Trama: Una maldición cayó sobre los últimos descendientes del linaje de Durin, lanzada por el todopoderoso Saruman el Blanco. Mientras el destino de Thorin Escudo de Roble es incierto, sin saber nadie si está vivo o muerto, los hermanos Fili y Kili vagan sin rumbo por la Tierra Media, huyendo de sus enemigos a la espera de encontrar algo que rompa su sortilegio.

Una oda a Lady Halcón, sin duda una de mis películas favoritas de fantasía :3, aunque en este caso ambientada en la Tierra Media.

Advertencias: Incesto, Slash (hombre x hombre), Violación, Violencia, Lenguaje obsceno.


Prólogo

Grund, sentado de malos modos en una esquina de la taberna y bastante borracho a aquellas alturas, ya iba por la cuarta pinta de la tarde cuando la puerta se abrió con un sonoro chirrido, dejando que un atisbo del atardecer rompiera la penumbra del mugriento local.

Como era habitual, todos los ojos se giraron a mirar con escaso interés al recién llegado, aunque en aquella ocasión permanecieron atentos más rato de lo usual. No todos los días un enano se decidía a recorrer aquellas tierras y a parar tranquilamente en una taberna.

Grund le observó con mal camuflada impertinencia mientras el enano cruzaba a pasos decididos el espacio que le separaba del mostrador. Sus ropas parecían caras pero desgastadas por el uso, al igual que las botas cubiertas de barro hasta las rodillas. Vestía un abrigo de cuero marrón bajo el cual se entreveían prendas azules, del mismo color que la capucha que le cubría el cabello oscuro. De su espalda sobresalía un arco de caza y una aljaba repleta de flechas de plumas doradas.

En su hombro había un halcón, pero nunca nadie había visto uno como aquel.

El animal era magnífico, con las plumas de un inusual color dorado, blanco en el pecho y las patas y oscurecido en la cola y el extremo de las alas. Se aferraba con las afiladas garras al hombro del enano, aunque aparentemente sin dañarlo. Los ojos del halcón eran de un extraño azul refulgente incluso en la penumbra del local. Su dueño lo llevaba sin lazos ni caperuza, como si confiara plenamente en que no volara lejos y le abandonara.

El tabernero se volvió desde su sitio y observó con idéntico desdén al enano y a su halcón antes de inclinarse sobre el mostrador para escuchar lo que tenía que decirle.

Dos pintas para mí, por favor ―pidió el enano, dejando un puñado de monedas sobre la barra―. Y para mi amigo traiga algo de carne cruda ―añadió mirando hacia el halcón, que chilló como asintiendo.

¿Crees que podrás beberte todo esto solo, hombrecito? ―preguntó Eorhn, el pastor pelirrojo, con el rostro tan colorado como siempre que bebía.

El aludido se tensó visiblemente y le miró con irritación. Los enanos estaban muy orgullosos de su estatura, considerando que era el resto del mundo el que era anormalmente alto. "Hombrecito", por tanto, no era un apelativo que les gustara. El enano les dedicó una sonrisa burlona a los hombres de la barra y cogió las dos jarras con la misma mano.

Os aseguro que podría beber el doble que vos, Señor mío, y servirme una jarra en vuestro honor mientras yacierais inconsciente a mis pies ―garantizó.

Los hombres que le rodeaban guardaron silencio por un instante para después estallar en una carcajada colectiva a la que el enano se unió gustosamente.

No quería ofenderos, Maese Enano ―aseguró el pelirrojo con una sonrisa amigable―. Perdonad mi atrevimiento y tened por seguro que tomaré en serio vuestra advertencia.

Os tomo la palabra ―concedió el enano, retirándose a una de las mesas del rincón.

Grund siguió mirándole mientras el recién llegado, indudablemente joven para la medición de su raza, se aposentaba en la mesa escogida y se quitaba el arco y las flechas de la espalda. A continuación se retiró la capucha de la cabeza, dejando una cascada de cabello castaño oscuro, desordenado y libre de trenzas, derramarse sobre sus hombros. Le dedicó al halcón una sonrisa tan genuina como la que alguien regala a un amigo muy querido al que no ha visto en mucho tiempo.

El mercader habló sobre orcos al norte, a este lado del Brandivino ―estaba diciendo Dagar, el panadero, mirándolos uno a uno con sus ojillos de ratón―. Dicen que han saqueado algunas aldeas de Arnor, pero nadie tiene claro qué están buscando exactamente… Os recomiendo hacer acopio de víveres y pan por si las cosas se pusieran feas.

Y eso no es nada conveniente para ti, amigo mío, siendo el único panadero del lugar. ¿No es así? ―se burló Eorhn con sagacidad.

Dagar emitió una protesta airada, pero Grund no les prestaba atención. Seguía observando el joven enano como quien ve un lingote de oro expuesto ante sus ojos, a merced de sus manos. El enano cogía pedacitos de carne cruda y se la ofrecía al halcón, que la picoteaba con gozo de entre sus dedos. De vez en cuando el joven deslizaba los gruesos dedos por la cabeza del ave, que cerraba los ojos con deleite como si se tratara de un perro fiel. No había muchos enanos hábiles en cetrería, pero no era aquel detalle el que había llamado tan poderosamente la atención del hombre.

Aquel enano joven era muy distinto a cualquier otro que hubiera visto jamás. Habitualmente se trataba de criaturas rudas y poco agraciadas, con rostros hoscos y aquellas barbas imposibles que a menudo ocultaban la mayor parte de su cara. Los rasgos de aquel desconocido en cambio eran suaves, con una nariz pequeña para el estándar de su raza y una barba rala que dejaba ver perfectamente los labios rosados que había debajo. Los ojos eran grandes y oscuros, destilando una fiera aura de amenaza a pesar del buen humor que había expresado minutos antes.

Por todos los dioses, cómo deseaba follárselo.

Su modo de vida era altamente problemático en una aldea tan pequeña. Sólo había tres prostitutas en aquella diminuta comunidad, y aunque ya las había visitado más veces de las que podía contar, no podían ofrecerle lo que realmente deseaba. Que aquel muchacho, negligentemente atractivo y aun así con el tamaño manejable de un enano, se hubiera detenido en la aldea era como ofrecer un banquete a alguien que no ha comido en dos semanas.

Pasó más de media hora antes de que el enano, con el halcón aparentemente saciado, se pusiera de nuevo la capucha y cargara el arco a la espalda. Su mascota aleteó con entusiasmo mientras él empujaba la puerta y salían al exterior en penumbra, el día ya moribundo por la noche que se acercaba inexorablemente. Sin pensárselo un instante, Grund se puso en pie sin despedirse de sus compañeros y le siguió.

El enano caminaba tranquilamente por la calle principal, pasando de largo de los puestos de mercaderes que ya recogían sus productos. Se detuvo momentáneamente cuando el halcón que se apoyaba en su hombro captó la atención de un grupito de niños. Sonriendo, permitió que los pequeños tocaran la cabeza y las alas impolutas del ave, que parecía curiosamente halagada por el efecto que estaba causando, desplegando la cola y emitiendo un canto musical. Después el enano siguió su camino, siguiendo un sendero que se adentraba en el cercano bosque de robles.

Grund le siguió no sin cierto desconcierto. ¿Qué hacía aquel mentecato? La oscuridad se acercaba y él se alejaba en línea recta de la aldea. ¿Elegía pasar la noche en el bosque pudiendo tener una cama más o menos mullida en la posada? O era muy estúpido o sólo preocupantemente ingenuo.

Mejor, mucho mejor. Al menos para él.

El crepúsculo cercano pintaba tonos rosas y dorados sobre las montañas, creando diáfanos juegos de luces y sombras multicolores en el suelo nevado del bosque. Grund seguía en silencio los pasos del chico, poniendo un buen espacio entre ellos y la aldea antes de abordarle. No era tan tonto como para pretender que sus vecinos aceptaran aquel tipo de comportamiento, así que no tenían por qué saberlo.

El enano se detuvo súbitamente tras varios minutos de camino, quedándose de pie en el centro de la retorcida senda. Grund lo imitó, cauteloso, preguntándose si el joven habría llegado a su destino.

Entonces el enano habló sin darse la vuelta.

Los enanos no somos las criaturas más silenciosas de la Tierra Media, pero desde luego más sigilosos que algunos hombres ―anunció.

Estaban lo suficientemente lejos de la aldea como para que no se oyeran voces ni ruidos, así que Grund decidió dejar caer su tapadera.

¿Desde cuándo sabes que te estoy siguiendo? ―quiso saber.

El enano giró lentamente sobre sus talones, encarándose a él. El cabello oscuro se le escapaba despreocupadamente de la capucha, y aquellos ojos eran de un color castaño que no parecía de aquel mundo.

Desde que salimos de la taberna ―reconoció.

¿Por qué no has hecho nada al respecto? ―preguntó Grund.

Su interlocutor soltó un sonido de burla, despectivo.

Era más conveniente para ambos ―se limitó a decir.

El enano se desprendió con tranquilidad de su equipaje y dejó que cayera pesadamente sobre la capa de hojarasca mezclada con nieve. Al lado del arco y la aljaba tintinearon dos espadas gemelas de dorados gravados que Grund no había visto hasta entonces: quizá valdría la pena robarle también una vez concluyera con el asunto. El halcón emitió un sonido quebrador y abandonó el brazo del enano, posándose elegantemente en una rama cercana. Los ojos siniestramente azules no cesaron de observar al hombre mientras éste se acercaba al enano y le ponía una mano en una mejilla.

Deja que te vea bien… ―murmuró, quitándole la capucha de la cabeza―. Deja que vea esa cara que muchas mujeres envidiarían…

El enano retrocedió con brusquedad, como si se hubiera quemado con el contacto.

¿Así que esta era tu intención desde el principio? ―sugirió. No parecía asustado.

El halcón lanzó un graznido de alarma y levantó el vuelo, dejando una nube de plumones claros a sus espaldas y perdiéndose entre las copas de los árboles como un destello de oro.

Incluso tu mascota te abandona ―canturreó Grund con sorna―. Los Valar no te favorecen.

No es mi mascota ―siseó el enano entre dientes.

Siguió retrocediendo poco a poco, arrastrando nieve en la parte trasera de sus botas, hasta que su espalda chocó con el tronco cercano de un roble. Miró hacia atrás, demostrando un atisbo de temor por primera vez en todo el rato, pero el hombre ya estaba sobre él, cerrando una mano peligrosamente grande sobre su garganta y cortándole la respiración.

He visto enanos antes ―murmuró Grund, acercándose a olisquear el cabello del muchacho―. Y con esa cara tuya, con tan poca barba, no me extrañaría meter la mano entre tus piernas y encontrar un estrecho y húmedo agujerito. Algo que me desagradaría en demasía… Las mujeres no tienen tanto encanto como un apretado jovencito.

El enano torció el gesto con desagrado ante las obscenas palabras del hombre, aunque su aliento maloliente tampoco ayudaba. El hombre tiró de malos modos de los lazos de su camisa azul con la mano libre, desvelando una porción de pecho dorado y cubierto de un suave vello rizado y oscuro.

Grund tardó un poco en percibir algo extraño en la actitud del muchacho: si bien sus ojos le miraban fijamente, imbuidos de una rabia y un desprecio manifiestos mientras le desnudaba, no se debatía ni hacía ademán alguno por liberarse.

No estás forcejeando ―apuntó―. ¿Acaso te gusta esta situación, enano? ¿Te gusta la idea de mi espada ensartándote?

El joven suspiró con hastío y miró hacia el pedazo de cielo que podía ver entre la sucesión de árboles. El sol era solo una uña roja como la sangre desapareciendo tras las Montañas Nubladas.

Todo había terminado. Solo que aquel hombre aún no lo sabía.

Grund observó con desconcierto cómo los labios del joven se curvaban en una sonrisa maliciosa y una carcajada burlona surgía de lo más profundo de su garganta. Irritado, tiró de su cuello y volvió a empujarle con violencia, haciéndole chocar dolorosamente contra el árbol en el que le había arrinconado.

¿Esto te parece divertido? ―sugirió con sorna―. No es que no me guste que seas complaciente, pero un poco de resistencia tampoco está de más.

Noqueado por el impacto, el enano levantó la cabeza y siguió riéndose por lo bajo. Parecía como si hubiera perdido el juicio.

Lo siento por ti ―dijo una voz masculina a sus espaldas―. Has elegido el peor momento para intentar asaltarle.

Grund giró sobre sí mismo sin soltar al enano, sobresaltado ante la presencia de un tercero en aquel lugar. Lo enfocó con dificultad en la creciente penumbra.

Era otro enano, aparentemente de la misma edad que el primero, aunque diametralmente distinto en su apariencia física. Aquel era rubio, su cabello una mata salvaje de ondulaciones doradas, al igual que el leve bigote y la barba incipiente que rodeaban sus labios. A diferencia del primero, sólo llevaba unas calzas de algodón y una camisa blanca que se estaba abrochando en aquellos momentos.

Sus ojos eran pedazos de un azul increíble, del mismo tono exacto que el cielo en una mañana despejada. Un azul que Grund ya había visto antes, aunque no supo establecer el paralelismo.

Grund era incapaz de explicar de dónde había venido, si se había topado con ellos por casualidad o llevaba rato siguiéndolos. Soltó el cuello de su víctima, metió la mano en su cinto y sacó el puñal que siempre le acompañaba, apuntando con desconcierto y una mano temblorosa al recién llegado. Eran dos enanos, y no demasiado fornidos, pero ya contaban con la superioridad numérica. No iba a correr riesgos.

El enano rubio avanzó hacia él, indiferente al arma que le apuntaba, aunque se detuvo a una distancia prudencial.

Te sacaría los ojos y te arrancaría la lengua, desgraciado, por haberte atrevido a tocar a mihermano ―siseó con los ojos inundados de cólera―. Pero le respeto lo suficiente como para permitirle a él darse tal placer.

La oscuridad se cernió en aquel preciso instante sobre el bosque, como un manto mortífero, cuando el último rastro del sol pasó de rojo a negro en el horizonte. Entonces Grund lo oyó.

Un gruñido voraz y gutural reverberó a sus espaldas, demasiado cerca como para no haber oído a la criatura moverse hacia él. Inconscientemente, giró sobre sí mismo sin siquiera atreverse a imaginar lo que encontraría.

Un lobo huargo negro como el hollín le observaba fijamente a menos de dos metros de distancia. Era una criatura enorme, de alrededor de metro y medio desde las pronunciadas garras a las puntas de las orejas, y con miembros musculosos. De la boca abierta asomaba una hilera de colmillos marfileños, afilados como cuchillas. Los ojos castaños estaban clavados en él, fieros y terroríficamente inteligentes.

La boca de Grund se abrió en un mudo alarido de horror mientras cientos de historias que le habían contado desde pequeño desfilaban sobre su cabeza. De quimeras negras como el corazón de un abismo que recorrían los bosques, vigilando las aldeas en pos de cualquier presa desprevenida. De desapariciones que se saldaban a los pocos días con miembros cercenados y huesos pelados, con charcos de sangre oscura formando círculos en la nieve…

Yo de ti huiría ―murmuró el enano rubio. No parecía tener miedo del monstruo. Aunque, bueno… no llegarás muy lejos.

El huargo guardó silencio un instante, observando al hombre con cautela, y después saltó con sus poderosas patas traseras. El aullido de la bestia desgarró el silencio ignoto del bosque, acompañado del grito de terror del desdichado Grund.

Aquella noche, el hombre regresaría sangrando y tambaleante a la aldea, aullando con los ojos desorbitados confusas historias de bestias que caminaban entre los hombres bajo sutiles y engañosas apariencias.

Por supuesto, nadie le creería.