Disclaimer: Inazuma Eleven pertenece exclusivamente a Level-5 y esta historia está creada sin ningún fin de lucro.
N/A: Esta es una nueva historia que un día, en mi frenesí por llegar a tiempo a un examen, surgió en mi mente y comenzó a desarrollarse cada vez más y más, convirtiéndose en un nuevo proyecto. Sé que debería terminar primero "Tutores", pero realmente se me ha secado la inspiración con esa historia (eso que tengo el próximo capítulo casi terminado, pero no consigo hilar como quiero los hechos). Así que bueno... he publicado este prólogo haber qué les parece y si tengo futuro con él. Evidentemente no se explican muchas cosas, sino perdería la gracia que fuera tan rápido y directo. Todo a su debido tiempo~ Pero espero sus comentarios aunque sean malos (malo=crítica constructiva). Muchas gracias por leer.
"Ángeles y Demonios"
Prólogo: Nada es lo que parece
{10 años atrás}
Había tenido un mal presentimiento desde que había llegado con Tsunami y Someoka a la mansión. Un escalofrío les había recorrido la espina dorsal a los tres y no dudaron en correr escaleras arriba, abriendo estrepitosamente cada puerta en busca del par de hermanos que sentían que estaban en peligro –o por lo menos ellos sentían que estaban en peligro, pues su percepción iba dirigida hacia otra persona–; pero él aún percibía una amenaza latente en el aire, pues el característico y espantoso olor a azufre inundaba cada rincón de aquella enorme mansión. No podían estar equivocados. Nunca lo estaban. Por lo menos no cuando esos malditos demonios estaban involucrados ni cuando sus pequeños estaban en peligro.
Como había previsto, al llegar a la habitación principal, apenas patearon la puerta el hedor les entró por las aletillas de la nariz tan intensamente que tuvieron que cubrirse la nariz y boca con una mano para poder soportar aquella inmunda esencia. Mas la peste del lugar pronto fue reemplazada por la estupefacción, al ver cómo Kidou y Haruna estaban en el suelo, él sobre ella como intentando protegerla con su cuerpo a merced de un demonio de ojos negros e iris verde. Aunque intentaba evitar demostrar su miedo y debilidad, la pobre sollozaba y temblaba sin dejar de ver la espalda de su hermano, quien intentaba mantenerse de pie pese a la gravedad de sus heridas.
¿Habrían llegado a tiempo?
Los tres, sin pensarlo siquiera –¿Pensar qué? No tenían ni tiempo ni razones para hacerlo– se lanzaron a atacar al de ojos verde, quien se relamió los labios al verlos llegar. Por sobre todas las cosas, parecía divertido, extasiado con los nuevos oponentes. Sabía que estaba muy por arriba de las capacidades de ellos tres, por lo que la idea de jugar con esos ilusos era demasiado tentadora como para ignorarla. No obstante, cuando un extraño calor pasó peligrosamente cerca de él, fijó la vista en el de piel morena y su expresión cambió de una divertida a una molesta. Eso definitivamente no se lo esperaba, se suponía que aquella clase de dones eran extremadamente raros y, ante la falta de paladines en ese momento, debía ser prácticamente imposible encontrarse con uno de ese tipo. Al parecer, con él los imposibles no existían. Y perdiéndole así interés al asunto, decidió dar una advertencia y retirarse del lugar, con una sonrisa socarrona en sus labios.
— Los descuidos se pagan caro, paladines, muy caro —fueron sus últimas palabras antes de desaparecer.
— ¡Esto no se quedará así, Fudou! —le gritó Someoka iracundo, pensando seriamente en ir tras de él para acabarlo de una vez por todas.
— Ry-Ryuugo-k…kun —el susurro de Haruna llamó su atención y vio como la chica se encontraba ya entre los brazos de Tsunami, viéndole con una súplica silente tatuada en sus ojos. Captó el mensaje inmediatamente. No era momento de perseguir a Fudou, sino de ayudar a Kidou, quien al igual que su hermana se veía muy débil y parecía que en cualquier momento se rendiría ante los brazos de Morfeo, quizás para siempre.
En un pestañeo ya estaba junto a su protegido, quien miraba al vacío con aquellos profundos ojos rubí que ahora parecían tan carentes de vida y de brillo. Lo llamaba en voz baja, pidiéndole que resistiera— Sain llegará, ya lo verás. Resiste, Kidou, ¡tú eres más fuerte que esto! —le imploraba, viendo al cielo con ojos desesperados. Sintió que el de rastas se movía y vio con profundo dolor como la mano del chico buscaba la de su hermana quien, como leyéndole el pensamiento, imitó el movimiento y ambos se tomaron de la mano, entrelazando sus dedos, esperando juntos el final.
— ¡NO! ¡Amigos, aguanten! ¡Sain vendrá! —rogaba él, viendo como sus dos amigos de cabellos rosados apenas podían aguantar las lágrimas. Los estaban viendo morir en sus brazos, a ambos, y aunque habían detenido a Fudou, no parecía ser suficiente. La vida se les escapaba entre los dedos como agua y los hermanos, pese a todo, no parecían temerle a la muerte. Se le estaban presentando con noble resignación, aunque sin lograr sonreír. Ni siquiera Haruna, cuya sonrisa siempre les iluminaba en los momentos más oscuros.
— ¡SAIN! ¡SAAAAIIIINNN! —exclamaba a los cuatro vientos, esperando ser escuchado— ¡SAA-!
Sin embargo, repentinamente sintió que el alma se le escapó del cuerpo al tiempo que dejaba de respirar. Se llevó una mano al pecho y apretó con fuerza justo donde estaba su corazón, respirando con dificultad y sudando copiosamente. Miró sin comprender a Tsunami y a Someoka, sin saber qué significaba aquello. Era primera vez que sentía algo así, como si todas las alarmas de su cuerpo se hubiesen disparado ante la primera señal que alguien le estaba desgarrando desde el interior. Suplicó con sus ojos una respuesta y sus compañeros, al verse a sí mismos en su compañero, sintieron su sangre helarse una vez más. Sabían qué significaba y temían que él no llegara a tiempo.
Su protegido estaba en inminente peligro.
— ¡ENDOU, CORRE!
No alcanzó a escuchar su nombre cuando se encontró a sí mismo corriendo a toda velocidad, con el corazón en la mano y con una sola imagen, una sola persona, un solo nombre repitiéndose en su mente. No prestaba atención a su alrededor. Desde que salió de la mansión Kidou, todo a su alrededor había desaparecido de manera súbita y los intentos de quejas de las personas a quienes empujaba para abrirse camino se perdían en el zumbido que producía el viento a su alrededor. Sentía como su cuerpo cortaba el aire, como sus piernas ardían por lo exigente que estaba siendo con ellas y como sus puños se acalambraban al tiempo que sus nudillos se volvían blancos producto de la fuerza con la que estaba enterrando sus uñas en su palma; fue pura suerte –asociada a sus uñas cortas y poco cuidadas– el que no se sacara sangre con semejante acción. Pero todo esto le importaba un pepino al castaño. Si no llegaba a tiempo, si no lo protegía… él no podría perdonárselo nunca. No podría vivir con la culpa. No podría vivir sabiendo que por su culpa, él había muerto.
A una velocidad sobrehumana, casi inhumana (1), divisó su destino a la lejanía, aumentando la velocidad aún más. Sus músculos, resentidos, palpitaban a causa del esfuerzo y apenas la adrenalina dejara de recorrerle las venas, el dolor aparecería con la crueldad que siempre lo caracterizaba. Ni siquiera él, considerando quién era –o mejor dicho, considerando qué era– podía soportar tal esfuerzo. Obviamente, agradecía la infinidad de entrenamientos a los que se sometía siempre, pues una persona sin su condición física no hubiera logrado tal hazaña: cruzar la ciudad en menos de cinco minutos.
Tienes que estar bien, tienes que estar bien, ¡sólo un poco más! Se repetía mentalmente mientras veía la gran mansión cada vez más cerca. Apenas estuvo al alcance suficiente, saltó con cuanto impulso logró tomar y pateó la puerta para abrirse paso sin detenerse. Su pequeño plan dio resultado y las dos grandes puertas se abrieron de par en par, pero su aterrizaje no fue tan grácil ni habilidoso como esperaba. Al apoyar su pie, la fuerza le falló de momento y todo su peso cayó sobre el pobre tobillo. Sintió como se torcía y como el dolor ascendía rápidamente, pero se mordió una mano –ahora sí sacándose sangre– y se levantó y siguió su carrera ignorando el dolor.
No tuvo que buscar en las distintas habitaciones, puesto que el aroma era aún más potente que en la mansión Kidou.
Como si más de uno estuviera aquí, pensó con desesperación y enojo mezclados. Siguió el hedor y cuando abrió las puertas del comedor, la escena frente a sus ojos lo paralizó con tal fuerza que, por un segundo, olvidó dónde estaba, quiénes eran los que estaban frente a él y quién era él mismo.
— E-En…dou…
Fue como una horrible y espantosa cámara lenta. Una delicada y blanca pluma de una paloma blanca cayó frente a sus pies, contempló las lágrimas del señor Kira que sostenía la mano de su hijo y la mirada de culpa que le dedicaba aquel cuyos ojos pasaban de ser dorados a un destellante rojo sangre, las cuales le atravesaron como una espada en el pecho. Leyó sus labios, que pronunciaban de manera exageradamente lenta una disculpa antes de desaparecer tal y como Fudou, en su momento, había hecho.
— ¡HIROTO! —el grito había nacido desde sus entrañas tan potentemente que sintió su garganta desgarrarse dolorosamente. Acudió a su lado y, arrodillándose, lo tomó entre sus brazos y comenzó a limpiar los rastros de sangre que manchaban su bello rostro— Hiroto… háblame, Hiroto —le imploraba, negándose a creer lo que sus ojos le enseñaban.
Pero él, a diferencia de Haruna y Kidou que parecían esperar con resignación la muerte, le dedicó una débil sonrisa que gritaban sin voz una serie de palabras para el castaño. Un infinito gracias, un lastimero perdón, risas pasadas y lágrimas derramadas. Toda una vida expresada en una simple y efímera sonrisa que era dedicada a él y sólo a él. Pero había más.
— Pa…pá… En… dou —su voz era un murmullo apenas y aunque su rostro se contraía por el dolor y el esfuerzo que le significaba hablar, la invisible sonrisa aún no abandonaba sus labios— Os…Osa-mu no… no…
La mera mención de aquel nombre enfureció al castaño. Imperceptiblemente apretó con más fuerza el cuerpo del pelirrojo y sus ojos, siempre alegres, puros y sinceros, desbordaban un odio puro hacia aquella persona, el causante de todas sus desgracias, penas y dolores. No quería escuchar aquel sucio nombre saliendo de los labios de Hiroto, pero éste se empeñaba en decir algo sobre él. No obstante, sus intentos pronto cesaron y fue en ese momento que Endou comprendió en su interior que él ya les había abandonado. Se negó a creerlo y, al verlo quieto y con los ojos cerrados, ocultando aquellos preciosos ojos verde oscuro que podían confundirse con azul marino, comenzó a sacudirlo con cuidado, llamándolo con una voz nerviosa, pidiéndole despertar. Al ver cómo su querido protegido no daba señales de despertar, una pequeña risa nerviosa se le escapó al tiempo que las cristalinas lágrimas que le nublaban la vista caían sobre la piel manchada con sangre de aquel cuerpo sin vida que sostenía entre sus brazos.
Se negaba a creerlo. Era demasiado para él.
— Hi-Hiroto… no… no juegues conmigo, Hiroto. Sa-Sabes, sabes qu-que odio que lo hagas… —la desesperación aumentaba y el tono de incredulidad nerviosa iba rápidamente siendo reemplazado por uno agudo de dolor— ¿Hiroto…? ¡Hiroto! ¡HIROTOOO!
Con el pesar de su alma debía reconocerlo: su ángel ya se había ido.
(1) Aunque consideré en un primer instante innecesaria esta aclaración, por las dudas igual la pongo. Los términos "sobrehumano" e "inhumano" apuntan a diferentes significados tal y como yo los entiendo; el primero apunta hacia algo por sobre un humano promedio y el segundo apunta hacia algo derechamente externo a la raza humana. Ejemplo con la velocidad: sobrehumano- atleta de alto rendimiento; inhumano- un cheetah.
Si has llegado hasta aquí, muchas gracias por leer.
