Disclaimer: los personajes de The 100 no me pertenecen.
CAPÍTULO 14
[Bunker del faro, Isla de Becca, semanas después del Praimfaya]
La vida para Clarke en el búnker no se hacía pesada, al fin y al cabo había crecido confinada en el Ark, donde todos los días y todas horas eran iguales. Desde allí, desde el espacio, solía mirar La Tierra imaginando como sería. Sonrió recordando todo lo que había pasado desde que aterrizaron, a penas podía creer que finalmente su generación hubiera sido la afortunada. Después de cuatro temporadas en el planeta azul se había acostumbrado sin esfuerzo alguno a respirar aire no reciclado, a sentir la brisa en sus mejillas, el sol en su piel y el rumor de la vegetación y del mar en sus oídos, a despertar con el amanecer y a dormir entrada la noche. Se había convertido en una auténtica grounder y había luchado por su derecho a habitar el mundo de sus antepasados. Pero La Tierra había sido de nuevo enterrada bajo las cenizas por el Segundo Praimfaya y todo había vuelto a empezar. El confinamiento, la eterna espera.
Aunque esta vez era diferente, nada podía superar la sensación de despertarse junto a Lexa y de escuchar la inocente voz de Madi al otro lado de la puerta pidiendo que le dejaran acurrucarse entre ellas. Después de pensar durante temporada y media que había perdido para siempre a la mujer de la que se había enamorado perdidamente, se sentía en su pequeño y eterno paraíso. Sí, echaba de menos a sus amigos, ahora en el Ark, por ellos había dado su vida, y a su madre, en el búnker del Segundo Amanecer, pero confiaba en que los volvería a ver en unos cinco años, no podía ser de otra manera.
En cambio, para las dos personas que más amaba y con las que compartía ahora todos sus momentos, era diferente, ellas se habían criado en libertad, al menos en lo que se refiere a los espacios cerrados. En ocasiones las descubría mirando con nostalgia la puerta del aquel recinto impenetrable que las protegía de la elevada radiación, ni siquiera ellas tres, con su sangre oscura, serían aún capaces de asimilarla. No podía culparlas, incluso a la rubia le costaba a veces ubicar su existencia sin los ciclos circadianos, el reloj y el calendario se le antojaba un capricho extremadamente artificial. Por esta razón una vez a la semana se enfundada en su traje NBQ y salía al exterior a comprobar los niveles de radiación.
- Mami Clarke, puedo salir yo? Puedo? Puedo? Ya soy mayor...– insistía Madi mientras le estiraba del pantalón naranja.
Ante lo que la Commander siempre la cogía en brazos para evitar que hiciera alguna tontería mientras la rubia marchaba.
- Yongon, de momento es muy peligroso, Clarke sabe lo que hace. Tú y yo esperaremos aquí hasta que sea seguro salir.
A menudo, cuando la skaikru volvía del exterior, después de quitarse el traje y descontaminarse, se encontraba con sus dos personas preferidas tumbadas en el sofá del laboratorio leyendo cuentos. Al parecer esto era lo único que calmaba la excitación de la pequeña ante la remota posibilidad de que pudieran volver a salir. Ver a la morena en pijama con Madi entre los brazos relatando historias de héroes y heroínas era algo digno de ver. Jamás se hubiera imaginado lo bien que Lexa lo hacía, tanto que ella misma se sentaba junto a ellas y se dejaba atrapar por aquel hechizo que llenaba la habitación e inundaba sus mentes. Clarke, a su vez, también contaba a la joven natblida las hazañas de otros héroes como Anya, Octavia, Indra, Bellamy, Raven o Lyncon, pero la joven ya había elegido su cuento favorito.
- Nomon, porfi, porfi, cuéntame otra vez la leyenda de Korra!
