La Leona y La Serpiente
1.-La visita
Siempre había sido un poco rara.
Desde que tenía memoria; cada vez que me enfadaba, desesperaba, o frustraba, extraños acontecimientos sucedían a mi alrededor.
Nunca era lo mismo, algunas veces era cerrar una puerta de golpe, otras cambiaba cosas de sitio…
Procuraba no mostrarlo en público, tenía miedo de que la gente me considerase aún más rarita (me había ganado esa fama al preferir enfrascarme en mil libros antes que pasar las tardes jugando con estúpidas muñecas); incluso temía que me quemaran en una hoguera, como a aquellas brujas sobre las que había leído en la biblioteca local.
Pero todas mis ideas dieron un vuelco el día en que ella se presentó en mi casa.
Era Julio, y acababa de terminar mi quinto curso de Primaria.
Apenas acababa de recibirlos, ya devoraba mis libros de sexto, ávida de conocimientos.
Estaba enfrascada en la Revolución Industrial cuando llamaron al timbre.
-¡Hermione, abre tú!- gritó mi madre desde la cocina.
-Voy.
Dejé el libro sobre la mesilla del salón, y me dirigí hacia la puerta.
Cuando abrí, encontré a la mujer más alta que jamás había visto.
Llevaba el pelo negro recogido en un apretado moño, y vestía una camisa tartán con unos vaqueros.
-Buenas tardes. ¿Eres Hermione Jane Granger?
-Eehm, si.-respondí , preguntándome como aquella mujer sabía mi nombre.-¿Puede…Puede esperar un momento, por favor?
-Claro.
-¡Mamá!
-¿Quién era, cielo?
-Eso venía a decirte. Hay una mujer…Sabe mi nombre y…
Sin decir palabra, mi madre se quitó el delantal y fue a ver quién era nuestra misteriosa visitante.
-Soy Jane Granger, madre de Hermione. ¿Quién es usted?
-Soy Minerva Mcgonagall, y me gustaría hablarles sobre las, digamos, habilidades de su hija, señora Granger.
-Está bien.-contestó mi madre-Pase.
Juntas, fuimos al salón.
-¿Le apetece algo de beber?
-No, gracias. ¿Podría venir también el señor Granger? Preferiría que estuviera todo el núcleo familiar…
-Ehm, si, claro. Ahora vuelvo.
Puso rumbo al taller, donde mi padre estaba practicando su mayor hobby: el bricolaje.
-¿Puedo hacerle una pregunta?- dije, cuando me quedé a solas con Minerva Mcgonagall.
-Por supuesto.
-Esas…Habilidades…Verá, a veces…A veces tengo como…Poderes. Es decir, cuando cambio mi estado de ánimo, me enfado…Ocurren…Cosas a mi alrededor. No sé si me entiende.
-Te entiendo perfectamente. Sucesos inexplicables, parece que han sido sacados de un cuento de hadas, ¿verdad?
-Sí, algo así…
-Ahora mismo lo entenderás todo.-afirmó la mujer, cuando mis padres hicieron su aparición.
-Buenas tardes. Soy Henry Granger.-se presentó mi padre.
-Hola, soy Minerva Mcgonagall.-respondió esta, estrechándole la mano- Supongo que se preguntarán por qué una mujer que no conocen de nada se presenta sin previo aviso en su casa e insiste en hablar con ustedes sobre su hija. Pues bien, ahí va la respuesta. Su hija es una bruja.
-¿Perdón?
-Una bruja. Esto les resultará chocante, lo sé. Su hija es diferente, siempre lo ha sido. ¿No han notado nunca que, cuando se enfada o está triste, provoca acciones involuntarias y un tanto misteriosas?
-Bueno…Sí, de algún modo…Pero serían casualidades...-dijo mi padre, mirando fijamente a la mujer.
-Son muestras precoces de magia incontrolada.
-No me lo creo. ¡Es imposible que la magia exista!
-Me temo que es posible, querida.-respondió Minerva Mcgonagall- Se lo demostraré aquí mismo.
De pronto, en nuestro sofá no estaba sentada una mujer de aspecto severo, sino una gata atigrada con unas marcas alrededor de los ojos, parecidas a los anteojos que llevaba en su forma humana.
-¿C-cómo lo ha hecho?-preguntó mi madre, con los ojos abiertos como platos.
-Se llama animagia. Es el resultado de intensos estudios de Transformación, materia que imparto en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
-¿Hogwarts?
-Sí. Como todo, existen cosas hechas para magos. El mundo mágico alberga desde el Ministerio de Magia, hasta los dulces mágicos. Y no podía faltar una escuela para aprender a controlar nuestros poderes.
-¿Sólo existe…Hogwarts?- preguntó mi madre.
-No, existen varias, pero Hogwarts es su equivalente británico, además de una de las más conocidas e importantes.
-¿Dónde está?
-No me está permitido comunicarles su lugar exacto. Sólo puedo decirles que ustedes, como muggles, tan solo verían un castillo en ruinas y numerosos carteles de advertencia.
-¿Qué nos ha llamado? ¿Qué son muggles?
-Tranquilos, no es ningún insulto ni nada parecido. Gente no mágica.
-Y… ¿Tú no dices nada, Herms?- dijo mi padre, aún abrumado por toda la información que acababa de recibir.
-Entonces…Soy…Una bruja…-balbuceé, aún sin creérmelo.
-Exactamente.-dijo la profesora Mcgonagall, colocándose los anteojos.-Aquí tienen la carta de admisión.- entregó a mis padres una carta de papel pergamino escrita con tinta verde-Contiene todas las instrucciones que deben seguir para que su hija vaya a 1 de Septiembre, a las once en punto, el tren con dirección a Hogwarts parte desde el andén nueve y tres cuartos de la estación de King's Cross,en Londres.
-¿Tren?¿Es un internado? ¿Existe un andén nueve y tres cuartos?
-En efecto, Hogwarts es un internado. Su hija pasara allí los meses lectivos, pudiendo regresar en Navidad y para pasar las vacaciones de verano. Podrán escribirle cartas, no se preocupen. Y cuanto al andén, existe, pero está oculto a la vista de los muggles. Entre los andenes nueve y diez, en la segunda columna que encontrarán (viniendo desde la entrada principal, claro), tomen un poco de carrerilla y atravesarán, literalmente, la columna. Entonces aparecerán en el andén. Normalmente los muggles no pueden pasar, pero hacemos excepciones cuando se trata de los padres de un alumno, en este caso alumna, del colegio.-explicó.
-¿Dónde compraré las cosas?- pregunté, rompiendo mi silencio.
-En el Callejón Diagon. ¿Conocen la calle Alley? Existe una pequeña posada (sólo visible para magos, por supuesto) llamada El Caldero Chorrante. Pregunten al posadero, explicándole que son muggles , y él les guiará. Pueden cajear su dinero en el banco Gringotts.
-Bueno…Gracias, profesora Mcgonagall.
-Ha sido un placer.-se despidió-Nos vemos en Hogwarts, señorita Granger.
-Sí.
La seguimos hasta el umbral, y allí, bajo el crepúsculo inminente, una gata se escabulló entre los arbustos.
