Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia es de la escritora Melanie Milburne - Serie Multiautor: 22º Amantes Latinos.

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Argumento:

Casada por venganza, seducida por placer.

Isabella Swan estaba desesperada: su familia estaba a punto de declararse en quiebra. Sólo un hombre podía ayudarla. Pero era un hombre que estaba deseando verla suplicar….

El millonario sin escrúpulos Edward Cullen había tenido un corazón tiempo atrás. Pero, después de conocer a Isabella, una joven malcriada y heredera de una gran fortuna, enterró sus sentimientos para siempre. Ahora ella había regresado en busca de ayuda. Podía rechazarla o, al fin, vengarse convirtiéndola en su esposa.

CAPITULO 1

—El señor Cullen ha conseguido hacerle un hueco entre dos reuniones y la recibirá ahora —le informó a Bella con una corrección cortante la secretaria—. Sólo podrá dedicarle diez minutos.

Bella asintió educadamente, sin exteriorizar el enfado que había ido acumulando durante la hora que llevaba allí esperando a que Edward Cullen se dignara a hablar con ella.

—Gracias —dijo ella—. Intentaré no hacerle perder demasiado tiempo— ironizó.

Por muy difícil que fuera a ser ver de nuevo a Edward, pasara lo que pasase, tenía que permanecer tranquila y mantener el control. Había demasiadas cosas en juego como para echarlo todo a perder por una de las furiosas reacciones que tantas veces había tenido siete años antes. Había pasado mucho tiempo desde entonces y, aunque no estaba dispuesta a contarle todas las cosas por las que había tenido que pasar, tampoco iba a humillarse delante de él.

Su torre de oficinas en pleno centro financiero de Sidney era todo un símbolo de su meteórica ascensión. Desde sus humildes orígenes en el seno de una familia italiana comandada por su madre Rose, había sorprendido a propios y extraños con su capacidad, a todos menos al padre de Bella, que siempre había sabido reconocer el talento que tenía y había hecho todo lo posible para echarle una mano y allanarle el camino.

Pero pensar en su padre era lo último que debía hacer en aquel momento. Charlie Swan estaba muy débil de salud después del agresivo ataque al corazón que había sufrido. Bella había tenido que hacerse cargo de todo mientras su padre se recuperaba del triple bypass que le había sido practicado. Su madre se había apostado al pie de la cama de su marido, dejando a Bella la entera responsabilidad de sacar las cosas adelante.

Todo había sucedido de repente, y Bella se había puesto a la cabeza de los negocios de la familia para evitarle a su padre más complicaciones. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para que estuviera tranquilo y se recuperara, aunque significara ver de nuevo a Edward Cullen.

Bella golpeó con los nudillos la puerta que tenía grabado el nombre de Edward en grandes letras y sintió una ligera náusea en el estómago, la misma sensación que le asaltaba siempre cuando estaba cerca de él.

—Adelante.

Bella echó los hombros hacia atrás, levantó la barbilla con altivez y abrió la puerta. Edward estaba sentado ante su escritorio y no hizo el menor ademán de levantarse, una grosería que Bella ya estaba preparada para encajar. Siempre había tenido un aire de insolencia, de mirar a los demás por encima del hombro, incluso cuando vivía con su madre en la casa de empleados de la mansión Swan.

A pesar del esfuerzo que había hecho para estar tranquila y no perder la compostura, Bella sintió que su corazón, contra su voluntad, se aceleraba dentro de su pecho. Incluso sentado, Edward tenía una estatura intimidatoria. Un mechón de su cabello moreno caía ligeramente sobre su frente mientras los rayos del sol iluminaban su rostro. Tenía la nariz marcada por todas las peleas en las que se había metido en su juventud. Al contrario que otros hombres de negocios de éxito, que recurrían a la cirugía estética para arreglar los defectos de su rostro, Edward los llevaba como una medalla. Lo mismo ocurría con la cicatriz que partía en dos su ceja izquierda, una marca que le daba un aspecto peligroso y, al mismo tiempo, muy atractivo.

—Vaya, ¿cómo está la viuda alegre? —preguntó él mirándola de arriba abajo—. ¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos? ¿Un año? ¿Dos? El duelo parece sentarte muy bien, Isabella. Nunca te había visto tan guapa.

Bella acusó el golpe mirándole fijamente, sin pestañear, pero con una incómoda corriente eléctrica recorriendo su espalda. Seth Clearwater había muerto dos años antes y, las pocas veces que había vuelto a ver a Edward, él no había dejado de recordárselo con su típico tono sarcástico. Cada vez que le decía algo sobre su difunto marido, era como si le estuviera arrojando un insulto a la cara.

—¿Puedo sentarme? —preguntó amablemente ocultando todo lo que estaba pensando.

—Por supuesto —respondió Edward señalándole con la mano la silla situada enfrente de él—. Ese trasero se merece descansar. Pero no te pongas muy cómoda, en diez minutos tengo una reunión importante.

Bella se sentó en el borde de la silla odiándose a sí misma por el rubor que las palabras de él habían provocado en sus mejillas. Edward siempre había tenido la extraña e incómoda virtud de hacerle ser plenamente consciente de su cuerpo a través de las frases que utilizaba para hablar con ella. Nadie tenía esa capacidad más que él.

—Bueno —dijo apoyando la espalda en el respaldo de su asiento—. ¿Qué puedo hacer por ti, Isabella?

Ella guardó silencio unos instantes. Nadie más que él utilizaba su nombre completo para dirigirse a ella. Había empezado a hacerlo cuando ella acababa de cumplir catorce años, cuando la madre de él había sido contratada para limpiar en la mansión y había llegado allí con su hijo de dieciocho años. La forma en que pronunciaba su nombre también tenía algo especial. Aunque había nacido en Australia, la constante presencia del italiano en su casa le había dado un toque exótico a su acento. Cuando decía su nombre, Bella se quedaba como paralizada.

—He venido porque ha surgido un pequeño problema —dijo frotándose las manos por debajo de la mesa intentando controlar los nervios—. Como mi padre ahora mismo está descansando y no puede hacerse cargo de nada, he pensado que podrías aconsejarme.

Edward la observó detenidamente con su aire enigmático mientras pulsaba una y otra vez el resorte de su estilográfica.

—¿Cómo está tu padre esta mañana? —preguntó él—. Le vi ayer por la noche en la unidad de cuidados intensivos. Parecía un poco desmejorado, pero supongo que es normal.

Bella sabía que Edward visitaba regularmente a su padre, aunque siempre se las arreglaba para no coincidir con él en el hospital.

—Lo está haciendo muy bien —respondió—. La cirugía está programada para la próxima semana. Creo que están esperando a que se estabilice un poco.

—Sí, es mejor —dijo él dejando la estilográfica sobre la mesa—. Los médicos estiman que se recuperará del todo ¿verdad?

Bella intentaba no mirar sus manos, pero tenían algo que le atrapaba. Eran grandes y poderosas, con dedos estilizados y un tupido vello moreno que les daba un aspecto masculino difícil de resistir.

Ya no era el chico que había conocido una vez. Su piel morena estaba brillante y bien cuidada, sus músculos, tonificados y muy marcados, signo del estricto programa de entrenamiento físico al que se sometía. A su lado, los ejercicios de gimnasia que hacía ella parecían un mero pasatiempo.

—¿Isabella?

Intentó recuperar la compostura y le miró a los ojos, unos profundos y penetrantes ojos grises. Nunca había sabido nada acerca del padre de Edward. Por algunos comentarios había deducido que no había sido italiano como su madre, pero nunca le había preguntado sobre ello directamente. Algo le había hecho intuir desde muy pronto que para su madre y para él no era un tema agradable de conversación.

—Bueno… No estoy segura —respondió finalmente a la pregunta que le había hecho sobre la recuperación de su padre—. No he hablado con los médicos.

En cuanto terminó de hablar, se dio cuenta de lo indiferentes que habían sonado sus palabras, como si la salud de su padre no le importara. La realidad era muy distinta. No había nada en el mundo que le preocupara más. De no haber sido por el ataque al corazón de su padre, ella nunca habría tenido que ir hasta allí a hablar con Edward.

—Supongo que esta visita tiene que ver con la oferta que se ha hecho por el complejo residencial Swan Island. ¿Me equivoco?

Bella intentó ocultar su sorpresa. ¿Cómo se había enterado?

—Sí, en realidad… Como seguramente sabrás, mi padre pidió hace un año y medio un préstamo para modernizar el lugar. Ayer por la tarde recibí una llamada. Me dijeron que, si no pagábamos el importe total del préstamo, podíamos tener problemas, y todo el complejo saldría a la venta.

—¿Has hablado del asunto con vuestros contables?

—Dicen que no hay forma humana de reunir tal cantidad de dinero en veinticuatro horas —dijo ella bajando un poco la mirada.

Edward tomó de nuevo la estilográfica y empezó a accionar una y otra vez el botón, como si fuera un ritual que le ayudara a pensar.

—No le has dicho nada a tu padre, ¿verdad?

—No, por supuesto que no —respondió ella con dificultad para mantener su mirada—. No quiero preocuparle. Si le digo lo que está pasando, puede que le provoque otro ataque.

—¿Qué hay de los que llevan la gestión del complejo? ¿Saben lo que está pasando?

—He hablado con Bree y Diego Tanner —respondió ella—. Como es lógico, están preocupados por sus empleos, pero les aseguré que me ocuparía personalmente de solucionarlo todo.

—¿Has traído la documentación? —preguntó tras una pausa.

—No, pensé que sería mejor discutir primero el tema contigo.

Estaba incómoda. Se sentía incompetente, intentando manejar asuntos que se le escapaban. Desde que sus padres le habían pedido que se hiciera cargo de todo, había tenido dudas sobre su capacidad para sacarlo adelante, pero no había querido decirles nada para no defraudarles. Ambos tenían muchas esperanzas puestas en ella después de la trágica muerte de su hermano mayor. James. Bella había intentado hacer todo lo posible para llenar el terrible vacío que había dejado, pero seguía teniendo la sensación de estar abarcando más de lo que podía manejar.

—De modo que tienes un día para reunir los fondos necesarios, ¿no es así? —preguntó él.

—Efectivamente —respondió ella ocultando lo difícil que le resultaba hablar de todo aquello—. Si no lo logramos, mi familia tendrá que sacarlo a la venta y sólo tendremos el treinta y cinco por ciento de las acciones. No sé exactamente si puedes ayudarme en algo. Sé perfectamente que si mi padre no estuviera en el hospital, hubiera venido a verte antes que a nadie para tratar contigo todo esto.

—¿Tienes alguna idea de quién está detrás de todo esto? —le preguntó Edward.

—No —respondió—. He preguntado a todas las personas que conozco, pero nadie parece tener la más ligera idea.

—¿De cuánto dinero estamos hablando?

Bella respiró profundamente antes de responder.

—Dos millones cuatrocientos mil dólares.

—Vaya —dijo él enarcando una ceja—. No es precisamente calderilla.

—No, no es algo que te puedas encontrar por la calle —comentó ella—. Estoy segura de que mi padre nunca pensó que esto podría llegar a ocurrir. El mercado ha estado muy inestable estos últimos meses. Parece que no hemos sido los únicos en pedir un préstamo en el peor momento.

—Desde luego.

—Bien… Me estaba preguntando… ¿Qué crees que podríamos hacer? —preguntó tímidamente, aunque la desesperación crecía en su interior por momentos—. No quisiera ponerte en un compromiso, pero mi padre respeta mucho tus opiniones, por eso he venido.

—Sí, ya me imagino que no habrás venido hasta aquí sólo para hablar del tiempo —dijo Edward—. Por cierto, te quedan cinco minutos.

—Ya sabes lo que te estoy pidiendo —dijo Bella luchando consigo misma—. No me hagas decirlo sólo para alimentar tu ego.

Los ojos de él parecían llenarse de energía mientras se inclinaba sobre el escritorio.

—Quieres que pague yo ese dinero, ¿verdad?

—Mi padre ha hecho mucho por ti —respondió ella empezando con el discurso que había ensayado una y otra vez la noche anterior—. Pagó la fianza cuando robaste aquel coche con dieciocho años nada más empezar a vivir con nosotros. Te dio un aval para que pudieras ir a la universidad… No habrías conseguido todo lo que hoy tienes de no haber sido por él.

Edward se recostó de nuevo en su asiento jugando con la estilográfica.

—Dos millones cuatrocientos mil dólares es mucho dinero, Isabella —dijo—. Para poder hacer ese desembolso de dinero necesitaría algo a cambio, alguna garantía que me cubra las espaldas en caso de que las cosas salgan mal.

—¿Una garantía? —repitió ella alarmada—. Podemos hablarlo con nuestros abogados y llegar a un acuerdo. Podríamos firmar un plan de reembolso a cinco años, por ejemplo. Con intereses, por supuesto. ¿Qué te parece?

—Demasiado arriesgado —respondió él con una sonrisa enigmática—. Preferiría algo más seguro, algo que sea más que un simple trozo de papel.

—No estoy muy segura de entenderte —dijo ella dubitativa—. ¿Te refieres a algo más concreto? Lo único que podría adaptarse a tus requerimientos es la casa de mis padres, pero necesitarán algún sitio donde…

—No quiero su casa —la interrumpió clavándole la mirada.

—Entonces… ¿Qué es lo que quieres? —preguntó casi desesperada, llevándose la mano al estómago para intentar acallar las náuseas que sentía.

Se hizo el silencio. Un silencio incómodo y lleno de algo muy intenso que Bella no fue capaz de precisar. El aire se había vuelto súbitamente denso, tan denso que le costaba respirar sin sentir una sensación de ahogo en lo más profundo de su pecho.

—¿Qué te parecería ser la garantía tú misma? —preguntó entonces Edward.

—No poseo nada cuyo valor ascienda a esa cantidad —respondió ella frunciendo el ceño—. Sólo obtengo algunos pequeños ingresos de la sociedad para mis necesidades y poco más.

—Deduzco por lo que dices que tu difunto marido no te dejó en la posición desahogada que has disfrutado durante toda tu plácida vida, ¿me equivoco?

Bella bajó la mirada para no tener que enfrentarse a los ojos de él, unos ojos que parecían estar llenos de reproche.

—Las finanzas de Seth eran un desastre cuando murió de repente. Había deudas, cosas que no estaban claras… Demasiadas cosas que solucionar.

«Y demasiados secretos que ocultar», pensó Bella.

—Te daré el dinero —afirmó Edward finalmente—. Puedo hacerle llegar el dinero a la sociedad de tu padre con sólo encender mi ordenador y pulsar un par de veces el ratón. Tu pequeño problema estará solucionado antes de que llegues al ascensor.

Pero había una condición, podía presentirlo. Bella le miró expectante para escucharla. Le conocía de sobra como para saber que jamás regalaría tal cantidad de dinero a cambio de nada. Edward sentía un profundo respeto por su padre, incluso toleraba bastante bien a su madre, pero, en lo que tenía que ver con ella, sentía un profundo resentimiento. Aquel favor le estaba dando la oportunidad de resarcirse. Bella estaba segura de que Edward no iba a desaprovecharla.

—Por supuesto, habrá ciertas condiciones —empezó él.

Bella se estremeció al ver la determinación en sus ojos.

—¿Qué tipo de condiciones?

—Me sorprende que no se te haya ocurrido ya —dijo él haciendo una mueca irónica, como si estuviera jugando al ratón y al gato con ella, como si estuviera disfrutando con todo aquello.

—Yo no… No tengo ni idea de a qué te refieres —tartamudeó ella frotándose las manos llenas de sudor.

—Pues yo creo que sí —dijo él—. ¿Recuerdas aquella noche justo antes de tu boda?

Bella se obligó a sí misma a mirarle a los ojos, aunque notaba cómo la culpabilidad ascendía por su piel hasta teñirle las mejillas con un rubor difícil de ocultar. Recordaba perfectamente la noche a la que se refería Edward. Durante el tiempo que había durado su matrimonio la había rememorado cientos de veces, preguntándose una y otra vez cómo habría sido su vida de haber hecho caso a Edward.

La tarde anterior a su boda, Bella se encontraba en la iglesia realizando el ensayo final a pesar de que Seth había llamado por teléfono diciendo que le habían programado una reunión de última hora y no iba a poder llegar. Edward había llegado a toda prisa desde el aeropuerto después de haber estado seis meses en Italia, donde su madre se estaba muriendo. Se había apoyado en una de las columnas del fondo de la nave con su típica pose desenfadada y no había dicho nada.

Una vez terminado el ensayo, la madre de Bella había invitado a todos los presentes a unos aperitivos en la casa familiar. Bella le había pedido al cielo que Edward declinara la oferta, pero cuando hora y media después salió del cuarto de baño de la planta superior, le encontró frente a ella.

—Tengo que hablar contigo en privado, Isabella —le había dicho.

—No se me ocurre qué tienes que decirme —había replicado ella fríamente intentando ignorarle y pasar de largo, sintiendo las manos de él sujetándola con fuerza, deteniéndola, provocando una corriente eléctrica en todo su cuerpo—. Deja que me vaya, Edward —le había pedido.

—No sigas con esto, Isabella —le había pedido él en un tono que nunca antes le había oído utilizar—. Ese hombre no es para ti.

—He dicho que me sueltes —había insistido ella orgullosa intentando zafarse.

Pero Edward la había tomado de la cintura y la había atraído hacia él hasta tenerla muy cerca, hasta tenerla más cerca de lo que nunca habían estado. Bella se había quedado sorprendida por la fortaleza de su pecho, por la determinación con que las manos de él la estaban sujetando, por las emociones que estaba experimentando.

—Cancélalo —le había ordenado Edward—. Tus padres lo entenderán. Todavía estás a tiempo.

—Como no me sueltes ahora mismo, empezaré a gritar —le había amenazado ella—. Le diré a todo el mundo que has intentado abusar de mí. Irás a la cárcel.

Edward había acusado el golpe con un gesto amargo.

—Ese hombre se quiere casar contigo sólo por tu dinero —le había advertido Edward.

Bella había reaccionado con furia, aunque una ligera duda se había abierto camino en su interior, una duda que había empezado a sentir en las últimas semanas.

—No tienes ni idea de lo que estás hablando —le había espetado ella—. Seth me quiere de verdad. Sé que me quiere.

—Si lo que quieres es casarte, entonces cásate conmigo —le había dicho él—. Al menos, estarás segura de con quién te comprometes.

—¿Casarme contigo? —le había preguntado ella en tono sarcástico—. ¿Y pasarme el resto de mi vida fregando escaleras como tu madre? Gracias, pero no.

—No puedo permitir que lo hagas, Isabella —había insistido él—. Si no lo cancelas esta misma noche, mañana durante la ceremonia me levantaré delante de todo el mundo y diré claramente por qué no debes casarte.

—¡No te atreverás!

—¿Te apuestas algo, rubia? —preguntó él retándola—. ¿Quieres que todo Sidney sepa la clase de hombre que es tu futuro marido?

—Maldito seas… —había dicho ella—. Me aseguraré de que no puedas entrar. Hablaré con la empresa de seguridad que ha contratado mi padre y te prohibirán la entrada. Me voy a casar con Seth mañana, digas tú lo que digas.

—Ahora mismo, no tienes ni idea de lo que quieres o a quién quieres —dijo él con firmeza—. Maldita sea, Isabella. Sólo vas a tener veintiún años una vez. El suicidio de tu hermano te destrozó, nos destrozó a todos. Tu enlace con ese hombre ha sido una especie de reacción. Por Dios santo, hasta un ciego ser daría cuenta.

La sola mención de su hermano, del trágico final que había tenido, había provocado una reacción en Bella que hasta entonces no se había permitido tener por respeto a sus padres. Fue como una explosión, como la erupción de un volcán. Sacando fuerzas de algún recóndito lugar, le había dado un puñetazo en la barbilla con todas sus fuerzas.

Edward había acusado el golpe. Pero, entonces, mientras ella todavía se tocaba la mano, dolorida por el impacto, él la había sujetado con fuerza y la había besado con furia, con pasión, con una intensa desesperación y deseo…

Bella intentó volver al mundo real. No le gustaba pensar en aquel beso. Le daba vergüenza recordar cómo ella se lo había devuelto, recordar cómo a la mañana siguiente había acudido a la boda con una marca roja en la mano, una marca que le hacía imposible olvidar lo que había sucedido la noche anterior. Había sido como si Edward hubiera estado presente en la ceremonia, como si hubiera podido burlar la vigilancia que ella le había pedido a su padre que apostara en la puerta.

—Ve al grano y dime lo que quieres —dijo Bella molesta.

—Quiero que seas mi mujer.

Bella no estaba segura de qué era más aterrador, la propuesta de Edward o el darse cuenta de que no tenía más opción que aceptar.

—Parece una mala idea, teniendo en cuenta que nos odiamos y siempre nos hemos odiado —dijo ella sin amilanarse.

—Tú no me odias, Isabella —dijo él sarcástico—. Odias lo que te hago sentir, que es algo muy distinto. Siempre ha habido entre nosotros algo especial, ¿vas a negarlo? Una intensa y secreta atracción, una intensa pasión reprimida entre la rica heredera y el hijo rebelde de la sirvienta. Es una mezcla explosiva, ¿no crees?

—Creo que te haces demasiadas ilusiones, Edward —respondió ella altiva—. No soy consciente de haberme dirigido nunca a ti con algo que no haya sido desprecio.

Edward miró el reloj que estaba en su escritorio y se levantó.

—Se acabó el tiempo, rubia.

—Necesito tiempo para considerar tu oferta —murmuró Bella.

—El trato que te ofrezco estará en pie hasta dentro de treinta segundos —dijo Edward impasible—. Lo tomas o lo dejas.

—Es del trabajo de mi padre, del esfuerzo de toda una vida, de lo que estamos hablando —dijo ella desesperada—. Construyó ese lugar desde la nada en los setenta, después de que aquel ciclón lo arrasara todo. ¿Cómo puedes darle la espalda después de todo lo que hizo por ti? Maldito seas. Edward. De no haber sido por mi padre, ahora mismo estarías dando vueltas en el patio de la cárcel de Pentridge.

—Ese es mi precio —dijo él sin inmutarse—. Sí no te casas conmigo, no hay trato.

Bella apretó los puños intentando darle una salida a su frustración.

—Sabes que no puedo negarme. Lo sabes y estás disfrutando. Sólo estás haciendo esto porque te rechacé aquella noche hace siete años.

Edward se inclinó sobre el escritorio y pulsó el botón del intercomunicador.

—¿Rachel? —preguntó hablándole al aparato—. ¿Ha llegado ya mi siguiente cliente? La señorita Clearwater ya se va.

Los frutos del trabajo de toda una vida, del esfuerzo y el sudor de su padre, estaban en juego. Si no accedía, su padre iba a tener que venderlo todo, empezando por la casa que había pertenecido a sus padres, los abuelos de Bella, antes que a él. Pensaba en la cara de decepción que pondría su padre cuando tuviera que decirle que le había fallado, que no había conseguido mantener los negocios a flote con la brillantez de que habría hecho gala su difunto hermano. De estar vivo James, seguramente ya habría resuelto el problema poniéndose en contacto con alguno de sus amigos. Ella, en cambio…

Nunca se había sentido atraída por aquel mundo. Le habían aburrido las interminables reuniones de negocios, los espectáculos corporativos, las negociaciones, el papeleo, los cálculos…

Lo que a ella le había gustado siempre había sido…

Pero ¿qué importaba ya? Nunca lo tendría. Tenía que sacrificar sus expectativas y sus sueños, al menos hasta que su padre se recuperara y pudiera tomar las riendas de nuevo.

Si era que eso llegaba a suceder.

Un escalofrío recorrió su cuerpo. Bella había sido la última persona en ver con vida a James antes de que muriera de una sobredosis. Aunque sólo fuera por eso, tenía que ser responsable y afrontar las circunstancias de la situación en que se encontraba, aunque no le gustaran. Tener que casarse a la fuerza con Edward Cullen le repugnaba. Aunque, tal vez, ésa no era la palabra adecuada. Edward era el hombre con el que cualquier mujer hubiera soñado, un hombre increíblemente atractivo, un hombre capaz de hacer temblar de deseo a cualquier mujer con su pelo oscuro, sus penetrantes ojos grises y sus músculos perfectos, casi esculpidos.

Casarse con él era meterse en problemas, pero ¿qué otra cosa podía hacer? ¿De qué otra forma podría conseguir tanto dinero en tan poco tiempo?

¿Era capaz de hacerlo? ¿Era capaz de casarse con un hombre de aquella manera?

Aquello era demasiado peligroso. Edward era peligroso. Era orgulloso, era un seductor, era…

Pero no tenía a nadie más a quien recurrir.

Toda su familia dependía de ella.

—De acuerdo —dijo Bella resignada—. Lo haré.

—Bien —asintió Edward arrogante, como si no hubiera dudado ni un segundo de la decisión que iba a tomar—. El dinero será ingresado en la cuenta correspondiente en unos minutos. Iré a buscarte esta noche para ir a cenar. Así podremos discutir los preparativos de la boda.

—¿No podríamos esperar al menos unos días hasta que…?

—¿Hasta que puedas encontrar alguna otra solución? Desde luego que no, querida. Ahora que te tengo, no voy a dejarte escapar.

—¿Qué se supone que voy a decirles a mis padres?

—¿Por qué no les dices que finalmente has dejado de engañarte a ti misma y te has dado cuenta de que te tienes que casar conmigo?

Bella le clavó una mirada gélida.

—Pensarán que me he vuelto loca.

—Quizá piensen que te has enamorado —dijo él—. Prefiero esa versión, al menos de momento. La salud de tu padre es muy delicada, y seguirá siendo así varias semanas después de salir de la cirugía. No quiero que tenga una recaída por todo este asunto.

Bella guardó silencio. En eso, Edward tenía toda la razón.

—Había planeado ir al hospital esta noche —dijo ella—. ¿Te veré allí o en la casa?

—Tengo un par de reuniones que podrían alargarse, de modo que, si no llego a tiempo al hospital, te veré en tu casa sobre las ocho y media. Me gustaría hablar con tu padre sobre mis intenciones contigo.

—Es curioso, te comportas de la forma más tradicional posible, incluso le quieres pedir mi mano a mi padre, cuando a mí nunca me pareciste un hombre al que le atrajera el matrimonio. —Dijo Bella— Lo único que leíamos de ti en los periódicos eran tus constantes cambios de pareja.

—La variedad es la salsa de la vida —dijo él sonriendo—. Sin embargo, hasta la persona más disipada siente, de vez en cuando, la necesidad de sentar la cabeza.

—Este matrimonio… No te lo planteas como algo a largo plazo, ¿verdad?

—Durará mientras siga teniendo razón de ser —respondió él.

Bella se dio cuenta de que no le había respondido a la pregunta.

—Te veré esta noche —dijo Edward abriendo la puerta de su despacho invitándola a que se fuera—. Te llamaré si voy a llegar tarde.

Cuando Bella pasó junto a él, intentando aparentar orgullo y altivez, sintió un penetrante perfume. No podía precisar cuál era, pero siempre le había pasado lo mismo con ella. Era una combinación de tantas cosas que era difícil saber a qué atenerse, aunque cualquiera de ellas por separado habría sido suficiente para volverle loco.

Cuando Bella cerró la puerta detrás de ella y se quedó solo, dejó de contener la respiración.

—Maldita sea —dijo pasándose la mano por el pelo furioso—. Maldita sea.

—¿Señor Cullen? —preguntó su secretaria a través del intercomunicador—. El señor Winchester está aquí. ¿Le digo que pase?

Edward respiró profundamente recuperando la compostura.

—Por supuesto —respondió—. Le atenderé ahora mismo. Pero dígale que sólo puedo dedicarle cinco minutos.