Capitulo 1: Dos mujeres, un destino. 1ª Parte.

Hyreth Hlaalu habia sido siempre un alma oscura en busca de sueños inalcanzables y albergaba muchas esperanzas que, por más que lo intentase, nunca lograba ver realizadas.

Como buena dunmer de Morrowind, una raza la suya longeva y maldita, había vivido muchos años en los que, sin perder su juventud ni su exotica belleza de piel azulina y ojos de un rojo rubí, acumuló mucha experiencia que le resultó tan útil como dolorosa.

Tenía setenta y ocho años y se había casado cuatro veces. Y todas y cada una de esas veces, por unos motivos u otros, habia terminado asesinando a sus maridos.

Distanciamientos... promesas rotas... infidelidades... maltratos... de sus dos primeros matrimonios había aprendido en no confiar en los hombres de su raza y, más adelante, cuando contrajo terceras y cuartas nupcias con un nórdico y con un altmer respectivamente, supo definitivamente que no podría confiar en ningún hombre.

Teniendo parientes metidos en el Morag Tong, Hyreth habia aprendido el sofisticado arte de la discreción y de segar vidas en silencio sin necesidad de meterse en una organización que vivía, muchas veces, de ejecuciones públicas que sus asesinos debían pagar consecuentemente con la cárcel o con dinero de su propio bolsillo.

Así fue cómo se deshizo de sus tres primeros maridos.

El cuarto... fue un caso ligeramente diferente.

Tenían una bonita residencia en Kvatch, en la zona más próspera de la ciudad. Hyreth habia decidido que aquella noche daría buena cuenta del charlatán, mentiroso y traicionero de su marido altmer con un hermoso cuchillo segando su largo y dorado cuello de un tajo. Mentir a la guardia de la ciudad al día siguiente no sería muy difícil, bastaría con decir que ella y su marido habían tenido problemas últimamente y ella se habia ido a dormir a otra habitación y no había oído nada. Culparía a la Hermandad Oscura de lo sucedido y en paz.

Parecía tan fácil... y Hyreth lo tenía todo tan cuidadosamente estudiado...

Lo que no pudo prever fue el horrible ataque daedrico del que la ciudad fue presa aquella misma noche.

Fue tan rápido que no supo cómo reaccionar hasta que las llamas y los dremora llegaron como un vendaval y arrasaron con su casa, sus muebles, sus joyas... y todo lo que Hyreth había conocido hasta aquel día.

"¡Hyreth!" había escuchado el llamado de Hirtel, su marido, llamarla en mitad del fuego "¡Sal de ahi! ¡CORRE!"

Sorteando losescombros de su calcinado hogar, la dunmer habia seguido la voz de aquel hombre a través del Infierno y juntos habían logrado salir con ayuda de Savlian Matius, el capitán de la guardia de Kvatch que habia hecho cuanto había estado en su mano por sacar el máximo número de supervivientes de la incendiada ciudad.

Una vez alli y tras unas horas de confusión, los supervivientes habian montado un campamento justo al pie de la colina donde antes se alzara la orgullosa ciudad de Kvatch.

Hirtel habia sido demasiado cobarde para quedarse y, agarrando de la mano a Hyreth, había obligado a la dunmer a salir corriendo como locos en dirección a Skingrad.

Hyreth, a todo aquello, habia seguido conservando el cuchillo con el que habia tenido intención de degollarle, y nunca se arrepentiría de la decisión que después tomó.

Como la ciudad de Skingrad no estaba precisamente muy cerca del matrimonio a pie, ambos habian decidido tomarse un respiro y encender un fuego a un lado del camino con la esperanza de que no lloviera y, con una pizca aún más de suerte, que un carro de viajeros pasara por allí y tuviera la amabilidad de llevarles a su destino.

Pero ningún carro pasó y pasaron las horas de oscuridad hablando.

"No sé... que hubiera hecho si te hubiera perdido allí, Hyreth" le habia dicho el alto elfo con una mirada tierna mientras le había tomado a su mujer de la mano "No puedo ni imaginar... que haría yo sin ti."

Y Hyreth habia visto tal sinceridad en aquellos ojos...

"Bastardo... hasta tú mismo te crees tus propias mentiras..."

Pero no podiaa olvidar... no podía perdonar todas aquellas noches llenas de excusas... excusas, excusas y más excusas.

Oh, Azura... le habia perdonado la primera y la segunda vez... pero la tercera...

Sabía muy bien que, a pesar de no haber sido un elfo muy joven, Hirtel aún tenía mucho por ofrecer y, en vez de a su propia esposa, había decidido ofrecerse a otras mujeres de la ciudad...

Tal vez fuera cierto y las bretonas fueran mucho más bonitas que las elfas oscuras... con su blanca piel, su corta estatura y sus palabras amieladas.

Así pues, con la mano de Hirtel cubriendo la suya, le habia atraído hacia sí y le había besado apasionadamente en los labios. Tras aquello, la ropa voló y ambos esposos hicieron el amor al calor de la lumbre hasta caer rendidos de cansancio.

Hirtel se veía feliz, contento de agradar a su esposa y que esta le hubiera perdonado sus anteriores infidelidades. "A partir de ahora" se habia prometido "No dormiré con otra mujer que no sea ella. Se merece mi amor y mi gratitud por seguir aún conmigo."

¡Ay, cuánta razón tenía aquel altmer en este parecer! Pues una vez Hyreth, asegurando que estaría despierta y alerta por si algún carro pasaba, instó a su marido a dormir y le tapó con una manta con todo su amor y, con más amor aún, le quitó la vida de un limpio tajo en la garganta.

"Ahora, Hirtel, ahora serás mío y sólo mío... para siempre."

Dicho lo cual, habia partido sin demora en dirección opuesta hacia Anvil luego de llevarse las cuatro monedas que su marido habia traído encima y de rodarle a un lado del camino para que no encontraran su cuerpo inmediatamente.

Tras pedir refugio a la condesa de Anvil y contando lo sucedido en Kvatch, Hyreth consiguió alojamiento y comida gratis en los aposentos de los sirvientes del castillo.

Fue esa misma noche entonces cuando él llegó.

Vestido de oscuridad y acompañado de helada brisa procedente de la mismísima muerte, un encapuchado hizo acto de presencia a medianoche a los pies de su cama.

"Duermes muy profundo... para ser una asesina."

Hyreth, quien, pese a todo, aún no se habia deshecho de su cuchillo, al despertarse habia cargado contra él en el más absoluto silencio cuando, tan sorprendida como aterrorizada, el hombre le habia parado la mano en el aire y habia apretado su muñeca hasta que la dunmer habia soltado el arma. Acto seguido habia sido arrojada nuevamente sobre su cama violentamente.

El encapuchado, desde las sombras, sonrio divertido.

"Eso es bueno. La conciencia limpia te permitirá oír mis palabras sin que sientas culpa, y tu... particular arrojo, te abrirá muchas puertas en lo que ahora voy a proponerte."

"¿Quién diablos eres?" habia dicho Hyreth, sorprendida y furiosa al mismo tiempo por aquella arrogante actitud, como si fuera el dueño del lugar "¿Cómo has entrado?"

El hombre le habia dado una suave risita de pura diversión.

"Obviamente por la puerta, querida Hyreth." decía, pomposo y henchido como un pavo real "La dificultad del cerrojo era insultantemente tentadora, me temo. Y en lo que respecta a tu otra pregunta... disculpa mi rudeza por no presentarme antes: mi nombre es Lucien Lachance y mi voz es la voluntad de la Madre Noche."

Hyreth habia contenido un respingo al oír aquello. La madre noche... la hermandad oscura.

Sabían quién era... sabían su nombre...

Sin embargo, atónita, le habia dejado continuar.

"Ella te ha estado observando, admirando cómo matabas y ha encontrado admirable la forma en que rematas sin piedad ni remordimiento. La Madre Noche está más que encantada..."

Hyreth, quien al principio habia temido por su vida frente a un asesino de la Hermandad, se relajó al percibir el tono de invitación de aquel hombre.

"Por favor continue, Señor Lachance. Le escucho."

Y él habia asentido, complacido.

"Ah, encuentro tus modales muy refrescantes." le habia cumplimentado "Ahora por favor, presta atención: en el camino verde, al norte de Bravil, está la posada del Mal Agüero. Allí encontrarás a un hombre llamado Rufio." instruyó haciendo especial énfasis en el nombre de la pretendida víctima "Mátale y habrás completado tu proceso de iniciación en la Hermandad Oscura. Hazlo así, y la próxima vez que duermas en un lugar que considere seguro, me presentaré de nuevo ante ti y te traeré el amor de tu nueva familia."

Amor... nueva familia... sonaba tan bien viniendo de una voz tan hermosa y profunda como la de aquel hombre... sonaba tan melódico y convincente...

Puro veneno para los oídos de Hyreth.

Pero, ah... con qué gusto se intoxicaría de un veneno que parecía tan dulce y fragante...

Y se decidió. Sin pensárselo demasiado.

"Rufio morirá por mi propia mano, tienes la palabra de una Hlaalu." había dicho Hyreth, orgullosamente.

Y aquello habia hecho sonreír aún más ampliamente a aquel hombre.

"¡Excelente!" habia exclamado, muy complacido "Ahora acepta, por favor, este obsequio de la hermandad oscura. Es una hoja virgen y sedienta de sangre. Que te sea de ayuda en tus esfuerzos."

Hyreth habia recibido la hoja emocionada, tanto por la belleza de la misma arma como por la belleza que atisbaba en las mismas palabras del hombre de negro.

"Ahora me despido de ti. Espero de verdad que nos volvamos a ver pronto." habia sido el adios de aquel hombre misterioso que, en menos de un pestañeo, desapareció de la vista de la impresionada elfa con un evidente hechizo de invisibilidad.

Y Hyreth,una vez sola, se echó de nuevo sobre su cama decidiendo que, tras unas pocas horas de sueño, pondría rumbo sin demora a la posada del Mal Agüero.

Una garganta menos noble que la de su difunto marido esperaba a ser degollada.


le gusta a alguien? Es qe vi las otras historias publicada y me dio envidia jajajajaja

la segunda parte habla de mi otro personaje, Faust