"Destinado a perecer"


Cap. 01: La violencia sólo engendra violencia.


Llevaba días esperando. Días que se le antojaban eternos desde que, finalmente, se decidiera a levantar el velo de la duda.

De quitarse la máscara. De poner las cartas sobre la mesa.

Y también, en cierto modo, de quitarse de una vez por todas la venda de los ojos.

Silbaba en aquel instante una melodía de su tierra, de aquella tierra en la que había venido a poner los pies como un peregrino arrepentido tras el desastre, del que había sido juez y parte, que había acaecido haría... ¿cuánto? ¿Unas semanas?, ¿unos meses? ¿Tal vez un año...?

Las notas de la melodía, lúgubre cuando nacía entre sus labios, desamparada por la soledad y destrucción circundantes, le recordaban tiempos lejanos, años de niñez perdidos en la memoria.

Años de niñez que se transformarían en una adolescencia marcada por la ausencia de un padre, el dolor de una madre, la responsabilidad de la educación de un hermano pequeño y la terrible carga que suponían los inminentes quince años que le llevarían a reclamar el trono de Fanelia mediante aquella prueba atroz que le costó no ya sólo la pérdida de un brazo, una extremidad prescindible a fin de cuentas, si no de toda una vida.

El dragón. Aquella vez había sido un momento decisivo en su existencia.

Al reclamar el núcleo del dragón había despertado las iras de éste, la lucha por la supervivencia, el ciclo del cazador y la presa. El poderoso reptil había batallado por conservar el pellejo, y había ganado.

Había estado en pleno derecho de reclamar la vida del que había osado desafiar su poder, de aquel muchacho que había pagado en sangre su afrenta.

Sin embargo...

La melodía murió quedamente en sus labios.

- ¿De veras crees que vendrá?, ¿estás seguro?

Folken alzó un momento la vista sin variar un ápice su postura.

Quien había pronunciado aquella pregunta singular era Ruhm, el mandamás del poblado de los hombres-bestia a las afueras de la ruinosa ciudad de Fanelia, Arzas. En los últimos días desde el retorno simbólico del antiguo príncipe a su destruido reino, el semihombre había actuado de mensajero para mediar entre los distantes hermanos herederos. Folken no podía arriesgarse a una confrontación abierta frente a su inestable y volátil hermano menor; el chico poseía un exceso de arrojo y... vehemencia a la hora de enfrentar sus problemas. Era un elemento cambiante, en permanente estado de ebullición, no convenía alterarle.

- Seguro. Van vendrá – aseveró Folken volviendo a bajar la vista para enfocarla sobre las sombras que su silueta dibujaba en el suelo.

El hombre-bestia le dio una sonrisa colmilluda al oír aquello.

- Debería acudir a la llamada de la sangre – dijo observando el cielo distraídamente con sus poderosos ojos sin iris de semihombre hasta que, inmediatamente, un brillo en la lejanía captó su atención – Mira, aquí está.

Folken nada dijo. Pero su postura se crispó un instante para alzar el rostro y devolver su mente a la realidad, alejada del mundo de los recuerdos.

Los ojos de ambos se clavaron en aquel brillo iridiscente recortado contra el cielo azul del mediodía, los desarrollados oídos de Ruhm registraron el cada vez más cercano silbido que producía el acero del guymelef de Ispano al cortar el aire con su portentosa velocidad, mientras que los sentidos de Folken permanecieron alerta, así como dormidas estaban sus emociones.

Porque ahora debía pensar con la cabeza, no dejarse llevar por el impulso. Él era un hombre disciplinado, calmado, seguro de sí mismo. Debía transmitirle ésa seguridad a Van o sus esfuerzos serían en vano.

Le observó descender en vuelo rasante, perdiendo altura, buscando un claro lo bastante grande para aterrizar.

Van no venía solo, le acompañaba ella. La joven, la muchacha de la Luna de las Ilusiones.

Qué valor tan inusitado, se admiró Folken al contemplar a la chiquilla asida de la espalda del piloto del Escaflowne para no caerse, acompañándole allá donde él fuese.

¿Con qué motivo ésta vez? ¿Para prevenirle de una posible emboscada?, ¿para actuar de mediadora...?

¿O tal vez simplemente como mera espectadora del encuentro entre los últimos herederos del pueblo de Atlantis?

No sabía qué intenciones traería la chica, pero sí sabía con las que vendría Van. Conocía a su hermano, sabía cómo funcionaba su mente.

Quién te ha visto y quién te ve, hermanito. Te has convertido en un auténtico guerrero.

La poderosa máquina descendió finalmente, redujo su velocidad y se depositó en tierra con un golpe seco, haciendo retumbar el suelo por un momento.

Folken se giró hacia ellos con expresión hierática.

- Vaya, vaya. De modo que Van y tú estáis juntos, ¿eh? - comentó Ruhm a su izquierda sin perder aquella sonrisa colmilluda que se le había formado minutos antes en el rostro.

La muchacha, evidentemente, se dio por aludida y manejó una expresión de desconcierto que se tiñó levemente de rubor. Tal vez la chica, joven como era, pensase en su mente que las palabras de Ruhm tenían más de una implicación.

Y conociendo al hombre-bestia, a Folken casi le hizo gracia adivinar la doble intencionalidad que había empleado para relajar tensiones. Ruhm era un buen tipo, desde luego, muy perspicaz a su manera.

- No debes preocuparte Folken, han venido solos, sin escolta – le dijo de pasada mientras se daba la vuelta con intención de marcharse y dejarles solos que arreglasen sus cuitas – Bueno, yo me voy. Van, Folken, hasta la vista. – se despidió como era su estilo, informal, meramente casual.

- Gracias por todo, Ruhm – se despidió Folken a su vez en un susurro mientras asentía ceremoniosamente, midiendo en cada momento su lenguaje corporal.

Una vez los tres estuvieron solos, el momentáneo silencio que se originó tras la partida del hombre-bestia se tornó sumamente incómodo.

- ¿Y tú? - espetó entonces Van, quebrando la quietud lo mismo que se quiebra un vidrio de una pedrada - ¿Has venido solo?

Folken entornó los ojos.

- ¿Crees acaso que le tendería una trampa a mi propio hermano? - dijo quedamente, con voz monocorde, carente de entonación.

Una súbita chispa de ira cruzó los ojos oscuros del hermano menor y éste, con un bramido, bajó rápidamente del guymelef para caer al suelo en pie como los gatos y desenvainar prontamente su espada.

Volátil, irascible, nervio en estado puro. Cabía esperar aquello, era muy en la línea de Van.

- ¡Tú ya no eres mi hermano! - exclamó el muchacho con el ánimo enardecido mientras encaraba al hombre frente a sí, a quien tenía ya por un desconocido. Un extraño en la sombra.

La chica bajó también al lado de él gritando su nombre. Su voz era suave, armónica; en sus cadencias se adivinaba la preocupación y el deseo de solucionar las cosas pacíficamente.

Parecía un espíritu totalmente opuesto al piloto del Escaflowne.

Éso parecía, desde luego. Otra cosa bien distinta es cómo fuera la chica en realidad.

Van hizo oídos sordos a la voz de la joven y se dedicó durante un minuto entero a despotricar y a echarle en cara su abandono patriótico, su traición a sus raíces, su deshonra para con la dinastía de los Fanel.

Folken le escuchaba pacientemente sin mover un solo músculo y sin alterar una pizca su máscara imperturbable, tan cuidadosamente construida.

- ¿Tanto odias a Folken Lacour de Fanel? - inquirió suavemente, casi más con curiosidad que con dolor. El dolor hacía mucho tiempo que había dejado de importarle.

Van no respondió y se limitó a desafiarle en duelo singular, reclamando la sangre de su hermano mayor para vengar sus afrentas contra el reino de Fanelia.

Y Folken no quiso desenvainar. No ahora, no en aquel momento.

Porque aquel era un momento decisivo, idéntico en maneras, diferente en circunstancias de lo que él había vivido once años atrás.

Van debía saberlo, debía aprender rápido ésta lección. No le quedaba mucho tiempo y aún debía enseñar a su tenaz hermanito el punto de equilibrio, aún debía...

La repentina explosión de un muro a su izquierda seguida de un bramido informó a los presentes de que algo había cambiado.

- ¡Un dragón! - oyó que exclamaba Van desde el otro lado de la ya presente enorme bestia viperina.

Aquí venía una vez más. Folken lo sabía, Folken tenía claras sus metas, tenía claro lo que pretendía mostrarle a Van.

Pero, ¿y la chica? En realidad no había contado en un buen principio con su presencia y no estaba muy seguro de cómo actuar. Van sería incapaz de protegerla del reptil durante mucho tiempo. Y el miedo de ella era otro foco de malas vibraciones a tener en consideración.

La chica suponía, en aquellos instantes, un verdadero obstáculo.

Un segundo bramido seguido de un profuso muestreo de saliva deslizándose cuesta abajo por la lengua morada de otro espécimen de dragón terrestre más grande que el anterior informaron a Folken que debía actuar rápido.

No quería sangre, no quería heridos.

- ¡Y otro! - exclamó rabiosa la voz de Van por encima de la imponente envergadura de las enormes criaturas - ¡Folken!, ¡lo tenías calculado desde el principio, ¿verdad?!

Siempre tenaz en sus erróneas suposiciones, siempre a la que salta.

No obtendría su confianza fácilmente.

Van se llevó a la chica de la mano corriendo hasta lo que él consideraría un escondite relativamente seguro. Y seguiría empuñando ésa maldita espada.

- ¡Tira tu espada, Van! - gritó Folken al aire con voz poderosa, lo suficiente para que su hermano le oyera - ¡Olvida tus deseos de venganza! Si lo haces, los dragones se marcharán.

Sabía que no cedería a la primera. Puede que ni a la segunda.

- ¡¿En serio?! - exclamó la voz airada del muchacho - ¡¿Piensas que voy a tragarme ésa mentira?!

Matemático, es que era matemático.

Una súbita llamarada procedente de la garganta de uno de los dragones perturbó sumamente el ánimo de Folken.

Van... no...

- ¡Folken!, ¡da la cara, cobarde!

Bien, no estaba muerto. Folken respiró tranquilo.

- La guerra nunca trae nada bueno. La violencia sólo engendra más violencia – explicó al aire, rogando por que Van le escuchase por una vez en su vida – Perdí el combate contra el dragón que debía llevarme al trono de Fanelia. En aquel momento estaba resuelto a dejarme morir. Acepté mi destino sin reservas. Sin embargo...

Sin embargo...

- Me fue devuelta la vida por una razón muy precisa. De ése modo me convertí en un hombre de Zaibach al servicio de los inescrutables designios del Emperador Dornkirk – explicó tras una pausa – Estudié la ciencia del Destino con los chamanes hasta tal punto que acabé convirtiéndome en uno de ellos. Quería un futuro mejor.

Y Van, cómo no, no compartiría su punto de vista en absoluto.

- ¡¿Y con éso pretendes justificarme el que te vendieras en cuerpo y alma a Zaibach?!

Muy en la línea de Van de nuevo.

Aunque... muy posiblemente sus palabras no estuvieran exentas de razón. Al fin y al cabo, hasta él mismo se consideraba un sin patria, un paria, un traidor a sus propias creencias.

Van también le conocía. Le conocía muy bien.

Demasiado bien.

Los dragones se movían rápido. Y los latidos del corazón de Folken también.

Estaba inseguro, intranquilo por la chica. No es que tuviera miedo, no podía permitirse sentir miedo en presencia de las criaturas terrestres, pero...

Otra estructura medio derruida terminó de romperse. Debía apresurarse.

La chica corría como un gamo en mitad de las flechas del cazador, Folken podía oír su respiración entrecortada, síntoma de que no estaba procesando adecuadamente el aire a través de sus pulmones. En breve el costado comenzaría a punzarle y no podría correr más.

La muchacha se desvió a la derecha y subió unas escaleras.

Folken la seguía de cerca, cada vez más intranquilo, percibiendo la proximidad de la bestia.

Y no se equivocó cuando el imponente dragón saltó por encima de ella y se posicionó de frente, siseando con la bífida lengua asomando entre una peligrosa hilera de dientes puntiagudos.

La chica reculó, retrocedió un par de pasos y, en cuanto Folken la tuvo a tiro, la asió de los hombros tapándole la boca para que no gritara.

La chica se debatió momentáneamente hasta que él la habló.

- Tranquila – susurró mientras notaba cómo ella le clavaba las uñas en la muñeca de su brazo sano.

Ella le observó con ojos suspicaces al tiempo que, tras una última sacudida, desistió en debatirse.

Sin soltarla, Folken aguardó a que el dragón los tuviera a ambos en su punto de mira y esperó.

La alimaña se paró un momento y los observó muy de cerca al tiempo que abría y cerraba su membrana ocular en torno al enorme ojo ambarino de pupila sesgada.

Folken notaba el temblor de la chica contra él y esperó pacientemente a que lo asimilara.

Tras un instante que a ambos se les antojó eterno, ella dejó de temblar y se relajó súbitamente. Finalmente, lo había comprendido.

El dragón entonces, volviendo a retraer la membrana ocular una última vez, se alejó lentamente del ángulo de visión de ambos seres humanos y se fue con pasos retumbantes por donde había venido.

Folken no sentía miedo. La chica no sentía miedo.

La mano del hombre cayó y la joven se quedó un instante mirando a la nada.

Tras procesar el mal trago por el que acababa de pasar, la chica se dejó caer sobre sus rodillas sin importarle que se las pudiera raspar en el proceso con la arena del suelo y suspiró visiblemente aliviada.

Folken se agachó junto a ella. La chica pegó un respingo e inmediatamente se quiso alejar de él.

- No te haré ningún daño – trató de tranquilizarla – Confía en mí. Sólo quisiera que no me temieras y me ayudaras con ése poder tan especial que tienes.

Ella le miró un momento confusa hasta que su expresión cambió inmediatamente al desasosiego.

- ¿Como lo hizo Naria? No, gracias – replicó en un susurro mientras le daba una mirada temerosa a la prótesis de acero de su brazo – Tú juegas con el destino de la gente a tu antojo.

Folken suspiró. Ella tenía razón también. No le juzgaba indebidamente y sin conocimiento de causa. Ella más que nadie había sido testigo de los daños colaterales que habían seguido a la manipulación de la Suerte y el Destino. Éso había supuesto su más brillante descubrimiento... y su más dolorosa pérdida.

Hablaron un momento, sin pretensiones, sin acusaciones y sin amenazas.

Había algo especial en ella, algo diferente, algo pacífico y, sin embargo, sumamente perturbador. Una joven con poderes que se veía del todo incapaz de controlar.

Aquella chica era un peligro en potencia.

Ella le contó pesarosa su encuentro con Naria, se lamentó de las pérdidas de Fanelia y de Astoria y no ocultó su disgusto con las prácticas de Zaibach en seres vivos.

Pero no le juzgó en ningún momento. Expuso hechos, pero no juzgó su proceder. Y aquello fascinó a Folken sobremanera, era la primera vez que podía hablar con alguien sin que mediaran reservas o tapujos.

Aquella joven era, verdaderamente, única.

Él trató de justificar sus actos, de ponerle nombre a sus sueños, de alcanzar una finalidad, una meta.

Le habló de la paz con la que había soñado toda su vida, le explicó su parecer y su punto de vista en cuanto al derramamiento de sangre.

Ella le escuchó en el más absoluto silencio, solemne como una estatua de piedra, ningún atisbo de rechazo reflejarse en sus enormes ojos verdes.

Folken le habló entonces del poder de Atlantis, deseoso de despertar algún tipo de respuesta emocional en ella. Y lo consiguió.

- ¡No conseguirás nada cambiando el destino de las personas! - exclamó con un tono dolido, casi de súplica.

La chica le estaba avisando de algo. Y él no era un observador meramente parcial.

Sabía cuales eran sus temores, sabía cuál era el precio de la manipulación del Destino.

En aquel momento, el bramido del dragón les alertó de la aún presente violencia.

Van...

Cuando le localizaron, el muchacho estaba entre las mandíbulas de la bestia y la pared. Atrapado.

La joven de ojos místicos gritó su nombre una vez más y Folken, resuelto a zanjar aquel asunto de una vez por todas, se abrió la camisa y dejó que sus oscuras alas poblasen el cielo azul mientras sendas plumas negras caían en cascada como una siniestra nevada sobre el suelo derruido de Fanelia.

La chica estiró el brazo en un impulso para asirle, como no queriendo dejarle ir, como temiendo su inminente exposición al peligro.

- ¡Folken! - exclamó.

Pero Folken aterrizó entre su hermano y el dragón.

- ¡Arroja la espada, Van! - ordenó con un tono que no admitía réplica alguna.

Van permaneció como congelado tras él, aún empuñando la espada inconscientemente.

La bestia siseó con peligrosa advertencia.

- ¡Te digo que la arrojes! - gritó Folken con cada vez menos paciencia - ¡OBEDECE!

El tintineo del metal contra el suelo le informó de que había cumplido su propósito.

El dragón se calmó, retrocedió unos pasos y se alejó en paz y armonía con el entorno.

Folken le explicó entonces la relación entre los dragones y la violencia, los sentimientos negativos y su impacto sobre las vidas de las criaturas. Selló una tregua, le pidió ayuda, solicitó su confianza.

Pero Van sólo veía sus alas... más negras que las de un cuervo, más oscuras que la noche más cerrada.

Y Folken sabía lo que ésto significaba: su hora estaba próxima.

Entonces su vista se desvió momentáneamente hacia la muchacha de los ojos verdes que les observaba desde arriba y no pudo evitar sentirse en aquellos instantes aliviado, tranquilo, seguro, agradecido de que ella estuviera allí.