Capítulo 1: El comienzo
"Vas a cuidar de este niño, Malcom. Y no te permitiré quejas".
Malcom C. Levellier no estaba feliz, a sus 46 años su vida de soltería era dedicada sólo a la iglesia y a la orden negra, para combatir contra el Conde del Milenio y sus akumas. No obstante, su madre, no permitiría una negación en esta labor de crianza.
"¿Y se puede saber por qué me estas delegando la cosa? No soy hombre de familia, mi dedicación es solo para servir a Dios y a la iglesia, luchando contra los enemigos de…".
"Ese es el punto Malcom. No tienes otras prioridades en la vida, no tienes descendientes para los Levellier, has rechazado a todas las candidatas que te hemos presentado tus primas y yo misma. Has encerrado a tu propia hermana en la orden oscura, para que cumpla con su deber como debe de ser de un Levellier, luego que intentó escapar con su amante cuando joven. Pero eso significa que no hay herederos directos de nuestra familia. El apellido se termina contigo, hijo, y no voy a permitirlo. ¡No voy a permitirte la desfachatez de terminar el apellido de nuestra familia! Es por eso que he decidido que, si no vas a tener hijos, ya que tomaste votos de celibato para consagrarte a tu trabajo, tendrás que criar a uno adoptado".
Malcom no podía ir contra ninguno de los argumentos de su madre, por el honor de ser un miembro de la prestigiosa familia Levellier era su deber dar un heredero. Cosa que en la actualidad era imposible; tan ortodoxa era la familia en cuanto a los sacramentos, que para tener hijos legítimos, se debía consagrar el matrimonio entre hombre y mujer, y su hermana y él mismo, línea directa de la rama familiar, estaban imposibilitados; la primera por dedicarse las veinticuatro horas a custodiar las inocencias recolectadas por los exorcistas y el segundo por un voto de celibato, hecho a los dieciséis.
Esto debía tomarse como un designio de Dios altísimo. Una oportunidad de congraciarse aun más con el señor, criando a un niño huérfano dentro de un hogar bien instruido y constituido, o al menos así lo quería ver Malcom.
"Bien madre, acepto esta obligación".
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Tres días después, Malcom Levellier se encuentra con un bulto entre sus brazos. Mirando a un par de ojos grises y una boca balbuceante.
"Este, querido, es Allen…. Allen Levellier".
El bebé era hermoso, su cabello castaño claro, su piel pálida y sus impresionantes ojos daban una imagen de angelito adorable.
Sin embargo, Malcom no estaba feliz. Tendría que criar a este infante para complacer a su madre. Dios realmente le daba una carga pesada que realizar.
"No puedes dejarlo solo, buscaras lo mejor para su educación y su bien personal, no vas a encargárselo a otra persona…".
"Madre, espero que no esté insinuando que también tendré que encargarme de su higiene personal hasta que sea mayor…".
"¡Por supuesto!, tu eres ahora el padre de la criatura y por lo tanto, el encargado de satisfacer todas sus necesidades. Es hora de que te conviertas en un padre responsable, Malcom". Lady Ellisabet Levellier se voltio hacia el escritorio de la oficina, mueve unos cuantas papeles de encima y toma cuatro carpetas de diferentes colores. "Estos son los antecedentes de Allen, en la carpeta azul están sus registros médicos, incluyendo la acta de nacimiento, en la verde están los de registro social y el orfanato en el que estuvo por doce semanas, en el amarillo los antecedentes que pude encontrar de la madre, por si son necesarios en el futuro, y en la blanca su compatibilidad con la inocencia, que debo destacar, es nula actualmente con las que están hasta el día de hoy en poder de la orden oscura. Supongo que son todos los datos necesarios para ti. Para el primer mes, no te preocupes, que vas a tener asistencia de una criada de la casa de tu prima, lady Melissandre, para que te enseñe los cuidados básicos del niño. También te daré una madre de cría, pero solo cuando tengas trabajo de campo o viajes largos, en los cuales no podrás llevar al niño. También tendrá que…"
Mientras su madre hablaba, Malcom veía su futuro cada vez más oscuro.
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Su primera experiencia con la muda, o cambio de pañal, fue... todo un acontecimiento.
Se encontraba sólo en la oficina, redactando uno de los informes de avance de captura de inocencia, cuando su carga comienza a gimotear quedito. Había estado durmiendo tranquilamente toda la tarde desde que su madre le había dejado los documentos y lo enceres necesarios del bebé, pero ahora que estaba despierto, hacía ruidos molestos. Malcom se levanta de su cómodo sillón de trabajo, para ver que podría estar necesitando el niño, cuando el pequeño eleva el volumen de su incomodidad, llorando a todo pulmón.
Malcom Levellier se encontraba frente a una difícil cuestión, por demás estresante; no sabía que pasaba con el chiquillo. Intentó con la leche, que estaba preparada a un lado del bolso color celeste pálido, lleno de pañales y ropita de bebé.
Se la puso en los labios del infante, pero este la aparto de un solo manotazo berreando su disgusto ante la leche fría del biberón. Intentó sostenerlo y moverlo para que se calmara, tomándolo de las axilas hacia arriba. El pequeño se retorcía contra el agarre doloroso, enrojeciendo la dulce carita.
"Vamos, Malcom C. Levellier; cabeza de la familia Levellier; encargado elite de la orden oscura, bajo los designios de la única Iglesia Católica Apostólica Romana, embestida en el cuerpo del Papa, con sede en el Vaticano. Esta labor, realizada por gentuzas durante milenios, puedes realizarla sin problemas ni complicaciones mayores, cuidar de un crio no debería complicarme…"
Malcom C. Levellier se demoró alrededor de cuarenta y cinco minutos para identificar el punto de discordia: un pañal sucio.
El adulto, capacitado para comandar grupos de exorcistas, científicos, buscadores y de maces de la organización de la orden oscura, se veía limitado y al borde del pánico por su pequeño bebé y su sucio y maloliente pañal.
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Cuando llegó la criada que le había prestado su prima, una hora después, la oficina era un desastre. Polvo blanco regado por la cara alfombra burdeos. Una cantidad de papel húmedo amontonado en el basurero, como un gran bollo, rodeado de papel higiénico en varias pelotas. La mesa de la oficina parecía un campo de guerra entre los pañales y los papeles. Todo esto, más la imagen de un bebé durmiendo en su canasta en el medio de la sala, chupándose el dedo; mientras que Malcom estaba sentado desordenadamente en el suelo, recostado en su escritorio, con un rostro cansado; su traje, otrora impecablemente negro, tenía blanco en el pecho y en los pantalones por el polvo de bebé.
"Señor Levellier, soy Suki. Soy la criada que viene a ayudarle con el niño". Dijo nerviosa la joven mientras saludaba con una reverencia, en tanto que el hombre frente a ella solo la miraba
Malcom quería ir a dormir.
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Luego de dos meses a cargo del bebé; Malcom presentaba ojeras moradas bajo los ojos; arrugas de cansancio sobre su frente y en las líneas alrededor de los labios. Su trabajo de papeleo se había amontonado; le habían regañado los altos mandos por no asistir a una reunión de rutina sin avisar, por motivos tan simples como quedarse dormido; su ropa se encontraba siempre con manchas subversivas con orígenes variados, como papilla de verduras o de pollo con arroz, o babas de bebé por sobre el hombro, de cuando tenía que quitarle los eructos. No obstante, ya era un practicante aceptable en el cambio de pañal y la muda de ropa, aunque el pequeño demonio se negaba a dejarse vestir correctamente al no parar de moverse.
En el comando central ya era rutinario ver al temido Malcom Levellier con el pequeño Allen. Sin embargo, no se equivoquen al pensar que se había puesto más blando. Por el contrario, su humor era cada vez peor y toleraba menos los errores y la indisciplina. Algunas trabajadoras cercanas les daba pena el bebé, porque a raíz de todas las incomodidades que le estaba haciendo pasar al hombre mayor, lo trataba como un objeto detestable. Solo se encargaba de las necesidades del infante, con un trato obligado.
El niño pasaba sólo y apartado la mayor parte del tiempo, relegado a una esquina de la oficina o de una habitación de Mainor Levellier.
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Habían pasado ocho años desde la integración del joven Allen a la familia Levellier. Era un muchachito gentil, de buenos modales que gustaba de los dulces, única relación afín con su padre adoptivo; le gustaban las flores y el jardín de la mansión, aunque normalmente se le prohibía salir; le gustaban los libros de todo tipo aunque su lectura aun no era rápida y fluida debido a su edad, pero en una casa tan grande, donde se encontraba la mayor parte del tiempo sólo, los libros eran su mejor compañía.
Su habitación era sobria, con colores opacos; siempre que se acostaba en su cama, sentía que las pesadillas lo iban acosar en la oscuridad. No temía a los monstruos de debajo de la cama o el que vive en el armario, porque no había nada más temible que su padre.
Con respecto al resto de la familia, no se llevaba bien. En las reuniones familiares, sus primos lo molestaban por ser huérfano y adoptado, cuando los adultos no veían; sus tíos lo trataban fríamente, por ser el heredero de los Levellier aun que no tuviese consanguineidad, quitándole posibilidades a sus hijos legítimos para alcanzar la jefatura de la familia.
Y su padre no ayudaba mucho en la relación familiar. Cuando por primera vez se quejó Allen con su padre, al entender las agresiones de las que era víctima, su padre le castigó por decir mentiras. Un miembro de la familia jamás tendría un trato semejante con un pariente.
Desde entonces, cada vez que ocurría un incidente, prefería callarlo y mostrar una actitud madura frente a sus adversarios, ganando no solo miradas de enfado de sus agresores por no poder herirlo, sino que miradas veladas de aprobación de su padre, así como menos reprimendas por sus errores.
En una ocasión, uno de sus primos lo había aventado duro contra una jardinera de cemento en el jardín, donde se rompió el labio y la frente; su padre preguntó sobre eso, al verlo ser atendido por una criada; infló el pecho y respondió con voz suave, que jugando con sus primos, dio mal pie y se estrelló contra la jardinera; pidió perdón a su padre por mostrar tan mal comportamiento y que trataría de que conductas parecidas no se volviesen a repetir. Su abuela, que había visto todo lo ocurrido, apaciguó a Malcom argumentando que era un niño y se trataba de un accidente menor. Desde entonces, su abuela lady Ellisabet, lo hacía acompañarla en las reuniones familiares, cuidando que nadie tratara mal a su nieto.
Allen la recordaba, sentado en la butaca de la capilla familiar, mirando hacia el exterior por una ventana, con tristeza y un profundo dolor. Su abuela. Su querida y estricta abuela, quien no solo le había dado la oportunidad de no ser criado en un orfanato, sino que también alegraba sus tardes solitarias, donde le contaba la historia familiar para que fuese un buen Levellier algún día; le enseñaba todas las técnicas de manipulación sutil de la mujer y del hombre, para que nunca fuese un pusilánime que se dejaba engañar por tales artes; le contaba de política y de bailes sociales, de los chismes de la familia y los secretos de la iglesia. La amó aun más cuando decidió quedarse a vivir con su hijo Malcom para cuidar de su nieto y peleo contra todos los que se opusieron a eso,
Incluyendo el mismo Malcom. Desde entonces lo arropaba al dormir por la noche, le contaba cuentos y canciones. Quien le acompañó en su primera clase de montar porque tenía miedo. Quien se despidió de él al salir para el hospital de la ciudad.
Su querida abuela que yacía dentro de un ataúd de caoba rojiza, frente al altar de la capilla de la mansión.
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Era una tarde con un cielo despejado; el funeral ya se había realizado y la familia Levellier se retiraba del cementerio familiar, dejando el cadáver de la matriarca de la familia en el sepulcro de la rama directa de Levellier. Malcom estaba despidiendo a los congregados en la entrada del cementerio, viéndose estoico e imponente en su sempiterno traje negro, impecable de pies a cabeza.
Su madre había sido una constante en su vida. Lady Levellier era una dama de la alta sociedad, fervorosa creyente, severa y tradicional, que en su infancia había sido la instigadora de su propia fe y de sus obligaciones con la iglesia y la humanidad. Su padre, un hombre fío e inflexible, vivía para su trabajo en la orden negra y los negocios familiares, dejando a los hermanos Levellier, Malcom y Hebrelaska, a cargo de sus tutores y su esposa.
Lady Ellisabet, a sus sesenta y cinco años, falleció de una pulmonía que no curó. Había comenzado hace unos dos meses con síntomas de un resfrío común, que no había sanado en un plazo adecuado, por lo que había ido al hospital para revisarse. El médico le dijo que era algo más complicado y debía ser ingresada. Con el paso del tiempo en vez de mejorar, enfermaba más. Hasta que se diagnosticó una pulmonía crónica, iniciada por un resfrío mal cuidado.
La familia estaba esparcida por toda Europa en esos momentos y debido al trabajo de Malcom, no había podido estar en la sala del hospital de su madre en ningún momento; pero en su nombre estaba su hijo adoptivo, Allen. El pequeño de siete años recién cumplidos había tenido que vivir toda la enfermedad de su abuela en el hospital, hasta sus últimos momentos.
Ahora, en el cementerio, Malcom sentía un pequeño sentimiento de culpa hacia su hijo. Luego de haber conversado con algunos primos y primas, que al darle el pésame notaban a modo de broma, la labor de enfermero que desempeño Allen muchas veces en el hospital con su abuela por falta de personal.
Suspiró. No tendría que haber sido padre nunca. El niño no era realmente una molestia, pero si demandaba tiempo que él no podía darle. Al final, se parecía más a su propio padre de lo que había supuesto. Trabajo y más trabajo. Dejando de lado a su familia. Lo mejor sería enviar a Allen con alguno de sus tutores por un tiempo.
En eso estaba, cuando un grito se escuchó en el cementerio
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Allen estaba frente al mausoleo llorando la pérdida de su ser más querido, la única que había mostrado afecto verdadero por el niño. Cuando una sombra tapa el sol del ocaso sobre su cabeza.
"Kon va wa, shonen". Sentado en el sepulcro había un hombre gordo vestido con ropajes estrafalarios y un sombrero de copa negro sobre su cabeza. Su rostro tenía una gran sonrisa que a primera vista era agradable, a pesar de los dientes puntiagudos. "¿Por qué estas tan triste?"
"Mi abuela acaba de morir, señor".
"Pobre shonen, apuesto a que era muy querida por ti". Allen no respondió, pero las lágrimas seguían corriendo por su rostro. "¿Qué pasaría si pudieses traerla de vuelta de la muerte?". Allen abrió los ojos en sorpresa, y avanzó un paso. "Sólo tienes que decir su nombre". El hombre gordo agitó su mano y apareció un cuerpo esquelético hecho de un metal negro.
Allen titubeaba. Qué hacer. Le estaban dando una oportunidad perfecta. Entonces decidió. "No… gracias señor, pero no lo haré".
"Por qué no, pequeño. Acaso ¿no deseas volver a ver viva a tu abuela? Hablar con ella y abrazarla…"
"Si, me gustaría… pero ella está en un lugar mejor, por mucho que me duela el corazón por su partida, ella quería estar con Dios…". Dijo, mientras la sonrisa se desvanecía de la cara del hombre, y un brillo de ira resplandecía en sus ojos.
"¿Dios? No existe". Sonrió el hombre extraño cuando vio la cara de desolación de Allen. "Un dios cruel, que no le importa los humanos no debe existir, ¿no crees? Les hace sufrir y morir, les deja cargas insoportables que no desean… y no pueden evitar".
Allen queda pensativo, su propio padre no lo quería, solo lo criaba por petición de su abuela… la que ahora estaba muerta. ¿Su padre se desharía de él, por ser una carga?
"Entonces ¿no quieres revivir a tu abuela?"
Allen, llorando aun más, negó. "No debo… mi abuela me contó que jamás se debe desear traer a los muertos de vuelta… los hace sufrir".
"¡Mentira! Di el nombre de tu abuela y ella regresará a ti" dijo perdiendo su paciencia.
"¡No!". El hombre le tomó del cuello y lo zamarreó con brutalidad. "No, no lo haré".
El extraño hombre lo aventó contra el suelo del cementerio. Mientras el chico intentaba recuperarse de la agresión, el hombre sacaba una espada larga y le apuntaba el vientre.
"Di su nombre muchacho y te dejaré tranquilo". Mas Allen no abrió la boca. "Perfecto, cuando quieras que pare, di su nombre". Y procedió a enterrar el arma en el costado izquierdo de Allen
"AHHHHHHHHH"
"Vamos chico, me detendré cuando hagas lo que quiero".
"n… no… no… NOOO AAAAAHHH". Respondía en medio del dolor.
La espada no paro nunca de encajarse en su pequeño cuerpo, sentía el dolor recorriendo cada terminación nerviosa y lo único que salía de sus labios era 'no', casi como un mantra.
"¡Allen!"
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Malcom se encontró con una escena macabra cuando llegó donde la tumba de lady Ellisabet. Su hijo, Allen, atravesado por una espada negra en manos del demonio infernal, llamado Conde del Milenio. Era obvio que éste había llegado para crear un akuma con alma de su madre, mediante la participación de Allen. Pero parecía que no lo había logrado… todavía.
"¡Di el nombre!"
"No… no…" el cuerpecito del niño de siete años se encontraba lleno de sangre, en el suelo. De su boca salían burbujas de sangre mientras repetía la palabra de negación, quizás ya sin saber por qué. El dolor debía ser intenso, sobretodo en el momento en que el conde, al darse cuenta de su espectador levantó la espada, arrastrando en el acto a Allen unos veinte centímetros por efecto de la herida corto punzante, antes de dejarlo caer al ensangrentado suelo empujándolo con el pie, retirando la espada negra.
Malcom Levellier y el Conde se miraron, reconociendo su antagonismo y la participación de cada uno en la guerra. El segundo habría matado con facilidad al humano, pero detrás de este llegaban tropas de la orden oscura, así como exorcistas. No valía la pena enfrentarse ahora con la orden. Además, el chiquillo agonizaba a sus pies y parecía tener alguna relación con el hombre rubio. Bueno, las cosas se ponían interesantes. Hiso una reverencia burlona y se elevó hacia el cielo despidiéndose con la mano izquierda que estaba libre.
Levellier sentía que había perdido la primera afrenta cara a cara con el demonio.
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Allen se encontraba recluido en el ala del hospital de la orden oscura. Habían pasado tres días desde el incidente, y seguía inconsciente.
Malcom Levellier se encontraba en su oficina, cuestionándose qué hacer. Los médicos dijeron que el chico se encontraría debilitado por siempre a raíz de la herida. El arma del conde del milenio no estaba hecha para que sobrevivieran los humanos normales y Allen luchó por su vida durante la cirugía y después en recuperación; pero eso no haría que se pudiese recuperar por completo; su salud siempre sería delicada y recurrente a las enfermedades.
Allen Levellier ya no podría ser el heredero de los Levellier, debido a su condición enfermiza no podría aguantar la carga del apellido. Debía buscar a otro heredero de entre sus sobrinos. Además, se sentía fracasado, culpable. Casi convierten a su propia madre en akuma y pierde a su hijo al mismo tiempo.
Bloqueando esos sentimientos, se centró en su trabajo durante una semana completa, creando nuevas formas de enfrentar al conde. Una de sus primeras órdenes era que todo implicado en la orden, sin importar quien ni de cual familia viniese, debía ser incinerado, partiendo por el cuerpo de lady Ellisabet; contraviniendo la tradición de la iglesia católica, que exigía que todo cuerpo debiera ser enterrado- para cuando llegara el reino de los cielos la gente pudiese reencarnar-. Otra medida, fue el reclutamiento de todos los familiares de exorcistas para las pruebas de sincronización con la inocencia, ya que se necesitaban más exorcistas para combatir al conde; si bien las pruebas ya se habían hecho, los experimentos de sincronización se habían abortados hace años por su ineficiencia, su inhumanidad y el bajo porcentaje de éxito.
A nivel personal, había decidido ingresar a Allen en alguna academia o internado, para no tener que tratar con él. Ya había sido una carga en el pasado, y ahora que debía de ser más fuerte en el combate contra los enemigos de Dios, no podía tener puntos débiles ni contratiempos de ninguna índole, y Allen era todo eso y más.
Sobre su escritorio se encontraban un sin número de papeles y carpetas algo revueltas, algunas de presupuesto, otras de reclutamiento y otras para los experimentos; que encargó a su secretaría ordenar mientras él hablaba en la reunión de emergencia con los altos dirigentes.
Una hoja marrón terminó dentro de una carpeta negra, mientras que una hoja blanca terminaba en una carpeta blanca, por un descuido de la secretaria al ordenar. Mientras Malcom se dirigía hacia la sala de reuniones, escoltado por dos guardias, la mujer apilaba las carpetas blancas para dar el visto bueno de los sujetos para los experimentos.
