikyo.
Naraku es cosa mía también.
Entonces lo decidí. Esta lucha también es mía. No voy a marcharme a ninguna parte.
