El ambiente dentro de aquél auto ha estado sumergido en el silencio durante los últimos diez minutos, y los últimos diez minutos se han sentido como una eternidad.
El sonido de la voz de Jack agradeciéndoles por lo que acababan de hacer por él todavía retorna en forma de ecos. El sonido de la despedida de aquel pobre hombre retorna en forma de ecos. Y el sonido del llanto cargado de dolor de Audrey cuando le dijeron que su amor había muerto retorna en forma de ecos, y se siente como si un cuchillo estuviera cortando tu carne: esa mujer nunca volverá a ver al hombre que ama, y pasará el resto de su existencia creyendo que está muerto.
Pensamientos de qué hubiera pasado si Tony hubiera fallecido en esa explosión pasan rápidamente por tus ojos durante un breve segundo.
Vos también te hubieras muerto.
Hubieras dejado de comer (en realidad hacía meses que no comías apropiadamente). Hubieras dejado de dormir (no dormís bien desde que lo arrancaron de tus brazos el día en que se lo llevaron preso). Hubieras dejado de funcionar. Tu corazón roto, el dolor, la depresión, todo eso hubiera acabado matándote.
Pero él está vivo, sano y salvo.
Está ahí con vos, sentado en el asiento del conductor de tu auto, estacionado en la entrada de tu casa, esperando a que vos hagas algo o digas algo. Su mano acaricia de arriba a abajo tu brazo, y tu cuerpo entero se estremece con cada caricia.
Entrelazás sus dedos con los tuyos y – haciendo acopio de la fuerza que podés recolectar dentro tuyo luego de este día sacado del mismísimo infierno – le regalás una sonrisa, mientras lágrimas de felicidad y alivio llenan tus ojos y comienzan a caer por tu hermoso rostro, como un símbolo visible y tangible de la catarsis emocional que están atravesando abrumadoramente tu alma, corazón y cuerpo.
Con las yemas de sus dedos él seca las lágrimas que caen. Su pulgar lentamente dibuja el contorno de tus labios segundos antes de que los acaricie con los suyos propios.
Su boca está a centímetros de tu boca, él inhala el aire que vos exhalás y vos inhalás el aire que él exhala.
Las palabras que susurra provocan temblores y su plegaria causa que te sacudas violentamente:
"No llores… por favor"
Acariciás su mejilla con tu pulgar, y sonreís otra vez.
"Son lágrimas de felicidad" le asegurás en un susurro también, antes de enterrar tu rostro en el cálido hueco entre su hombro y su cuello, permitiendo que tu cabeza descanse allí.
Él pasa su mano por tu cabello, mientras que con su otra mano frota tu espalda dibujando círculos, y permite que sus propias lágrimas de felicidad caigan por sus mejillas.
