Boku no Hero Academia/My Hero Academia no me pertenece.
Estaba por Tumblr buscando prompts para historias raras porque siempre he tenido la tentación de escribir algo así.
El prompt pertenece a Deep Water Prompts y pone: "Todo lo que sabía del vecino era que su jardín estaba descuidado, y que era dueño de un perro que comía carne cruda".
No estaba en mis planes publicar esto, o al menos no hasta dentro de dos semanas, sin embargo... ya es Octubre y por lo tanto ¡Halloween ya está a la vuelta de la esquina!
Mi idea es no hacer muy largo esto, tal vez tres o sólo dos capítulos, digo... he superado por mucho mi límite de palabras (tres mil es un logro para mí, en serio), así que espero poder mantener el ritmo.
KatsuDeku. Universo Alterno. Older!Katsuki.
Carne Cruda
1
Siempre que tenía la oportunidad echaba un vistazo hacia la casa de enfrente. Tenía un aspecto descuidado, con manchas de humedad en los tablones que conformaban la fachada americana y astillas en la balaustrada de madera del pórtico que le hacían lucir vieja, las ventanas frontales estaban sucias y rotas y la puerta principal parecía no haber sido abierta en mucho tiempo, o al menos eso le figuraba.
Su madre le decía que no debía mirar mucho porque era descortés pero era inevitable quedarse parado en la acera de su casa y voltear al otro lado de la calle cada vez que regresaba del colegio.
Había algo muy extraño en esa casa.
No recordaba haber visto a alguien entrar o salir de ahí, al menos no en las horas cuando aún había sol, y a pesar de que le preguntó a su madre por qué nadie entraba ni salía, ella simplemente le respondió que probablemente era un hombre ocupado. Sospechaba que ni siquiera ella había visto al vecino.
Había intentado observar la casa durante la noche, sin embargo su tarea como espía terminaba sin resultados porque eventualmente se quedaba dormido. Era pésimo para desvelarse. Así que como sus intentos por descubrir más del vecino se habían visto frustrados porque no podía mantenerse en vela sólo le quedó intentar una observación directa e invadir propiedad privada.
La idea le desagradó bastante pero al menos ahora sabía dos cosas, una: que su vecino no le prestaba atención al jardín, no había podado el césped en años y la hierba mala comenzaba a inundar el pórtico, debía ser un hombre muy ocupado porque tal vez ni siquiera había ido a su casa por el aspecto lúgubre de la misma... eso o quizá simplemente era un hombre con gustos peculiares; y dos: que alimentaba a su perro con carne cruda.
En su primer excursión hacia la jungla de maleza en la casa del vecino se armó con sólo una linterna y un poco de valor, bueno, bastante valor —una casa así le parecía sacada de algún libro de terror— y esperó hasta que el silencio inundó su propio hogar para salir a la calle. Volteó una última vez hacia su casa esperando no ver a su madre asomándose por la ventana de su habitación y cuando confirmó que definitivamente estaba dormida regresó a su cometido.
En la calle no había una sola alma, tal vez sólo insectos caminando por el asfalto o las banquetas de concreto, le asustaba ser el único ahí afuera pero si hubiera más personas no sería capaz de investigar la misteriosa casa del vecino. Avanzó lentamente, bajó la acera de su casa y atravesó la calle para detenerse en la acera del vecino. Pasó saliva sonoramente y mientras abrazaba con fuerza la linterna dio un par de pasos dentro del pasto.
Se detuvo por un momento, presionó el botón de la linterna y dio un paso más.
Sintió algo extraño bajo la suela de su zapato.
Era blando, casi viscoso, y hacía un sonido particularmente húmedo. Con miedo bajó la mirada, apuntó la linterna hacia el piso y un desagradable escalofrío subió por su columna vertebral. Debajo de su zapato se asomaba un pedazo de carne, mas no pudo descubrir de qué era, no muy lejos de él escuchó algo muy similar a un gruñido y salió de ahí tan rápido como pudo.
Recordar esa noche le ponía los pelos de punta, la suela de su zapato olía a fierro y se manchó de lo que pensó era sangre de bovino, esperaba —y deseaba— que fuera de alguna res.
Pero a pesar de la mala experiencia que tuvo ahí estaba de nuevo, equipado con la misma linterna, un par de baterías extra en uno de los bolsillos de su pantalón y en el otro cargaba su teléfono celular, así como una vara que confiaba le ayudaría a entretener al canino para poder escapar, si es que se lo encontraba.
Se abrió paso entre la larga hierba y estuvo atento a cualquier ruido que pudiera captar, estaría listo por si el animal decidía echársele encima con el fin de morderle. Sin embargo afortunadamente no tuvo que utilizar la vara, no escuchó el gruñido del can y supuso que quizás estaba dormido o amarrado en la parte trasera de la casa. Llegó al pórtico en una sola pieza, la tensión desapareció lentamente de su cuerpo y mientras sentía un poco de alivio fue consciente de un hedor muy inusual en el ambiente.
Era un olor que le haría vomitar en cualquier momento, pero retuvo las arcadas y con éstas lo poco que había cenado. En verdad no sabía con qué comparar el olor, pero pensó que así debía oler un cuerpo putrefacto en alto estado de descomposición. Ansiaba equivocarse y que fuera solamente un montón de basura que había estado guardada por algunos cuantos meses.
Soltó el palo para abrir la puerta, dejándolo recargado en una de las paredes de la fachada principal, había una densa capa de polvo sobre el picaporte metálico y el frío contacto le hizo estremecer, lo giró con lentitud para no hacer ruido y empujó la puerta sutilmente, pero no se movió, estaba atrancada con algo. Miró a ambos lados, inhaló largamente y embistió un poco contra la placa de madera. Consiguió moverla lo suficiente como para poder pasar y olvidando la vara se adentró en la tétrica casa.
Estaba oscuro, al menos afuera la luz que reflejaba la luna iluminaba el entorno pero ahí adentro no penetraban más que pequeños y delgados halos de luz por lo que suponía debían ser las ventanas. Con manos trémulas presionó el botón de su linterna y la dirigió a donde surgían los halos de luz, había tablones de madera clavados en la pared y confirmó que debían ser ventanas porque debajo de los maderos estaban las cortinas arrugadas.
De nuevo el miedo le impidió percatarse del olor putrefacto y cuando al fin lo percibió por poco regresa lo que cenó esa noche, penetró en sus fosas nasales y le revolvió el estómago. El hedor era más fuerte adentro.
Buscando no quedarse mucho tiempo ahí regresó a su tarea e inspeccionó el lugar, el recibidor era más amplio que el de su casa, al fondo podía ver lo que era la sala, los muebles se veían desgastados y sucios, apuntó hacia su lado izquierdo y al fondo vio las escaleras que llevaban a un segundo piso, quizá encontraría algo allá.
No fue sino hasta ese momento que recordó que había tardado en abrir la puerta y pensó que debía haber algo detrás de ella.
Jamás se arrepintió tanto de querer mirar.
Ahogó un grito y la rigidez de su cuerpo le hizo tropezar, cayendo hacia atrás de sentón sobre el piso de duela. Detrás de la puerta había un montón de cuerpos, conmocionado alcanzó a distinguir animales pequeños como ratas, gatos y algunos perros antes de devolver el estómago. Había también extremidades humanas mutiladas así como huesos con restos de carne y músculos, vísceras tanto animales como humanas y la mancha de un charco de sangre que había hinchado las láminas de madera y su color ocre había pasado a un tono bermellón.
Carraspeó para deshacerse de las flemas producto de las náuseas, la saliva en su boca le supo ácida y sintió más bascas que le hicieron regurgitar una vez más pero sólo regresó los jugos gástricos mezclados con su saliva. La sustancia espumosa cayó sobre su vómito y tuvo que voltearse para evitar más arcadas. Con un gusto repulsivo en el paladar se levantó e hizo lo posible para no ver el montón de carne pútrida, limpió los remanentes de saliva con el dorso de su mano y con lágrimas en los ojos avanzó hacia las escaleras.
Al pie de la escalera dirigió la linterna hacia arriba, donde el descanso se situaba y después hacia donde se conectaba con la losa de entrepiso. Ese era un buen momento para salir de ahí, de olvidarse de querer descubrir quién era su vecino —o si acaso realmente existía— y dejar sola a la bestia que debía habitar esa casa, porque le era imposible creer que un perro fuera capaz de devorar con tal fiereza aquella pila de carne que alguna vez perteneció a cuerpos de animales y humanos. Era un buen momento pero no lo aprovechó.
Sin saberlo, había algo en esa casa que no le permitía abandonarla.
Subió uno, dos, tres peldaños y entonces escuchó de nuevo ese bufido acompañado de ecos grotescos que no sabía identificar, se petrificó en su sitio y se aferró a la baranda de la escalera hasta que sus nudillos se pusieron blancos, todavía podía retractarse.
Pero no lo hizo.
Subió hasta el descanso y desde ahí apuntó la luz de la linterna hacia el segundo piso mas no alcanzaba a ver nada. Inhaló, sostuvo el oxígeno por unos segundos y tras exhalar continuó subiendo.
Diecinueve peldaños, los mismos que subía en su casa para ir a su habitación. Con el corazón en la base de su garganta inspeccionó la estancia, los muebles estaban desordenados, rotos y sucios, manchados con algo que suponía era sangre, como en la planta baja. El piso de madera crujía debajo de sus pies por más que intentara ser sigiloso así que trató de no moverse más de lo necesario.
Los gruñidos cesaron y decidió quedarse quieto hasta escucharlos para evitar ser descubierto. El latido de su corazón retumbaba en sus oídos y le figuraba que en cualquier momento podría explotar. Sintió un vuelco cuando el sonido de los murmullos volvió y aterrorizado miró hacia la puerta a su derecha: de ahí venían.
¿Qué podía haber allí adentro?
Imaginaba a un perro enorme, tal vez una bestia como un león o incluso una criatura de forma indescriptible, como esos personajes antagónicos de los libros de terror que tanto leía, con miles de dientes, garras enormes y ojos tan rojos como la sangre, seres extraordinarios que parecían salidos del averno y que eran mascotas del demonio.
Extendió su temblorosa mano y agarró el pomo con torpeza, resbaló varias veces de su palma mientras intentaba girarlo pero al final logró abrir la puerta, mantuvo la linterna apuntando hacia abajo antes de abrirla por completo y al levantar la herramienta lo que vieron sus ojos verdes le horrorizó.
Había un charco de sangre que se extendía poco a poco por el piso de madera, encima de éste había una cola de pelaje marrón, una manta de tono verde oliva cubría el cuerpo de la criatura y no fue capaz de distinguirlo porque su mirada esmeralda se desvió al cuerpo que sostenía y que aparentemente estaba devorando.
Quiso convencerse de que no era ella, no era la única con cabello castaño, podía ser cualquier otra persona... pero esas chapetas eran características de la chica que vivía a dos calles y que veía diario en la estación. Sus ojos se llenaron de lágrimas y las bascas regresaron sin embargo al ver movimiento en aquel ser que dudaba tuviera naturaleza humana tuvo que retener el vómito.
Vio un brillo rojizo y aterrorizado corrió de ahí.
Tropezó al bajar las escaleras y perdió la linterna en la caída pero era lo que menos le importaba, necesitaba salir de ahí, quería vivir.
No le prestó atención al montón de cuerpos que hacía unos minutos había encontrado y mucho menos al hecho de que su ropa se manchó de sangre, ni siquiera pensó en que si salía y alguien le veía lleno de sangre entraría en pánico y tendría problemas, tampoco pensó en lo peligroso que era el ir a su casa, había posibilidades de que aquello le siguiera y terminara poniendo a su madre en peligro. No llegó a pensar en las consecuencias porque todo lo que quería era llegar a la seguridad que durante quince años su hogar le había otorgado.
En cuanto entró a su casa se recargó en la puerta para recuperar el aliento, sólo por un breve instante, tan pronto su respiración se reguló un poco subió por las escaleras hasta su habitación y se asomó por la ventana para cuidar que nadie le hubiera visto ni seguido.
La adrenalina abandonó su organismo lentamente y empezó a sentirse cansado, mas no tenía tiempo para descansar.
Debía deshacerse de su ropa y de las manchas de sangre que había dejado por la casa.
Esa noche no durmió, su madre lo notó pero mintió diciendo que solamente había tenido pesadillas y no pudo conciliar el sueño con propiedad. Aunque no era del todo una mentira, todavía no estaba seguro si eso realmente había pasado, existía la posibilidad de que se haya ido a dormir sugestionado por la incertidumbre de saber qué pasaba en la casa del vecino y que todo eso que vio fueron simples alucinaciones de una débil mente como la suya.
Sin embargo Uraraka Ochako nunca apareció en la estación. Nervioso volteó a todos lados, esperando verla a lo lejos, estaba siendo paranoico, quizá la chica cayó enferma y tuvo que ausentarse en el colegio, sí, eso debía ser. Probablemente mañana tampoco le viera.
Cuando regresó de clases se detuvo, como todos los días, en la acera de su casa, mantuvo la mirada clavada en la plancha de concreto y tras unos minutos volteó a la casa al otro lado de la calle. Se veía como siempre, decrépita, vieja, desolada. ¿Podría ser que aquello fuera un sueño? Con escalofríos en la espalda volvió la mirada y entró a su casa.
No vio a la chica por tres días.
Le preocupó, sin duda. Mientras intentó convencerse de que debía ser un resfriado al regresar a casa lo que su madre le dijo a la hora de la cena le alertó.
—Izuku, ¿conoces a la chica que vive por el vecindario?, ¿Ochako, la castaña de chapetas? —le preguntó intranquila.
Detuvo su mano con el cubierto a medio camino, rígido le contestó afirmativamente sin despegar los ojos de la comida.
—Su madre la está buscando, dice que hace tres días que no ha regresado a casa —comentó angustiada.
No ha regresado a casa, repitió en su cabeza y las imágenes de aquella noche saturaron su mente. La sangre, los sonidos viscosos, el cabello castaño manchado de carmín, el rostro muerto de la muchacha... y tuvo que controlarse. Si perdía la calma alarmaría a su madre.
—¿Qué pudo haberle pasado? —continuó hablando su madre del tema.
La voz de la mujer quedó en segundo plano y el hecho de que lo que vivió en esa casa la otra noche fue real le cayó como balde con agua fría.
Más noche en su habitación se asomó por la ventana, no entendía cómo es que nadie se había percatado de aquella realidad: había una criatura que devoraba a otros para sobrevivir, y ya sea que fuera mascota del vecino o no, estaban viviendo junto a un posible asesino serial, ese lugar parecía una carnicería; mas nunca escuchó nada en las noticias ni en los farfullos de su madre y las señoras que vivían al lado. Era como si no fuera relevante, como si él fuera el único consciente de su existencia.
Perdido en sus pensamientos su vista navegó por el frente de aquella casa, la hierba alta seguía sin podar, las ventanas rotas y sin poder ver hacia adentro y entonces vio algo rodar hacia la banqueta a través del pasto: su linterna. Se petrificó en su sitio, era una trampa demasiado obvia pero si mañana su madre llegaba a verla le haría confesar lo sucedido y era lo que menos quería. No necesitaba preocupar a su madre.
Tres horas más tarde ahí estaba, afuera de su casa, separado de su linterna por un tramo de asfalto, en la desolada calle donde vivía. Correría ocho metros de ida y de regreso más rápido de lo que nunca hizo en clase, rompería su récord personal y estaría sano y salvo del lado de su casa con linterna en mano, lo visualizó durante dos horas mientras decidía ir en rescate de su linterna.
Sería rápido y sencillo.
Respiró hondo y corrió, esperó no tropezar en media carrera y fijó su vista en la linterna de edición limitada que llegó con el número especial de All Might: Orígenes, el cómic del superhéroe que era su favorito, por ello tampoco podía dejarla ahí, era una de sus más grandes posesiones en su colección. La tomó, sonrió victorioso y se giró para volver, fue rápido y sencillo, pensó pero el pensamiento se desvaneció en el instante en que percibió su playera ser rasgada y sujetada con una fuerza inhumana que le arrastró adentro de la selva de pasto y antes de que pudiera pensar en gritar por ayuda se vio en el recibidor de aquella tétrica casa que era del vecino.
Se aferró con vigor a la linterna y cerró los ojos hasta que arrugó el ceño por la fuerza que hizo en cuanto advirtió una respiración mover sus mechones verdetes.
Era una respiración húmeda con un peculiar hedor ferroso y pútrido que le produjo náuseas, escuchó un gruñido animal e inconscientemente se encogió de hombros, casi podía sentir los dientes perforarle la cabeza, incrustrándose en su piel, provocando que la sangre fluyera por las heridas, estaba perdiendo la cordura, podría jurar que sentía el caliente líquido caer por sus mejillas... curioso abrió uno de sus ojos y se encontró con las fauces de la bestia rezumando saliva sobre su cara.
Instintivamente se arrastró por el piso para alejarse de la criatura y terminó recargándose en el bulto de carne podrida que había visto la otra noche. Advirtió su espalda mancharse con una sustancia viscosa y helada que le provocó escalofríos, y aunque le desagradara tenía que soportarlo porque era eso o las filosas garras de aquella bestia.
Para su sorpresa el animal no le siguió, podía ver sus ojos rojizos brillar en la penumbra de la casa, observándole con atención, si hacía un sólo movimiento era probable que ahora sí le matara. Con la poca luz pudo hacerse una idea del tamaño de la criatura, no se parecía a ningún perro que había visto antes y diría que era del tamaño de un león, a pesar de que nunca llegó a ver a uno, pero había visto fotografías y no eran nada pequeños. ¿Cómo podía alguien tener a una mascota de ese tamaño? Un momento, ¿tan siquiera era una mascota?
Pudiera ser que sólo pasaron segundos, pero le parecieron horas, horas en las que aquél ente simplemente le estuvo observando, tal vez podría escapar si era lo suficientemente cuidadoso. Bajó su mano derecha y la apoyó sobre las láminas de madera torcidas por la humedad, intentó arrastrarse impulsándose con la mano apoyada pero el suelo crujió y la bestia se acercó veloz hacia él. La criatura rugió impetuosa contra su cara y volvió a encogerse de miedo. Sus gruñidos eran extraños, grotescas palabras que le figuraban ser pronunciadas por la garganta de un humano.
¿Qué era exactamente esa "cosa"?
La bestia le olfateó y bufó quedo, percibió su hirsuto pelaje rozarle la piel y casi se sintió desmayar, la incertidumbre de no saber en qué momento le encajaría los dientes le causó desesperación, me morderá, repitió como un mantra cada vez que le sentía más cerca de su hombro pero la mordida no sucedió.
La criatura retrocedió, gruñó bajo a cada pisada y de un momento a otro le perdió entre las sombras de la casa.
No lo pensó dos veces para salir de ahí.
