Luego de un atareado día, finalmente, la noche había caído y, con ella, había llegado la hora de descansar no sólo su cuerpo, sino, también su mente y pensamientos. Las labores del hogar le estaban costando más trabajo del que creía o, mejor dicho, del que recordaba pues, su embarazo le agotaba y consumía más energía de la que deseaba; y eso que apenas se trataba de los primeros meses, en donde su vientre aún le permitía moverse con facilidad por toda la casa.
¿Quién diría que, después de tantos años, estaría nuevamente esperando otro hijo? ¡Vaya que era una locura que ni ella misma podía creer!
El tiempo se había ido volando y, en un abrir y cerrar de ojos, se había convertido en la madre de un chico que estaba entrando en la adolescencia y, ahora, se encontraba en la espera de un hermanito o hermanita que muy pronto le haría compañía a su hijo mayor.
Aún recordaba lo gracioso e incómodo que había sido explicarle a Goku cómo había ocurrido la concepción de Gohan. ¡Hasta podía jurar como si ese momento hubiera pasado un par de días atrás! Pero, lamentablemente, no era así. Ya nada era igual, ni siquiera ella lo era; todo a su alrededor había cambiado drásticamente.
Goku ya no estaba, Gohan no era más un bebé y ella tampoco era aquella joven tan atrevida, fuerte y persistente. Era una Milk destrozada que, en contra de su voluntad, estaba viviendo de los recuerdos que guardaba de su familia feliz, antes de la muerte de su esposo. Justamente por ello, era una locura que estuviera embarazada de nueva cuenta.
Luego de que Gohan naciera, había tomado sus precauciones para evitar quedar embarazada rápidamente, sin embargo, con el pasar de los años, dejó los anticonceptivos de lado, pues la indeseada monotonía había llegado a su matrimonio, limitándola a ella y a su esposo a compartir una que otra noche en las que sobraba el frío y faltaba la pasión.
Pero, antes de que Goku y Gohan se marcharan para dar batalla a ese despreciable androide, el guerrero y ella habían intercambiado más que simples caricias en la intimidad, volviendo a encontrarse para experimentar la magia que sólo ellos dos sabían crear; incluso, había redescubierto la romántica manía del despistado guerrero, quien, de vez en cuando, la sorprendía en alguna habitación de su hogar, llegando detrás de ella para colocar el mentón sobre su hombro, mientras llevaba sus fuertes manos al vientre en el que, hoy, se encontraba su segundo hijo, fruto de esas últimas, e inolvidables noches a su lado.
A pesar de que ya habían pasado un par de meses desde que Goku había muerto, creía sentir su presencia por la casa en ciertas ocasiones, como cuando cocinaba en algún momento del día, o cuando estaba a punto de acostarse en su lado de la cama, dejando el otro espacio vacío. Por más que quisiera, jamás podría superar tan dura pérdida, sobre todo, si se trataba del amor de su vida.
Quería evitar sufrir imaginándose cómo hubiera sido la vida de su familia si su esposo no se hubiera sacrificado en aquella pelea, pero simplemente no podía dejar de maquinar ilusiones que se quedaban resguardadas en su cabeza.
Con la melancolía a flor de piel, Milk se deshizo de las lágrimas que habían inundado su rostro y desató el peinado con el que recogía su cabello, dejándolo caer por debajo de los hombros. Con los pies descalzos, camino silenciosamente por su habitación hasta llegar a la única ventana que había en ella y empujó sus rendijas para abrirla.
Se recargó contra la pared, sacando un poco su cuerpo para que el suave viento de la noche rozara apenas la punta de su nariz. El camino que le tocaba recorrer sería largo y pesado pues, debía sacar a adelante los estudios de Gohan y al nuevo bebé y, aunque hubiera vociferado cientos de veces que Goku era un holgazán que no trabajaba, no le hubiera importado que él continuara así, con tal de tenerlo a su lado, sintiendo su apoyo para seguir.
Milk cerró los ojos y dejó que el aire de las montañas acariciara sus mejillas y pestañas. Entonces, llevó las manos a su vientre para descansarlas allí, mientras seguía disfrutando de la brisa nocturna; sin embargo, su cuerpo se tensó de repente y abrió los ojos de golpe, quedándose pasmada.
¿Qué había ocurrido? ¿Acaso había sido Goku?
Milk se dio media vuelta, percatándose de que no había nadie detrás de ella, pero estaba segura que, por unos instantes, había sentido como si las ásperas y pesadas manos de su fallecido esposo se hubieran colocado encima de las suyas, tal como lo hacía antes de irse, y la sensación era tal como lo recordaba.
Convencida de que sólo había sido producto de su imaginación, suspiró y cerró la ventana, para dirigirse a la cama.
Sería muy difícil acostumbrarse a no tener su presencia y debía hacerse a la idea de que su Goku no estaría más con ella.
