Sin más me retiro y doy las indicaciones de siempre.
Por favor, sean creativos con sus comentarios, que sean largos, que se note que han leído.
Y, se me había olvidado, pero si van a hacer comentarios ofensivos o despectivos, mejor ahórrenselos. Sin comentarios ofensivos ni insultos. Se les ruega encarecidamente, lean las indicaciones y los apartados de autor que no los pongo de adorno. Están al final de cada capítulo, una breve explicación.
Aclaraciones:
Narración.
— Diálogo. —
‹‹Pensamientos.››
(*) Esto es un apartado para alguna palabra o concepto que aclararé al final del capítulo.
Advertencias:
OoC en los personajes.
OC's.
Situaciones sexuales implícitas-explícitas.
Lenguaje inapropiado o soez.
Género: Romance | Drama.
Clasificación: T| M.
Disclaimer: La serie no me pertenece, sino a ®Masashi Kishimoto.
Nota 1: Por favor, lean las notas de autor antes de comentar.
EL LATIR DE UN CORAZÓN HERIDO.
.
‹‹Nunca pensé que en la felicidad hubiera tanta tristeza.››
.
Mario Bendetti.
.
Capítulo 1
Cuando nació, conforme el tiempo pasaba notaba que estar viva no era un milagro, sino un regalo. Uno que le dieron sus progenitores, sin embargo, a medida que crecía y maduraba, se dio cuenta que no solamente era influencia y decisión, sino también la de un ser omnipotente y poderoso que escapaba de conocimiento.
En ese momento relacionaba un término con otro, sus padres son un medio para proclamar ese hermoso milagro llamado: vida.
Por esa razón los amaba todavía más, aunque fueron un medio para su concepción y nacimiento, también tuvieron voz y voto para dar el consentimiento para darle a luz. Para amarla incondicionalmente. Sin embargo, nadie nacía aprendido, nadie le decía cómo debía vivir; ni de que ese hecho tan simple era una lucha constante como la huida de un prisionero de una cárcel.
Ninguna persona le advirtió que era una pelea interna, sentimental y espiritual contra males que no podía solucionar, muchas veces, simplemente no podían subsanarse. Tampoco había etiquetas de advertencia acerca de decepciones y tristezas. Mucho menos que existía gente mala, mezquina y ruin que dañaba sin escrúpulos.
Cayó en la cuenta que si nacer era un milagro supremo, mantener los pies sobre la tierra y respirar resultaba mucho más complicado. No obstante, había sido dotada de instinto, un excelente y portentoso instinto que decidía ignorar a conveniencia, porque en su inocencia creía que en su mundo solo existían personas benevolentes y caritativas.
Pero había algo más poderoso que eso, las emociones… Emociones poderosas y mágicas que anulaban el sentido común.
‹‹¿Por qué no pude verlo antes?››
Resonó esa voz triste y melancólica dentro de su cabeza.
Estaba sentada en el muelle, los pies colgaban por encima del agua cristalina y quieta. Su iris había perdido la viveza, el brillo. Ahora era tan opaco como un vidrio empañado y sucio.
Clavó la mirada en la inmensidad del océano, las aguas estaban tranquilas, tanto que parecía no querer perturbarle su pena. Sonrió con ironía, el oleaje se detuvo cuando ella llegó. Apenas pudo percibir una diminuta ola chocar contra el pilar y el agua salpicarle los pies.
La brisa salina ondeó sus cabellos oscuros otorgándole una gracia efímera, acomodó los mechones que se escaparon de su coleta y los colocó detrás de su oreja. Continúo observando el horizonte.
El ocaso era hermoso, el astro rey había comenzado a ocultarse y apenas podía verse una porción bañando el firmamento con suaves tonos naranjas, rociando las nubes transitorias del mismo color. El bello panorama se reflejaba en las pasivas aguas del mar.
Un suspiro escapó de sus labios, espiración que dejaba entre ver su amargura.
La pregunta emergió en su mente de nuevo… ¿Por qué no podía olvidar? ¿Por qué le resultaba tan difícil ignorar?
La respuesta era simple, y a la vez muy complicada. Pensarla requería de más esfuerzo del que estaba dispuesta a dar, o más bien, del que estaba dispuesta a tolerar.
Por su bien mental no debía cuestionarse nuevamente la situación, sin embargo, sus pensamientos la traicionaban y la regresaban a la situación que la tenía en primer lugar en ese sitio.
El dolor, la unión de sus pensamientos con él… Por lo menos, es lo que quería pensar que aún compartían.
Cerró los ojos y respiró profundamente. Ella solo quería olvidar.
.
.
Llegó a su casa cansada de la universidad, dicho de otra manera, cansada de sus maestros, en especial el que impartía Contabilidad… Como odiaba a ése hombre que parecía hacerle la vida imposible a cada paso, en cada clase.
Un gruñido salió de sus labios, tiró su bolso en uno de los sillones y se dejó caer en el sofá, estaba molesta. Era un hecho confirmado, odiaba la universidad y la carrera… Pero sobre todo, se odiaba a sí misma por no tener la convicción y el coraje necesario para luchar por lo que quería, para demostrar que era una persona adulta capaz de tomar sus propias decisiones. Aborrecía no tener libertad de elección, solo seguía mandatos.
Ella quería llevar su propia vida.
Inhaló profundamente antes de perder la cordura, si hacía otra escena sus padres la mandarían al psicólogo nuevamente creyendo que era un ataque de rebeldía (lo que posiblemente era). Se alivió a sí misma pensando que era algo transitorio, que siempre había una salida para todo y que si tenía paciencia la encontraría pronto. Mientras tanto, su prioridad era soportar para poder hacer algo mejor más adelante. Aunque la situación en ese momento se tornara frustrante… Se aplacó pensando que nada era eterno y que esa vida no era para ella, lucharía para que no lo fuera.
— Tus ambiciones son grandes…
Dio un respingo, la voz masculina la tomó desprevenida. Aunque el tono áspero y profundo se había hecho hechizante, lo suficiente para provocarle un escalofrío. Esto no la detuvo y con mucha cautela giró su cabeza hacia su derecha, para su desgracia en el sillón donde había arrojado su bolso se hallaba un hombre portentoso, de largos cabellos oscuros de corte irregular. Tenía la piel pálida y los ojos negros e inquietantes como su sonrisa. Un sujeto demasiado atractivo…
Ella enrojeció, más por el atractivo y la intensidad de su mirada que por la vergüenza de haberle golpeado con el bolso lleno de libros. El rubor aumento al percatarse de que en sus piernas reposaba la mochila en cuestión, hiperventiló sin saber que decir.
— L-Lo siento… No sabía que usted estaba ahí. — tartamudeó llena de pena.
Los balbuceos no eran lo suyo, pero en esta ocasión se sentía demasiado cohibida ante ese hombre. Los nervios la traicionarían si lo miraba, podía sentir sus ojos clavados en ella…
— No te preocupes, lo atrapé antes de que me golpeara la cabeza. — añadió con cierta gracia, la chica enrojeció todavía más.
Contrario a todo lo que deseaba hacer, elevó la mirada y se encontró con la negrura de sus ojos, profundos y cautivadores. Parecían un abismo, un remolino que la atraía a la orilla con el único propósito de hundirla. Nuevamente la sacudió un escalofrío, era atemorizante que un hombre pudiera provocarle esas sensaciones sin ponerle un dedo encima.
Sin embargo, por un momento contempló como los orbes negros se suavizaban y generaban calidez al mirarla.
— Un gusto conocerte, ¿Yuri? — inquirió dubitativo, poniéndose de pie caminando hacia ella.
La chica observaba la elegancia y la soltura en cada paso, una finura que solo ellos poseían.
— Yuriko. — corrigió inmediatamente, tratando de ignorar su cercanía pero no la mano que le tendía.
Tuvo que cogerla, no podía rechazar el gesto. Su padre la regañaría si le hacía eso a una de sus visitas, más que todo si era algún colega o socio… No, no tenía permitido prescindir de la galantería de ningún hombre que entraba a su casa, así fuera un anciano. Sus padres la educaron para ser una señorita, educada y delicada.
— Mucho gusto. — murmuró con escepticismo.
Nada la preparó para lo que hizo el hombre… Su toque solo podía ser comparado con la sedosidad con la que se coge una rosa para no dañarla. Él, galantemente depositó un beso en el anverso de su mano. Yuriko enrojeció rápidamente y no había sido capaz de ocultar su incomodidad.
— Me da gusto conocerte al fin. — dijo él.
Yuriko frunció el ceño, las palabras realmente la desencajaron. No comprendía a qué venía, porque no lo conocía y dudaba mucho que él a ella.
— Tu padre habla mucho de ti. — añadió al ver su desconcierto —. Lo hace tanto que provoca curiosidad conocerte. — el ceño fruncido de Yuriko se pronunció al no entender lo que quería decir —. Tiene mucha razón, eres una niña muy hermosa. — musitó cerca del oído, en un tono aterciopelado que le puso los pelos de punta.
La mano que cogió ahora estaba en su mejilla, el movimiento fue tan rápido, sobrehumano… La caricia fue superflua y delicada, sedosa a pesar de sus dedos callosos, eso pensó Yuriko.
El tacto era frío, tanto que su piel pálida y helada rivalizaba con la de un muerto, sin embargo, la fineza de sus movimientos y su toque era fuego profundo y rotundo, limpio e incitante. Todo al mismo tiempo embotándole los sentidos.
Yuriko se vio envuelta por un sentimiento cálido que nació en la boca de su estómago y se desperdigó por todo su cuerpo, recorrió cada fibra de su anatomía como una llamarada ardiente provocándole ansiedad. Se perdió en sus orbes, iris intenso y subterráneo que la miraba como si pudiera entrar en su cuerpo, llegar con vigor a cada tejido de su organismo, a cada músculo… Como si pudiera entrar y posesionarse de su alma.
Estaba abrumada, pero tuvo una revelación que la sacudió intensamente. ¡Era él! ¡Era a él a quien esperaba desde hace tanto tiempo…! Ese hombre con el que había soñado tantas veces, que la acosaba en sueños, en sus pensamientos… Era él. Nunca había creído tanto en sus sueños hasta ese momento, nunca imaginó que las señales se darían y por fin lo encontraría. Su abuela se lo había dicho, había creído en su don cuando ella no.
— Tienes un don, confía en él. Aférrate, cree en ti.
Las palabras de su abuela resonaron con más valor en su mente, con más fuerza que nunca. Observó hipnotizada al hombre, contempló con lentitud su alejamiento para volver al lugar que ocupaba en el sillón.
Yuriko parpadeó, de repente se sintió vacía y con el estómago revuelto. Regresó la mirada hacia donde él se encontraba erguido y aristocrático.
— ¡Madara! — vociferó repentinamente su padre que aparecía bajo el marco de la puerta, Yuriko abrió la boca sorprendida, su acompañante lo sintió llegar y por eso regresaba a su lugar —. Lamento haberte hecho esperar, pero tenía una llamada de larga distancia que debía contestar. — explicó.
Hiroshi rápidamente se dio cuenta de la presencia de su hija en la estancia, la adolescente pronto sintió los ojos café de su padre reprochándole estar donde no debía y agachó la mirada, seguro la regañaría por haberse quedado sola con uno de sus socios.
— Yuriko, ¿qué haces aquí? — preguntó con rudeza.
La adolescente respingó con miedo, sabía que su padre estaba molesto y sus expresiones no lo ocultaban.
— Yo… Acabo de llegar y…
— Ella no sabía que yo estaba aquí, Hiroshi. No la regañes. — intervino rápidamente Madara poniéndose de pie, sonriéndole cortésmente.
Hiroshi asintió, más no quitaba la rigidez de su rostro.
— Tu hija es encantadora y muy educada. — halagó Madara, esperando que con eso el hombre dejara su actitud desdeñosa.
El padre de Yuriko lo miró finalmente, asintió de nuevo y aceptó el elogio de buena manera suavizando su expresión. La adolescente respiró con alivio, por lo menos Madara sabía por dónde llegarle.
— Gracias. — respondió Hiroshi mirando nuevamente a su hija.
Madara también lo hizo, pero la chica se percató de que en su iris había un extraño brillo, uno que desgraciadamente no supo identificar.
— Yuriko, ve a tu habitación. — mandó Hiroshi —. Ve a estudiar, no quiero otra mancha en tu libreta. — demandó sin el menor cuidado de la vergüenza a la que estaba exponiéndola.
La joven se ruborizó, abochornada y molesta de que su padre tratara asuntos personales delante de un extraño. Sin embargo, no replicó nada, sabía que posiblemente terminaría con el labio reventado si se le ocurría replicarle.
Yuriko, ni lenta ni perezosa se puso de pie y tomó su bolso tan rápido como podía. No quería ser reprendida luego por su desobediencia, aunque anhelaba con ganas poder hacerlo sin que su padre tomara represalias.
— Fue un gusto conocerte, Yuriko. — se despidió Madara, con mucha cortesía guardando apariencias.
A la joven oír su nombre con tanta lentitud (a su parecer), le hizo estremecer, tanto que casi se tropieza con la alfombra cuando se giró para corresponder.
— Gracias igualmente. — consiguió decir atropelladamente.
Salió de ahí tan rápido como sus pequeños pies se lo permitían, no quería parecer que huía pero eso hacía. Estaba huyendo.
Huía de sus ojos.
Huía de su voz.
Huía de sus labios que la incitaban a pensamientos oscuros e insanos.
Huía como una vil cobarde ante la oportunidad de romper las reglas.
Corría escaleras arriba, no le importaba si su padre o su madre la escuchaban, solo quería refugiarse en la seguridad de su habitación. Una vez ahí cerró la puerta, apoyó su espalda y se arrastró hasta caer al suelo. Su corazón latía vertiginosamente, tanto que creía que le provocaría un infarto. El estómago lo tenía revuelto, quería vomitar pero no tenía nada en el estómago.
Respiró profundamente una, dos, tres, diez veces hasta calmarse. Llevó la mano a su corazón y luego, sin quererlo nació una sonrisa.
Una sonrisa alegre y soñadora.
Lo había encontrado…
.
.
.
Y así había sido, en verdad creía que Madara era la persona adecuada para ella.
Aquel día había sido su primer encuentro. Lo recordaba como si fuera ayer. En el fondo de su corazón deseaba que así fuera, que el espacio se detuviera y así podía volver a vivirlo. Sentirlo de nuevo, con gusto y a sus anchas. Sin embargo, la vida y su realidad eran otras…
Todavía rememoraba los reclamos de su padre y el bofetón que le dio por se había quedado más tiempo del debido con un desconocido. De hecho, se tomó la libertad de advertirle que no se acercara a él, que se mantuviera alejada. Sus alegatos con respecto a Madara eran ridículos (según ella), Hiroshi le había dicho que no era un hombre bueno y que conocía muy bien sus andanzas, que se distanciara de él.
Obviamente Hiroshi notó lo encandilada que había quedado con el Uchiha, Yuriko era muy mala mintiendo y mucho más ocultando lo que sentía. Por eso su progenitor lo supo de inmediato. Le negó terminantemente la cercanía con Madara Uchiha.
Para Yuriko que su padre reaccionara de esa manera no era ninguna novedad, lo hacía todo el tiempo con todos los hombres que entraban a su casa, incluso con sus amigos y compañeros de universidad. Los repelía sin ningún reparo, apenas le dejaba tener amistades, eso porque la mayoría eran hijos de sus socios y podía dañarle el negocio. Evadiendo ese tema, la adolescente reconocía que Madara Uchiha no tenía un buen récord, comprendía muy bien ese punto. Sin embargo, no podía estar equivocada, sabía muy bien que era él, el hombre de sus sueños. La persona que esperaba, por quien aguardaba.
Lo supo en el momento que lo vio, lamentaba mucho que su padre no lo comprendiera.
Oh, como deseó haberlo escuchado en aquella ocasión, como lamentó no haber atendido a los avisos…
Si lo hubiera hecho no se sentiría rota, vacía. ¿Por qué la vida era así? ¿Por qué ella era tan terca? ¿Por qué existían las mentiras, los engaños, el poder y la avaricia? ¿Por qué existía la maldad? ¿Por qué?
Oh sentimiento ruin y oscuro que se robaba los sueños de los demás, las ilusiones. Emoción que mataba el corazón y las esperanzas. Sentimiento infernal que ascendía para llagar y lacerar, provocando un dolor único y sin igual.
Yuriko lo vivió en carne propia, cuando cumplió su mayoría de edad. El día que todo su mundo se derrumbó.
.
.
.
Después de aquel día que se encontraron por primera vez, de esa casualidad creada por el destino Madara la buscó. Un día él estaba esperándola afuera de la universidad, parado justo en la salida recostado al lado de un Mercedes negro. Yuriko se quedó boquiabierta, él estaba ahí, elegante con su elegante traje azul marino y su postura soberbia.
La abordó invitándola a comer. La adolescente estaba encantada, hipnotizada por su ser enigmático, por su personalidad pragmática. Hablaron de muchas cosas, de sus estudios, ambiciones, pasatiempos, gustos… Todo había sido perfecto. Amaba la familiaridad con la que podían tratarse, la confianza… Entonces lo supo.
Ellos habían sido hechos para complementarse el uno al otro. No cabía ninguna duda.
Después de ese día Madara siguió frecuentándola, la invitó a muchos almuerzos, lugares hermosos. A veces no hablaban, solamente disfrutaban del silencio juntos, se sentían en paz. Era algo cómodo e íntimo, Yuriko no podía pedir más.
La adolescente esbozó una sonrisa y se miró en el espejo, contempló con gusto el reflejo de su vestido azul rey a través cristal. La prenda acentuaba su piel clara, además se adhería delicadamente a su cuerpo delgado y curvilíneo. Observaba increíblemente como el vestido destacaba su cuerpo, Yuriko nunca se creyó una chica hermosa, a duras penas llamaba la atención. Sin embargo, en ese momento notaba que era todo lo contrario, su autoestima había crecido en los últimos meses gracias a Madara. Por eso ahora veía la belleza que reflejaba el cristal.
Respiró profundamente y no pudo evitar sonreír.
Ese día cumplía sus dieciocho años.
Yuriko tenía algo planeado.
Ese día se desligaría de sus obligaciones, de todo y de todos para estar con él. No le importaba nada, ni lo que sus padres pensaran. Ella lo amaba y él también la amaba. No importaba nada más.
Sí, el factor de la edad podría considerarse pero la verdad es que poco le interesaba lo que pensarán los demás.
— ¡Mi niña! — llamó su madre repentinamente.
Yuriko le devolvió la mirada a través del espejo y le sonrió con emoción, Harumi tenía los ojos acuosos al ver a su primogénita tan hermosa. La joven admiró a su madre por medio del cristal, su progenitora era una mujer muy agraciada. Su figura no era voluptuosa pero sí delineada y se notaba en el bonito vestido rosa palo que llevaba. El cabello cenizo lo tenía recogido en un bonito moño y sus ojos verdes brillaban con amor y emoción, Yuriko amaba a su madre, por eso el sentimiento la contagió y su mirada también se nubló por un instante.
— ¡Te ves hermosa! — exclamó con un nudo en la garganta abrazándola con amor, ese que solo las madres otorgaban.
Por un momento Yuriko se sintió abrumada por las emociones de su madre, también por la culpa. Seguramente la decepcionaría después de esa noche, por eso correspondió el gesto con mucha más fuerza. No quería lastimarla, pero amaba a Madara. Estaba segura que Harumi comprendería sus razones, después de todo ella también luchó por estar con su padre.
— Gracias, mamá. — respondió con voz ahogada, cerró los ojos y la apretó contra sí.
La joven no era muy dada a las demostraciones de afecto, sin embargo, ese día se sentía muy vulnerable.
— ¿Los invitados empiezan a llegar? — inquirió al separarse limpiándose el par de lágrimas que se escaparon de sus ojos.
Harumi le sonrió.
— Tus amigos están abajo y están preguntando por ti.
Yuriko sonrió, seguramente ya estaban armando lío. Era la festejada y no bajaba a su celebración, soltó una pequeña risa imaginándoselos.
— Está bien, vamos.
Estaba emocionada, feliz.
Ese era el día.
.
.
.
Esbozó una sonrisa llena de ironía y tristeza.
Cerró los ojos de nuevo, no quería pensar pero las imágenes se reproducían en su cabeza como si se tratara de una película antigua con la novedad del presente.
¿Cómo llegó a ser tan ingenua? ¿Cómo creyó que realmente Madara les diría a sus padres acerca de su relación clandestina? ¿Por qué pensó que él podía sacarla de ese mundo lleno de mentiras y apariencias?
Había sido tonta, inocente y pagó las consecuencias. La vida le cobró muy caro el pensamiento de incauta libertada creada por el hombre que según ella, la amaba.
¡Qué gran mentira!
.
.
.
Bajaban los escalones lentamente, se apoyaba del barandal de madera porque temía caer por las escaleras y hacer el ridículo, aparte de lastimarse seriamente. Yuriko tenía defectos, pero la torpeza sobresalía entre todos. Además, no estaba dispuesta a pasar ninguna vergüenza el día de su cumpleaños.
Estaba decidida a no pasar un bochorno, con mucha seguridad estaba a punto de bajar el último escalón cuando la puerta principal se abrió y lo vio… Ahí, parado bajo el marco de la puerta.
Estaba tan elegante, soberbio con ese traje negro.
Yuriko esbozó una gran sonrisa, sus ojos se iluminaron y cuando estaba a punto de correr en su búsqueda alguien apareció a lado de él.
Su pie quedó asentado en el escalón al ver a la bella mujer que lo acompañaba. La fémina tenía los cabellos negros y unos iris carmesí. Una verdadera belleza envuelta en seda color granate, una dama, una muñequita de porcelana cara.
Su hermosura para Yuriko era insuperable, se sintió inferior, minúscula. Por alguna razón quiso huir, correr escalones arriba y encerrarse en su habitación. Quiso auto-convencerse que era nada más una amiga, que él la amaba y que todo se descubriría hoy. Tenía que ser así, ¿o no?
Nada la preparó para lo pasaría.
— ¡Hija! — exclamó Hiroshi con una complaciente sonrisa, Yuriko se acercó cautelosa —. Quiero presentarte a Kurenai, esposa de Madara.
¿Qué era lo que había dicho su padre? ¿Esposa? Pero si él…
Desconcertada dirigió sus ojos hacia el aludido pero no le devolvió la mirada, todo lo contrario, mantuvo su rostro impasible, indiferente a su presencia y confusión. Como si no la conociera, como si nunca en su vida la hubiera visto…
Entonces, solamente en ese instante se dio cuenta que había sido utilizada… El peso de la verdad cayó sobre su cuerpo. El corazón de repente se le detuvo al caer en la realidad. Había sido engañada.
Se sintió ahogada, ofuscada, pero más que todo… Herida.
— Yuriko. — llamó la mujer, el tono era suave, maternal, parecía una buena persona con esa sonrisa deslumbrante. Para ella solo era la mujer que se atrevió a quitarle al hombre que amaba —. Madara dice que tu padre habla maravillas de ti, me da mucho gusto poder conocerte. — Kurenai sonaba sincera, tanto que odiarla se le hacía difícil.
— Gracias. — respondió casi sin voz, el nudo que tenía atorado en la garganta no la dejaba hablar con normalidad.
Sin embargo, la esposa de Madara no lo notó, únicamente sonrió tierna.
— Por cierto, ¡felicidades! — exclamó la azabache entregándole un pequeño paquete en las manos y dándole un abrazo afectuoso.
Yuriko se estremeció y lo único que deseó fue llorar, larga y amargamente.
.
.
.
Parpadeó un par de veces, quería evitar que las lágrimas salieran de sus ojos ante ese recuerdo. Pero la verdad era que no podía, estaba en su interior… Las memorias no se iban.
Miró hacia el horizonte de nuevo, el sol se ocultaba, solo podía ver la mitad de la esfera dorada. Faltaba poco para anochecer…
Esperaba que con el ocaso sus recuerdos desaparecieran, aunque en el fondo sabía que era una vil mentira.
.
.
.
Pensó que ese día sería una total alegría, sin embargo, terminó siendo el peor de sus infiernos. Un abismo tortuoso personal, se las arregló para escaparse de todo el mundo y no encontró mejor lugar que la terraza de su casa. Nadie la buscaría ahí porque sabían que no le gustaba el patio trasero.
O por lo menos así lo creía.
— ¿Por qué no me dijiste que estabas casado?
Lo sintió detrás de su espalda, Yuriko era capaz de percibir su presencia sin necesidad de verlo. Él se lo había enseñado, le había enseñado muchas cosas…
— No tenía por qué decírtelo.
La joven sintió un golpe en la boca del estómago ante la frescura de sus palabras, dolían sí, pero también quería explicaciones. Se las debía después de todo, la engañada era ella.
— ¡¿Por qué?! — exigió encarándolo.
La furia le daba el valor suficiente. Estaba herida, se sentía traicionada. ¡Él tenía que explicarle!
Pero nada la preparó para lo que vería, Madara la miraba con una mueca burlona. Se estremeció, su sonrisa era tétrica.
— Decírtelo hubiese sido un terrible error. — Yuriko frunció el ceño, no entendía. Madara rodó los ojos ante su sosería y resopló —. De verdad que eres tonta, pequeña. — picó, eso le dolió y sus ojos no lo ocultaron —. Me acerqué a ti por Hiroshi, para molestarlo, para que se sintiera amenazado creyendo que le dañaría a su princesita. Solo así firmaría el contrato de sociedad con mi empresa, tú eras mi as bajo la manga. — confesó.
Yuriko pensaba que con las explicaciones se sentiría mejor, pero la verdad era que estaba muy lejos de sentirse así. La revelación de parte de Madara le resultaba despiadada, tan hiriente que le robaba el aliento.
— ¡No! ¡Eso no era verdad!
— Lo es. — confirmó Madara.
Por un momento la joven olvidó que ese hombre era capaz de leer sus pensamientos, cuando ella apenas podía descifrar los de él. Tocándolo podía hacerlo, pero al final sabía que él jugaba. Solamente eran juegos mentales.
Una diversión para Madara.
— ¡Eres un maldito bastardo! — gritó perdiendo los estribos.
Tuvo la intención de acercarse, de cachetearlo, pero no tuvo la fuerza suficiente de alzarle la mano. Él lo sabía y se aprovechaba de ello. Yuriko se quedó clavada en el piso, observándolo con ojos desorbitados y acuosos.
— Me sedujiste… — musitó sin aliento —. Me enamoraste solo para obtener un contrato… Eso… Eso…
La pobre joven no tenía una sola palabra para describirlo, no había alguna que posiblemente lo alcanzara y si la había, seguramente era impronunciable.
— Los Uchiha conseguimos lo que queremos a cualquier costo. — dijo Madara —. No importa nada, no importa nadie. Solo nos interesa ganar.
Yuriko sintió un dolor muy agudo en su corazón, tan hiriente que si fuese posible desde adentro se abriría una herida en su pecho y estaría sangrando. Reprimió las tremendas ganas que tenía de gemir de pavor ante los ojos fríos del hombre al que amaba.
Madara le sonrió de forma escalofriante antes de darse la vuelta y caminar nuevamente hacia el interior de la casa, pero antes se detuvo en el marco de la puerta y le dijo.
— Tu padre te está buscando, es hora de partir el pastel.
Esas fueron sus últimas palabras, no volvió a verlo más.
.
.
.
Yuriko llevó las manos a su pecho y las presionó, el sufrimiento era intenso, desgarrador. Desesperante…
Sus ojos se tornaron cristalinos, soltó un jadeo de rabia e impotencia. Se sentía tonta, estúpida. Madara la destrozó, deshizo su corazón en un montón de carne sangrante.
Quería llorar, quería gritar, desquitarse. Arañarse la piel y desgarrarse hasta sangrar. Pero lo único que podía hacer era llorar, desahogarse como si no hubiera un mañana.
Las lágrimas recorrían sus mejillas sin reparo, aun dolía, dolía mucho. Una brisa marina removió nuevamente sus cabellos y secó sus lágrimas.
— Yuri-chan. — llamó una voz masculina agradable.
Escucharla le sacó una sonrisa instantánea, pero también le daba más ganas de llorar.
— Todavía no puedes olvidarlo…
Esa no era una pregunta. Él se sentó a su lado rozándole el brazo y emitió un suspiro cansado. No respondió, no había necesidad de hacerlo.
— Te entiendo.
Contempló su perfil de reojo, sus cabellos rubios volaban al compás del viento, su piel bronceada brillaba a la luz de la luna y sus ojos azules se mantenían fijos en el océano. La luna se reflejaba en las aguas, las estrellas titilaban como pequeñas luciérnagas alrededor de un foco artificial.
— Lo que te hizo, Madara, no es fácil de olvidar.
Yuriko sonrió, adoraba a su mejor amigo, él le tendió la mano cuando más lo necesitaba, la alejó del camino de destrucción que llevaba después de lo que el Uchiha le hizo…
— Yuri-chan. — llamó de nuevo, ésta vez la veía fijamente, el rostro que siempre mantenía una sonrisa ahora estaba serio —. La vida está llena de cosas buenas y malas, algunas duelen más que otras. Solo nos queda aprender de ellas y superarlas. — dijo sabiamente, luego sonrió —. Además, tienes una cosa hermosa por la cual seguir adelante. — recordó.
La joven sonrió nuevamente, Naruto tenía mucha razón.
— Nada es fácil, pero tampoco te martirices sufriendo. — finalizó limpiándole las lágrimas con los pulgares, acariciando gentilmente su rostro.
— Gracias, Naruto.
De verdad, agradecía sinceramente sus palabras y ayudarla cuando más lo necesitaba. Le sonrió, por primera vez sin fingir.
— Estaré siempre para ti.
Naruto la abrazó con mucho cariño, le ayudó a levantarse y ambos emprendieron camino hacia la casa de nuevo. Si seguía serenándose finalmente enfermaría.
Y ahora morir ya no era una opción, tenía un gran motivo por el cual vivir.
Nota de Autor:
Bien, como algunos/as se darán cuenta esta es una versión nueva y si leyeron la anterior notarán cambios grandes. Es OS fue hecho para una buen amiga, Marde Geer. Y le prometí hacer algo más largo, aquí está el capítulo primero y lo extenderé como mínimo en tres más. Así que espero les agrade.
De paso, voy a hacer una aclaración, he recibido varios comentarios diciéndome: No sé porque separas el guion de las palabras en la dialogación. Bien, quiero que entiendan algo, es una manía, una costumbre, algo MÍO. Sé perfectamente la regla correcta, no es que no la sepa sino que la paso por alto porque para una persona con Trastorno Obsesivo-Compulsivo quitarse una manía lleva tiempo, eso, si es posible quitarla la mayor parte del tiempo no es posible. Así que hago la aclaración para que ya dejen de molestarme con esos comentarios que me purgan, ya lo he explicado anteriomente y parece que no entienden. Así que lo dejo explicado aquí, para que ya dejen el tema y se enfoquen en lo demás.
Ahora sin más me despido, espero que lo hayan disfrutado, especialmente a la persona para quien lo hice.
