Disclaimer: Ranma 1/2 y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta obra fue creada sin fines de lucro.

-1-

.

.

.

Aquella mañana era diferente, lo intuía más allá de su comprensión. Con las primeras luces del alba los inquietos gorriones revoloteaban juguetones en el jardín; unos cuantos se zambullían en la tierra, otros tantos se acicalaban trinando alternadamente y, en su minoría, apresurados padres alimentaban a los pichones que chillaban demandantes. Los árboles bailaban vivaces al compás de la brisa matutina, cual orquesta sinfónica perfectamente armonizada; el sonido de su danzar era tan hipnótico y relajante que tentaba a toda una tarde de deliciosa ociosidad. Las elegantes libélulas reposaban despreocupadas en las orillas del estanque, y los traviesos peces chapoteaban de vez en cuando para asustarlas. La casa silenciosa aún no despertaba, y el periódico y la leche esperaban puntuales en el portón de la casa, como cualquier otro día. Pero es día, esa precisa mañana, era diferente.

— ¿Será posible? —susurró melancólica.

Alzó su rostro y contempló los matices dorados del cielo, como si en aquel apacible y llano paisaje se encontrara la respuesta al sobresalto de su pecho. Jugueteó infantilmente con las difusas formas de las nubes que dibujaban señales escuetas de pasados recuerdos... y se perdió, por un momento, más lejos del horizonte. Ese breve instante de la mañana, en el que podía disfrutar únicamente de su propia compañía, llenaba sus sentidos de reconfortante paz, haciendo más llevaderos sus inestables días. Suspiró satisfecha. Cerró los ojos, con su rostro aún en dirección al cielo, y saboreó el vaivén inquieto del viento que prontamente comenzó a ondear con su cabello. «Impaciente», pensó, como si llevase algún mensaje urgente. Lo dejó hacer y sonrió. Ese día sería diferente.

Delicadamente recogió los paquetes que esperaban pacientes junto al portón, incluso se sintió perezosa, tratando de alargar la espera para la llegada de cualquier cosa. Se enderezó con sutileza y miró hacia ambos lados de la calle, anhelando ansiosa que su presentimiento se manifestase.

Nada.

Sólo el insistente llamado del viento se hacía presente en los alrededores. Apretó los labios en un puchero y negó lentamente con la cabeza, sintiéndose un poco tonta por emocionarse como si fuera un infante a la espera de navidad. Había pasado tanto tiempo desde aquella noche que le parecía imposible que su presentimiento llegara a realizarse, quizá sólo fuesen las ganas y el deseo reprimido de volver a verlo. Mas aun así decidió dejarse abrazar por esa extraña y emocionante incertidumbre. Ensanchó la boca en una sonrisa, con matiz resignado, y giró sobre sus talones, era hora de comenzar el día.

Se dirigió con galbana hasta el comedor, colocó el periódico sobre la mesa, en el lugar que acostumbraba ocupar su padre, y acto seguido abrió las puertas al cálido brillo matutino. Aquel acto era una de sus nuevas manías; a primera hora cada mañana desplegaba las puertas que resguardaban aquella concurrida habitación, como si fuese una silenciosa bienvenida para él, como prueba de su perdón. Observó con terneza el verdoso panorama frente a ella, rememorando fugazmente eventos añejos; aún podía verlo entrenar cada mañana con la disciplina y rigurosidad de una persona completamente entregada a su causa. Debía reconocer que siempre fue una visión digna de halago, un deleite que tantas veces disfrutó en silencio.

Con descontento desechó las remembranzas pues las tareas matutinas le esperaban; llenó sus pulmones del terroso aroma del jardín, cortesía del roció de la mañana, y prosiguió con su rutina.

Caminó hasta la cocina, depósito el lácteo en la nevera, rebuscó algunos ingredientes, amarró el mandil a su cintura y se apresuró a cocinar. No quería ser vanidosa, pero de un tiempo acá la familia prefería su sazón; incluso su hermana mayor, en ocasiones, dimitía del propio. Tomaban turnos en la semana para encargarse de la cocina y ella disfrutaba ayudar. Estaba dichosa, se sentía útil y finalmente completa en ese aspecto. Después de mucha práctica y repetidas intoxicaciones de sus "conejillos de india", una inesperada tarde fue capaz de realizar un platillo más que comestible. Estaba delicioso, según las declaraciones de sus catadores. Todo había sido cuestión de paciencia y de poner atención a los ingredientes que utilizaba, así como de tantear regularmente la sazón de la comida. ¡Quién hubiera dicho que fuese tan fácil! Además, en secreto, se enorgullecía por lograrlo ella sola, sin ningún tipo de asesoramiento o clases de cocina. Tal era su alegría que los inquilinos, que llegasen a madrugar, podían escuchar sus melodiosos silbidos y disfrutar de los deliciosos aromas mientras cocinaba.

No hizo ningún desayuno elegante, prefirió mantenerlo casual para burlar al destino, o alguna otra fuerza errante, sobre la corazonada que tenía de sus maquiavélicos planes. Se encaminó nuevamente al comedor y prontamente dejó lista la mesa, aunque aún faltaba tiempo para que los pasillos se tornaran bulliciosos. Siguiendo al sobresalto que atosigaba su pecho desde que despertó, atinó a dejar en el centro de la mesa una ración servida, por si la sorpresa llegaba antes que el resto de la familia. Hoy no desayunaría en casa ni se ejercitaría como cada mañana. Tenía otros planes, hoy debía hacerse el chequeo de la semana. Esa era ya su rutina, sin ninguna excusa o falta, debía cumplir religiosamente.

Subió sin prisa las escaleras y recorrió distraída el pasillo hasta su habitación; hizo la cama, guardó su ropa de dormir, acomodó un poco el desorden del escritorio, tomó el maletín y tímidamente se miró al espejo de cuerpo completo junto al armario; ya se había duchado y arreglado apropiadamente antes de empezar las labores, sólo le quedaba asegurar su aspecto. Contempló pausadamente su cabello, le llegaba justo a la cintura, recelosamente sujetado por un listón negro en una coleta baja; el flequillo aún sobrevivía en la frente, logrando que sus facciones se viesen infantiles respecto a la edad que tenía. Mas, si te tomabas el tiempo de observarle bien, cada una de sus facciones presumían un porte maduro y elegante; los ojos avellana parecían sumergirte en sensacionales misterios, opacando en ocasiones la dulce inocencia de los tiernos años, y resguardados por sus largas y abundantes pestañas, el efecto final era sensualmente hipnótico. No se pondría maquillaje, no hacía falta. Poseía una belleza natural, o al menos eso es lo que afirmaba uno que otro atosigante pretendiente. En lo personal consideraba que sus facciones eran bastante comunes. Tampoco vestía nada exageradamente femenino como la mayoría de sus compañeras universitarias, quienes no perdían instante para verse guapas y seductoras. Sólo llevaba un sencillo conjunto lo bastante cómodo para afrontar cualquier inconveniente o realizar alguna actividad física, aunque en ocasiones extrañase usar sus holgados y frescos vestidos. Sin embargo, los días despreocupados habían quedado atrás, ahora era prioritario ser práctica. Dedicó una sonrisa resignada a la chica frente a ella y reajustó su coleta. Estaba lista.

Bajó las escaleras con resolución absoluta, se puso las zapatillas negras con agilidad y apresuró el paso hacía el consultorio. Partió con la interna seguridad que, a partir de hoy, su rutina cambiaría; sólo esperaba que aquello no interfiriera demasiado con sus secretos. Admitía que estaba contenta y deseosa de verlo, pese a la gran desolación que le provocó en el pasado. Tan inmersa se encontraba en los fugaces pensamientos que no se percató de lo ligeramente abierto que quedó el portón tras su partida; con una sensación ansiosa y expectante batiendo en su estómago la figura femenina se difuminó a lo lejos.

.

.

La silueta masculina, acercándose desde el horizonte, se erguía imponente sobre las demás. De porte recto y severo en sus movimientos, azoraba a las incipientes figuras que flanqueaban sus pasos. El torso ancho, con brazos musculosos y firmes, y la prominente espalda irradiaban una fuerza descomunal. Era indiscutiblemente más alto que el promedio regular, acentuando su poderosa presencia. El cabello largo, negro como la noche, y sujetado en una trenza le otorgaba el toque de rebeldía a su ya férrea apariencia. Había dejado atrás los suaves contornos de crío; el rostro más refinado hacia resaltar sus masculinos rasgos. La mandíbula reacia y cuadrada reflejaba tensión. Su mirada, de un azul intenso, revelaba un carácter duro y decidido e incluso destellaba un dejo de sabiduría. Ya no era la imagen de un adolescente, era un hombre el que regresaba. Parecía un exótico peleador extranjero a los ojos de los madrugadores transeúntes, pues vestía un particular conjunto de ropas chinas: una camiseta tradicional roja sin mangas firmemente sujetada por una cinturón de tela blanco, muñequeras en azul marino y pantalones holgados del mismo color. Además, tras su espalda, una elaborada mochila de campo delataba que recién llegaba a la ciudad.

Avanzaba con tanta premura y con un ceñudo gesto en su rostro que varios peatones, inteligentemente, decidieron apartarse de su camino. El joven, en cambio, estaba enajenado de todo a su alrededor. Concentrado únicamente en la maraña de sensaciones y pensamientos que lo atormentaban. El corazón latía deseoso y nervioso a cada paso que daba, y su respiración era ofuscada e irregular.

Nervioso.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que se sintió de esa manera. Ni siquiera la noche de su partida experimentó tal angustia; pues los motivos, a su parecer, eran honorables, comprensibles y absolutamente necesarios para forjar su nuevo futuro y la seguridad de ella. En aquel momento decidió marcharse sin despedidas formales. Sin embargo, ahora en su regreso, lo llenaba la incertidumbre de tener que explicar frente a toda la familia, y especialmente frente a ella, el por qué de su ausencia. Todo este tiempo lejos de casa se imaginó muchas veces cómo sería la bienvenida, nada lindo seguramente; cualquier reclamo o golpe sería bien recibido. Era perfectamente razonable que estuvieran enojados con él e incluso que lo detestaran. Aun así, esperaba fervientemente que algún día pudiesen perdonarlo por completo y con entera sinceridad. Aunque aquello fuese un iluso ideal de sus afligidas emociones, él estaba totalmente resuelto a redimir aquel acto de adolescente egoísmo pese a todas esas dudas sobre su capacidad para lograrlo o, peor aún, que ella no estuviese dispuesta a un nuevo comienzo juntos. Prontamente comprendió que aquella inquietud había sido su castigo por irse.

No ponía atención a sus pasos, su cuerpo sabía el camino, tal vez por la costumbre o la inercia de olvidar algo importante. Fuese lo que fuese llegaría, como en tantas ocasiones antes. Distraídamente el melancólico paisaje comenzó a exigir su atención y las dudas fueron remplazadas por recuerdos. Tantas peleas, ridículas competencias, malentendidos, persecuciones y reconciliaciones inundaron abrasadoras su cabeza. Suspiró. Por un instante realmente añoró los tiempos pasados, eran francamente mejor que el inestable presente.

En algún momento, entre el recorrido y las remembranzas, su cuerpo se detuvo, consiente ya de haber llegado a su destino. Mas dejó a la mente adaptarse unos instantes. Contempló con languidez cada relieve del hogar frente a él, lucía un poco más desgastado de lo que recordaba, pero esa sensación de calidez aún retumbaba en la fachada. Torció ligeramente las comisuras de sus labios, en un intento de confiada sonrisa.

Estaba en casa.

Se disponía a anunciar su llegada cuando notó que el portón se encontraba ligeramente abierto. Aquel hecho extrañamente lo tranquilizó. Tal vez fuera una sensación absurda e infantil, pero le hizo sentir que alguien lo esperaba. Exhaló el aire que inconscientemente había retenido y con todo el valor que tenía se adentró en la morada. Regresaba a su hogar, a su familia… a su tranquilidad. No volvía como alguien derrotado, cualquiera que fuesen las razones del destino o de la suerte para negarle su normalidad, le habían enseñado a aceptarse, respetarse y sobre todo a ver más allá de sus deseos egoístas. Había madurado. Era tiempo de forjar un nuevo futuro, de redimir sus errores con todo, todos y ella. Necesitaba estar cerca.

Cerró el portón y recargó la espalda en la crujiente madera. Descansó la pesadez de su cuerpo unos instantes y con aire meditabundo recorrió el hogareño paisaje que lo había cobijado en sus ajetreados días de adolescente. Nuevamente las viejas memorias incitaron su melancolía; pudo verse saliendo de aquella entrada a toda prisa mientras era regañado por cierta chica tozuda que gruñía algo sobre que llegarían tarde a la escuela. Otra torcida sonrisa forzó las comisuras de su boca y se obligó a continuar. Por fin los pies decidieron obedecer a su voluntad y deambuló indeciso por el breve camino de piedra. Cada célula en su cuerpo hormigueaba. Cuando trato de inhalar aire, en lugar de encontrar alivio, sintió que se ahogaba. Rugientes palpitaciones torturaban sus sienes a causa del acelerado pulso y las manos comenzaron a sudar como nunca antes; lentamente se acortaba el espacio entre su presente y el pasado que había dejado inconcluso. De pronto los nervios tomaron dominio de su juicio y se paralizó en la entrada. Sus demonios interiores le carcomían cualquier humilde intento de aparecer por la puerta principal; pues no regresaba de unas largas, pero planeadas, vacaciones sino de una prolongada y fortuita ausencia. Retiró la mano antes de tocar la puerta y masajeo su cuello, le dolía como los infiernos por la falta de sueño y la tensión del momento. Fueron unos largos minutos los que se quedó retraído mirando cada detalle y desperfecto de la madera. Su cabeza estaba hecha un lío, no se le ocurría nada que pudiera hacer o decir cuando los viera y ciertamente nada lo resguardaría de una buena paliza. Pero cualquiera que fuera el resultado se encontró deseando en demasía que ella le regalara un "buenos días" y una sincera y dulce sonrisa después de tanto tiempo de lejanía. Sin embargo, seguro estaba que aquel anhelo no se realizaría, mas la imaginación se negaba a doblegarse ante la implacable realidad de los hechos. Gruñó por lo bajo una serie de insultos a sí mismo y decidió caminar tranquilamente por el jardín mientras recargaba sus agallas. De cualquier manera, no es como si tuviese prisa alguna. Ya estaba en casa, eso era lo único que importaba.

Instintivamente se dirigió al estanque, lugar donde vivió más de una desventura. Para su sorpresa, las puertas del comedor se encontraban abiertas y la habitación estaba libre de cualquier alboroto. Con mirada pausada recorrió la habitación y pudo visualizar sobre la mesa un periódico y platos vacíos, y justo en el centro una caja de bento. Al parecer alguien ya había despertado y probablemente olvidó su almuerzo. Nuevamente se encontró deseando que fuese ella quien de manera milagrosa hubiese advertido su llegada y, por ende, en un gesto compasivo, le dejará listo el desayuno. Una ahogada risilla salió de su boca. «Como si eso fuese posible», se reprendió mentalmente; además no le apetecía morir envenenado ahora que había regresado a casa. Bueno, por lo menos no quería morir todavía, no sin haber hablado con ella claramente.

Avanzó hasta el pasillo y se quitó el calzado, dejándolo esparcido en el césped cual niño despreocupado; de manera parsimoniosa entró en la casa. Los pasillos seguían un poco oscurecidos, el único espacio iluminado parecía ser el comedor. Cerró los ojos y suspiró. La madera bajo sus pies era reconfortante, los sonidos ahogados de conversaciones pasadas aún viajaban por las paredes invadiendo sus sentidos, y el aroma de la comida recién hecha le otorgó la mejor de las bienvenidas. Sintió paz, verdadera paz. El simple hecho de estar parado en aquel cuarto cubrió su mente y corazón en regocijante alivio. Era como un elixir que había rejuvenecido su alma.

Un ruido interior lo saco de su ensoñación y furtivamente dirigió sus ojos a la inofensiva caja. «Sería una lástima desperdiciarla», pensó con picara intención. Le gustó sentirse nuevamente como un infante travieso que obraba, con supuesta inocencia, por egoísta e inofensiva necesidad. Sonrió. Sin pensarlo profundamente se autodenominó el catador más apto para el platillo que, con seguridad y respaldado por el apetitoso aroma impregnado en el aire, estaría delicioso. Ya se preocuparía por explicaciones después.

Agradeció los alimentos y comenzó con su labor, pese a que comía con su usual voracidad detectó una sazón diferente. Detuvo la cruel masacre del pescado tempura y trató de reflexionar, tal vez había olvidado el sabor de una regular comida japonesa o simplemente tragó deprisa. De todos modos le supo diferente a como recordaba la sazón de Kasumi o Nodoka, e incluso le pareció más sabroso de lo habitual.

Tan inmerso estaba en saciar su estómago y develar el misterioso sabor que no se percató de los despreocupados y adormilados pasos acercándose al comedor, ni se preparó con una extensa y elocuente explicación.

El ruido de algo rompiéndose y un grito ahogado de fondo le obligó a volver la cabeza. Unos almendrados ojos lo miraban con ferviente sorpresa y traviesas lágrimas comenzaban a estorbar las expandidas pupilas. Una mano insegura se debatía temblorosa en darle alcance, mientras la otra estrujaba insolente la femenina bata de dormir. Bajo los delicados pies, la exquisita taza de porcelana había encontrado el final de sus días y el verdoso líquido, antes resguardado por ella, se expandía aventurero por el suelo.

— ¡Ranma!

El ojiazul miró a la chica con visible trastorno, no soportaba cuando las mujeres lloraban desconsoladas. Por unos instantes su mente intentó elaborar un trastocado plan, pero aquel inocente y desconcertado rostro no le permitió engaños. No había vuelta atrás, tendría que poner su mejor cara. Con templanza dejó la comida sobre la mesa, se levantó del suelo con lentitud y coló su cuerpo frente a la joven mujer de pelo castaño. Sonrió cálidamente y los zafiros brillaron con un cariño olvidado.

—He vuelto a casa. —Aquellas palabras resonaron en el aire con un matiz de alivio y regocijo.

El hogar enmudeció de nuevo. Afuera los gorriones seguían revoloteando; la brisa viajaba inquieta, los árboles danzaban con ella; el periódico seguía esperando quien lo leyese y la leche se enfriaba en punto dentro de la nevera. Pero esa mañana, esa precisa mañana, era diferente.