I.
El sol se alzaba brillante esa mañana, sobre el cielo más azul que la ciudad de Nueva York había visto en varios días y Elena estaba segura que si estuviera rodeada de árboles podría oír incluso el trinar de los pájaros cantando sobre su cabeza y por seguramente la veinteava vez en el día, la joven se preguntó cómo es que el clima podía ser tan hermosamente bello afuera y su humor, por el contrario, ser más sombrío y negro que el mismo petróleo.
Suspirando, Elena Gilbert se alejó del ventanal del aeropuerto y revisó nuevamente la pantalla de vuelos. Demonios, ese día la suerte no estaba de su lado. Su vuelo hacia Londres ya tenía al menos una hora de retraso y no era precisamente que la joven tuviera prisa por llegar, de hecho lo que menos quería era llegar a Inglaterra, aun cuando uno de sus sueños desde niña había sido cruzar el charco hacia Europa. No, lo que Elena deseaba era poder sentarse en el avión y dormir las ocho horas que duraba el viaje para así no estar pensando en lo que le esperaba al otro lado del océano.
La vida de Elena se había convertido en una rutina cómoda aunque monótona los últimos dieciocho meses. Hace año y medio había llegado a la Gran Manzana con apenas dos maletas y un corazón roto. Afortunadamente había conseguido trabajo pronto como editora asistente en una agencia de publicidad y un departamento aunque pequeño, pero con una hermosa vista hacia Central Park. Si, Elena no podía quejarse; había tenido más suerte de la que esperaba tras su impulsiva decisión de dejar atrás su pasado, pero eso no cambiaba el hecho de que, básicamente su vida se reducía a despertar, comer, trabajar y dormir.
Hubo un tiempo en que la joven había sido una tormenta imparable de adrenalina. La clásica chica popular de la preparatoria y una rompecorazones en la universidad, claro, hasta que lo conoció a él. Él había llegado a Mystic Falls, Virginia un verano y había sido todo lo que ella soñaba en un hombre: guapo, serio, cariñoso, centrado, todo un caballero, extranjero y wow, hasta rico; Elena cayó rendida a sus pies al punto de decir que si cuando él le propuso matrimonio, tras solo un año de noviazgo. La boda iba a ser algo rápida y todo parecía ser miel sobre hojuelas hasta que, un día, de la nada, y faltando casi tres semanas para la boda, él rompió el noviazgo, el compromiso y el corazón de Elena en mil pedazos.
Esa había sido la razón por la cual Elena huyó a Nueva York, no podía soportar verlo constantemente, ni siquiera podía respirar el mismo aire que el respiraba y mucho menos podía soportar la compasión que reflejaban los ojos de todos sus conocidos cuando la veían pasar por la ciudad, así que en una decisión de último minuto, tomó sus cosas, se despidió de sus hermanos, de su madre, de la Tía Jenna y dejó la pequeña ciudad de Mystic Falls, para tratar de sanar su dolido corazón.
Todo había sido normal, rutinario y monótono en su vida hasta que recibió la llamada hace un mes. Su teléfono había sonado un domingo por la tarde y no fue una sorpresa escuchar la vivaz y energética voz de Caroline, su mejor amiga; después de todo, Caroline, junto con su hermano Jeremy, su tía Jenna y Bonnie, su amiga y confidente, eran las únicas personas con las que seguía en contacto desde su partida. Bueno, con Isobel, su madre y Katherine, su media hermana mayor, también hablaba aunque con mucha menor frecuencia.
Sin embargo, lo que si fue una sorpresa era el motivo de la llamada. Caroline Forbes, la mujer que no creía en el matrimonio ni en el "felices para siempre" se casaba.
- ¿Cómo que te casas? Por Dios, Caroline, ¿con Nik?- había respondido Elena en shock tras la noticia.
- Oh Elena claro que con Nik, ¿con quién sino?
- Pero Care, llevan poco de conocerse, ni siquiera yo lo conozco bien.
- Que no lo conozcas es totalmente culpa tuya, tu eres la que se ha empeñado en poner excusa tras excusa para no regresar a casa – Elena rodó los ojos pero sabía bien que eso era cierto, ni siquiera había sido capaz de regresar en Navidad o para pasar el año nuevo con su familia; entre más distancia entre su ciudad natal y ella mejor - Pero ya lo conocerás mejor en la boda. – continuo Caroline con alegría en su voz - Nik es el mejor hombre del planeta, lo importante es que me caso en un mes y obvio, tú tienes que ser una de mis damas de honor… ¿lo serás, verdad?
Aparentemente, Caroline, su mejor amiga desde sus primeros años de infancia, se había enamorado a primera vista de Niklaus Mikaelson, un famoso artista británico (o al menos famoso en Inglaterra porque en Estados Unidos jamás había oído de él), en una de sus visitas a Mystic Falls y tras escasos nueve meses de noviazgo ahora se iban a casar.
Elena había tratado con todas sus fuerzas de ignorar el hecho de que tendría que asistir a la boda, y no era que no se alegrara por Caroline, al contrario, se sentía muy feliz por ella sabiendo que al parecer había encontrado un hombre que le aguantaba todos y cada uno de sus caprichos y su, sin duda, agitado ritmo de vida, pero sobretodo, era un hombre que la hacía feliz. El problema tampoco era que tendría que regresar a Mystic Falls para la boda, cosa que le había asustado de sobremanera al saber las noticias de la boda, pero al menos en ese aspecto no tendría por qué preocuparse; la boda no se llevaría a cabo en su ciudad natal sino en Londres, lugar de residencia de los Mikaelson. Al parecer era una de esas familias antiguas que aun poseían incluso alguno que otro título nobiliario de la realeza británica. El problema era que "el" también asistiría al evento.
Y como no hacerlo si fue por el que Caroline y su futuro esposo se habían conocido. Resulta que Nik había llegado a Mystic Falls hacía año y medio con toda la intención de asistir a la boda de Elena y su antiguo prometido; él y su ex novio estaban emparentados, eran primos e incluso los mejores amigos y estando ahí había conocido a su rubia amiga y bueno, digamos que era imposible que el futuro padrino de la boda (es decir, su antiguo novio) no estuviera presente. Y ahora, irónicamente, Elena tendría que viajar para asistir a su boda tras haber sido cancelada la suya propia.
Era ese simple hecho el que tenía sumida en la depresión y angustia a la joven. Elena sabía que no había forma alguna de evitar asistir a la boda, Caroline jamás se lo perdonaría. Además si era honesta consigo misma, se moría de ganas de ver a su familia, quienes también habían sido invitados a la boda, además de otras tantas personas que aunque no extrañaba particularmente, eran sus conocidos de toda la vida.
Pero él y ella se verían de nuevo y eso era lo que le aterraba. Después de año y medio, después de haberle roto el corazón que aún no sanaba, después de prácticamente dejarla plantada en el altar, Elena Gilbert se encontraría en una boda ni más ni menos, con Stefan Salvatore.
