La ciudad se encontraba bajo sus pies. Las luces de los rascacielos titilaban y ella se preguntó por las personas que habitarían esos apartamentos. ¿Qué vida tendrían? ¿Cuáles serían sus historias? Quizás en el apartamento 102 del edificio que se encontraba a la derecha había un hombre encorvado sobre una mesa repleta de facturas mientras su hijo o hija dormía ajeno al mundo de los adultos. En el apartamento 45, dos jóvenes reían despreocupadamente mientras se desnudaban.
Nueva York vibraba. Era como un corazón que palpitaba y por cuyas cavidades había miles de personas, miles de historias y de ilusiones.
Giró el rostro hacia el suelo cuando escuchó el grito aterrorizado de la joven. Se encontraba en uno de los innumerables callejones de Hell's Kitchen y su rostro era una máscara de terror. Huía de dos hombres que la miraban de arriba abajo. Uno de ellos sostenía un cuchillo cuyo filo brillaba a la tenue luz de las farolas, cada vez más lejanas. La joven volvió a pedir ayuda, cuando uno de los rufianes la agarró del pelo, poniendo el cuchillo contra la piel nívea de su cuello.
Ella bajó con una velocidad sorprendente y un silencio aún más desconcertante. Ninguno de los dos hombres se percató de su presencia. Ambos estaban muy ocupados intentando divertirse con la aterrorizada adolescente, que sollozaba en silencio y, pensó ella, seguramente deseaba que todo aquello terminase cuanto antes. Y estaba dispuesta a concedérselo.
El primer hombre cayó al suelo soltando un grito de dolor. La barra de metal había impactado contra su nuca con un sonido sordo. El otro hombre soltó a la chica, que no podía dejar de llorar y se encaró a la figura encapuchada que tenía delante. Ella vestía ropas negras que le permitiesen libertad de movimiento y una sudadera que cubriese su cabeza y parte de su rostro.
—¡Lárgate!—Gritó a la adolescente, que no tardó ni dos segundos en obedecer, corriendo hasta la salida del callejón para incorporarse a una de las calles principales y, con suerte, más transitadas, donde alguien la ayudaría.
—Eres una pequeña zorra—Masculló el hombre sin dejar de agarrar la empuñadura del cuchillo con fuerza. Ella soltó una risilla. Era lo primero que le decían siempre.
Su compañero yacía en el suelo inconsciente y ella pudo ver que comenzaba a formarse un pequeño charco de sangre. El hombre gritó y se lanzó hacia ella, intentando clavarle el cuchillo. La encapuchada lo esquivó con agilidad, golpeando su cara con el puño. Él escupió sangre en el suelo y volvió a lanzarse contra ella, que sintió como un puño golpeaba su estómago y se dobló sobre sí misma, cogiendo aire. El delincuente volvió a alzar el brazo, dispuesto a terminar con todo, cuando algo le detuvo.
Una figura vestida completamente de negro apareció y agarró el brazo que sostenía el cuchillo, retorciéndolo. El hombre soltó un chillido y el arma cayó al suelo con un tintineo. Ella aprovechó para golpearle en la nuez de Adán, dejándolo sin respiración. La figura lo dejó caer al suelo y ella lo miró más detenidamente. Era un hombre alto y en buena forma física, con una máscara cubriéndole hasta la nariz. Ella lo conocía.
Era aquél al que los periódicos habían apodado como Hell's Kitchen Devil.
—No necesitaba ayuda—Respondió ella de forma altiva.
—No es como yo lo veo—Dijo él con un tono irónico y una media sonrisa en su rostro—De nada.
—Gracias—Murmuró ella después de unos instantes de duda y él hizo un gesto con la cabeza.
—La chica está a salvo. La están ayudando.
—Me alegro.
Era verdad y él lo notó en su tono de voz. Al fin y al cabo, era ella la que había hecho frente a dos hombres más altos y corpulentos casi sin despeinarse. Movió la cabeza hacia un lado y escuchó como ella se giraba sobre sus talones y comenzaba a caminar hacia el otro lado del callejón, dispuesta a desaparecer.
—Deberías tener cuidado. Hell's Kitchen no es un lugar seguro.
Ella no pudo evitar que una sonrisa irónica apareciese en su rostro mientras seguía caminando, dejando atrás al Diablo de Hell's Kitchen. Por supuesto que sabía que no era un lugar seguro. Ella y su hermano se habían criado allí, y, aunque había pasado los últimos años de su vida en Inglaterra, por fin había vuelto. A Nueva York, la ciudad que la vio nacer.
—No te preocupes por mí, Daredevil. Sé lo que me hago.
La joven encapuchada desapareció en la oscuridad y él esperó hasta que sus pasos se alejaron. Una media sonrisa se instaló en su rostro.
—¿Qué tal comida china? ¿Matt?, ¿Karen?
—Lo siento, Foggy—Respondió la joven con una sonrisa compungida mientras sacaba una bolsa de papel marrón del cajón del escritorio—La última vez que comimos eso estuve enferma dos semanas.
—Pero te traje sopa caliente. No me lo negarás—Se giró hacia su compañero de firma, que estaba apoyado en el marco de la puerta de su despacho—¿Tú también eres de estómago débil, compañero?
—Karen trajo otro sándwich para mí. Lo siento, Fogg.
—¡Oh, venga! ¿En serio? ¡Esto es una conspiración contra mí!—El abogado dejó caer las manos y soltó un suspiro de falsa indignación—¡Está bien! ¡Me comeré la dichosa comida china yo solo!
—No te enfades, Foggy. También he traído otro para ti. Además, es tu favorito—Karen sostuvo otra bolsa entre sus manos y él se quedó mirándola fijamente hasta que se giró hacia su compañero.
—Esta mujer conoce nuestros puntos débiles. Tenlo en cuenta.
Le arrebató la bolsa de las manos a Karen mientras ésta y Matt se reían en silencio. Acercaron las sillas a la única mesa que había en la cocina y desenvolvieron sus almuerzos. Pronto la oficina de Nelson & Murdock se llenó con el ruido de las risas y las conversaciones, acompañado por el de los papeles y los vasos de plástico.
—¿Qué tal está tu hermana, Foggy?—Preguntó Karen limpiándose las yemas de los dedos con una servilleta de papel. El abogado suspiró e hizo una bola con la suya, tirándola en el vaso vacío de Matt y encestando.
—No lo sé. Hace varios días que no me llama, y eso en ella es raro.
—Quizás se haya cansado de ti. Yo lo haría—Respondió Matt con un tono burlón y una sonrisa en su rostro. Karen le golpeó en el brazo y él levantó las manos—Está bien, está bien. Lo siento.
—A ti te lo perdono. Pero no sé, estoy preocupado por Charlotte. Y no sé si quiero decirle algo a nuestra madre y provocar que se preocupe sin motivo.
—Espera unos días. Posiblemente está muy ocupada. ¿A qué dijiste que se dedicaba?
—No lo dije—Foggy dio un sorbo a su vaso y sonrió frotándose las manos—Es...
Unos fuertes golpes resonaron en la puerta y Karen soltó un suspiro, mostrando lo que todos pensaban. Se acabó el descanso. Era hora de volver al trabajo. Tiraron los papeles a la papelera mientras la joven se apresuraba a abrir la puerta. En el umbral había una chica de cabello rojizo y ojos azules. Llevaba una camiseta vieja de Pink Floyd y unos vaqueros deshilachados.
—¿Es esto la oficina de Foggy Nelson?
—Sí, bienvenida. Pase, pase, por favor. Soy Karen Page, la secretaria. ¿Y usted es...?
La joven abrió la boca para contestar cuando la voz asombrada de Foggy Nelson llegó desde el otro lado de la oficina.
—Charlotte.
Todos se quedaron en silencio mientras los hermanos se miraban fijamente. Después de unos tensos minutos, la chica corrió hacia los brazos de su hermano, que la levantó del suelo sin dejar de abrazarla. Charlotte se echó a reír y sintió como Foggy le revolvía el pelo como cuando ambos eran unos niños. Su hermano mayor no dejaba de observarla como si fuese una aparición extraterrestre.
—¿Por eso no me has llamado? ¿Porque volvías a Nueva York?
La chica se encogió de hombros con una sonrisa tímida.
—Culpable de los cargos, señor Nelson.
Ambos se echaron a reír mientras Karen miraba la escena con una sonrisa. No había duda de que era la hermana de Nelson. Hacía los mismos comentarios sarcásticos y divertidos que el abogado. Se sentó detrás de su mesa mientras los dos se ponían al día hasta que Foggy carraspeó.
—Perdona mis modales, Charlotte. Esta es Karen, a quien ya has conocido. Y...—Foggy señaló a un hombre alto con gafas oscuras que había salido de su despacho, sorprendido por el alboroto que se escuchaba en la oficina—Este es Matt Murdock, mi mejor amigo y compañero. Es ciego, por cierto.
Charlotte miró a Foggy como si fuese a reprenderle y se acercó a Matt, que extendió una mano para estrechársela. La joven miró sus nudillos enrojecidos y frunció el ceño unos instantes, antes de olvidarse de ello y sonreír.
—Así que tú eres el famoso Murdock del que no dejaba de hablar mi hermano.
—Espero que hablase bien—Respondió Matt sin dejar de sonreír.
—Bueno, no te prometo que lo hiciese.
—¡Oye! ¡No pongas en evidencia a tu hermano mayor! —Foggy cogió una silla e instó a su hermana a sentarse mientras él lo hacía en el escritorio de Karen. Matt se había vuelto a apoyar en el marco de la puerta—Cuéntame qué haces aquí. ¿Lo sabe mamá?
—Ella lo sabe desde hace meses—Charlotte no pudo evitar soltar una carcajada al ver la cara de su hermano, llena de confusión—Lo siento hermanito, pero te mentí algunas de las veces que me llamaste.
—¿Cómo que me mentiste?
—No te enfades, ¿vale? No fue nada malo—Charlotte levantó las manos y las dejó caer sobre sus rodillas antes de continuar—Hace unos meses tuve que dejar la Filarmónica de Londres.
—¿Qué? ¡Imposible! ¡Pero si era el trabajo de tus sueños!
—¡Y lo sigue siendo, Fogg! Pero tuve un pequeño problema—Charlotte levantó su mano izquierda y tanto Foggy como Karen observaron sus largos y delicados dedos. Uno de ellos estaba algo torcido—Una de mis falanges no curó bien.
—Espera, espera...—Matt se acercó a ellos cruzándose de brazos y sentándose al lado de su compañero, con la cara fijada en el rostro de Charlotte—¿A qué te dedicas que ese problema no te permite seguir?
—Soy...era...—Matt escuchó perfectamente el tono de dolor y decepción en su voz, seguramente imperceptible para otros, pues estaba bien cubierto por un tono de indiferencia—Era primer violín en la Filarmónica de Londres. Trabajé mucho para ello—Charlotte apretó las manos en dos puños sobre sus rodillas y soltó un suspiro—No sé si te lo ha contado, pero para cuando mi hermano y tú os conocisteis, yo ya estaba en Londres.
—Digamos que ella es una especie de niña prodigio de la música.
—No le hagáis caso—Replicó ella fulminando a su hermano con la mirada—Simplemente amaba tanto tocar el violín que entrenaba más y más duro que los demás. Ni siquiera quería ser la mejor o algo de eso. Simplemente quería dedicarme a ello el resto de mi vida. Y ahora no puedo.
—¿Ya no puedes tocar?
—Puedo. Pero no como antes. Y desde luego no al nivel que una institución como la Filarmónica te exige.
—Lo siento, Lotte—Foggy se acercó a su hermana y la rodeó entre sus brazos, como queriendo protegerla—Sé lo mucho que querías tu violín. Iba a todas partes con él—Añadió a Matt y Karen. Se apartó y miró a Charlotte—¿Qué vas a hacer ahora?
—Con lo ahorrado con mi sueldo de violinista me alquilaré cualquier piso que vea. No quiero algo grande ni nada. Simplemente algo...funcional. Intentaré buscar trabajo. Quizás en alguna tienda de música o en alguna academia enseñando a niños.
—¿Te ves haciendo eso?
Charlotte sonrió con tristeza e hizo un gesto negativo con la cabeza.
—Por algo se empieza, ¿no?
La oficina volvió a sumirse en un silencio que duró unos minutos, hasta que Foggy dio una palmada y miró a su hermana sonriendo, frotándose las manos.
—Bueno, imagino que mientras podremos celebrar que mi hermanita ha vuelto a casa, ¿No?
Charlotte no pudo evitar sonreír. Aquél era el Foggy que hacía tiempo que no veía. Su hermano.
Sí. Charlotte Nelson había vuelto a Hell's Kitchen. A su casa.
—¡Vamos, Lotte! ¡Todavía puedo ganarte al billar!
Charlotte no pudo evitar soltar una carcajada al ver a su hermano sujetando un vaso en la mano y mirándola fijamente. Claramente llevaba demasiadas copas encima y no tenía intención de dejar de beber. Karen tampoco estaba muy sobria y no dejaba de reírse con algo que Matt le decía. Desde luego, ella y el abogado eran los que menos habían bebido.
—¿Todavía, Foggy Nelson? Creo recordar que nunca me ganaste—Charlotte arqueó una ceja divertida mientras su hermano fruncía el ceño y levantaba un dedo, dispuesto a decir algo.
—Venga, que juego yo—Se ofreció Karen bajándose del taburete que estaba próximo al de Matt y caminando hacia la mesa de billar. Charlotte soltó una pequeña risa y ocupó el lugar de Karen.
—¿Siempre le ganabas tú, entonces?
—Sí. Técnicamente fui yo quien le enseñó—Matt dio un sorbo a su bebida con un gesto divertido—¡No te rías! ¡Es verdad!
—¡Te creo!—Replicó él levantando una mano sin dejar de sonreír—¿Cuántos años teníais?
—Fue el verano antes de que él empezase a la universidad. Yo me iba a ir a Londres así que hicimos un montón de cosas juntos.
—¿No habías vuelto a Nueva York hasta ahora?
—Cuando viajaba con la Filarmónica. De todos modos mi madre y Foggy me insistieron en que si era necesario que me quedase allí. Los primeros años tuve que hacerlo hasta que conseguí llegar a ser primer violín.
Matt comenzó a hacer preguntas sobre el funcionamiento de una organización de ese tipo y Charlotte comenzó una charla sobre el violín, la música clásica y esos temas que la apasionaban. El abogado sentía el latido de su corazón acelerándose y como su voz cambiaba de tonalidad, siendo visible que amaba el tema sobre el que estaba hablando. No pudo evitar sonreír. Le gustaba el tono de su voz y sentía que podía quedarse escuchándola horas.
—Probablemente te estaré aburriendo—Dijo Charlotte interrumpiéndose con una sonrisa tímida, aún sabiendo que no podría verla— A veces me pongo a hablar y no me doy cuenta de que no todos viven la música de la misma manera.
—No, no. Al contrario, me parece muy interesante. Y me gusta escuchar a los demás hablando de lo que les gusta.
Mientras Karen y Foggy jugaban, o mejor dicho, lo intentaban, al billar, Matt y Charlotte siguieron hablando, conociéndose. Matt le contó anécdotas de Foggy y él de cuando iban a la Facultad de Derecho y Charlotte fingió estar indignada por no conocer algunas de ellas. Foggy había hablado a los dos del otro, pero hasta ese momento no se habían conocido. Ambos coincidieron en que se sentían muy cómodos el único con el otro y Matt le hizo prometer que algún día tocaría el violín para él.
—Bueno—Charlotte miró su reloj de muñeca y echó un vistazo a su hermano—Tendría que llevarle a casa antes de que empiece a decir que podría haber sido carnicero.
—Por favor, evítalo—Dijo Matt con un tono de súplica y ambos se echaron a reír.
El abogado se encargó de ayudar a Karen mientras Charlotte hacía lo mismo con su hermano, que murmuraba algo de comida china. Ella negó con la cabeza y se mordió el labio inferior, intentando no echarse a reír.
A veces se arrepentía de haberse ido tan lejos de su hogar. Había vivido en una ciudad maravillosa, donde había hecho alguno de sus mejores amigos e incluso había tenido alguna relación. Londres se había instalado en su corazón y sería una de sus ciudades favoritas. Por otro lado, se había perdido algunos de los momentos más importantes de su familia. Le hubiera gustado ver a su hermano enfrentarse a la facultad de Derecho y sus clases de Punjabi, esa lengua que se había empeñado en aprender para ligar con una chica. Quizás incluso le hubiese permitido ir con él y Matt y vivir algunos de esos momentos divertidos que el abogado le había contado en el bar.
—¿Has...venido a quedarte?—Preguntó su hermano en medio de su sopor etílico y Charlotte sonrió, dándole un beso en la cabeza.
—Sí, hermanito—Alzó la mirada hacia los altos rascacielos, dejando que los sonidos de la ciudad llenasen sus oídos—He venido a quedarme.
