Los diminutos copos caían suavemente hasta acomodarse en la hierba, formando un ligero manto helado que le daba ese aire de pureza al mundo cada invierno. Me gusta sentir la nieve resbalando por mi capa, acomodándose en mi pelo… Me recuerda a él.

La brisa; su aliento, que al transformarse en ráfaga se vuelve caricias. La nieve; sus ojos, y la fría piedra con su nombre grabado que ahora contemplo, su cabello.

A pesar de agradarme la nieve, irónicamente nunca he sido muy amiga del frío que la acompaña. Me recuerda a esa sensación de vacío en el pecho, ese sentimiento de tristeza que me invade en esta inhóspita estación.

Y tú, desconocido, que te has parado a leer mis penas, dime… ¿alguna vez has estado enamorado de quien no debías? Yo sí. Nosotros nos enamoramos sin tener derecho a ello.

Sabíamos que no podía acabar bien, pero decidimos intentarlo. Y aceptamos las consecuencias.


Me desperté sobresaltada. Perlas de sudor cubrían mi frente, quizá por el calor, quizá por el mal sueño. No quise recordar la pesadilla que me atormentaba y no me dejaba dormir desde hace semanas y me pasé la mano por la frente, recogiendo el sudor. Me puse en pie rápidamente y abrí la puerta corredera que conectaba mi habitación con el patio interior.

Aún no nacía el día, pues apenas asomaban pequeños rayos de luz del sol tras las montañas. Una suave brisa mañanera me hizo estremecer ligeramente. Aunque estábamos a principios de verano, por las mañanas siempre me daba la sensación de que hacía frío.

Cerré la puerta y cogí un kimono. No quería despertar a las criadas tan temprano, e intenté por todos los medios ponérmelo sola, pero atar el obi me resultó poco menos que imposible. Frustrada, lo tiré al suelo con la poca delicadeza que me caracterizaba. Quizá por eso aún no encontraba marido, por mi fuerza y carácter tan poco femeninos.

—¡Sakura-sama! —se oyó una voz al otro lado de la puerta.

—Adelante, Tenten —dije reconociendo aquella voz que me había acompañado desde la infancia.

Tenten, la criada que yo más estimaba, entró. No era una chica fea, tenía el pelo castaño recogido en dos graciosos moños y los ojos del mismo color, con una vivacidad que siempre envidié. Si aún no había encontrado hombre que la desposara, seguramente se debía a su carácter, que era tan femenino como el mío.

—¿Por qué has venido tan pronto, Tenten? —pregunté extrañada por su visita a aquellas horas.

—¿Se ha olvidado, Sakura-sama? Hoy emprendemos el viaje a la casa Yamanaka.

Abrí los ojos desmesuradamente. ¿Cómo podía haberlo olvidado? Ino, del clan Yamanaka, era hija de Yamanaka Inoichi, uno de los Daymio más importantes de todo el Japón. Y no solo eso; ella era mi mayor rival.

Me di la vuelta y permití a Tenten arreglar el desastre que había hecho con el obi. Una vez terminó se fue a buscar a otras criadas que pudieran echarle una mano para peinarme y yo me senté a esperar pacientemente.

Cuando llegaron, procedieron a realizar el complejo peinado que limitaba en gran medida mi movimiento. Una vez hecho, todas se retiraron y yo salí a buscar a buscar a Kakashi-taisho, el más importante de los samuráis del castillo.

A la muerte de mis padres, Kakashi, gran amigo y fiel servidor de mi padre, se convirtió casi en mi tutor. Él me ayudaba a administrar el castillo y me aconsejaba en las decisiones importantes. Sin él no sé qué habría sido de mí.

Le hallé en la parte trasera del castillo, donde aquellos temibles guerreros solían entrenar. Practicaban el tiro con arco mientras montaban sobre un caballo al galope. Detuve mi andar y admiré cómo Kakashi acertaba de pleno en la diana a pesar del movimiento y la distancia, y no pude evitar sentirme orgullosa de mi tutor.

Detuvo a la magnífica bestia y bajó. Me acerqué todo lo rápido que el kimono apretado y el intrincado peinado me permitieron, es decir, a paso de tortuga.

—Buen tiro —comenté.

Kakashi giró y sus ojos ónix buscaron los míos esmeraldas. Era una cabeza y media más alto que yo y tuve que subir la cabeza bastante para poder mirarle a los ojos. Era un hombre delgado, de pelo gris, a pesar de ser relativamente joven, pues contaba con treinta años escasos de edad.

—Gracias, Sakura-sama. Veo que ya estáis lista para el viaje. Bien, no nos demoremos. Vuestra guardia personal ya está preparada. Yo iré dentro de unos días como acordamos. Vos id a buscar a Tenten y que os lleve al carruaje. Nos veremos en unos días.

Asentí y me encaminé a la entrada principal. Allí me esperaba el séquito de criadas que me llevaría conmigo a la visita al clan Yamanaka. Tenten se ocupaba de organizar las provisiones para el viaje y se aseguraba de que todo estuviera en orden.

Subí al carruaje y las siervas subieron los últimos baúles con elegantes y terriblemente incómodos kimonos. Cuando estuvo todo cargado, miré sin saberlo por última vez el castillo y emprendimos la marcha, yo y Tenten cómodamente sentadas, y los demás criados a pie. Los samuráis más importantes iban a caballo y portaban estandartes con el símbolo del clan Haruno, y el resto iba a pie como los criados.

—¿Puedes repetirme por qué tenemos que hacer este viaje? —le pregunté por vigésima vez a Tenten el segundo día de viaje.

—Sakura-sama —empezó a hablar cansada de contestarme. —Es importante mantener relaciones diplomáticas con los Daimyo de los feudos cercanos. Además, Yamanaka-sama —dijo refiriéndose a Inoichi, líder del clan— dijo que tenía un tema importante a tratar con vos. Aunque seguramente de eso se encargue Kakashi-san cuando llegue.

Suspiré agotada. El feudo Yamanaka no estaba muy lejos, pero no podíamos avanzar todo lo rápido que querría debido a la cantidad de gente que iba caminando. ¿Para qué demonios iba a necesitar tantos siervos si se suponía que no íbamos a pasar mucho tiempo fuera?

Pudimos divisar el castillo Yamanaka tras cinco días de un viaje que solo debería haber durado dos. "Demasiada gente", pensé una vez más. En el camino que llevaba al castillo, una pequeña tropa de samuráis esperaba para recibirnos y escoltarnos hasta la mansión.

Dos horas más de camino bajo el intenso sol de mediodía y por fin pude bajar del carruaje y estirar las piernas, que reaccionaron torpes al contacto con el suelo, pues se me habían dormido.

Yamanaka-sama salió a recibirnos personalmente con Ino-san un paso por detrás de él. Le saludé educadamente para después clavar mi mirada en la azul cielo de Ino. Ambas nos saludamos fingiendo una cortesía que no sentíamos.

—Sakura-sama, ¿dónde está Kakashi-san? —preguntó extrañado Inoichi-sama.

—No ha podido acompañarme en el viaje —traté de excusarle—, pero debería presentarse aquí mañana por la mañana. Tenía que atender algunos asuntos, ruego disculpe su ausencia.

Inoichi-sama aceptó mis disculpas e Ino-san me condujo a una lujosa habitación para invitados. Estando ya dentro de la habitación, y una vez nos hallamos a solas, nos saludamos olvidando por un momento que éramos nobles y estábamos sometidas a unas reglas de educación y comportamiento.

—Vaya, no has cambiado nada desde la última vez. Aunque quizás tu frente se haya ensanchado un poco más, frentona —dijo Ino.

—Tampoco es que tú hayas mejorado en lo tuyo, cerda —contesté sonriente.

Ino me devolvió la sonrisa. Siempre había sido así; nos saludábamos como correspondía a alguien de nuestra cuna, y cuando estábamos en la intimidad nos podíamos llamar de todo, nadie se escandalizaría, porque jamás nadie sabría de aquello.

Desde que murieron mis padres, Ino se convirtió en lo más parecido a una hermana, a la vez que mi mayor rival. Podía ser algo superficial e interesada, pero también era más segura de sí misma y valiente de lo que nadie se había atrevido a comprobar. Después de todo, ¿qué gran señor posaría sus ojos sobre una mujer que se negara a obedecer a su marido ciegamente?

Habrá quien piense entre la nobleza que Ino y yo éramos bellas damas, educadas para el único fin de casarnos y dar descendientes a los hombres de los más importantes linajes. Y en cierto modo era así. Para eso habíamos nacido, para que nuestros padres pudieran enlazarnos con alguna familia importante y de esta manera ganar prestigio y dinero. Vivíamos encarceladas en una jaula de oro, desde la que veíamos el mundo sin poder participar en él. Pero creo que Ino nunca lo vio de este modo.

—Será mejor que deje que te acomodes —dijo ella—, ya habrá tiempo para contarte las últimas novedades.

—Espera un momento, Ino —la detuve —¿De qué novedades hablas? ¿Tienen que ver con eso por lo que tu padre nos ha hecho venir? —pregunté confusa.

—Ya lo verás —contestó misteriosa. —Pero te aviso desde ahora, probablemente no sea para ti una noticia agradable.