Chapter 1

Memorias del Kremlin

Disclamer: Beyblade, sus patéticos pero útiles personajes, trama y bla bla bla…no me pertenecen, solo los utilizo para mi absurda diversión.

Advertencia: Gore (No, no estoy jugando. Es en serio, es el género que más me gusta) Mucha drama, tragedia y suspenso. Pero sobre todo Gore, que vendrá a su tiempo Chilla emocionada

Momento Crayola: Jajajajaja P.Lolita entra destruyendo la pared con su Panzerdivition ¡Pues heme aquí, en ! Sí, sí, lo sé. Se preguntarán que hace una loca aquí y de verdad que no se realmente que demonios hago aquí, pero mientras esté dejaré varios fics por mi paso. Este es el Primerito! Aplaude Y se lo dedicaré a 3 personas: Se lo dedico a Annita (Bladz-liska), a Brymita y a mí, para segur jodiendo las tres a esa cuerda de rusos inútiles. ¡Me largo! Saca el paraguas y se va volando por la ventana

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Chapter 1: ¿Cuándo Amanecerá, Yuriy?

(POV P. Lolita)

Río Emimen, Rusia. 22 de junio de 1941. 5:30 a.m.

Las bombas se escuchan y el cielo ha sido violado para teñirse de un rojo fuego. Unos destellos rojizos que se pierden en el oscuro horizonte venían cargados de muerte y desesperanza junto con aquella mortal sinfonía cargada de explosiones. Gigantescos monstruos de metal flotante disparaban incesantemente. Una gran cantidad de hombres, formadas por pequeñas tropas nacional socialistas de Alemania y entre otros aliados penetraban fácilmente uno de los frentes más importantes de Rusia (Qué para ese entonces, era conocida como la Unión Soviética, pero le diremos Rusia para evitar confusiones). La Operación Barbarroja había dado inicio.

Kremlin de Moscú, Rusia. 2 de julio de 1941, 6:00 a.m.

Pronto, por las vías de un telegrama, se dio a conocer el pérfido ataque de los alemanes a Rusia. Ante los continuos acontecimientos que causaban las caídas de aquellas armas sobre los rusos cercanos al Emimen, la actividad en el Kremlin de Moscú se había intensificado en solo cuestión de horas y días. Reunidos en un salón dentro de las instalaciones, un grupo de hombres analizaba la situación, de como los alemanes les habían traicionado provocando semejante atrevimiento. Sabían que hasta aquí había llegado todo.

-¡No podemos seguir sin hacer absolutamente nada, Stalin!- Hablaba un hombre con anteojos airadamente. -¡Ya Hitler ha violado el pacto, y en mi opinión, pienso que es hora de devolverles el favor!-

-¡Es cierto!- Dijo de pronto uno de los hombres cercanos a Stalin. –Apoyo la posición de Beria.-

-¡Igualmente!- Comenzó a generarse un gran parloteo. -¡Demostrémosle a Hitler y a su Alemania lo que podemos hacer!-

-¿Y así creen que podrán vencerles, Malenkov, Beria?- Habló el que parecía más joven de todos los presentes, Stalin vio de reojo al joven de cabellos negros largos y de mirada penetrante. -¿Devolviéndoles lo mismo que nos están haciendo? ¿Acaso crees que somos unos animales como ellos?-

Hubo una pausa, que fue interrumpida por el suspiro de Stalin.

-¿Y que sugiere usted, Zarevich?- preguntó el líder soviético observando con curiosidad al joven a quién le había tomado mucho aprecio, más que a su propio hijo y sabía, por su mirada brillante, que algo tenia en mente. El joven comenzó a mover su silla de ruedas y se acercó al líder. Todos callaron.

-Primero Señor, le sugiero que recupere su compostura.- Se cruzó de brazos mientras Stalin y todos los presentes le miraban incrédulos. –Con deprimirse, solo nos costará unas miles de vidas al frente ruso y, como sabemos, los alemanes se mueven sumamente rápido, tiene pensado hacer la Blitzkreig aquí en Rusia.- Stalin suspiró y se llevó las manos a la cara, sabía que el chico tenia razón.

-¿Y qué me sugieres hacer, Alexéi?-

-No lo sé.- El joven hombre se cruzó de brazos y le dio la espalda a Stalin, todos abrieron mucho los ojos. –Además, usted es el líder ¿No?- Su mirada había cambiado por una dura mirada, la cual hacía resaltar ese par de zafiros que llevaba en su rostro. Stalin se pudo ver reflejado en esos ojos y casi de forma inmediata, perdió todo rastro de temor y había recuperado su confianza.

-Escuchen- Stalin alzó la voz haciendo que todos le miraran. -suspendan la Campaña Ateizante y permitan el retorno de la Iglesia Ortodoxa Rusa, así tendremos a una parte del pueblo y de la Iglesia con nosotros.- El joven de ojos zafiros cerró sus ojos y sonrió complacido. –Beria, comuníqueme con los generales, debemos planear una estrategia parta evitar que esos malditos Nazis lleguen a Moscú.-

Después de aquella airada reunión, Stalin tenía planeado una reunión con los altos mandos del ejército soviético para planear una buena estrategia contra el ejército Hitleriano que se aproximaba hacia Moscú. Una vez que todos abandonaron la Sala de Conferencias ubicado en el Palacio Estatal del Kremlin, quedaron solo Alexéi, quien jugueteaba con sus manos, y Stalin.

-Gracias, Zarevich Alexéi.- El joven hombre le miró con rostro apacible y con una leve sonrisa. –No se que haría sin usted.-

-Muchas cosas haría sin mí, Stalin.- El último Zarevich de Rusia movió su silla de ruedas hasta llegar al lado de Stalin, quien se le quedó mirando.

Hubo un largo silencio en el cual ambos se quedaron contemplando la nieve que caía por la ventana.

-Ha cambiado mucho, Joven Zarevich.- El Joven le miro con curiosidad. –Tal vez, no físicamente, pues todavía conserva esa apariencia y no ha cambiado ni un poco, y sabemos que eso…-

-Será así para siempre, ya lo sé.- Completó Alexéi fastidiado. –Ambos sabemos lo que pienso de esto, Stalin. Así que le pido que no toque de nuevo ese asunto.-

-Mil disculpas, Zarevich.- Pidió el hombre haciendo una señal con la mano. –Pero he de admitir que sí, ha cambiado usted mucho…- El joven hombre que tenía a su lado suspiró y esbozó una leve sonrisa. -…todavía sigue siendo ese niño activo y travieso que solía ser, pero ha madurado mucho y es un excelente estratega militar.-

-El paso de los años y las diferentes situaciones que pasas durante este trayecto al que llamamos vida, son las cosas que te hacen meditar y cambiar.- Murmuró el joven entreabriendo sus ojos.

-El Zar debe estar muy orgulloso de tener a un hijo como usted, Zarevich.- Alegó Stalin rápidamente. –Y estoy seguro de que así es.-

-Gracias, Stalin.- Murmuró el Zarevich por debajo, Stalin vio que sus ojos se habían llenado repentinamente de lágrimas. –Gracias, por haberme encubierto de Lenin y evitar que me asesinaran. Te debo mi vida, gracias por ocultarme.- El último Zarevich se llevó las manos al rostro para que no le viesen llorar.

Después de eso, Stalin acompañó al Zarevich hasta el Gran Palacio del Kremlin, donde se había hospedado desde su retorno de un exilio secreto en Leningrado. Hasta ahora, nadie sospechaba ni sabia que ese joven era el último y único sobreviviente de la Dinastía Romanov. Como era de esperarse, encontró a su mujer en cama, medio adormecida con un par de niños en los brazos.

Se acercó sigilosamente para besarle la mejilla a la mujer, quien poco a poco fue abriendo sus ojos para encontrarse con los ojos de su esposo.

-Zarevich…- El chico frunció el ceño, todavía con seis años de matrimonio, no había logrado quitarle la costumbre a su mujer de decirle así. Ella era una de las pocas que sabía quien era realmente el joven con quien compartía el lecho. -…buenos días, Zarevich Alexéi.-

-Muy buenos días, Katia.- El Zarevich le tomó las manos, estaban muy frías y eso le extrañó, pues su mujer siempre había sido de manos calidas. Alexéi se percató de su mirada cansada y se dio cuenta de que estaba más pálida de lo normal. -¿Katia?- La joven mujer suspiró medio adormecida. -¿Katia, te sientes…?- Pero no terminó la frese, pues la mano de su mujer se resbaló por las suyas y aquel joven rostro cerró los ojos. -¡¿Katia?!-

La esposa del último Zarevich de Rusia estaba gravemente enferma. Pronto llegaron los médicos del Kremlin, los mismos que atendían al Líder Soviético, los cuales le diagnosticaron a la mujer una neumonía mortal y, según por lo que el Zarevich tenía entendido, no le quedaba mucho tiempo, solo unos cuantos días. Alexéi estuvo en los últimos momentos al lado de su mujer, quien no dejaba de agonizar. Todos los líderes de la Revolución Soviética estaban en aquel dormitorio donde yacía la esposa del Zarevich Alexéi Romanov. Un par de criadas sostenían a un par de niños, uno que acababa de dormirse y el otro que lloraba incontrolablemente.

-Kat…- El Zarevich comenzó a sollozar. -¡Katia no puedes…no puedes dejarme solo!-

-Ale…- Los claros y fugaces ojos con que siempre la habían caracterizado estaban opacos y vidriosos. Katia levantó una mano, pasándola por el rostro de su marido, deteniéndola en su mejilla y secándole aquellas amargas lágrimas. –Ale…te amo y siempre será así. Por favor Alexéi, mantenme en tus recuerdos y en la memoria de mis hijos…- La mujer miró con dificultad hacia donde estaban las criadas y se sonrió. De pronto, la mujer soltó un largo y agudo grito, cayendo en los brazos de su esposo.

-Katia…- El Zarevich se miró las manos y las encontró cubiertas de un líquido color carmesí. Palideció y gritó.

Unos meses después…

Sin embargo, después de la muerte de su esposa, la hemofilia volvió a atacar al último Zarevich de Rusia, ya sus heridas no cicatrizaban inmediatamente como hace unos meses. Unos ocho años atrás, se había encontrado con la cura para su enfermedad, pero esta había perdido gran parte de su efecto cuando tuvo a sus hijos, y así perdió todo su efecto cuando su esposa había fallecido. Agonizante por un accidente del que había sido victima mientras estuvo en Stalingrado y muriendo de sangrado, dictó su última voluntad:

-No permitan…no permitan que mis hijos caigan en las manos de ese…de ese desgraciado de Adolf Hitler y no dejen que Rusia pierda…pierda esta guerra…-

Moscú, Rusia. 31 de octubre de 2002, 6:45 p.m.

El joven abrió sus ojos, muy agitado, de par en par mientras al mismo tiempo se incorporaba de la cama con una mano en el pecho. Un par de zafiros se hicieron presentes. Era la quinta noche de pesadillas seguidas y, realmente él no podía seguir soportando más aquellos sueños. ¿Qué le decían?, ¿De dónde habían venido? Por que de algo él estaba muy seguro, esos sueños no eran inventos suyos.

Al respirar profundamente un par de veces más, el joven ruso se recostó en la cama boca arriba, viendo inerte el techo blanco de aquella habitación. Cerró sus ojos de nuevo, recordando aquellos múltiples sonidos que escuchaba cada vez que el sol se ponía: el canto de bombas cayendo, los agudos gritos de las personas, aquella maldita combinación de tétricas sonatas que se unían para crear una sinfonía mortal.

Alguien tocó la puerta e irrumpió en aquel aposento una cansada voz.

-Joven Ivanovich…- El joven en la cama no hizo caso al llamado. -¡Joven Ivanovich!- el chico, sin dejar de ver aquel techo como si tuviera algo de interesante, se limitó a realizar un sonido gutural para indicar que estaba escuchando. -¡Joven, ya salga de ahí!- La anciana de cabellos platinados se acercó para zarandear al chico de nuevo, pero este seguía viendo el techo, era como si estuviese esperando que de pronto algo allí apareciera.

La anciana mujer soltó un bufido ofendido y salió de la alcoba dando un portazo.

Yuriy cerró de nuevo aquellos zafiros para intentar de nuevo escuchar aquel canto…aquella maldita voz. El silencio le acompañó, solamente se escuchaba el sonido de su respiración. Era increíble, se sentía muy liviano y todo se le hacia infinito.

Ahí abrió los ojos de golpe otra vez cuando alguien entró de nuevo a su alcoba sin avisar cerrando la puerta con llave. Yuriy, alzó la vista y miró de reojo a la persona que estaba allí de pie.

-¿Se puede saber que hiciste ahora?- Preguntó con interés al ver que el chico estaba más agitado de lo normal.

-¡Hice lo impensable!- Respondía el otro ruso de cabellos plateados con una mirada que Yuriy no veía desde hacia muchísimos años. -¡Por fin…hoy he vuelto a verle!-

-¿Y…?-

Boris suspiró y se dejó caer, agotado, en la cama de Yuriy.

-Fue lo mejor que he hecho en toda mi vida.-

-¿Qué hiciste, Boris?- Volvió a preguntar Yuriy, no había comprendido la indirecta. El otro se volvió a verle la cara y se partió de la risa. -¿¡Qué!?-

-Tú sabes perfectamente lo que hice, Yuriy. No te hagas el tonto.- Dijo Boris entre risitas guiñándole un ojo al otro que lo miraba atónito. Boris no paró de reírse y Yuriy, quien ya había captado la idea, se sonrojó avergonzado y desvió su mirada.

-Eres un…-

-Si, si, lo sé.- Boris se acercó a la mesita que estaba allí cerca y se sirvió en un vaso un poco del vodka que había dejado allí la noche pasada. –Por poco me pillan pero, vale la pena.- De un solo jalón, se tomó todo el vodka y en cuanto hubo terminado se dirigió a la puerta quitándole el seguro.

-¿A dónde vas?- El pelirrojo volvió a mirar el techo.

-De nuevo a la acción.- Y Boris Kuznetsov salió de nuevo de la habitación.

Yuriy suspiró y decidió levantarse de la cama. Ya eran más de las seis y treinta de la tarde, no había salido desde hace dos días y tampoco había comido muy bien que digamos.

Moscú, Rusia. 1 de noviembre de 2002.

(POV P. Lolita)

Yuriy salió del apartamento, ya llevaba toda la noche afuera y no había regresado.

Y todavía no había amanecido.

Ya había pasado 2 años desde que su equipo se separó, cada quien tomó caminos diferentes pero el destino hizo que Yuriy y Boris se encontraran de nuevo en Rusia. Desde entonces, Yuriy y Boris viven en la misma casa, ya que Yuriy no tenía a donde ir.

Y todavía no había amanecido.

Las calles de Moscú eran muy diferentes a las de Japón y realmente era en estas fechas en que las comenzaba a conocer. Había tenido algo tan cerca pero tan lejos a la vez.

Y todavía no había amanecido.

Entre ellas comenzó a vagar, caían varios copos de nieve, algunos faros parpadeaban con una débil luz y unas cuantas luciérnagas a su alrededor, las calles estaban solas y desiertas, no había ni un alma. Lo único perceptible era el aullido de unos perros o de algún que otro lobo.

Y todavía no había amanecido.

(POV Yuriy)

Salí de mi alcoba por primera vez en tres días seguidos y, honestamente me hubiese quedado allí dentro toda la vida si no fuera por la abuela de Serguei.

Moscú me parece una ciudad como otras, no le veo lo especial. Si, si…no soy un moscovita y es por eso mismo que no puedo hablar, pero nos conviene quedarnos aquí en la cuidad que irnos hacia más allá de Leningrado.

Yo soy de Leningrado, Boris si mal no recuerdo era de Novosibirsk. Eran ciudades, pero mucho más pequeñas que Moscú. Ambos nos criamos en orfanatos de nuestras ciudades natales hasta que llegó Balkov y nos llevó consigo a su abadía en Moscú.

Seré sincero, no recuerdo nada de mi infancia. No recuerdo haber estado en algún orfanato de Leningrado, no recuerdo a Leningrado, no me recuerdo de pequeño, no recuerdo a Balkov buscándome para llevarme a su abadía, no recuerdo ningún juguete, no recuerdo ningún día de sol, ni tampoco recuerdo quienes fueron los que me trajeron al mundo...ni una foto, nada me dejaron. Por lo que me dijeron, a papá lo habían asesinado junto con mamá. Durante el paso de los años me resistí de hacer preguntas y cuando tengo la oportunidad, quisiera preguntar pero no me salen.

Maldita costumbre…

Lo único que recuerdo son memorias y vivencias mías de hace unos cinco o seis años atrás, no es mucho tiempo pues tampoco recuerdo mis primeros años en la abadía de Balkov. Recuerdo las sesiones de entrenamiento, las misas diarias al despertarnos y al finalizar el día, las supuestas "habitaciones" que teníamos (aunque de la mía nunca me quejé), los compañeros con los que estaba.

Ahora que lo menciono…allí conocí a Boris, él fue mi primer recuerdo y vaya la forma en que le conocí.

OOO

Moscú, Rusia. Abadía de Balkov. Año 1995.

Recuerdo que estaba enfermo cuando llegué a allí. No recuerdo como me sentía, pero todos me dijeron que parecía medio muerto. Según Boris, una momia egipcia tenía mejor aspecto que yo.

En fin, se me escapé y me perdí por la abadía. Si, yo solo con una bata que ni me llegaba a las rodillas, descalzo, a menos diez grados bajo cero deambulando como un alma perdida hasta que escuché lo que era una discusión. Me escondí por debajo de uno de los bancos que allí estaba. Pude ver a Boris y a un chico, acorralados por otros cinco. Al parecer, Boris se resistía de darles algo.

-¡Ya danos eso!- le gritó uno empujando al chico que estaba con Boris, quien salió huyendo dejándolo solo ahí. Boris, como es terco de nacimiento, obviamente se resistió.

-¡Ni lo sueñes! ¡Es mío y me costó mucho para que el Abad me lo diera!- Y comenzaron a darle unos golpes. No me traumó esa parte, lo que me traumaba para entonces era que unos chicos que no llegaban a los trece años, eran capaces de levantar a un chico de su misma edad por el cuello y usarlo como piñata. Recuerdo que uno de ellos le dio a Boris un golpe tan fuerte, que hizo que el chico que lo sostenía por le cuello cayera hacia atrás y, obviamente Boris salió volando para dar de lleno con la pared regando por todo el suelo lo que había en una caja, que era lo que Boris llevó consigo. Eran monedas, muchas monedas…pero no eran monedas comunes, eran todas de color dorado brillante.

Los chicos se acercaron para comenzar a recogerlas pero Boris le dio un mordisco en una pierna a uno de ellos, el cual gritó de dolor como no tiene una idea.

-¡Animal!- Gritó el chico intentando quitarse a Boris de encima, quien fue de nuevo separado y llevado a un rincón para golpearlo otra vez.

Tuve miedo, creo que esa fue la primera vez que tuve miedo en toda mi vida. Tenía tanto miedo que no pude moverme para hacer algo. Recuerdo que Boris estaba medio muerto. Esa también fue la primera vez en la que veía la sangre. Vi mucha y me arrepiento de haberla visto. Boris sangró mucho y recuerdo que tuvieron que llevárselo a otra parte para que se recuperara.

Pero lo bueno, según él, fue que pudo recuperar sus monedas antes de irse a la rehabilitación. Según Boris, les distrajo con otra cosa nueva que nunca me dijo de donde la había sacado (aparentemente del deposito que está detrás de la Abadía, donde se guarda de todo, inclusive de objetos de personas que allí perecen), les tendió una trampa al colocar esa cosa en una de las celdas, Boris había conseguido una copia de la llave y la había dejado abierta. Los chicos, quienes no sospecharon nada entraron pero se quedaron encerrados allí unos tres días y después nunca supimos de ellos de nuevo.

Boris, a pesar de que es como es, es muy listo. No le traté sino después de que regresó pues, había olvidado una de sus monedas. Ambos no necesitamos contacto para conocernos, simplemente recuerdo que le extendí mi mano para darle la moneda. El me miró muy fijamente y de hecho, duramos rato así. Lo primero que me dijo fue:

-Quédatela…- me dijo sin importancia. Hace unos días se mataba por las monedas y ahora las estaba regalando.

OOO

Es increíble pero, todavía tengo esa moneda.

(POV P. Lolita)

Yuriy estuvo toda la noche afuera haciendo memoria de sus vivencias y recordando con exactitud aquellos primeros sucesos de su vida, pero sin hallar respuesta alguna a sus inquietudes.

Y todavía no había amanecido.

Las calles de Moscú eran diferentes a todas las demás, no lo pensaba por que era un ruso, simplemente tenia algo diferente.

Y todavía no había amanecido.

Poco a poco fue caminando entre las calles desoladas, hasta que se percató que había llegado a la Plaza Roja. Allí observó con detenimiento La Torre del Salvador, del Kremlin de Moscú, el cual posee un faustuoso reloj el cual le indicaba que ya eran las cuatro y treinta de la Madrugada. Miró a su alrededor, pero se vio totalmente solo. Inclusive, sus huellas por la nieve ya habían desaparecido. Un suave pero gélido toque del viento le acarició.

Y todavía no había amanecido.

De pronto y por instinto, sintió pasos detrás de él, eran rápidos pero a su vez sigilosos, él conocía a la perfección esos pasos. Se volvió, pero no había nadie. Sin embargo, se sintió acorralado y una sensación de temor que desde hacia años no le venía, le cubrió. Yuriy comenzó a correr en contra del viento y dirigiéndose hacia La Torre del Salvador.

Y todavía no había amanecido.

Y pudo, escuchar con claridad un aullido. Un aullido que él conocía, un aullido tan gélido que podía parar a las masas solo al hacerse escuchar, un aullido tan penetrante que te cala los huesos y se entierra en lo profundo del alma. Yuriy corrió más fuerte hasta que llegó a la muralla que lo separa de La Torre del Salvador. Jadeante, intentó recuperar fuerzas pero otro aullido le hizo advertir que su presencia estaba cerca. Luego, se hizo perceptible un gruñido cercano a él y el crujido de la nieve hizo clara su presencia entre la oscuridad. Un par de ojos, azules brillantes se hicieron ver. Era un lobo.

Y todavía no había amanecido.

Yuriy y el lobo, el gato y el ratón, técnicamente es el mismo juego. El lobo le dirigió una extraña mirada a Yuriy, quien se perdió en esos ojos azules donde el mismo podía verse. Era como un reflejo de si mismo. El lobo comenzó a moverse lentamente hacía él. Yuriy, como todo ser humano que es, escapó de allí. Corría y corría, pero a pesar de que corría rápido, podía sentir a ese lobo pisarle los talones.

Y todavía no había amanecido.

Al verse contra la espada y la pared, Yuriy no le quedó más remedio que intentar escalar la muralla que lo separaba de una posible salvación. Se quitó los guantes y con sus palmas desnudas comenzó a escalar aquella muralla. Cada movimiento contaba, sentía la respiración y el movimiento de aquel lobo sobre él. Sus manos, las cuales se confundían con la nieve, comenzaron a tornarse rojas. Yuriy, después de tres intentos, logró superar los obstáculos y así obteniendo una recompensa, una visión que muy pocos logran ver en la vida. Era el Kremlin de Moscú.

Y todavía no había amanecido.

Escuchó un fuerte crujido y sus ojos se encontraron de nuevo frente a frente a los de aquel mamífero nórdico. Yuriy saltó y corrió lo más que pudo, ignorando la vigilancia que había, la cual no estaba muy despierta. Ahora no le importaba nada, lo único que el pedía era salir de allí. Una vez que se hubo agotado, se recostó en uno de los arbustos que allí estaban, pudo ver gracias a un cartel en ruso que se encontraba en la parte Sur del Kremlin, a lo lejos se alzaba la gloria de un hermoso edificio.

Y todavía no había amanecido.

Como si fuera instinto, Yuriy pudo sentir aproximarse a ese lobo. Era extraño que estuviese huyendo de uno, siempre le habían gustado mucho los lobos como para no huirles, pero este, este lobo tenia algo que no le daba buena pinta, y Yuriy no quería ser su cena. El joven ruso se puso de nuevo en marcha hacia el Sureste, hacia donde estaba ese gran y enorme edificio. Cuando estuvo cercano a él, pudo ver que gran parte de las luces estaban apagadas y solo escasas encendidas, dejando todo entre una espesa penumbra. Todo estaba desierto. Pero llegó el Lobo, acorralándolo. Yuriy retrocedió y como si su conciencia se lo hubiese dictado, se subió a uno de los árboles, el cual una de las ramificaciones daba hacia una ventana que por suerte estaba abierta.

Y todavía no había amanecido.

Yuriy, sin pensarlo dos veces y al ver que el lobo tenia intenciones de saltar al árbol, entró por la ventana cayendo en un frío piso y produciendo un sonido agudo que se extendió a lo largo de los pasillos. Todo estaba a oscuras. Yuriy sintió el sonido de hojas moverse. El Lobo había subido al árbol y pensaba entrar en la ventana. Al generarse esta ultima idea, Yuriy salió corriendo, jadeante, por los pasillos que parecían eternos. Yuriy sintió al Lobo acercarse y podía escuchar su respiración y él no pensaba gritar.

Y todavía no había amanecido.

Yuriy llegó hasta una gran puerta, la cual no dudo en abrirla y cerrarla. Se recostó tras ella para descansar por unos breves momentos y entonces pudo ver todas las bellezas que le rodeaban. En el ornamento de aquella sala se encuentran los elementos de varios estilos del barroco y del clasicismo. Para la decoración de los interiores invitaron a los destacados pintores y escultores por lo que Yuriy pudo ver. Según sus esbozos y esquemas se realizaban los muebles de estilo, espléndidas porcelanas, arañas de cristal, relojes inimitables por la maestría y muchos otros objetos de la decoración palaciega confeccionados en famosas fábricas, empresas y talleres de Rusia. Era la Cámara Dorada de La Zarina.

Y todavía no había amanecido.

Yuriy se quedo embelezado por cada cosa que vio, curioseando entre ellas se vez en cuando, hasta que se topó con un cuadro, una fotografía en blanco y negro en la pared principal. En el pudo ver a una mujer y a un hombre, los cuales identificó como al Zar Nicolás Romanov y a La Zarina Alejandra, y el resto eran niñas y un niño, los cuales debían ser sus hijos. Se quedó viendo por unos instantes al niño del cuadro, al menor de los hijos del Zar. Había una expresión en sus ojos de las que Yuriy se sintió familiar. Sin embargo, Yuriy escuchó un crujido y lo pudo ver, de frente, a aquel lobo que lo había seguido, arrojándole una mirada penetrante mientras sus ojos azules brillaban en la oscuridad. Yuriy tragó saliva, el lobo se aproximaba lentamente hacia él. De pronto fue victima del cansancio y se dejó desfallecer. El Lobo paró en seco y le dirigió una mirada, dirigió una mirada al cuadro, clavando los ojos en el último Zarevich de Rusia.

Y ya, ya había amanecido.

Momento Crayola: Jojo! Sí, sí ya se que están pensando…y sí, es una historia rara, de un ruso raro (reconozcamos que ningún de los Blitzkreig Boys es Normal) y de un lobo acosador raro Jajaja! Absurdas mis incoherencias pero ya estoy acostumbrada a escribirlas y esta es una de ella, la idea me surgió hace algunas semanas atrás pero todavía tomaba forma. Les agradecería mucho esta loca niña que le dejaran Reviews, pues con ellos se aprenden y así me dan a entender de qué voy por buen camino. Eso es todo todito por ahora, see you later!…P.Lolita sale volando hacia su Rat-at-Tat Búnker