Nota de autora: hola, queridos lectores. Creo que entenderán que nada del fantástico mundo de Harry Potter es mió, pertenece a nuestra muy querida J.K. Rowling, quien hizo posible que muchos de nosotros pudiéramos escapar de nosotros mismos y ser lo que siempre hemos intentado.

Tengo que contarles que este sitio que me han brindado no es mió, una muy querida amiga me hará el favor de publicar todas las historias que tengo. Yo no puede hacerlo por mi propia cuenta, estoy algo incomunicado ahora, así que ella recibe los escritos en papel. También me ha contado que escriben comentarios sobre los fics (como ustedes los llaman) y el autor tiene, por cortesía, que contestar. Pido disculpas anticipadas porque eso no lo podré hacer, bueno, si es que me llega alguno. El sitio en que me encuentro no tiene este tipo de tecnologías y voy a tardar algunos meses en salir (si es que salgo), por lo que mi amiga leerá de vez en cuando alguno que otro comentario y me lo contara.

Doy gracias a ella, por apoyarme, levantarme el ánimo e ir a visitarme y sacarme de la locura. Y por su puesto, doy gracias a ellos, que han estado conmigo en los tiempos más oscuros e impiden que no me rompa, que no me dañe. Porque sin ello todo se habría ido a la basura de una buena vez. Son mi medicina, pero como toda buena medicina se convierte en droga.

Gracias, y que comience el final.

Sostuve el libro en alto.

-¿En el también hay deporte?

-Esgrima. Luchas. Tortura. Veneno. Amor verdadero. odio. Venganza. Gigantes. Cazadores. Malas personas. Buenas personas. Mujeres Bellisimas. Serpientes. Arañas. Dolores. Muerte. Hombres valientes. Hombres cobardes. Hombres fuertes como osos. Persecuciones. Fugas. Mentiras. Verdades. Pasiones. Milagros.

-Suena bien- repliqué.

William Goldman, La princesa prometida.

I. Nunca Jamás.

Ian camina apresuradamente por los fríos pasillos del castillo hacia el Gran Comedor. El rumor que circula entre los alumnos lo había tomado por sorpresa. Nunca imagino que fueran tan irremediablemente estupidos como para cometer tal barbaridad, era como ponerle fecha al día de su ejecución. Y lo que mas le hacia hervir la sangre era que el idiota de Potter ni siquiera podía mantenerla a salvo, para ser sinceros ni el mismo sabia cuidarse solo. ¡Por Merlín! Entrar al Ministerio de Magia y sabotearlo, era un golpe demasiado duro para que ellos lo hubieran realizado solos. Era obvio que habían recibido ayuda y desgraciadamente él sabia quién se las había proporcionado, así que los rumores no estaban tan lejos de la verdad como él pensaba.

Al cruzar las puertas del Gran Comedor su mirada viajo automáticamente hacia la mesa escarlata y dorado, y una punzada de dolor a atravesó su cuerpo al no encontrarse con aquellos ojos verdes. Más sin embargo algo más atrajo su atención: Ginny Weasley lo mira atentamente, como aquel primer día en el expreso, tratando de atravesarlo con su mirada y ver dentro de su interior, intentando descubrir si lo que se dice es cierto. Ian desvía la mirada. No tiene ganas de comunicarle con palabras silenciosas que es verdad lo de "La Gran Hazaña", como algunos le han nombrado. Que tontería.

Se sienta en la mesa de Slytherin y observa la comida, no le apetece en lo más mínimo probar bocado. Y mientras se cuestiona el paradero de ellos, los hermanos Carrow entran y se dirigen a la mesa de los profesores con altivez, sintiéndose los malditos dueños del mundo. Cómo si alguna vez pudieran llegar a serlo, piensa. Tan solo de verles le da asco y se le retuerce el estomago por la furia; quiere matarles, arrancarles el corazón y dárselos de comer al Calamar Gigante. Porque es su culpa (y también de Snape, que casi nunca se aparece, mejor, así nadie ve su repugnante cara de murciélago) que ella no haya podido ir a Hogwarts. Que no este junto a él, como lo habían prometido.

Pero se contiene, porque enfrentarse a los Carrow no le conviene, seria ofender directamente al Señor Tenebroso. Y eso, ahora, no es lo adecuado. Por ahora no.

Inclina la cabeza hacia el cielo nocturno del techo encantado: es precioso, esta despejado y las estrellas parpadean incesantes. Las estrellas…

las que guían el camino de los niños perdidos hacia Nunca Jamás.

A veces él también quisiera que existiera ese lugar, tal vez ahí nunca se hubieran separado, seguirán siendo niños, sin preocupaciones, responsabilidades, papeles que actuar; y tal vez, solo tal vez, la guerra nunca jamás los hubiera alcanzado, nunca les hubiera arrebatado la inocencia…ni siquiera la libertad.

La niña pelirroja lo miraba, con dos esmeraldas como ojos, entre confusa y divertida: no debía de tener mas de siete años, de piel blanca, con el cabello ondulado suelto hasta los hombros, el vestido celeste un poco viejo y deslavado le llegaba por debajo de las rodillas, y estaba seguro de que si él se levantaba del suelo, ella seria, con unos cuantos centímetros, un poco mas baja que él.

En su rostro apareció una sonrisa llena de inocencia, sin maldad que ocultar.

¿Te encuentras bien? - pregunto sin dejar de sonreír.

Y a ella qué le importaba, al fin de cuentas por su culpa estaba en el suelo. Se levanto como pudo y sacudió unas cuantas ramitas de su ropa, antes de encararla con la mirada.

- Debes de estar perdido – dijo sin darle tiempo a responder. Si, cómo no. La que debía de estar perdida era ella, se notaba a leguas que era hija de muggles. Él con toda su magia era capaz de encontrar perfectamente el camino a casa del tío Darta -. Yo te podría ayudar, pero tengo un poco de prisa, ¿sabes? Si no salgo del bosque antes de que salgan las estrellas no sabré cuál de todas es y no podré llegar al país de Nunca Jamás –los ojos le brillaron.

- ¿El país de Nunca Jamás? – dijo mas para sí mismo. No había escuchado hablar de él, bueno, tampoco es como si hubiera escuchado hablar de muchos.

¡Si! ¿No lo has escuchado? Ahí vive Peter Pan y los niños perdidos, y Garffiul, y Campanita. Y nunca tienes que preocuparte por crecer, siempre serás un niño; y podrás volar si Campanita te baña con un poco de polvo de hadas, siempre y cuando tengas pensamientos alegres. Y puedes escapar de tus problemas, olvidar a todos… hasta a tus padres- lo miro intensamente, nadie lo había echo antes, y pudo jurar que eran los ojos mas expresivos y hermosos de todo el mundo.

Yo no quiero olvidar a mis padres. Además, cómo vas a llegar si no tienes escoba- pregunto. La niña abrió la boca para contestar pero de ella no salio ni una sola palabra.- ¿Ves? Ni si quiera puedes volar en una escoba porque eres una muggle. No me sorprendería que seas tu la que estas perdida- le dijo con un poco de maldad en la voz.

La niña se mostró ofendida: tal vez no comprendió lo que quería decir con eso de la escoba y esa palabra rara que nunca había escuchado, pero ella sabia perfectamente en dónde estaba y hacia que lado tenia que regresar por si quería volver con la Señorita Milo, lo cual era muy poco probable. Se irguió en toda su escasa altitud y lo fulmino con la mirada.

¡Por supuesto que se donde estoy!- le contesto enojada-. La Señorita Milo esta hacia allá- señalo con el dedo índice muy sabiamente el norte-, por lo tanto la salida del bosque queda hacia allá- movió su brazo hacia el sur y después de un instante lo bajo-. Campanita vendrá por mi, me rociara con polvos de hada, yo pensares en cosas alegres, volare y seguiré la segunda estrella a la derecha, sin necesidad de escoba o… ¡mugdels! O como sea que hayas dicho. Así que si no te importa me voy, el sol se ocultara pronto y no quiero perder mi oportunidad- camino hacia donde se encontraba él y lo empujo para quitarlo de su camino. Ahora solo podía ver su espalda.

Esa niña si que se estaba pasando, aunque, desgraciadamente para ella, le estaba comenzando a caer bien.

¿Y cómo sabes que existe?- pregunto, si tenia suerte la podría hacer enojar un poco mas.

¿Y tu como sabes que no existe?-dijo sin voltear. Sorteo unos cuantos troncos esparcidos por el suelo-. No porque no lo hayas visto significa que no exista- se detuvo y giro la cabeza para verlo unos cuantos segundos-. Las verdaderas estrellas son las que guían el camino de los niños perdidos hacia Nunca Jamás. No lo olvides- le sonrió y continuo su camino.

Se quedo plantado ahí y en su rostro se dibujo una sonrisa.

La vio perderse entre los árboles, como el sol en el horizonte. Tenía razón, pero ella no estaba pérdida, no podría encontrarlo.