Autora:ineedyoursway

Traductora:Agostina Corsentino (FFAD)

Beta: Jocelynne Ulloa (FFAD)


Si alguien lee la línea de mi existencia como si fuera una historia, podrían pensar que saben el punto exacto en el que mi vida se fue al infierno. Bueno, estaría equivocado. No me conoce. No sabe nada sobre mí. No entiende mis errores. No entiende que hice, que hice para hacerme caer a mí misma. No soy una persona completamente desinteresada. No soy pura, no soy una santa y no soy digna de lástima. Nadie entiende que yo causé esto. Invité al peligro a mi puerta trasera. Fui yo.

Primer año. Si ese fue un punto bajo. Edward dejó de hablarme. No es que pueda culparlo realmente. Quiero decir, estaba clasificada como un monstruo de la naturaleza. No hablé con nadie de nuevo, no tenía amigos, pasaba cada minuto del tiempo libre que tenía en la sala de arte. Igual en el cuarto me escondía detrás de mi caballete, el largo pedazo de pergamino me escudaba de cualquiera que entrara a la habitación. Usaba mi malsano, lacio y marrón cabello para ocultar mis ojos. Caía enfrente de mi cara en tiras grasientas porque no me bañaba. Era repugnante. Estaba atascada en la depresión.

Charlie me llevó a la escuela en su coche de la policía. Era un suicidio social, pero entendía que lo hacía por mí. El quería mantenerme a salvo después de lo que sucedió en octavo grado. Estaba teniendo precaución extra porque su hija fue violada.

En su casa.

Con su puerta abierta.

Con su arma en la mesa de la cocina.

Si.

No fue su culpa, de ninguna manera. Yo sabía eso. El no lo sabía. Yo sabía la verdad. Sabía que no era culpa de nadie, solo mía. Nadie podría haberlo previsto más que yo. Yo y mi estupidez, mis afán por perdonar, mi ingenuidad y mi negligencia con my sentido de la seguridad. Estaba inquieta. Pensé que era genial. Salir con un chico que duplicaba mi edad, me dio la charla de la escuela. Él abandonó la escuela secundaria. Estaba trabajando en el GED. Él arreglaba autos. Era un chico malo con un aro en la lengua y un horrible caso de acné en su mentón y mejillas. Me buscó en la escuela con su auto. Porque manejaba. Y esa fue la mierda.

A Edward no le gustaba.

El me decía eso. Todos. Los. Días.

Me reí de Edward. El fue a casa en el autobús con goma pegada en el asiento y el calvo travesti conductor del autobús llamado Vicky. Vicky tenía un ojo perezoso. Ella te miraba cuando te sentabas en el asiento de adelante. Te miraba mientras estaba manejando. Miraba a cada niño que se bajaba en cada parada. Ella, él, lo que sea, miraba mientras ibas por el pasillo con su ojo perezoso mientras que con el normal miraba la carretera. Podría decirte que, un Ford Taurus con el motor averiado y las ventanas rotas era mejor que Vicky, su ojo y la goma de mascar en los asientos.

¿Sabes lo que es triste?

Ni siquiera recuerdo su nombre.

Solo recuerdo su aro de la lengua golpeando en mis dientes como un toc, toc toc en la puerta.

Jessica fue mi pequeña zorra en octavo grado. Era mi lacayo, siempre pensé que ella tenía grandes senos y que en su escote podría esconder dinero y cigarrillos. Recuerdo sacarlos en el baño de niñas. Era Como una interminable caja de sorpresas. Los cigarrillos salían. Pop, pop, pop. Parecía que nunca se acababan. Lo juro, ella tenía por lo menos dos paquetes allí. La hice comprarlos también. Quería ser genial. Era genial. Me ahogué con el primero, el humo quemó mis pulmones. Lo exhalé en un estallido de tos. Tiré las cenizas en el puesto de la chica bulímica, porque escuchar su desgracia era una mierda asquerosa. Jessica me siguió. Ella hacia cualquier cosa que yo hiciera. Creo que ella sigue fumando todavía.

Edward me atrapó fumando el último día de octavo grado. El no había entrado a la pubertad todavía. Era un petiso pelirrojo, con una rara piel pálida y sin músculos. Era más bajo que yo. Ese año, pegué un estirón como una rama, delgada y alta. Pero Edward, Edward metió la pata. Solo lo recuerdo mirándome furioso y tirando el cigarrillo de mis labios lanzándolo al suelo. (Movimiento estúpido, podría haber incendiado el maldito patio). Él me gritó.

—Sabes, se supone que no debes fumar. Conseguirás una enfisema1. Como una vieja con un agujero en la garganta. ¿Quieres un agujero en la garganta Bella? —. Me gritó. Escupiendo un poco. Su voz se quebró, subiendo dos octavas. Bajé la mirada de él.

—Oh, Edward—, me burlé. —Madura.

Recogí la colilla del cigarrillo del suelo. Él me miraba fijamente con la boca abierta. Recuerdo pensando que eso podría ser divertido si una mosca se metiera en su garganta. Ninguna lo hizo. Él se fue enojado.

El chico, el chico con el aro en la lengua, el Ford Taurus y el terrible acné, me recogió. Me llevó frente a los autobuses, fanfarroneando, golpeando de nuevo su aro de la lengua contra sus dientes. Tap, tap, tap.

—Hey— Besé sus labios. Realmente no me gustaban. Eran duros y estrechos como un balón de látex, una de las esquinas estaba roja que era donde sonaba el tap, tap constante cuando se tocaba con su aro. Saludé con la mano a Jess. La llamaba así porque quería, y por el hecho de que ella lo odiaba. — ¡Adiós Jess! — La llamé desde la ventana. Ella hizo una risa sardónica pero estrechó sus ojos.

—Hey—, dijo él. En una especie de gruñido, nos fue hasta que estuvo en mi casa que se detuvo. El cabeceo hacia el frente de la puerta. — ¿Tu papá está en casa?

—No

— ¿Estás segura?

—Si.

—Ok.

El nunca cerraba su coche con llave. Solo lo dejaba en la calzada, sus llaves tintineaban en el bolsillo mentiroso (oculto) debajo se su trasero, en las piernas.

Tap, tap, tap, tick, tick, tick.

—Hey. Vamos arriba— Lanzó una última mirada a la pistola y subimos a mi cuarto. Nos serví dos vasos de agua y lo seguí por las escaleras, entrando en mi infantil habitación. Mi cuarto seguía igual. Quiero decir, desde que nací. Era rosa. Había arcos en la esquina. Agujeros en el piso donde había estado la cuna, ahora cubiertos por mi sencilla cama. No es nada en contra de Charlie pero, desde que mi mamá se fue, él no ha funcionado bien por mucho. La redecoración nunca fue su fuerte de todos modos.

—Entonces—, dije sentándome alado de él en la cama. Le tendí el agua. La miró y luego la dejó sobre la mesa de noche, sin tocarla, Bebí un sorbo de la mía. Mi mano temblaba, y el agua se agito alrededor del vaso, derramando un poco. No pensé que se diera cuenta.

—Sé que podemos hacer.

Cabecee en aprobación.

Mi maldito consentimiento.

Charlie nos sorprendió en… una posición comprometedora. La puerta estaba abierta y la pistola en la cocina, el agua se agitaba en mi vaso cada vez que la cama se sacudía. Pienso primero entro en shock. El abrió la puerta y se quedo allí… mirando. Como si estuviera viendo porno o alguna mierda. Escuché los golpecitos del aro de su lengua con los latidos de mi corazón.

—Señor Swan—, se ahogo. Estábamos en una posición comprometedora. Y nadie llamaba Señor Swan al Jefe Swan. Nunca. Él nos contemplaba en aquella posición. Y estoy bastante segura que se encontraba bastante avergonzado como para salirse mientras Charlie nos miraba. Tal vez estaba avergonzado de que su pene era muy pequeño. Por otra parte, no tenía nada con que compararlo. Pero créanme, era tan pequeño que prácticamente no existía. Yo estaba inerte como un pescado muerto. Mis pechos colgaban fuera de mi sujetador, así que los volví a poner dentro de este. Era lo menos que podía hacer, realmente.

Charlie reacciono después de eso. Él inclinó el gatillo y apunto a su cabeza. El anillo de su lengua que golpeaba, comenzó a hacerlo mucho más rápido, salió de mi. Dejo mi cuerpo con una pútrida y sangrienta masa pegajosa que mancho mis sabanas. Charlie las quemo como si estuvieran infectadas con tuberculosis.

Ni siquiera recuerdo lo que paso después de que Charlie lo sacara de mi habitación. Solo me acurruqué. Me hice un ovillo y me quede dormida.

Trataron de conseguir gente que hablara conmigo, recuerdo eso. Pero yo no quería hablar. No quería hablar para nada. No quería decirles que yo no era una víctima, ni siquiera podía ser considerada una, era estúpida. Tonta. Fue completamente mi culpa, sin importar lo que dijeran. Todo el mundo decía que no era mi culpa. Bueno, ellos eran tontos también. Porque fue mi culpa. Todo fue mi culpa.

Recuerdo a Edward llamando montones de veces. Me aseguré de que nadie le contara lo sucedido. No lo quería a él, él entre todas las personas, pensando que era una sucia puta en la que con tanta facilidad me había convertido. Sabía que él pensó mal de mí. Lo sabía por la forma en la que me miró. Él me escribió una nota en clase de Español él me puso que había cambiado, y no de la buena manera, y que él realmente no quería ser más mi amigo. No me importaba porque era un enano pre—adolecente. No sabía cuanto significaba su amistad para mí. No sabía cuánto iba a perder actuando como el resto de ellos.

Primer año. Él no hablaba conmigo. Él tenía amigos. Estoy bastante segura de que estaba en el club de celibato, por irónico que parezca. No era religioso, y estaba en el club de celibato. Recuerdo mirarlo en su mesa, con todos sus amigos, todos con su casto pan blanco, amigos cristianos, orando. ¿Orando? Edward nunca oró. Yo sabía quién era. Y ese no era él.

Estaba siendo moldeado. Moldeado por esa chica. Tanya.

El adoraba a Tanya. El tenía un enamoramiento por ella. Yo lo veía. Él la seguía como un cachorro. Tanya era una estudiante de segundo año. Ella tenía senos, uñas falsas y lentes de contacto que hacían sus ojos súper azules, como ojos de alíen. Cuando miraba a las personas ellos suspiraban, pero eran solo como ojos de alíen para mí. Y Tanya era súper, súper religiosa. Tan religiosa que llevaba colgada una cruz alrededor del cuello, y llamaba a su vagina "su lugar sagrado". ¡Já!

Tanya no le prestaba atención a Edward, Bueno, ella dejaba que Edward llevara sus libros en alguna ocasión. Eran pesados, por lo que hizo que Edward lo hiciera. Claro, Edward era muy servicial. Edward lamería el suelo bajo sus pies para limpiarlo, si ella se lo pidiera. Lo veía suspirar por ella detrás de mi escudo de pelo grasiento, detrás de mi mierda de arte y en la mesa de una sola persona. Era invisible. Nadie se fijo en mí nunca más,

Ni siquiera Edward.

Entre Primer y Segundo año Edward pasó por la pubertad, y, ¡Dios mío!, era precioso. Alto y bien formado de llevar todos esos libros, se convirtió en el dios griego de segundo año. A continuación, Tanya le prestó atención. Solo tomo dos días para que estuvieran tomados de la mano y compartieran castos besos, con la boca cerrada en el pasillo, poniendo secretamente celosos a todos, y exteriormente siendo molestados por sus demostraciones públicas de afecto.

Recuerdo escuchar a las chicas hablar.

Hablaban de su mandíbula. Su fuerte mandíbula. Ellos también murmuraban sobre mí en alguna ocasión también.

'¿No solía ser amiga de él?'

'¿Qué pasó con ella? '

'Olvidé incluso que ella venía a la escuela'

'Si, ella está como muerta después de la secundaria'

'¿Por qué no se lava el pelo siempre?'

'No sé, está súper grasoso. ¿Siquiera toma una ducha?'

Toqué mi pelo. Estaba súper grasoso. No me importaba lo suficiente como para una ducha. Charlie me recogió en su coche patrulla después de la escuela. Al menos esta vez las luces no estaban parpadeando. Suspiré y me senté en el asiento trasero, detrás de las barras de metal como el prisionero en el que yo misma me convertí.

¿Tuviste un buen día Belly?— Belly, Ugh.

Hice un pequeño asentimiento, miré por la ventana, ansiosa por salir de la escuela. Tal vez debería tomar una ducha. Tal vez podría gustarles si me duchaba. Pero, ¿vale la pena? ¿Vale la pena, ser amiga de Lauren y sus DD'S? ¿Vale la pena, ser amiga de Eric, Sam, David, Elizabeth, Sarah o cualquier otra persona que me podría juzgarme sin previo aviso? ¿Vale la pena, mostrarles quién soy? ¿Qué hice?

No. Porque no era pura. No estaba en el club de celibato. No tenía amigos y destruí a los viejos. No era normal. Estaba arruinada.

Era Bella Swan y yo di mi maldito consentimiento.